Lectura de la Fenomenología del espíritu de Hegel

Esta es una página dedicada a la lectura de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. La leeremos en común, iremos avanzando, párrafo a párrafo y capítulo a capítulo, tratando de entender algo. Tal vez lo consigamos.

Aquí compartiremos los resultados de nuestra lectura, comentaremos la bibliografía, maldeciremos, quién sabe, la batalla de Jena…

Ignoramos cómo acabará esto. Sólo prometemos una cosa: 

NO SERÁ EDIFICANTE

Tanteos

pues leer es algo así como recibir a un extraño y atenderlo

Me han preguntado: ¿Qué significa leer filosofía? Pues,  leer es leer; adentrarse, detenerse, retroceder, retener. Acercar lo ausente. Proyectarse. 

 Todo esto vale también de la escritura.

 Y del pensar. ¿ Pensar? ¡ Qué difícil es pensar! 

 Pero con todo aún no hemos dicho nada, tal vez, sobre la filosofía. Todo lo anterior puede decirse, tal vez, de la lectura del periódico, de la novela, de la poesía o de las ciencias. 

 (Seguimos en camino.)

Cuando leo el periódico me adentro y me proyecto en la «actualidad» , lo común, lo cotidiano, en el «man» , el «uno», el «se» del que hablan Heidegger y Ortega. En la novela me sumerjo en otra u otras vidas, en la poesía en el sentimiento , ambas, novela  y poesía, pertenecen a lo artístico ( la recreación de una materia). Las ciencias me presentan o describen los hechos del «mundo».

 (Seguimos.)

 Creo que, con más o menos dificultad y con diferente aprovechamiento, tanto la novela como la poesía (incluido Paul Celán) pueden ser leídos  por cualquier lector cultivado. La lectura de las ciencias  naturales especializadas (no meramente divulgativas) es inaccesible para el neófito ,  pero esa dificultad quizá desaparezca para el lector especialista que posee los conocimientos pertinentes. (Desde luego otra cosa bien diferente sería tener el genio creativo para alumbrar tales teorías.)

 Sin embargo, y esto me parece muy peculiar, la lectura de la mayoría de las grandes obras filosóficas no solo no es accesible al público no especializado, sino además ni siquiera está garantizada por el hecho de poseer «cultura filosófica». ¿Qué es lo que propiamente sucede aquí?

 (Seguimos.)

 Lo anterior parece conducir a que la dificultad de leer filosofía radica en la dificultad de la filosofía misma. Y si nos preguntamos qué es lo que nos aparta de la filosofía -incluidos aquellos que hemos hecho de la filosofía una profesión, una vocación o una pose-, la respuesta es: la banalidad.

 No la banalidad que procede de nuestras limitadas capacidades (inevitable), sino aquella que procede de nuestra posición frente a la filosofía, la banalidad de la presunción, de la inautenticidad, la banalidad de la «cultura filosófica», la banalidad  de las respuestas comunes – la banalidad de las poses.

 (Seguimos.)

Solo leemos filosofía cuando nos disponemos a un auténtico adentramiento sin las respuestas dadas de antemano y nuestra actitud es la de «ir a las cosas mismas». Donde la única banalidad permitida e insuperable es la de nuestras limitadas capacidades, pues la conciencia no solo sabe lo que sabe, sino también sabe que no sabe, sabe que la verdad nunca está dada, que siempre se nos oculta. 

 Como diría un conocido maestro: la banalidad es la ocultación de la ocultación y con ésta  se oculta irremediablemente la verdad. La filosofía desaparece  en la banalidad y  leer filosofía se convierte en una actividad imposible.

(Meta provisional)

Responde mi interlocutor:

«Pienso que la banalidad impide leer en general, pues leer es algo así como recibir a un extraño y atenderlo. Y, por otra parte, también la banalidad puede sacarle algún provecho a la lectura de los grandes filósofos; puede inspirarse en ellos para crear anuncios publicitarios, por ejemplo. Claro que el provecho que obtenga no puede ser filosófico. Por definición.»

Del Ser como la bella durmiente.

Se recostó contra el tronco del abeto, el ascenso lo había dejado exhausto. Apenas hubo recuperado el aliento  tanteó en sus bolsillos la cajetilla de tabaco,  sacó un cigarrillo, lo encendió  y dio una profunda calada a la que siguió una gran bocanada de humo, a través del cual podía contemplar el paisaje que se extendía ante su mirada.  Con cada inspiración, entrecerraba los ojos  y  veía el paisaje de nuevo; pero ahora como recuerdo, con los ojos de la fantasía.  Espiración e inspiración, inhalación y exhalación, presente, pasado y, a veces, futuro, presencia , recuerdo o fantasía.  Podía, extendiendo la mirada hacia el frente y hacia abajo , contemplar los bosques y los roquedos, los matorrales y el vuelo del águila, los campos yermos y los cultivados, los caminos y las veredas, las casas y los rebaños, como presencias directas  o representadas en la imaginación. Algún día, pensó, cerraría los ojos  definitivamente; las cosas desaparecerían no solo de su visión,  sino también de la memoria y la fantasía. Sin embargo,  todas aquellas visiones permanecerían presentes durante siglos y milenios  a los paseantes venideros , tal como lo habían sido a otros anteriores; y no serían, como no lo habían sido antes,  muy diferentes a la suya. Imaginó después un mundo en el que no hubiera -ni los hubiese habido nunca- paseantes: no se habrían dado ni podrían darse ninguna de esas visiones.  ¿Podría, sin embargo, decirse que en ese mundo habría  montañas, bosques, roquedos….? No podría decirse. Pero permanecerían como posibilidades dormidas, en espera del posible paseante que las despertara.

Apagó el ordenador. Y en ese momento, en la oscuridad de la madrugada, pensó con extrañeza   cómo infinitos milenios de materia habían dado lugar a aquella canción

 

La pregunta por el ser. Ser y Tiempo de Martin Heidegger

 

Se pretende plantear de nuevo la pregunta por el ser, porque tal pregunta ha caído en el olvido. Y ha caído en el olvido, porque su respuesta, más o menos conscientemente, se tenía por obvia: ser se concibe como realidad, en el sentido de mero estar-ahí, como presencia. Lo que alega Heidegger es que tal concepción del ser corresponde solamente a una forma del ser entre otras, y además a una forma del ser no originaria, básica o fundamental, sino fundada en otras, concretamente en la forma del ser de lo útil, que a su vez se basa en la forma del ser de la existencia humana. Más primario que la realidad es lo que Heidegger llama el ser-a-la-mano , esto es, la forma del ser de lo útil, fundada también en la forma del ser del hombre; el ser de lo útil es la forma del ser en que inmediatamente se dan los entes no humanos (incluidos los entes naturales) al hombre; los útiles refieren unos a otros en plexos relacionales que a su vez remiten a la existencia humana. La existencia humana no tiene la forma de ser de lo útil, ni tampoco la de la mera presencia (realidad), sino que su forma de ser es la existencialidad, es decir, el poder ser, el ser siempre sus posibilidades; el poder efectuar las posibilidades propias desde un estado fáctico -ser arrojado- que las determina limitándolas y a la vez posibilitándolas, absorbido en lo útil y con los otros hombres.

Así las cosas, ¿será posible encontrar una única forma del ser, un sentido unitario del ser que, a la vez, mantenga las diferencias?

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