Perspicacia Orteguiana. Meditación para reinventores

Por esto recomiendo al lector que ahorre la malignidad de una sonrisa al encontrar que en los últimos capítulos de este volumen se hace con cierto denuedo, frente al cariz opuesto de las apariencias actuales, la afirmación de una pasión, de una probable unidad estatal de Europa. No niego que los Estados Unidos de Europa son una de las fantasías más módicas que existen, y no me hago solidario de lo que otros han pensado bajo estos signos verbales. Mas, por otra parte, es sumamente improbable que una sociedad, una colectividad tan madura como la que ya forman los pueblos europeos, no ande cerca de crearse su artefacto estatal mediante el cual formalice el ejercicio del poder público europeo ya existente. No es, pues, debilidad ante las solicitaciones de la fantasía ni propensión a un «idealismo» que detesto, y contra el cual he combatido toda mi vida, lo que me lleva a pensar así. Ha sido el realismo histórico el que me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un «ideal», sino un hecho y de muy vieja cotidianidad. Ahora bien: una vez que se ha visto esto, la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente. La ocasión que lleve súbitamente a término el proceso puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales o bien una sacudida del gran magma islámico.

José Ortega y Gasset. Prólogo para franceses. «Het Witte Huis», Oegstgeest. Holanda, mayo de 1937. La rebelión de las masas.


La vida sigue igual ¿o no?. Epílogo, los males de España.

....la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.

Luis Cernuda. A un poeta muerto

.

Cabría ordenar, según su gravedad, los males de España en tres zonas o estratos.

Los errores y abusos políticos, los defectos de las formas de gobierno, el fanatismo religioso, la llamada “incultura”, etc., ocuparían la capa somera, porque o no son verdaderamente males, o lo son superficialmente. De ordinario, cuando se habla de nuestros desdichados destinos, sólo a algunas de estas causas o síntomas se alude. Yo no los miento en las páginas que preceden como no sea para negarles importancia: considero un error de perspectiva histórica atribuirles gran significación en la patología nacional.

En estrato más hondo se hallan todos esos fenómenos de disgregación que en serie interrumpida han llenado los últimos siglos de nuestra historia y que hoy, reducida la existencia española al ámbito peninsular, han cobrado una agudeza extrema. Bajo el nombre de “particularismo y acción directa”, he procurado definir sus caracteres en la primera parte de este volumen. Esos fenómenos profundos de disociación constituyen verdaderamente una enfermedad gravísima del cuerpo español. Pero aún así no son el mal radical. Más bien que causas son resultados.

La raíz de la descomposición nacional está, como es lógico, en el alma misma de nuestro pueblo. Puede darse el caso de que una sociedad sucumba víctima de catástrofes accidentales en las que no responsabilidad alguna. Pero la norma histórica, que en el caso español se cumple, esque los pueblos degeneran por defectos íntimos. Trátese de un hombre o trátese de una nación, su destino vital depende en definitiva de cuáles sean sus sentimientos radicales y las propensiones afectivas de su carácter. De éstas habrá algunas cuya influencia se limite a poner un colorido peculiar en la historia de la raza. Así hay pueblos alegres y pueblos tristes. Mas esta tonalidad del gesto ante la existencia es, en rigor, indiferente a la salud histórica. Francia es un pueblo alegre y sano; Inglaterra un pueblo triste, pero no menos saludable. Hay, en cambio, tendencias sentimentales, simpatías y antipatías que influyen decisivamente en la organización histórica por referirse a las actividades mismas que crean la sociedad. Así, un pueblo que, por una perversión de sus afectos, da en odiar a toda individualidad selecta y ejemplar por el mero hecho de serlo, y siendo vulgo y masa se juzga apto para prescindir de guías y regirse por sí mismo en sus ideas y en su política, en su moral y en sus gustos, causará irremediablemente su propia degeneración. En mi entender, es España un lamentable ejemplo de esa perversión. Todavía, si la raza o razas peninsulares hubiesen producido gran número de personalidades eminentes, con genialidad contemplativa, o práctica, es posible que tal abundancia hubiera bastado a contrapesar la indocilidad de las masas. Pero no ha sido así, y éstas, entregadas a una perpetua subversión vital –mucho más amplia y grave que la política- desde hace siglos no hacen sino deshacer, desarticular, desmoronar, triturar la estructura nacional. En lugar de que la colectividad, aspirando hacia los ejemplares, mejorase en cada generación el tipo de hombre español, lo ha ido desmedrando, y fue cada día más tosco, menos alerta, dueño de menores energías, entusiasmos y arrestos, hasta llegar a una pavorosa desvitalización. La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos –he ahí la razón verdadera del gran fracaso hispánico.

José Ortega y Gasset. España invertebrada

La vida sigue igual ¿o no?. 3ª Entrega

Si ahora volvemos los ojos a la realidad española, fácilmente descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata invariablemente de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios […]
En la elección de la amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica confesión […]
Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores”

José Ortega y Gasset. España invertebrada.

Aquí lo ha hecho todo el “pueblo”, y lo que el “pueblo” no ha podido hacer se ha quedado sin hacer. Ahora bien: el “pueblo” sólo puede ejercer funciones elementales de vida; no puede hacer ciencia, ni arte superior, ni crear una civilización pertrechada de complejas técnicas, ni organizar un Estado de prolongada consistencia, ni destilar de las emociones mágicas una elevada religión.

José Ortega y Gasset. España invertebrada.

La vida sigue igual ¿o no?. 2ª Entrega

Pica, a la verdad, en historia la unanimidad con que todas las clases españolas ostentan su repugnancia hacia los políticos. Diriase que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan de las cualidades para su menester imprescindibles. Diriase que nuestra aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro ejército, nuestra ingeniería, son gremios maravillosamente bien dotados y que encuentran siempre anuladas sus virtudes y talentos por la intervención fatal de los políticos. Si esto fuera verdad, ¿Cómo se explica que España, pueblo de tan perfectos electores, se abstiene en no sustituir a esos perversos elegidos?

Hay aquí una insinceridad, una hipocresía. Poco más o menos, ningún gremio nacional puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones fantásticas. Los políticos actuales son fiel reflejo de los vicios étnicos de España, y aun –a juicio de las personas más reflexivas y clarividentes que conozco- son un punto menos malos que el resto de nuestra sociedad. No niego que existan otras muy justificadas, pero la causa decisiva de la repugnancia que las demás clases sienten hacia el gremio político me parece ser que éste simboliza la necesidad en que está toda clase de contar con las demás. Por esto se odia al político más que como gobernante como parlamentario. El Parlamento es el órgano de la convivencia nacional demostrativo de trato y acuerdo entre iguales. Ahora bien, esto es lo que en el secreto de las conciencias gremiales y de clase produce hoy irritación y frenesí: tener que contar con los demás, a quienes en el fondo se desprecia o se odia. La única forma de actividad pública que al presente, por debajo de palabras convencionales, satisface a cada clase, es la imposición inmediata de su señera voluntad; en suma, la acción directa.

José Ortega y Gasset. España invertebrada.

La vida sigue igual ¿o no?

Siempre que en Francia o Alemania he asistido a una reunión donde se hallara alguna persona de egregia inteligencia, he notado que las demás se esforzaban en elevarse hasta el nivel de aquella. Había un tácito y previo reconocimiento de que la persona mejor dotada tenía un juicio más certero y dominante sobre las cosas. En cambio, siempre he advertido con pavor que en las tertulias españolas –y me refiero a las clases superiores, sobre todo a la alta burguesía, que ha dado siempre el tono a nuestra vida nacional- acontecía lo contrario. Cuando por azar tomaba parte en ellas un hombre inteligente, yo veía que acababa por no saber donde meterse, como avergonzado de sí mismo. Aquellas damas y aquellos varones burgueses asentaban con tal firmeza e indubitabilidad sus continuas necedades, se hallaban tan sólidamente instalados en sus inexpugnables ignorancias, que la menor palabra aguda, precisa o siquiera elegante sonaba a algo absurdo y hasta descortés. Y es que la burguesía española no admite la posibilidad de que existan modos de pensar superiores a los suyos ni que haya hombres de rango intelectual y moral más alto que el que ellos dan a su estólida existencia. De este modo se ha ido estrechando y rebajando el contenido espiritual del alma española, hasta el punto de que nuestra vida entera parece hecha a la medida de las cabezas y de la sensibilidad que usan las señoras burguesas, y cuanto trascienda de tan angosta órbita toma un aire revolucionario, aventurado y grotesco. Yo espero que en este punto se comporten las nuevas generaciones con la mayor intransigencia. Urge remontar la tonalidad ambiente de las conversaciones, del trato social y de las costumbres hasta un grado incompatible con el cerebro de las señoras burguesas.

José Ortega y Gasset. España invertebrada.

El propósito de la educación. Purpos/ed [Es]

El grupo Purpos/eds] plantea la cuestión acerca del propósito de la educación y nos invita a reflexionar sobre la misma con el objeto de iniciar un debate. Hasta el momento he leído respuestas como las que siguen:

Como mujer, madre y maestra, para mí, el propósito de la buena educación sería enseñar el arte de vivir siendo uno mismo, una misma, en cualquier circunstancia, lugar, tiempo o dimensión. […] también es encontrar y regalar las herramientas que posibiliten que las personas podamos romper las cadenas que están provocando que nuestra sociedad esté cada vez más enferma (http://navegarsinnaufragar.blogspot.com/)
[que los alumnos] aprendan a ser personas críticas, libres, independientes, capaces de definir sus sueños. (http://victorcuevas.es/educadores21/)
El propósito de la Educación es construir un buen futuro para tu hija y para tu hijo, sin mirar el color de su piel, su pasaporte, su sexo o su religión (http://deestranjis.blogspot.com/2011/04/cual-es-el-proposito-de-la-educacion.html)
El propósito de la escuela es aprender a vivir (tweet)
No empezar de cero. No estar solo. Saber ponernos en la piel del de enfrente. Poder vivir en sociedad. (http://blog.catedratelefonica.deusto.es/el-proposito-de-la-educacion/)
Creo, con todos mis respetos a sus autores, que estas reflexiones no son más que una declaración de buenas intenciones, pero que carecen de contenido, por lo que difícilmente pueden ser discutidas. Si nos ceñimos a la pregunta, tenemos que concluir que no hay respuesta porque la educación no tiene ‘propósito’ alguno. Un ‘propósito’ es una intención de hacer o conseguir algo e implica necesariamente la deliberación consciente y planificada. La educación entonces no tiene propósitos, como no los tiene una silla. Propósitos tienen los individuos y, en un sentido derivado, los grupos de individuos. La educación es un medio que sirve a los propósitos de diferentes individuos o grupos. Por eso sí tendría sentido preguntarse por el propósito de cuantos pretenden reformar la educación.
Ortega sostenía, con razón, que el ser humano es el único ser que consiste en no ser, sino en hacerse. Sabemos (en plural, como hace Punset) que el cerebro es un órgano plástico y que nuestra dotación genética es insuficiente para generar en nosotros conductas que nos permitan sobrevivir. El aprendizaje, en consecuencia, no es un factor accidental en nuestras vidas, sino esencial. No hay ser humano sin aprendizaje. Sin embargo también los animales, o al menos los animales más complejos, necesitan aprender. Pero, siguiendo a Ortega, la indeterminación que exige a los animales aprender ciertas cosas, es menor que la indeterminación humana. Un perro tendrá que aprender a evitar ciertos alimentos o a abrir puertas con la pata; un gatito tendrá que aprender a evitar a las niñas con trenzas y a hurgar en la basura, pero ni el gato ni el perro tendrán que aprender a ser gatos o perros. El ser humano, sin embargo, tiene que aprender a ser humano. Esta diferencia la expresamos diciendo que el ser humano no sólo necesita aprender, sino que necesita educarse o, lo que es lo mismo, formarse. El problema, ahora inevitable, es en qué consiste o en qué debería consistir el ser humano. Y la respuesta, insatisfactoria siempre, es que no lo sé.
Es esta una cuestión peliaguda, pues la pedagogía, que es el nombre que recibe la reflexión (que no ciencia) sobre la educación, entronca aquí con la antropología y con la filosofía y adquiere, además, un carácter normativo. Aunque no sepamos lo que es o deba ser un ser humano, la cuestión es que hay que vivir y que para ello asumimos un proyecto vital que implica de un modo u otro una respuesta a esa pregunta, que puede, o no, ser consciente. El proyecto vital que asumimos no es, por cierto, cualquier proyecto vital. Por decirlo de forma breve: a un ateniense del siglo V a. de C. no se le ocurriría asumir el proyecto vital de una Drag Queen del s. XXI. Esto significa que la propia educación es en gran parte, si no totalmente, la expresión de una voluntad ajena. El propósito de la educación, entonces, es el propósito de los educadores. Y este ya es un terreno en el que el conflicto es tan inevitable como deseable. El intento de eliminar totalmente el conflicto entre los educadores puede ser calificado sin temor a errar como la quintaesencia del totalitarismo. Así pues, en la educación chocarán necesariamente las voluntades de diferentes educadores con diferentes propósitos. En las sociedades cuyo nivel de complejidad ha exigido la aparición de un Estado, éste se convierte en uno de los agentes educadores con propósitos propios, que puede entrar en conflicto con otros agentes educadores, como las familias, las empresas, partidos políticos (que no hemos de identificar con el Estado), confesiones religiosas, o el propio educando. Cada uno tratará de modificar o reformar la educación para que ésta sirva a sus propios propósitos y muchos de ellos tratarán de hacer trampas convenciendo a los demás de que sus propósitos son en realidad los propósitos de la educación. Las democracias liberales occidentales, si quieren seguir siéndolo, deben poner los medios para evitar que ningún agente educador, incluido el mismo Estado, monopolice la educación, y desde la filosofía debemos denunciar, como pura mitología, cualquiera de esos intentos de atribuir a la educación propósito alguno haciendo visible el conflicto entre los agentes educadores.
La democracia sólo sobrevivirá mientras exista ese conflicto; la guerra, como dijo Heráclito, es el padre de todas las cosas.

La lógica y el demonio del fascismo

No deja de ser una buena noticia que el término ‘facha’ o ‘fascista’ se use como un recurrido insulto. Pero ese ‘facha’ no suele usarse más que como una palabra hiriente significando algo así como ‘hijoputa’. El verdadero fascismo es una actitud que se oculta en el fondo de nuestros corazones. Pocos se libran de dar cobijo en alguna ocasión a un demonio fascista. Para ilustrar lo que quiero decir déjenme que comparta con ustedes un cartelito que apareció en Leganés hace algunos meses:

Llama poderosamente la atención que se acuse al PP de fascista, entre otras cosas, por sostener que “el único valor que debe prevalecer sobre todos los demás (…) es el derecho a la propiedad y la libertad individual”. Suponiendo que el PP verdaderamente situara este valor sobre todos los demás, podría ser acusado de liberalismo clásico, pero no de fascismo. Lo que esto significa es que el autor del cartel ignora qué sea el fascismo, pues ya me dirán ustedes cómo se puede acusar de fascista a alguien por defender la libertad individual (¿se imaginan a Hitler defendiendo la libertad individual?). Pero lo que tiene delito es que, en este caso, quien acusa de fascista sin saber de qué habla es, él mismo, un fascista. Vean ustedes lo que se afirma en el segundo párrafo:

[…] tenemos la firme determinación de construir una sociedad sin clases explotadas, donde los medios de producción sean del pueblo y el estado planifique la economía en orden a satisfacer las necesidades de todas las personas, aunque esto moleste a banqueros, monarcas, fascistas, empresarios y socialdemócratas

Como dijo aquél, quiera la Virgen que no tengan poder. Si algo define al fascismo es, precisamente, la “firme determinación” de construir una sociedad perfecta y pura. La pureza de esa sociedad puede ser racial (racismo), nacional (nacionalismo), de clase (comunismo), etc. La construcción de esa sociedad perfecta debe combatir y eliminar el origen de toda impureza: elementos genéticos espúreos (judíos, negros, etc), lenguas extranjeras, o “banqueros, monarcas, fascistas, empresarios y socialdemócratas”. Mantener la pureza de la sociedad exige una vigilancia constante y que el estado lleve a cabo una planificación total, que será totalitaria, a fin de que no se cuele por ninguna rendijilla el germen de la impureza (un capitalista, un judío, un extranjero…). Así pues, si atendemos al verdadero significado del fascismo, quien verdaderamente es fascista aquí es el autor del cartel. Pero las cosas son algo más complejas…

Quizá la esencia del fascismo podría reducirse al triunfo de la voluntad sobre la razón. Toda actitud fascista parte de la aceptación de la siguiente inferencia:

Si x es deseable, entonces x debe ser obligatorio.

Hacer de lo deseable algo obligatorio, ahí tenemos la naturaleza íntima del fascismo: pasar del ‘yo quiero’ al ‘tú debes’ sin despeinarse. Esta es la razón por la que el fascismo triunfa, cuando triunfa, que en su origen no hay sino buena voluntad: un estado mejor, sin corrupción, un gobierno fuerte y justo, una sociedad sin pobreza ni injusticia, etc.

Lo que más sorprendió a la filósofa Hannah Arendt del nazi Adolf Eichmann es que, a pesar de los crímenes de los que era responsable, parecía una persona completamente normal, incluso buena gente. En efecto, la actitud fascista no surge en monstruos bíblicos, sino en gente normal que quiere lo mejor para los suyos. De hecho, esa actitud fascista se manifiesta la mayoría de las veces en cosas completamente banales y casi siempre muy aceptables por todos (toros, tabaco, etc)

Leyendo el último de Mendoza (Riña de gatos), tuve ocasión para reflexionar sobre nuestra situación política actual comparada con la que se vivía en España meses antes del estallido de la guerra. Lo que creo que tenemos en común es una profunda desconfianza hacia los poderes ‘políticos’, a los que se percibe como origen de nuestros problemas. Esa desconfianza, a mi juicio, es síntoma de buena salud. El problema es si la desconfianza se transforma en un irrealizable deseo de pureza. Pretender, en serio, unos gobernantes puros, virtuosos, justos, sabios y buenos es pretender un imposible metafísico que está a un paso del fascismo. Como defiende Gustavo Bueno en El Fundamentalismo Democrático, los regímenes políticos pertenecen al género de las cosas ‘corruptibles’ en el sentido en el que es corruptible una manzana. Tiene tanto sentido exigir a los políticos ‘pureza’ moral como exigirle a una manzana que no caduque. Por eso es necesario estar atento en un doble sentido: en primer lugar, la inevitabilidad de la corrupción no implica su justificación; debe ser denunciada. Pero en segundo lugar, tenemos que estar atentos a lo que ocurre en nuestro interior, puede que, sin darnos cuenta, estemos desatando a un demonio, el del fascismo. Y si el fascismo es el triunfo de la voluntad, debemos combatirlo con nuestra arma más poderosa: la lógica.

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