Aprendiendo idiomas con Ortega. 1ª Lección. La correcta pronunciación.

Para aprender el inglés hay que comenzar por echar adelante la quijada, apretar, o poco menos, los dientes y casi inmovilizar los labios. De esta manera surge en los ingleses la serie de leves maullidos displicentes en que su lengua consiste. Para aprender el francés, opuestamente, hay que proyectar todo el cuerpo en dirección a los labios, adelantar éstos como para besar y hacerlos resbalar uno sobre otro, gesto que expresaría simbólicamente la satisfacción de sí propio que ha sabido sentir el hombre medio de Francia.

El hombre y la gente. José Ortega y Gasset.

Tanto trilingüismo, tanto trilingüismo…

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Meme Historia de la Filosofía. ¿ In partibus infidelium otra vez?

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Mi primer contacto con la historia de la filosofía se remonta a 1980. Aún era muy reciente la promulgación de la Constitución que ponía fin al “Régimen”, aunque todavía eran patentes las resistencias de éste a desaparecer. La lectura de dos libros de Javier Cercas, Las leyes de la frontera y Anatomía de un instante, me han hecho rememorar recientemente aquellos años en que se tramaban golpes de estado en las cafeterías, los adolescentes aprendían a “puentear” los 124 y la heroína entraba a galope para asolar barrios marginales y obreros.

Mi descubrimiento de la filosofía fue bastante ordinario, no tuvo el aspecto de una revelación, ni fue resultado del encuentro con ninguna personalidad carismática, fue el encuentro con un libro: la Historia de la filosofía de Navarro Cordón y Tomás Calvo publicado por editorial Anaya para estudiantes de COU; sin embargo, es el acontecimiento más decisivo en mi determinación posterior de estudiar filosofía, en que haya dedicado más de veinte años a enseñar filosofía y de que en este momento esté escribiendo esta remembranza. El encuentro fue casual, pero abrir ese libro y comenzar a leerlo no fue, sin embargo, nada trivial ni anodino; fue la experiencia de apertura a un mundo absolutamente nuevo y desconocido para mí: Europa; es decir, los primeros intentos del genio griego de racionalizar la naturaleza y el estado, la tensión entre lo humano y lo divino, entre la razón y la fe, de los medievales; el yo esforzado en el dominio sobre el mundo en la filosofía moderna; la denuncia de la superstición, del fanatismo y la defensa de los principios de la libertad en empiristas y liberales británicos, la defensa de la autonomía moral y de la dignidad humana por Kant, la denuncia marxista de la alienación y explotación del hombre -qué incómodo nos resulta hoy Marx-, el coraje y la elegancia intelectual de Bertrand Russell… y entre aquellos hombres aparecía también un elemento extraño: José Ortega y Gasset, un hombre que filosofaba desde la Sierra de Guadarrama, asomado a El Escorial, que escribía obras tituladas como Meditación del Quijote, La rebelión de las masas o España invertebrada. Aquel hombre, Ortega, tuvo la osada intención de poner a España a ”la altura de los tiempos”, del tiempo de la mejor Europa, para ello se hacía necesario disciplina intelectual, rigor, método, voluntad de sistema; las actitudes propias de la filosofía y de la ciencia, de las que tan escasa se mostraba la cultura española. De lo que era un yermo filosófico emergió alrededor de su magisterio en pocos años una escuela filosófica –Escuela de Madrid, se dice- de extraordinario valor intelectual, José Gaos, Xavier Zubiri, García Morente, María Zambrano, Julián Marías, Ferrater Mora… Una generación a la altura de lo mejor de cualquier universidad europea, pero llegó el 36 y, ya sabéis, todos aquellos hombres desperdigados por Europa, América o en el exilio interior… Aquí se hizo silencio o palabra dictada durante muchos años.

Nosotros, mi generación, no vivimos aquellos años. Nosotros dispusimos, encima de nuestro pupitre, de libros como la historia de la filosofía antes citada. Ahora, cuando parece que libros como éste no van a estar en nuestras aulas de bachiller, uno siente que se está ocultando, secuestrando, algo valioso, que se está generando algo con efectos perniciosos. Una historia de España, del arte, de la literatura y de la lengua española aislada, ignorante, de la historia de las ideas y del pensamiento europeo no es la mejor historia de España. No es la historia de España que muchos queremos.

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Seguir Meme Historia de la filosofía.  De la utilidad de la filosofía

Pedagogía del desdén

Todos hemos sido educados en la pedagogía del desdén. La admiración nos parecía una debilidad. Cuando nos sorprendíamos respetando alguna cosa nos tomaba la sospecha de haber sido sobornados.

Tal situación moral es evidentemente un estado enfermizo que urge dominar. Porque la verdad se encuentra en el lado opuesto. Admiración y respeto son síntomas de robustez personal, son además condiciones de ella.

José Ortega y Gasset

De la admiración

Dogmas de la pedagogía oficial 8. La motivación

Si yo tuviera una escoba…

Desde hace algún tiempo venimos tratando aquí lo que considerábamos dogmas de la pedagogía oficial: ciertas ideas con estatus de intocables dentro del ámbito docente. Y que por intocables han servido para alimentar un gran fraude. Pero creo que la más perniciosa de todas ellas no la hemos tratado aún directamente, aunque sí de forma “transversal” pues está presente como argamasa en el resto de dogmas, se trata del dogma de la motivación. La motivación es el concepto omnipresente en toda literatura educativa, en toda discusión y en toda ceremonia del sistema educativo español en las dos últimas décadas. En la teoría pedagógica la motivación puede tener consideraciones diversas, tiene sus defensores dogmáticos, pero también sus críticos: aquellos que limitan su valor. Es su uso dogmático – el que no examina sus fuentes, ni sus condiciones, ni sobretodo sus límites- lo que aquí rechazamos. Para nosotros la motivación es un factor secundario, y no puede ser el centro desde el que se articule la educación; un sistema educativo que quiera fundarse sobre la motivación está condenado inexorablemente al fracaso. La falta de motivación se esgrime como causa principal del fracaso escolar, y con cierta ingenuidad –no exenta de su pizca de maldad- se prescribe eliminar aquella para eliminar éste; los niños y adolescentes no están motivados, y por tanto se aburren, no prestan atención, ni trabajan con energía, aparecen los conflictos de disciplina y viene el fracaso escolar… en cambio si los niños estuviesen motivados, estarían divertidos en el colegio, atentos, trabajarían con gusto enérgico y en armonía… El diagnóstico está hecho, y la medicina recetada. Solo queda… ponerle el cascabel al gato. ¿Y quién se lo ha de poner? Pues está clarísimo, aquellos a quienes le corresponde: los profesores. Rigurosa lógica, rigurosa tautología. ¿Y los padres?, bueno, los padres también tienen que arrimar el hombro un poquito [perdón, implicarse], y cooperar junto al resto de la comunidad educativa, desde posiciones comunitarias y democráticas, -cuando no más democráticas- y desde normas al servicio de la prevención. Sí, todos juntos a motivar al infante. Y el infante, que se huele la trama –porque de tonto no tiene un pelo, sobreestimulado como está desde la cuna- se despatarra en su pupitre, echa los hombros hacia atrás, se despereza lentamente, y le dice con un cierto aire entre displicente y fastidiado al profesor: motíveme.

¿Se imaginan el resultado?

Hay otra forma de entender la educación en la que la escuela no se percibe como una actividad más junto a muchas otras posibles [por ejemplo la excursión Terra Mítica del fin de semana], en la que se concibe la educación como una necesidad para que el niño se convierta en hombre capaz. Esta concepción no se funda en la motivación, en el deseo, sino en la conciencia de necesidad. Y se entiende que el deseo nace de la necesidad.

Yo he sido educado en las letras desde mi infancia, y como se me persuadía de que, por medio de ellas, se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de lo que es útil para la vida, tenía un extremado deseo de aprenderlas.

René Descartes.

PS. En este momento alguien me susurra a la oreja que el humanismo ha muerto.

Dogmas de la pedagogía oficial(7). Comunidad e individualidad


Uno de los lugares comunes más frecuentados de la pedagogía oficial es el concepto de comunidad educativa. En un post anterior comparábamos a ésta con el “camarote de los hermanos Marx” –ya desde ahora me pido el papel del “mudo” para esta singladura, pero no está vedado a los mudos el aporrear teclados-. Es el signo de los tiempos; en el siglo lV A.C. Platón nos proponía “el mito de la caverna” para explicar la situación en que con respecto a “la educación o falta de ella se encuentra nuestra naturaleza”, en los comienzos del veintiuno el estado español encuentra su imaginería en el genial Groucho. Como en el famoso camarote, nuestra “comunidad educativa” no para de crecer y , al igual que en aquél, los elementos que se añaden contribuyen a hacer más patente el problema, pero no a aliviarlo; el pisotón del informe ha hecho daño esta vez, tanto que la causa del desaguisado se le ha achacado a Franco, no estaría mal “que los muertos entierren a los muertos”, pero pasado el sincope se buscarán víctimas más propicias; ya se encargarán de señalarlas “el plomero o su ayudante”, me huelo que algún liberal despistado se llevará el cachete y a éste no le va a librar la bienintencionada enmienda.


Quien conoce el espíritu del comunitarismo estará familiarizado con una de sus exigencias más habituales: “actuar todos a una”, así una de las causas de “nuestros” problemas se atribuye a esa falta de unidad de criterios o de actuación, una exigencia de este tipo puede ser dicha con mucho aplomo, atildando la voz, y encontrará en el público unánime asentimiento, rítmicos y sincronizados movimientos de cabeza , rostros serios, honesta preocupación… es el momento de la reflexión, del examen de conciencia… en este preciso momento algún individuo se encamina ya hacia el desierto, se embosca o se trasforma en burlón (bufón). El carácter totalitario del comunitarismo se revela claramente en su opacidad refractaria a cualquier crítica; pues cualquier objeción es un síntoma del mal que se denuncia: “falta de unidad, de cohesión”, el crítico es el elemento distorsionador, aquí lo que se requiere es adhesión.. y nada más. No es extraño tampoco que esas “actuaciones comunes” que se requieren, no sean otra cosa que “mis (sus) prejuicios” acatados por todos. El corolario de esta posición no es la solución de ningún verdadero problema, pero alivia las conciencias.. y la ciudad vive algunas horas tranquilas más, a costa del animal que se pierde en el desierto, aunque sea tan sólo en el dúctil elemento de la fantasía.

Comunidad, comunión, comulgar –con ruedas de molino.

La democracia –también nosotros tenemos derecho a invocarla-, sin embargo, tiene que ver con individuos, con individuos autónomos, racionales –al menos supuestamente-, con opiniones confrontadas, con polémica, con diferencias de pensamiento, de expresión y de acción.. y nada le es más ajeno que el silencio de los corderos o la paz de los cementerios.
La madurez , tan necesaria, se expresa en la capacidad de decisión personal, en reconocer y asumir el riesgo del error –en uno mismo y en los otros- , sólo una mente infantil –o un fanático- puede pretender tener la verdad, otorgársela a los demás y no digamos compartirla en feliz banquete festivo.

Pero se me dirá que todo esto no niega la necesidad –y posibilidad- de llegar a acuerdos, de “consensuar” unas pautas de actuación de obligado cumplimento y que poco se puede hacer si nos convertimos en jugadores solitarios.

Mi respuesta a esto es sencilla: esas normas están dadas; no vivimos en el vacío legal, ni somos extraños viajeros espaciales llegados a un planeta ignoto, no podemos ser jugadores solitarios aún cuando lo quisiéramos; nuestras normas y nuestras instituciones tienen una honda y esforzada historia. La solución a nuestros problemas pasa por el respeto al individuo, por suponer su racionalidad y su autonomía moral, por reconocer su valía profesional. El comunitarismo, que desconfía del individuo –y lo desprecia-, anula las fuerzas creadoras, siembra ineptitud y resentimiento -los no convencidos pueden reparar en los ejemplos de la historia- Algunos preferimos soportar las extravagancias e irregularidades de algunos particulares –por descontado los otros deberán también soportar las nuestras, qué remedio- a alienar nuestra falible autonomía en el “nosotros los buenos” , que se ha demostrado en la historia tan fatuo como perverso.

El desastroso camarote nos exige una solución: que no sea ésta el Fata Morgana del ” reino de los justos”.

Si han llegado hasta aquí se merecen un regalo, obtenido por medio de un blog amigo:

Poco a poco he comprendido el defecto general de nuestro tipo de educación y formación: nadie aprende, nadie quiere aprender, nadie enseña -a soportar la soledad.

Friedrich Nietzsche

 

Dogmas de la pedagogía oficial (6) Prevenir y Sancionar

Mediterráneo una y mil veces descubierto, avispero de disparates y legión de ocurrencias; la cuestión de la convivencia en los centros educativos nos anda ocupando últimamente más de lo que debiera. El debate en torno a este tema es, por lo general, insustancial, ideológico e intelectualmente pobre; pero en ocasiones se anima. En este sentido un par de cosillas me han llamado la atención en calidad de síntoma. Una de ellas es la eliminación, en el código civil, del castigo físico razonable como posible medida correctora de la conducta de los hijos. En su lugar “La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y sicológica (sic)”. La otra cosilla es el supuesto ‘amplio’ rechazo del borrador del decreto de convivencia escolar porque -se alega- hace prevalecer la sanción sobre la prevención. Los psicólogos (o algunos psicólogos, que en esto siempre habrá opiniones) afirman que el bofetón es ya un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden darlo los padres, no es democrático. En su lugar proponen ‘otras’ medidas (no pregunte usted de qué ‘otras’ medidas hablan porque le mirarán raro).

Ambas cuestiones son expresión de una vieja ilusión del ser humano, tan natural y bienintencionada en su planteamiento, como perversa en su ejecución: la utopía del control. La sanción llega tarde; el delito ya se cometió. Hay que prevenir. ¿Quién no desea un mundo en el que el conflicto se ataje antes de nacer, en el que la sangre nunca llegue al río, un mundo de corros manolos, animación sociocultural y participación? Pero la prevención es una caja de Pandora que, al ser abierta, deja escapar a todos los demonios. Sólo a uno le impide salir: a la libertad y por ende, a la responsabilidad, que es el retoño que aquélla alberga. Prevenir es reprimir. Supone moldear al sujeto para que su conducta efectiva coincida con la conducta que el sistema espera de él. Es la armonía preestablecida de Leibniz aplicada a lo social. Para los prevencionistas todos somos posibles infractores, por lo tanto todos debemos someternos a sus cursos on-line, a sus mediaciones, a sus tests, a sus esquemas. La infracción es tan imperdonable que no puede consentirse siquiera como posibilidad. Esto exige un riguroso esfuerzo por recabar información, una burocracia eficiente para tramitarla, un organigrama, la implicación, por supuesto, de toda la comunidad educativa, y expertos, expertos, expertos. La sanción es un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden imponerla las autoridades, no es democrática.
Por una mezcla de suerte y desgracia, las medidas preventivas son casi siempre ineficaces, si no crean más problemas de los que resuelven. Lo grave es que al final, si se comete el delito, la responsabilidad ya no es del delincuente, sino de quien no lo impidió. A partir de aquí todo se complica mucho. Vean si no este esquema del plan PREVI (basta una ojeada rápida para comprender lo que quiero decir):


Al final, evaluación, informe, archivo… una y otra vez.
Yo quisiera, frente al idealismo utópico de la prevención, reivindicar el realismo gástrico de la sanción. Pero, para que se me perdone, argüiré que, en realidad, la sanción es la medida preventiva más eficaz, sin los inconvenientes del prevencionismo. La sanción no es una rabieta, sino una medida disuasoria (eso es prevenir). Quien sufre la sanción se educa en la responsabilidad, nacida ahora del ejercicio de su propia libertad. Lo otro es mediar, negociar, escaquearse… La sanción, codificada en un sistema de normas, es uno de los mayores logros de la humanidad, es el triunfo de la razón sobre la arbitrariedad. Además la sanción, dada su objetividad, admite la crítica y la rebelión y por lo tanto la mejora. El prevencionismo sin embargo actúa a escondidas emponzoñando el agua de los depósitos. Siglos y siglos de historia nos muestran el peligro de querer implantar la paz a costa de la libertad, moldeando a los individuos desde su infancia como figuritas de mazapán. Ese aprendizaje histórico no debería obviarse a la hora de organizar nuestros pequeños centros educativos.

Dogmas de la Pedagogía Oficial 5º. Legalismo

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos
como nace un deseo, sobre torres de espanto.

Luis Cernuda

Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero, cómo se atreve?
¡ El arquitrabe!

Jaime Gil de Biedma

Hace años, era uno joven y confiado, me preguntaba una compañera si había leído no sé qué del BOE, le respondí que pudiendo leer a Cernuda no perdería el tiempo con la prosa del boletín del estado; ella, con visión de futuro, me contestó que había tiempo y momentos para cada cosa; tal sugerencia me pareció un indigno pasteleo, y he seguido siendo muy reacio a entretenerme con el discurso de los boletines –aunque alguno me voy mirando ya, no se crean.

Desde entonces las alusiones a leyes y boletines se han multiplicado en un vertiginoso crescendo, en consonancia la poesía ha ido desapareciendo de nuestros colegios e institutos; pocos alumnos de 2º de Bachiller –aún siendo de “letras”- cursan hoy literatura española, y ya es raro –un milagro, vamos- que alguno de ellos conozca a Luis Cernuda; mi amiga, sin embargo, es ahora inspectora en una de las múltiples delegaciones de educación y empieza a sonar para una vicepresidencia.

Desde principios de los noventa hablar de educación ha sido sinónimo de apelar a la LOGSE o renegar de ella, al hacer esto se nos escamoteaba la cultura y se sustituía por un discurso político –en el peor de lo sentidos- un discurso partidista, sustentado por prejuicios y vacío de contenidos, un discurso que alimenta silencios, bandas y banderías, y en el que la prueba de nuestros argumentos se funda en nuestra pertenencia a esta o aquella formación política, a este o aquel equipo, a este o aquel proyecto. La indudable crisis de nuestro actual sistema educativo tiene entre otras causas la ausencia de un auténtico debate en cuestiones educativas; en lugar de “ir a las cosas mismas”, el pseudodebate educativo se ha agotado en señalar La Ley, que parece concebirse como intocable emanación del Absoluto –o en su caso del Maligno- la ley –con sus múltiples artículos- que emana innumerables decretos y casi infinitos reglamentos. Se teje así una telaraña jurídica al servicio ¡ay! no de la justicia, sino de la justificación de un depauperado estado de cosas.

Supongamos que alguien no está de acuerdo con alguna medida concreta que se toma en su centro, –algo tan terrenal y concreto como las guardias de patio, por poner un ejemplo-, entonces ante una hipotética protesta se le indica La Ley de tal manera que el cambio de esa medida aparenta suponer una enmienda a la Constitución, hechos como estos –que aunque productos de mi fantasía son totalmente reales, “también la verdad se inventa” decía Antonio Machado– disuaden a cualquier persona sensata de hacer propuesta alguna. Una de las discusiones, que a estas alturas ha tenido lugar en cada uno de los centros de España, concierne al tema de las expulsiones; en muchos centros se impide al profesor expulsar a alumnos con el argumento de que al expulsar de clase se vulnera el derecho a la educación del alumno..¡ahí es nada! si alguien osase comentar –como de hecho ocurre- que quizá el comportamiento de este alumno impide el derecho a la educación del resto – evidentemente también una renuncia voluntaria a la propia- la contestación podría ser que el profesor está falto de recursos para dirigir una clase, que debería acudir a los pertinentes cursillos de reciclaje, de mediación, de habilidades sociales o incluso se le puede sugerir que cambie de trabajo.. sí, como lo oyen.. todo menos conculcar el derecho a “la educación” del gamberrete de turno, el cual de otra parte queda perplejo junto al resto de la tribu ante las reflexiones de sus maestros, tal como en la aldea de Asterix pensaban: “están locos estos romanos”. Resumiendo, ante el intento de resolver un problema concreto de disciplina se te presentan con la Constitución bajo el brazo, y te señalan el artículo según el cual el acceso a la educación es un derecho de todos los españoles..sin embargo en las pistas de baloncesto del municipio no se consiente que nadie pise sin llevar el calzado adecuado.. Con tanta ley, decreto, y reglamento educativo tendrán que poner un ministerio fiscal en defensa del gamberro ante los variados dislates que provoca cada profesor , según algunos, obsoleto.

Ya pueden imaginarse como la contemplación de estos percances –que no pasan desapercibidos- ejerce una balsámica acción motivante sobre el alumno interesado en aprender, alumno estudioso –que milagrosamente persiste y persevera en aquellas prácticas de otrora, al margen de la ley benefactora.

Pero el imperio del legalismo no se limita a las cuestiones de disciplina y autoridad sino que impregna cada una de las facetas del sistema educativo. Por ejemplo, las programaciones; si se comparan las programaciones de aquellos tiempos de Luis Cernuda con las del presente de Zafón, La catedral del mar, y Harry Potter con sus cohortes de animaciones y dinámicas, no dejará de percibirse que hoy en cada programación se comienza por citar el BOE -o su correspondiente versión autonómica, claro está- como queriendo mostrar que se es respetuoso, obediente de la ley, libre de pecado y conocedor de anexos y circulares. Allí debe mostrarse que los contenidos están por la ley bendecidos, que se tienen previstas las correspondientes adaptaciones, que se someten a ley los procedimientos y las actitudes, los temas trasversales y la educación en valores, y ¡cómo no! las múltiples “actividades”. Y, como la gran mayoría de docentes, no somos héroes, sino mas bien comedidos timoratos, y pendiente como se está de la Espada de Damocles del legalismo, se acaba por mutilar la reflexión personal, la originalidad, la creatividad, la autenticidad, la sensatez, la prudencia y el buen gusto, que podrían dar a lugar a documentos ricos en vivencias, en experiencia, en planteamientos realistas y acordes a los sujetos de la educación. En su lugar se generan estériles y farisaicos escritos para demostrar observancia de la ley.

Es en el ingente papeleo donde el espíritu del legalismo alcanza su parusía –en los montones de papeleo agotador e inútil; en la mimesis de la burocracia, el formalismo y el humo coloreado.
…..que se han hecho adaptaciones pues enumérense los objetivos, los materiales, las criterios de evaluación, y los datos del adaptado -hágase por triplicado- … los informes de evaluación personalizados –también por triplicado.. que consten partes de faltas y firmas de enterado… amonestaciones … papeles para la reunión de padres y para la elección de delegado… autorizaciones de los padres para las actividades extraescolares, para subir en autobús o para ver cierta película… y papeles, papeles, más papeles.. para la conferencia de la droga y la de seguridad vial, para el cursillo de risoterapia, el de Astrología y el de psicología transpersonal… los papeles del viaje a Utrera y Castellón.. no se olviden de los puntos que valen para el sexenio..

Cada paso que usted dé debe quedar convenientemente consignado y burocratizado, de lo contrario no fue nada; o peor aún, puede ser un paso en falso; “burocratizo, luego existo”, “burocratizo, luego estoy a salvo”, son lemas que iluminan los entresijos de la docencia en una época que presentía Hölderlin cuando se preguntaba: y para qué poetas en tiempos de penuria.


Qué oye?

El fragor de las trituradoras de papel.

Wislawa Szymborska

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