Para los alumnos de 2º . Y en especial para los de Sociología -que son de letras :)

gil de biedma

NOCHES DEL MES DE JUNIO

A Luis Cernuda

Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.

Eran las noches incurables
y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.

Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.

Jaime Gil de Biedma

Con Wittgenstein en Tiempos de Capuchinos.

La oveja negra y Heraclitana. Augusto Monterroso.

I)

La lógica, al contrario que cualquier otra ciencia, no trata de hechos, ni de una determinada clase de hechos. Existen hechos y objetos naturales, históricos, sociales, psicológicos, ¿matemáticos?… No hay hechos ni objetos lógicos.
La relación entre dos hechos –necesidad natural- no es un nunca una necesidad lógica.
Los hechos no pueden nunca verificar ni negar una necesidad lógica.
La realidad del mundo expresa su posibilidad lógica. Su necesidad o su imposibilidad no puede establecerse desde fuera a priori.

Al leer a Wittgenstein tengo la impresión de que a él no le preocupaba el hacerse entender por el lector. No creo que esto fuese motivado por alguna especie de orgullo o de desprecio, lo que me sugiere es que Wittgenstein al escribir intentaba exponer lo más claramente posible sus pensamientos por pura necesidad personal –lo que apenas conseguía con un grandísimo esfuerzo- y cuando conseguía esa claridad dejaban de interesarle. La escritura es para Wittgenstein la puesta en claro de su pensar, o mejor el pensar mismo expuesto en su forma más nítida y perfecta.

Esos pensamientos eran valiosos para él mismo. Si esos pensamientos contenían algo valioso para el mundo era un asunto que no concernía a él decidir –aunque desde luego él así lo debía considerar, puesto que los sometía al público. Y debía pensar que aquellos que los considerasen valiosos se encargarían de hacerlos llegar al mundo. Esta es la labor de gente como Mounce, cuya Introducción al Tractatus de Wittgenstein leo en estos días de capuchinos.

II)

Und außerhalb der Logik ist alles Zufall
Y fuera de la lógica todo es accidental -casualidad.

Wittgenstein

La única necesidad estricta es, pues, la necesidad lógica. ¿Son las leyes naturales entonces puramente accidentales o contingentes? Sí. En varios sentidos:

  1. Efectivamente la ciencia –natural o cualquier otra que trate de hechos, como la historia- da razón de determinados hechos, y la manera en que lo hace es enlazándolos con otros hechos, pero estos enlaces carecen en sí mismos de necesidad lógica y son por tanto accidentales –al menos desde la perspectiva de la estricta necesidad lógica.
  2. La ciencia explica unos hechos enlazándolos con otros, pero la serie de enlaces es infinita y por tanto ha de quedar necesariamente inacabada esta tarea. De esta manera la explicación de cualquier fenómeno es siempre parcial y condicionada –contingente – y nunca total, incondicionada u absoluta.
  3. Lo más sorprendente estriba en que si la serie de fenómenos y enlaces fuese una serie finita y pudiésemos alcanzar a conocer la serie completa, entonces el conjunto total aparecería como inexplicable, como absolutamente contingente. ¿Como absolutamente enigmático?
  4. ¿Por qué el ser y no la nada?

6.371

Toda la moderna concepción del mundo se funda en la ilusión de que las llamadas leyes de la naturaleza son las explicaciones de los fenómenos naturales.

6.372

Así, la gente se aloja hoy en las leyes de la naturaleza, tratándolas como algo inviolable, justo como Dios y el Destino, fueron tratados en época pasadas.

Y, de hecho, ambos tienen razón y no la tienen: aunque la opinión de los antiguos es más clara en cuanto tiene un límite claro y reconocido, mientras el sistema moderno intenta que parezca como si todo estuviera explicado.

Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus

 


La enfermedad mortal

La enfermedad mortal.

La tarea de la filosofía es tranquilizar el espíritu con respecto a ciertas preguntas carentes de significado. Quien no es propenso a tales preguntas no necesita la filosofía.

Mis pensamientos son tan fugaces, se volatizan tan rápido, como los sueños, que tienen que ser anotados inmediatamente después de despertar si uno no quiere olvidarlos enseguida.

Ludwig Wittgenstein.

¿Y qué pasaría si simplemente los dejamos perderse?. ¿Se disolverían sin más en el olvido?.

Al igual que Wittgenstein ha hablado de la tarea terapéutica de la filosofía, son muchos los escritores que refieren que la escritura es para ellos una terapia. ¿Una terapia de qué? ¿del aburrimiento? ¿del miedo?¿del sinsentido?… ¿Afrontamos las preguntas metafísicas para conjurarlas, para evitar que vuelvan, y en el caso de que lo hagan, curarnos remitiéndolas al archivo de enfermedades imaginarias? En la página 1 ¿existe dios?, en la 45 el sentido de la vida, en la 132 el problema de la realidad exterior. Sería, entonces, la escritura una forma de objetivar exteriorizando, y de esta manera encerrar -cautivar- los “trastornos” que de otro modo cursarían libres, sin límites,apoderándose de nuestro “yo” y disolviéndolo.

¿Qué mayor síntoma de salud y fortaleza anímica natural que no sentir la necesidad de leer –“leer tranquiliza mi alma”, decía Wittgenstein– y menos aún de escribir?. Me pregunto si no sería esto lo que Platón quería sugerirnos con la imagen de ese Sócrates que nunca escribió nada -y leyó poco y con disgusto. ¡Y, sin embargo, no era un garrulo!

Nosotros, en cambio, frágiles continuaremos leyendo.. y hasta escribiendo.

Aprendiendo idiomas con Ortega. 1ª Lección. La correcta pronunciación.

Para aprender el inglés hay que comenzar por echar adelante la quijada, apretar, o poco menos, los dientes y casi inmovilizar los labios. De esta manera surge en los ingleses la serie de leves maullidos displicentes en que su lengua consiste. Para aprender el francés, opuestamente, hay que proyectar todo el cuerpo en dirección a los labios, adelantar éstos como para besar y hacerlos resbalar uno sobre otro, gesto que expresaría simbólicamente la satisfacción de sí propio que ha sabido sentir el hombre medio de Francia.

El hombre y la gente. José Ortega y Gasset.

Tanto trilingüismo, tanto trilingüismo…

Ortega y las mujeres

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Siendo yo joven volvía en un gran transatlántico de Buenos Aires a España. Entre los compañeros de viaje había unas cuantas señoras norteamericanas, jóvenes y de gran belleza. Aunque mi trato con ellas no llegó a acercarse siquiera a la intimidad, era evidente que yo hablaba a cada una de ellas como un hombre habla a una mujer que se halla en la plenitud de sus atributos femeninos. Una de ellas se sintió un poco ofendida en su condición de norteamericana. Por lo visto, Lincoln no se había esforzado en ganar la guerra de Secesión para que yo, un joven español, se permitiese tratarla como a una mujer. Las mujeres norteamericanas eran entonces tan modestas que creían que había algo superior a «ser mujer». Ello es que me dijo: «Reclamo de usted que me hable como a un ser humano.» Yo no pude menos de contestar: «Señora, yo no conozco ese personaje que usted llama “ser humano”. Yo sólo conozco hombres y mujeres. Como tengo la suerte de que usted no sea un hombre, sino una mujer -por cierto, espléndida-, me comporto en consecuencia.»
El hombre y la gente. José Ortega y Gasset 
“Para enviarlo al quinto pino” -me dicen. Tiene su gracia imaginar qué pudo haber pasado en aquel gran transatlántico; quizá Ortega, dejando en suspenso su background germánico y cual galán ibérico, émulo del mismo Dominguín, se lanzó al abordaje de una magnífica pelirroja, quien por su particular circunstancia debió tener una perspectiva diferente del asunto, un jarro de agua fría para nuestro apasionado filósofo. No lo sabemos. Pero tras la anécdota, Ortega, pasa a teorizar: las 3 o 4 páginas que siguen merecen ser leídas y pensadas con atención: confusíón, inferioridad vital, debilidad, son para Ortega rasgos propios del ser femenino. He intentado leerlo sin prejuicios, renunciando a la etiqueta fácil, tratando de buscar tras la aparente simpleza, pero solo me ha llegado el aroma de lo arbitrario. Decepcionante.
PD. Si quien me lee -de haber alguien- y  conoce algún estudio, comentario, artículo, sobre el tema de la mujer en Ortega, le agradecería que me lo indicase.

El letargo

Cráneo de Descartes

El sistema de Descartes. Un intento de fundamentación que se desvanece allí donde precisamente quisiera estar firme; la claridad y la distinción pretendida allí donde todo es oscuro: el fantasmal y cenagoso “yo” y la otredad absoluta de la Sustancia Infinita. El empeño clarificador y racional encuentra drásticamente sus límites; y el esfuerzo racional sirve así a su opuesto: nos abre al inefable enigma del ser -en esencia a lo místico. Esta “paradoja” es muy frecuente; su expresión más clara y manifiesta es el conocido final del Tractatus . Oh, la razón de mi sin razón!.

CÓMO SE HACE EL AMOR EN OCTUBRE, OCTUBRE

dialectica

A Maricarmen García Monteagudo

Para comprender el significado de esta obra es preciso precisar su ambigüedad, la dualidad de su unidad, su doble sentido. Se presenta ya en su título: Octubre, Octubre. «Pues octubre, como siempre, es dos: afuera y adentro [nacimiento y muerte]. Espirales contrarias girando hacia su identificación final. En el límite, como en matemáticas». Y se torna más patente en el doble título de sus capítulos. En efecto, la novela que José Luis Sampedro tardó veinte años en publicar, se despliega en dos obras: una inacabada novela titulada Octubre, Octubre (como la novela en su conjunto) y Papeles de Miguel, un relato autobiográfico. La autoría de ambas es atribuida a un profesor de antropología llamado Miguel. Tienen igual número de capítulos. Y, pese a mediar quince años entre la acción de una y otra, son expuestas en paralelo capítulo a capítulo.

La novela inacabada tiene dos protagonistas: Luis y Águeda o Ágata como se rebautizará hacia la mitad de la obra. Ambos ambiguos también. Contrariamente ambiguos. Y por eso precisamente acaban por formar un único protagonista –Luis-Ágata–, por reconocerse el uno en el otro, por enamorarse plenamente uno de otro. Su acción se resume en este reconocimiento, en este descubrimiento de su propia identidad, que no consiste en hacer desaparecer ambas ambigüedades, sino en precisarlas una con otra, en unificarlas entre sí, apareciendo así nítidamente como la identidad propia de cada uno de ellos. Tal acción se desarrolla  a lo largo de un año, y se enmarca en el distrito madrileño de Palacio –o , como se decía en el siglo XVIII, Cuartel de Palacio–, a la par que se desmarca de él.

 El relato se despliega en tres narraciones simultáneas: LUIS, ÁGUEDA y CUARTEL DE PALACIO. Las dos primeras adoptan la forma del monólogo interior de un yo que paulatinamente pasa del desengaño amoroso a la culminación del enamoramiento, a la íntima unión con su amante, según va conociéndose, según va dándose cuenta de su vida; de su vida interior, la más ambigua y al tiempo la más determinante, aquella de la que depende su felicidad: la sentimental. La tercera representa «la vida exterior», por así decir, de Luis y Águeda. Es una descripción impersonal del medio de relaciones personales en el que se hallan Luis y Águeda, y del que se distingue la que surge entre ellos dos. Esta relación va uniéndolos entre sí a la vez que va separándolos del medio, hasta que, hechos uno y el mismo, «caen en el vacío del cielo».

 Luis y Águeda, víctimas de un pasado traumático, se sienten muertos: mentes perdidas y corazones vacíos, incapaces de amar. Sin embargo, esta muerte es ambigua, ya que contiene en sí misma su contrario; también significa el principio del nacimiento de una vida mejor, puesto que es la destrucción del amor por sí mismo para alcanzar una forma más alta. En efecto, esta muerte les hace identificarse uno con otro inmediatamente –es decir, exteriormente, por negación del medio, por hacerlos diferentes de quienes les rodean–,haciendo surgir entre ellos una relación sentimental ambigua, que va definiéndose, según van conociéndose a sí mismos reviviendo su propio pasado y viviendo nuevas experiencias, hasta alcanzar la forma del pleno enamoramiento, es decir, hasta llegar a reconocerse el uno en el otro, a identificarse interiormente el uno con el otro, a la unión íntima de ambos amantes.

 El relato autobiográfico Papeles de Miguel, al igual que Luis y Águeda, adopta la forma del monólogo interior de un yo que, según va analizando su vida, pasa del desengaño amoroso a la culminación del enamoramiento, a la íntima unión con su amante. Pero, contrariamente a aquellos, el desengaño de Miguel no se da al revelarse ficticio el amor, sino al revelarse amor imposible, amor ideal, amor eterno, amor absoluto. Es por esto que Miguel muere de amor, mientras que Luis y Águeda de amor viven.

 Nerissa, el verdadero amor de Miguel, lo abandona no porque haya dejado de amarle, sino por no poder hacerse un hueco en su vida. Miguel, entonces, viendo en Nerissa la representación más perfecta de Dios y el medio de llegar a Él, en vez de olvidarla, decide perfeccionar cual místico su amor a ella, olvidándose, desasiéndose de su propia vida; decide unirse a Nerissa, abandonando su propia vida. Y es para poder realizar semejante despegue de su propia vida, que Miguel necesita analizarla. El hecho de que Nerissa no pueda instalarse en su vida significa efectivamente que su amor es imposible. Y por esto mismo es verdadero en absoluto. Paradójicamente, la imposibilidad de un amor no es señal de su falsedad, sino de su autenticidad; porque el amor es la unión de los contrarios, o sea, lo imposible. El amor imposible es la genuina realidad que no teniendo cabida en la vida la traspasa. Por eso Miguel, siguiendo ese amor hasta el final de su análisis y desasimiento vital, queda traspasado, dividido en dos, Miguel y Nerissa, desdoblado su monólogo en un diálogo entre ellos. Y así, herido fatalmente, se siente cada vez más cerca de su amante, hasta que la muerte los una en absoluto, infinita, eternamente.

 Tal análisis y desasimiento se desarrolla a lo largo de dos años y, adoptando la forma de un viaje, se enmarca en sucesivos barrios de Madrid.

 Miguel, En su relato autobiográfico, se refiere con frecuencia a su inacabada novela Octubre, Octubre, viendo en tal ficción la clave de su vida, indispensable para su análisis, y en su vida el carácter de ficción, indispensable para su desasimiento. Ello facilita al lector apreciar la unidad interna de ambas obras manifiestamente contrarias. Novela y autobiografía, ficción y vida, generación y destrucción, aparecen no oponiéndose, sino complementándose, entretejidas por la única realidad auténtica: el amor. Amor que destruye la ficción para hacerse vida, como el de Luis y Águeda, amor que destruye la vida para hacerse absoluto, como el de Miguel, amor que se hace deshaciéndose, que se eleva socavándose, que se afirma negándose.

 Así la manifestación plena del amor pasa por tres fases: la del amor ficticio o fantástico, en que los amantes se unen en la fantasía, la del amor carnal, que equivale a la destrucción del ficticio, y la del místico, que equivale a la destrucción del carnal. En Miguel estas tres fases corresponden, respectivamente, al amor de su tía Magda, al de su amante Hannah y al de Nerissa.

 Se comprende ahora por qué Miguel considera inacabada su novela. En ella el amor llega hasta la vida y es absorbido por ella perfectamente, se encarna por completo, manifestando su naturaleza ambigua en la bisexualidad; pero no va más allá de la vida, no ahonda en la carne hasta traspasarla, manifestando mejor su naturaleza contradictoria en un bisexualismo suprasexual. En la plena encarnación, en la unión sexual, el amor todavía no alcanza su plenitud; tan sólo la evoca metafóricamente. Hace falta la última fase, la del amor místico, para que se exprese el amor consumado.

 Su agilísima prosa, la riqueza de sus metáforas y símbolos, su extraña mezcla de melancolía, esperanza y erotismo hacen que la lectura de esta obra de arte sea un placer único.

Juan José Bayarri Torrecillas

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