La pregunta por el ser. Ser y Tiempo de Martin Heidegger

 

Se pretende plantear de nuevo la pregunta por el ser, porque tal pregunta ha caído en el olvido. Y ha caído en el olvido, porque su respuesta, más o menos conscientemente, se tenía por obvia: ser se concibe como realidad, en el sentido de mero estar-ahí, como presencia. Lo que alega Heidegger es que tal concepción del ser corresponde solamente a una forma del ser entre otras, y además a una forma del ser no originaria, básica o fundamental, sino fundada en otras, concretamente en la forma del ser de lo útil, que a su vez se basa en la forma del ser de la existencia humana. Más primario que la realidad es lo que Heidegger llama el ser-a-la-mano , esto es, la forma del ser de lo útil, fundada también en la forma del ser del hombre; el ser de lo útil es la forma del ser en que inmediatamente se dan los entes no humanos (incluidos los entes naturales) al hombre; los útiles refieren unos a otros en plexos relacionales que a su vez remiten a la existencia humana. La existencia humana no tiene la forma de ser de lo útil, ni tampoco la de la mera presencia (realidad), sino que su forma de ser es la existencialidad, es decir, el poder ser, el ser siempre sus posibilidades; el poder efectuar las posibilidades propias desde un estado fáctico -ser arrojado- que las determina limitándolas y a la vez posibilitándolas, absorbido en lo útil y con los otros hombres.

Así las cosas, ¿será posible encontrar una única forma del ser, un sentido unitario del ser que, a la vez, mantenga las diferencias?

¿Por qué no actuaron antes?

Es difícil que un gobierno, aun haciéndolo todo bien, salga bien parado de una crisis como la que estamos viviendo, al menos en un escenario político como el español. No creo que Sánchez se esté equivocando en todo. Pero creo que sí hay un error fundamental que, por así decir, contamina toda su gestión.
Es evidente que antes del 13 de marzo -no sé cuánto antes- el gobierno tenía información suficiente para actuar con mayor previsión, salvar miles de vidas y -tal vez-, ahorrarnos o paliar una profunda crisis económica. La pregunta ‘¿por qué no actuaron antes?’ se ha planteado desde el principio. Las respuestas no han sido convincentes de momento. Pero la pregunta se seguirá planteando y puede ser letal, porque no surge de la ideología, ni del partidismo, sino del dolor que, por desgracia, y parafraseando a Descartes, parece hoy la cosa mejor repartida del mundo.
Si en febrero los organizadores del Mobile World Congress tenían información suficiente para cancelar un evento de dichas dimensiones, el gobierno también debía tener esa información. Se infravaloró claramente el riesgo. ¿Por qué? Si no consiguen dar una respuesta que convenza, especialmente a los suyos, esa pregunta hará caer a Pedro Sánchez. También a Pablo Iglesias.
No es el momento, sin embargo, de provocar una crisis de gobierno. Eso sólo desestabilizaría más al país y no hay ninguna garantía de que el ejecutivo resultante fuera mejor. Y menos con las ocurrencias, algunas delirantes, que se han escuchado sobre esto. La oposición no tenía tampoco menos información que los organizadores del Mobile World Congress y no mostraron el grado de beligerancia que han mostrado en otras cuestiones que ahora ya parecen obsoletas.
Se habla de guerra, pero esto se parece más a una tormenta. Se infravaloraron los indicios y el temporal nos ha sorprendido en cubierta peleando por la ración de grog. Pienso en el momento en el que el capitán de un barco asume interiormente que no va a sobrevivir y los mecanismos mentales y biológicos de la supervivencia propia se desactivan; en ese momento se puede pensar con lucidez cómo salvar a la tripulación. Pedro Sánchez debe asumir que no sobrevivirá políticamente al COVID-19 y que sacarnos de ésta será el último servicio que haga a España como presidente. Ojalá tenga ahora, en la tormenta, la sabiduría y la prudencia que no tuvo antes.
La oposición también debe comportarse con altura. Quien asuma el poder después de Sánchez tendrá una tarea muy dura y no puede olerle el aliento a carroña. No deben esperar plácidamente el fracaso de Sánchez, porque si fracasa él, nos irá mal a todos. Deben ser críticos, pero la crítica debe estar orientada a descubrir la verdad, no a destruir al adversario ni a ganar elecciones. El insulto y el ataque personal provoca el regocijo de los propios y la indignación de los ajenos, pero nos polariza en torno a emociones de baja estofa. No necesitamos eso. La crítica racional y- si se me permite- desapasionada, no consigue retweets ni likes, pero es lo único que puede poner de manifiesto la verdad. Que la hay.

Aperitivo kantiano para los jóvenes de segundo

Se trata de un vídeo con una aproximación muy sencilla a kant. Os puede aclarar algunas cosillas.

En estos tiempos de penuria hay que aprovecharlo todo.

 

Desde la ética. Nueva invitación a la lectura de Heidegger.

Decía Wittgenstein que la filosofía deja las cosas tal como están. No podría ser de otra manera; pues las cosas son como son. Sin embargo, sí puede la filosofía iluminar las cosas de forma distinta, de tal manera que todo parezca un poco diferente ante esta nueva luz o que se iluminen aspectos ocultos. Este es el modo en que la lectura de los filósofos -o cualquier lectura, al ser hecha al “modo filosófico- influye sobre mí.

Últimamente esa nueva luz procede de Martin Heidegger. A Heidegger no le gustaba que sus reflexiones se interpretasen en clave antropológica, psicológica… ni en cualquier otra perspectiva particular, y nos advierte repetidamente de ello.  Especialmente le disgustaban las lecturas éticas de su obra, creo que por lo que en la ética hay de normativo, de valorativo. Su filosofía pretende, al atenerse al método fenomenológico,  ser puramente descriptiva  y, en cuanto que su objetivo es constituir o preparar una ontología fundamental -la pregunta por el sentido del ser en general-, pretende dar con el fundamento de toda particularidad. Sin embargo, su lectura arroja una potentísima luz sobre los asuntos éticos. Me gustaría dar unas breves impresiones de ello en las que, sin duda, podrá reconocerse, quizá de modo indistinguible, el pensamiento de Ortega o de Sartre.

Martin Heidegger concibe la existencia humana como proyecto, cada uno de nosotros somos un esbozo, un borrador, que debe concretarse, realizarse, ganarse o también perderse. La existencia es así una carga, inevitable,  pues cada cual tiene fatalmente que cargar consigo mismo, sea desde el fastidio y la aversión que pretenden esquivarla o desde el júbilo en que la carga parece desaparecer. Uno tiene que cargar consigo mismo.

En esa existencia nos encontramos ante cosas diferentes de uno mismo y con las que tenemos que ocuparnos, esa relación con las cosas se define desde la utilidad, las cosas aparecen como útiles o inútiles. En tanto que útiles, no tienen sentido en particular, sino en la medida en que se organizan dentro de una totalidad de remisiones entre ellas; por su parte cada totalidad remite y, toma su sentido, de la existencia humana, a la que sirve. La misma naturaleza aparece en primer término como útil; el sol que da calor, que organiza las diferentes actividades del día y el espacio de la casa, con sus zonas de sol y sombra…etc.

Junto a las cosas (los útiles) aparecen los otros, a los cuales no concibo como útiles, sino como coexistencias; otros que tienen, al igual que yo, que hacerse cargo de su propio ser, que tienen que cargar consigo mismo. Mi relación con ellos no se define desde la utilidad, sino desde la solicitud,  la cual se establece sobre dos aspectos: el respeto y la indulgencia, que tienen tanto sus diferentes grados como sus diferentes formas propias y deficientes. Por ejemplo, la relación de amistad con otro supone cierto respeto mutuo y cierta indulgencia, sin las cuales no podría haber una relación de amistad auténtica. Respeto e indulgencia pueden adoptar formas deficientes /negativas como el temor o la pura indiferencia o formas propias/positivas como la admiración o el perdón.

Por último aparece  la relación con el propio sí mismo, con uno mismo. La ocupación se torna cuidado, preocupación por mí mismo, por la realización de mi propio proyecto, el cual es inseparable de las cosas y de los otros, de los cuales necesita para realizarse. Mi vida puede quedar afectada por la insatisfacción o la frustración ante la constatación de ser incapaz de llevar a cabo mi propia tarea, quedar incompleta o truncarse. O peor aún, que eso que creo mi proyecto se revele como no siendo mío. Sino  que, como quizá sea inevitable, me venga impuesto desde los otros, desde el impersonal, desde el nadie… Mi existencia se revela entonces como inauténtica, mi vida cómo pérdida.

Sin duda, existencia, proyecto, respeto, indulgencia, propiedad, impropiedad son conceptos con gran pregnancia ética. Conceptos en los que resuenan las viejas máximas: “Conócete a ti mismo” y “Tú debes llegar a ser el que eres”.

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