¿Qué es pensar? Primera parte


Lo peor es caer en los tópicos. Pero es difícil, a veces el lenguaje nos arrastra con su propia inercia. Lo bueno está en esos momentos en que uno se da cuenta de eso y se para a pensar. Así me ocurrió hace unas semanas en una clase de ética de 4º de ESO. Yo trataba de convencer a los alumnos de las virtudes de la filosofía. La vida -decía- es única, no tendremos más oportunidades para vivirla, no habrá recuperaciones ni repescas, lo hecho, hecho está. Podemos vivirla de cualquier manera, y tal vez no nos vaya mal, pero algunos hombres han decidido, dada la importancia del objeto, tomarse ciertas molestias y preguntarse en qué consiste vivir bien. ¿Cómo responder a esa pregunta? No vale preguntarle a papá o a mamá, porque ellos -lo siento- tampoco lo saben. O sí lo saben, pero entonces su sabiduría no nos sirve, porque, a diferencia de otras disciplinas, ése es un conocimiento que no podemos adquirir de oídas. Tenemos que alcanzarlo nosotros, al igual que, por mucho que en Al filo de imposible nos muestren la cima conquistada del Everest, nosotros no hemos subido y para disfrutar verdaderamente del paisaje hay que subir, no vale que nos lo cuenten. Tampoco parece que podamos responder a esa pregunta observando. Por mucho que busquemos, la vida no está por ahí, no es una cosa. Vemos seres vivos, algunos humanos, pero no la vida y menos la vida buena. Es algo que no se nos ofrece a los sentidos. La respuesta sólo puede buscarse (¿y encontrarse?) de un modo: pensando. ¿Pero sabemos pensar? -pregunté. Algún alumno bostezaba con pereza -era primera hora-, otros se limitaban a dormitar con los ojos abiertos; había incluso quien escuchaba mi sermón con benevolente paciencia. Ni siquiera descarto que alguien asistiera con curiosidad por ver a dónde iba a parar. A esas horas tempranas en las que el día es todavía gris no puede tomarse uno en serio nada. Y menos en un aula de secundaria, con esos pupitres verdes, esas paredes blancas y ese estilo descorazonador tan grato a la administración. Un tipo preguntando si sabemos pensar. Sí ¿y cuánto queda pa que toque?

Por algún motivo no sigo adelante como si nada e insisto, ¿qué es pensar? La pregunta ha cambiado. Una rapidísima intuición en el último segundo me lleva a plantear la pregunta en esos términos esenciales. Ahora buscamos una definición. ¿Qué es pensar? Pregunto a algunos alumnos concretos, Fulanito, ¿lo sabes? Menganito, ¿lo sabes tú? Como respuesta sólo obtengo ojos abiertos de par en par como diciendo ‘si yo no he hecho nada’. Pero entonces -digo- tenemos un problema y además es gravísimo. ¿Cómo vamos a pensar si no sabemos qué es pensar? De hecho nos jactamos de ser los únicos animales que piensan. Incluso hubo un filósofo –Descartes, que llegó a decir que somos cosas que piensan, que lo único que nos hace ser es el pensamiento. Yo puedo imaginarme a mí mismo sin piernas, sin brazos, en otro cuerpo, o sin cuerpo alguno, como un fantasma o un espíritu levitante. Pero no puedo imaginarme a mí mismo sin pensamiento. Si dejáramos de pensar estaríamos muertos. Si no sabéis qué es pensar, entonces no sabéis ni siquiera qué sois. Y si no sabéis qué sois, ¿cómo vais a saber cómo vivir bien? Es un problema muy grave. Ahora los alumnos atendían. En ese instante tengo la sensación de que comprenden el problema. Ahora los ojos se abren de otra manera, como buscando una respuesta. Una ligera protesta generalizada me indica que vamos en la dirección correcta. Un ‘uf’ por aquí, otro que se cambia de postura, algunos intentos frustrados de responder: “pensar es lo que estoy haciendo”, sí pero ¿qué es? “Pensar es acordarse de algo” Bueno, puede que la memoria esté relacionada con el pensar, pero ahora estamos pensando y no estamos recordando. “Pensar es… es que lo sé, pero no sé cómo decirlo” Pero entonces es que no lo sabes. De repente la pregunta que planteé con cierta ingenuidad ha sembrado la clase de interrogantes auténticos. Ya no nos acordamos del día gris, de las mesas verdes ni de las paredes blancas. Entonces alguien me dice con impaciencia “dínoslo tú, qué es pensar”. ¿Yo? Vaya, esto no estaba previsto. Me vienen a la cabeza muchas posibles respuestas para salir del paso, pero me doy cuenta -en milésimas de segundo- que ninguna de ellas me convence. El tiempo parece discurrir muy despacio, recuerdo años de carrera y de oposición buscando una respuesta convincente. No la encuentro. Me vienen a la cabeza Platón, Descartes, Kant… podría escoger a alguno… pero para qué, ¿para engañarles? ¿para hacerles creer que yo sí lo sé? Todavía no han pasado tres segundos desde que se me formula la pregunta. “Dínoslo tú, qué es pensar”. “Yo… tampoco lo sé”. En ese instante estamos todos -yo también- pensando.

Continuará…


Dogmas de la pedagogía oficial (6) Prevenir y Sancionar

Mediterráneo una y mil veces descubierto, avispero de disparates y legión de ocurrencias; la cuestión de la convivencia en los centros educativos nos anda ocupando últimamente más de lo que debiera. El debate en torno a este tema es, por lo general, insustancial, ideológico e intelectualmente pobre; pero en ocasiones se anima. En este sentido un par de cosillas me han llamado la atención en calidad de síntoma. Una de ellas es la eliminación, en el código civil, del castigo físico razonable como posible medida correctora de la conducta de los hijos. En su lugar “La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y sicológica (sic)”. La otra cosilla es el supuesto ‘amplio’ rechazo del borrador del decreto de convivencia escolar porque -se alega- hace prevalecer la sanción sobre la prevención. Los psicólogos (o algunos psicólogos, que en esto siempre habrá opiniones) afirman que el bofetón es ya un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden darlo los padres, no es democrático. En su lugar proponen ‘otras’ medidas (no pregunte usted de qué ‘otras’ medidas hablan porque le mirarán raro).

Ambas cuestiones son expresión de una vieja ilusión del ser humano, tan natural y bienintencionada en su planteamiento, como perversa en su ejecución: la utopía del control. La sanción llega tarde; el delito ya se cometió. Hay que prevenir. ¿Quién no desea un mundo en el que el conflicto se ataje antes de nacer, en el que la sangre nunca llegue al río, un mundo de corros manolos, animación sociocultural y participación? Pero la prevención es una caja de Pandora que, al ser abierta, deja escapar a todos los demonios. Sólo a uno le impide salir: a la libertad y por ende, a la responsabilidad, que es el retoño que aquélla alberga. Prevenir es reprimir. Supone moldear al sujeto para que su conducta efectiva coincida con la conducta que el sistema espera de él. Es la armonía preestablecida de Leibniz aplicada a lo social. Para los prevencionistas todos somos posibles infractores, por lo tanto todos debemos someternos a sus cursos on-line, a sus mediaciones, a sus tests, a sus esquemas. La infracción es tan imperdonable que no puede consentirse siquiera como posibilidad. Esto exige un riguroso esfuerzo por recabar información, una burocracia eficiente para tramitarla, un organigrama, la implicación, por supuesto, de toda la comunidad educativa, y expertos, expertos, expertos. La sanción es un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden imponerla las autoridades, no es democrática.
Por una mezcla de suerte y desgracia, las medidas preventivas son casi siempre ineficaces, si no crean más problemas de los que resuelven. Lo grave es que al final, si se comete el delito, la responsabilidad ya no es del delincuente, sino de quien no lo impidió. A partir de aquí todo se complica mucho. Vean si no este esquema del plan PREVI (basta una ojeada rápida para comprender lo que quiero decir):


Al final, evaluación, informe, archivo… una y otra vez.
Yo quisiera, frente al idealismo utópico de la prevención, reivindicar el realismo gástrico de la sanción. Pero, para que se me perdone, argüiré que, en realidad, la sanción es la medida preventiva más eficaz, sin los inconvenientes del prevencionismo. La sanción no es una rabieta, sino una medida disuasoria (eso es prevenir). Quien sufre la sanción se educa en la responsabilidad, nacida ahora del ejercicio de su propia libertad. Lo otro es mediar, negociar, escaquearse… La sanción, codificada en un sistema de normas, es uno de los mayores logros de la humanidad, es el triunfo de la razón sobre la arbitrariedad. Además la sanción, dada su objetividad, admite la crítica y la rebelión y por lo tanto la mejora. El prevencionismo sin embargo actúa a escondidas emponzoñando el agua de los depósitos. Siglos y siglos de historia nos muestran el peligro de querer implantar la paz a costa de la libertad, moldeando a los individuos desde su infancia como figuritas de mazapán. Ese aprendizaje histórico no debería obviarse a la hora de organizar nuestros pequeños centros educativos.

Dogmas de la pedagogía oficial (4) Cooperar vs competir

Como el bueno de Aristóteles advertía, no hay forma sin materia; tampoco, en consecuencia, hay método sin contenido. De modo que podemos sospechar que la ‘nueva‘ metodología que trata de imponer la pedagogía oficial no es neutra en cuanto a los contenidos -como ninguna lo es, por cierto.

Como ya señalábamos en un post anterior, la pedagogía oficial se autoconcibe ‘democráticamente’ como un proyecto ‘democrático’ de reforma ‘democrática’ para conseguir una sociedad ‘más democrática’. Si su archienemigo es el liberalismo, ya podemos intuir en qué tipo de democracia están pensando. El sesgo político no me parece peligroso, es más, en democracia lo más saludable es tener uno de esos -cosa que no está al alcance de todo el mundo, no se crean. El problema es cuando se pretende dar al sesgo político propio una legitimidad moral superior al resto de sesgos políticos. Pero si esa legitimidad moral viene, además, avalada por un discurso pseudocientífico y endulzada por ricas animadoras socioculturales aquí ya no hay quien diga esta boca es mía.

A modo de anécdota me gustaría contar una sesión de hipnopedia a la que fui sometido en uno de los cursos de formación del profesorado que he sufrido (quienes trabajen en empresas serias entenderán por ‘cursos de formación’ algo muy distinto a lo que se entiende en educación, a ellos he de advertirles que lo que van a leer es una sesión real de uno de los cursos que se supone mejoran nuestra capacidad docente y que además son financiados por las arcas del Estado).

Estaba yo, pardillo de mí, junto a otros compañeros -gente seria, padres de familia, intelectuales, etc- esperando que comenzara el curso y con la vaga esperanza, uno, de aprender algo; dos, de acabar pronto y obtener los preciados créditos de una vez. De repente irrumpe en la sala una psicóloga hiperactiva y nada, carpeta aquí, fotocopia allá, proyector que no va pero al final sí, que falta una silla, que llega uno con retraso, que otra ha ido al baño… Por fin nuestra gurú, a base de palmas, consigue que pongamos las sillas una al lado de otra y que subamos encima. Y aquí ya ni se respetan las canas ni hay justificante médico que valga. A la silla todos. Como a mí me daba tanta vergüenza irme como quedarme, me quedé alelado como el burro de Buridán. Y cuando me quise dar cuenta ya estaba encima de la silla. La dinámica iba a comenzar. Se trataba de situarnos por orden de nacimiento sin hablar y sin bajar de la silla. A partir de ahí, la gente gesticulando, agarrándose para no caer, ahora paso yo, ahora pasas tú. Un guirigay. Por fin terminamos, no se cómo, ordenados por edades, sin decir una palabra e ilesos. Afortunadamente estaba la psicóloga hiperactiva para iluminarnos: lo habéis conseguido gracias a la cooperación. Eso y hacer una apología de la cooperación, abominando de la competitividad fue una y la misma cosa. Resulta que los males del mundo se deben a la competitividad y que si enseñáramos a nuestros alumnos a cooperar y no a competir ‘tal y como se hace en el actual sistema’, otro gallo cantaría. ¡A cooperar, a cooperar, hasta enterrarlos en el mar!

Que en ocasiones la cooperación es la forma más eficiente de llevar a buen término algunas tareas es algo que saben todas las bandas de ladrones, las mafias y las organizaciones terroristas. Pero de ahí a considerar la cooperación como algo moralmente bueno a priori, va un trecho. Toman la cooperación como un valor y la competitividad como su hermana perversa.
No quiero aquí hablar mal de la cooperación, sino denunciar el mito de la cooperación. La pedagogía oficial, obstinada en mejorar el mundo, ha encontrado en la competitividad al gran Satán. Para ellos la cooperación es más democrática que la competencia. Un sistema competitivo fomenta la desigualdad, la injusticia social, la insolidaridad, el aislamiento, etc. ¿Qué es eso de que tú eres más y yo soy menos; que tú ganas y yo pierdo?

La pedagogía oficial sin embargo se equivoca en algo fundamental. Lo propio de la democracia es, precisamente, la competencia. Sin ir más lejos, el acontecimiento, la fiesta democrática por excelencia son las elecciones. ¿No son competitivas? La competencia sólo es imposible cuando no hay libertad, cuando el estado lo es todo, cuando sólo cabe cooperar o estar fuera. Si hay democracia y libertad, entonces hay competencia. Y viceversa. La competitividad permite que los individuos desarrollen sus aptitudes, que no se conformen, que deseen mejorarse y obtengan el estímulo necesario para emprender esa tarea. Pero la competitividad no es la guerra de todos contra todos. Supone unas reglas, un juego. Se puede competir bien o mal. Se puede saber perder y ganar o no saber. Por eso también es necesaria una educación en la competitividad, que también es un hermoso valor.

No sé a cuánta gente ha educado la pedagogía oficial cooperacionista, pero Kant ha educado a la humanidad y vean lo que dice:

 

“El medio de que se sirve la Naturaleza para lograr el desarrollo de todas sus disposiciones es el antagonismo de las mismas en sociedad, en la medida en que este antagonismo se convierte a la postre en la causa de un poder legal de aquéllas. Entiendo en este caso por antagonismo la insociable sociabilidad del hombre, es decir, su inclinación a formar sociedad que, sin embargo, va unida a una resistencia constante que amenaza perpetuamente con disolverla. Esta disposición reside, a las claras, en la naturaleza del hombre. El hombre tiene una inclinación a entrar en sociedad, porque en tal estado se siente más como hombre, es decir, que siente el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una gran tendencia a aislarse, porque tropieza en sí mismo con la cualidad insocial que le lleva a querer diponer de todo según le place, y espera, naturalmente, encontrar resistencia por todas partes, por lo mismo que se sabe hallarse propenso a ofrecérsela a los demás. Pero esta resistencia es la que despierta todas las fuerzas del hombre y le lleva a enderezar su inclinación a la pereza y, movido por el ansia de honores, poder o bienes, trata de lograr una posición entre sus congéneres, que no puede soportar, pero de los que tampoco puede prescindir. Y así transcurren los primeros pasos serios de la rudeza a la cultura, que consiste propiamente en el valor social del hombre».

 


I. Kant, Ideas de una historia en sentido cosmopolita, en “Filosofía de la historia”


Insociable sociabilidad, cooperación y competencia, son dos aspectos de la naturaleza humana necesarios para su progreso. Negar uno de ellos es negar al ser humano.

La mala reputación


A la gente no gusta que uno tenga su propia fe…

Paco Ibáñez canta ‘La mala reputación’ de George Brassens:

La versión original de George Brassens: La mauvaise réputation

Otra versión en castellano, de Loquillo

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