Los años en que filosofamos

En 1914, Ortega se define como «un profesor de Filosofía “in partibus infidelium”; veinte años después existe lo que se va a llamar la Escuela de Madrid, se conocen antes que en otros países los libros de primer orden escritos en cualquier parte, y grandes minorías de no profesionales se interesan por libros y cursos filosóficos y los absorben como nunca había ocurrido en ninguna otra época, más de lo que ocurre en ningún país europeo, sin excepción. Algo análogo ocurre con otras disciplinas, y por supuesto con una literatura cuya calidad no cede a ninguna otra. Todo esto es generalmente reconocido en el mundo cuando se trata de pintura y, al menos en cierta medida, de música; pero no respecto de la literatura, la filosofía, la historia. ¿Por qué? Se pensará tal vez que la calidad de los cultivadores de estos últimos campos no llegaba a la de los pintores o músicos. Ningún español responsable pensará que éstos eran superiores a filósofos, poetas, novelistas o filólogos. Lo que sucede es que, ante todo, pintura y música no necesitan traducción y son inmediatamente accesibles; el español era poco leído en el resto de Europa, porque —por muchas razones y algunas sinrazones— desde hacía mucho tiempo no se esperaba nada inesperado; y como se leía poco, se traducía menos; y siempre se pierde en la traducción. Además, la pintura tiene valor económico, hay un comercio que la potencia, mientras que los libros, reproducidos por la imprenta, apenas valen nada. Finalmente, y esto es lo más importante, los que escriben dicen algo, y eso que dicen fácilmente no gusta a tales o cuales españoles, que se apresuran a negar su valor; lejos de potenciar sus obras, hacen todo lo posible por destruirlas.

España inteligible. Julián Marías.

Tres problemas de España a finales de XIX

Tres eran los problemas capitales con que tenía que enfrentarse España en el último cuarto del siglo pasado: la que entonces empieza a llamarse la cuestión social; la pretensión de autonomía de los restos ultramarinos de la antigua Monarquía, Cuba, Puerto Rico, y las Filipinas; finalmente, los movimientos regionalistas que surgen entonces, sobre todo en Cataluña y el País Vasco. En los tres casos, los gobernantes de la Restauración —con el asentimiento o la complacencia de la mayoría de la sociedad— temen plantearlos a fondo y con los riesgos que realmente implican; prefieren —para usar expresiones muy usadas en esa época, y muy reveladoras— «trampear» o «poner paños calientes»; lo cual tuvo la consecuencia de dejar las cuestiones más graves sin solución, con una radicalización subterránea que afloró después.
[…]
La segunda se resolvió, lamentablemente, con el llamado «desastre nacional» de 1898; la primera se fue enconando progresivamente en nuestro siglo, hasta llevar a la tremenda explosión de 1936, de la cual fue causa decisiva, aunque no única; la tercera, que también tuvo un papel importante en el origen de la guerra civil, ha continuado actuando en la sociedad española de todo el siglo, y no ha desaparecido del horizonte.

España inteligible. Julián Marías.

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No cabe duda que las lecturas de este texto serán bien distintas desde abril de 1985 cuando Julián Marías finalizó su escritura hasta este agosto del 2012. Les invito a meditarlo.

Las crisis y la historia

...los recursos nacionales van faltando para tan inmensos proyectos. Las fuerzas que se oponen a la Monarquía son muy fuertes y actúan en todas partes; hay una inercia que petrifica ciertas formas de organización, que no se adaptan a las nuevas circunstancias; hay fatiga, corrupción, un pesimismo que va invadiendo a los gobernantes y a los hombres de pensamiento. Sobre todo, van menguando las esperanzas; se duda de que las cosas malas tengan remedio, en gran parte por la incomprensión o la desaprobación exterior. No se olvide que es el momento de la historia europea en que las naciones empiezan a estar verdaderamente presentes unas a otras, en que tiene real influencia lo que piensan y dicen de las demás. […]

… son muchos los españoles que se sienten en declinación. Las dificultades no son mayores que en otras épocas […] pero España se ha acostumbrado a la victoria y a la prosperidad, y los reveses parciales le parecen ominosos. Cuando se dice «las cosas no van bien» se trata casi siempre de un utopismo en que se supone que pueden ir completamente bien, porque se desconoce o se ha olvidado la condición conflictiva de la realidad. Al hombre español del siglo XVI le parecía normal que las cosas no fuesen demasiado bien, y le bastaba con su convicción de que iban «hacia adelante»; el del XVII se ha instalado excesivamente en ella, e interpreta como declive cualquier descenso. Por eso la impresión de decadencia es anterior a su consumación […]

Lo que fue decisivo, y de efectos perdurables, fue el estado de ánimo de los españoles y de la mayoría de los extranjeros, en buena medida inducido en aquellos por estos. La impresión de decadencia quedó arraigada en las mentes y en las almas —justo al contrario de lo que sucedía desde el advenimiento de los Reyes Católicos hasta finales del XVI—; ni siquiera los hechos contrarios a la decadencia quebrantaban la convicción de su existencia e irreversibilidad. Ha habido la tendencia a interpretar negativamente todo, y en su forma más grave, con manifiesto desprecio de la realidad.[….]

La decadencia fue, sobre todo, una crisis de la esperanza.[…]Lo que caracteriza esta época es la desilusión.

España inteligible. Julián Marias

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Seguimos con las lecturas veraniegas. Me asombra la amplitud de conocimientos y documentación de Marías, la enormidad de su cultura histórica y filosófica, su sagacidad para apartarse de los tópicos, los caminos trillados y las consignas. Esto último me parece su gran mérito.

La situación descrita en el texto anterior pertenece al siglo XVII; nos resulta, sin embargo, muy familiar -es un reto encontrar las diferencias con nuestro momento actual-. El texto es inquietante: “la impresión de decadencia es anterior a su consumación”. Preocupa el final del marasmo de agosto y el presumible espasmo de septiembre [ términos con los que Julian Marías expresa la polaridad de la realidad española del XIX]; las dificultades socio-económicas para gran parte de la población -desempleo, impuestos..-, el esperado y temido rescate con sus contrapartidas económicas y políticas, las elecciones autonómicas y la nueva entrada en escena de los nacionalismos en sus versiones más radicales.

Intentaré acabar de manera positiva: La desilusión y la crisis de la esperanza del XVII necesitaron de más de un siglo para consumar la realidad que presumían. Dicen que se debe conocer la historia para no repetirla.

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[PS. Una pregunta: ¿Aunque no lo evitase, deberíamos conocerla?].

¿Hace falta la Filosofía en la Educación Secundaria?

Lo confieso: ya no leo la prensa. Y a pesar de mis esfuerzos para permanecer ignorante, sé cómo van las cosas: van mal. Van muy mal. Y cada vez peor. La ‘prima de riesgo’, los ‘mercados’, las ‘agencias de calificación’ y la puñetera ‘deuda’ se nos aparecen cada mañana como espectros aguafiestas que nos acaban jodiendo el desayuno. En educación ya hemos recibido alguna colleja y esperamos más. Sólo nos preguntamos cuándo llegará, si en Navidad, en Semana Santa o para el verano. Algunos ya están avisando de que la solución a la crisis económica no tiene por qué ser (sólo) económica. Es el caso de José Penalva, el cual, en un reciente artículo, sostiene que “la salida de la crisis económica pasa necesariamente por la reforma del sistema educativo”. Creo que pocos negarán esto. Ahora bien, mucho me temo que sí, que se reformará la educación, pero con criterios meramente económicos. O sea, que tratarán de gastar menos. Ignoro si mis temores están o no fundados, pero me consta que los comparto con buena parte de mis compañeros profesores. Concretamente, los de filosofía, que siempre tenemos la mosca detrás de la oreja y hace tiempo que nos sentimos observados, creemos que tarde o temprano nos descubrirán, y entonces nos preguntarán: ¿Y ustedes, ‘pa’ qué sirven?

Qué bochorno cuando eso pase y empecemos a balbucear y a decir las tonterías y tópicos que se suelen decir en estos casos. O, lo que es peor, qué vergüenza si empezamos a explicar lo bien que viene la filosofía para desarrollar las competencias ciudadana, emocional, digital o las que sean. Y, lo que sí me haría desear que me tragara la tierra, qué humillación si tenemos que ver cómo viene un Marina a intentar colar una ‘competencia filosófica’.

Tampoco creo que debamos evitar la pregunta. Si alguna disciplina ha de justificarse, esa es la filosofía. Quiero decir, que asignaturas de la Educación Secundaria como ‘Economía y empresa’, ‘Psicopedagogía’, ‘Tecnología industrial’ o ‘Técnicas de Laboratorio’ tienen un valor meramente accesorio, pues no están justificadas más que por razones coyunturales del tipo: ‘la asignatura x te sirve si luego quieres estudiar y’. Como diría el buen Kant: su necesidad es meramente hipotética. Pero la Filosofía no es una propedéutica, ni se estudia para tener una buena base de cara a estudiar farmacia, derecho o ingeniería industrial. La filosofía se presenta con una necesidad categórica -si me permiten seguir con el lenguaje kantiano. La filosofía, de entrada, supone una renuncia a estudiar asignaturas que sí constituirían una propedéutica para lo que quiera que vayamos a estudiar después. De modo que, si hay una asignatura necesitada de justificación, esa es la filosofía.

En un artículo anterior prometía comentar un texto de la Introducción a la Filosofía de Julián Marías. Creo que en ese texto están las claves del problema que planteamos. En primer lugar, si es necesario justificar la presencia de la filosofía, es porque a priori la filosofía no es algo necesario pues

Ni el hombre ha hecho siempre filosofía, ni es seguro que la siga haciendo siempre en adelante.

La filosofía no se sigue de la naturaleza humana. Es algo que podemos hacer o no sin dejar de ser humanos (afortunadamente -añadiría). Así que nada de justificar la filosofía apelando a una presunta naturaleza humana. La filosofía surge en una situación concreta de unos hombres concretos, que se ven obligados a filosofar por una necesidad vital concreta.

De hecho, quien se matricula en un curso de la Educación Secundaria no es la ‘naturaleza humana’, sino Pepito o Juanita. Decía Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia, de modo que lo que hace las veces de ‘naturaleza humana’ en Pepito o Juanita es su historia, que, por cierto, incluye la historia de la situación en la que se ven obligados a vivir, quiéranlo o no. Dice Marías en el texto que trato de comentar:

como el ser del hombre incluye esencialmente todo lo que le ha pasado, y al hombre le ha pasado hacer filosofía desde hace veintiséis centurias, ésta es ya, desde luego y para siempre, un ingrediente de la vida humana, algo que pertenece -aunque no siempre ocurrió así- al ser del hombre

Como he dicho, no educamos a la naturaleza humana, sino a un individuo europeo del siglo XXI, y lo hacemos con el objetivo de convertirlo en alguien capaz de situarse en un mundo que no ha elegido. La educación tiene entonces como misión introducir a ese individuo en el mundo en el que le ha tocado vivir. Y ese mundo incluye -querámoslo o no- la filosofía. Para llamarse ‘educativo’, un sistema europeo del siglo XXI debe contener la filosofía como un ingrediente esencial. Dicho de otra forma, en la Europa del siglo XXI, el sistema educativo incluirá la filosofía o no será ni sistema, ni educativo. Un sistema educativo -aquí y ahora- sin filosofía es un sistema amputado, y eso es verdad aunque a muchos le resulte dicha amputación sumamente placentera. Y esta amputación tiene una consecuencia: la desorientación, la inautenticidad y, al final, la barbarie.

Como el post se alarga, concluyo planteando un nuevo problema.  La filosofía es necesaria en el sistema educativo europeo del siglo XXI, pero ¿de qué forma? ¿Es la actual configuración de la filosofía la forma adecuada de incluir la filosofía en la educación?

La filosofía como ingrediente de la vida humana

Como supondrán por la entrada anterior, ando últimamente leyendo a Julián Marías. En realidad mi objetivo es leer a Ortega aprovechando que el año que viene forma parte del temario de la P.A.U. de la Comunidad Valenciana, pero he topado con Julián Marías y no hay manera de dejarlo. Empecé con las memorias y desde el principio el libro me ‘enganchó’ -como suele decirse con cursilería de los Best-Sellers. En algún momento Marías habla de cómo escribió uno de sus primeros libros (posterior, sin embargo a la famosa Historia de la Filosofía): la Introducción a la Filosofía, publicado por primera vez en 1947. Decidí leerlo al mismo tiempo que las memorias. El libro sólo pude conseguirlo en una edición de las Obras Completas de Marías en la biblioteca de la Universidad de Alicante, aunque, tras mucho rastrear, he podido comprar una quinta edición (!¡) de segunda mano a través de Amazon (y no el Amazon español, sino el de Estados Unidos) y además a un precio bastante razonable (no llega a 20€). Ciertamente es una lástima que un libro tan estimulante, bien escrito y profundo, de un autor español, sea prácticamente imposible de conseguir en España. Permítanme una cita del capítulo final del libro cuyo interés y actualidad disculparán su extensión y de cuyo comentario quisiera ocuparme en el siguiente post:

[…] la filosofía, en lo que tiene de realidad, radica en la vida humana, y ha de ser referida a ésta para ser plenamente entendida, porque sólo en ella, en función de ella, adquiere su ser efectivo. Lo que la filosofía es no puede conocerse, por tanto, a priori, ni expresarse en una definición abstracta, sino que sólo resulta de su hallazgo en la vida humana, como un ingrediente suyo, con un puesto y una función determinados dentro de su totalidad.

Pero aquí comienzan los problemas. Si se partiese de que el hombre, por naturaleza y sin más, en virtud de que posee la ‘facultad’ de conocer, la ejercita, bastaría con precisar los caracteres concretos de ese modo de conocimiento que se llama filosofía para saber a qué atenerse respecto de ésta. Pero a la altura a que hemos llegado resulta bien claro lo inadmisible de esa hipótesis. Ni el hombre ha hecho siempre filosofía, ni es seguro que la siga haciendo siempre en adelante. Más aún: si se entienden las cosas con algún rigor, de la existencia del hombre no se sigue sin más el conocimiento sensu stricto, sino que, como ha mostrado Ortega, éste es una posibilidad a que el hombre llega en virtud de una serie de necesidades, experiencias y pretensiones muy concretas. Pero, por otra parte, como el ser del hombre incluye esencialmente todo lo que le ha pasado, y al hombre le ha pasado hacer filosofía desde hace veintiséis centurias, ésta es ya, desde luego y para siempre, un ingrediente de la vida humana, algo que pertenece -aunque no siempre ocurrió así- al ser del hombre. Si, de un lado, la pregunta por la filosofía implica de un modo formal la pregunta por la vida humana, de otro lado, el saber acerca de ésta tiene que hacerse cuestión hoy de la filosofía

Julián Marías: Introducción a la Filosofía,  O.C., Tomo II, p.366,  Revista de Occidente, 3ª Ed. (Las negritas son mías)

Pueden escuchar una serie de interesantes conferencias pronunciadas por Julián Marías en la Fundación Juan March pinchando en los siguientes enlaces:

La juventud como instalación en el mundo histórico

Inseguridad y orientación en el joven

La madurez: seguridad y vulnerabilidad

Hombre y mujer: igualdad y equilibrio

El argumento biográfico de la condición sexuada

¿Qué es un buen profesor?

Finalmente, el curso de introducción a la Filosofía estaba a cargo de dos profesores: Morente y Zubiri. Fui el primer día a clase de Morente, pero no me gustó, tal vez por sus patillas o por su entonación -luego fue profesor mío muy querido y admirado durante varios años-. De Zubiri no sabía nada; pregunté a un compañero de Instituto, que estudiaba Derecho, y me contestó: “Es un cura muy pincho”. Probé su clase; era muy joven, no había cumplido treinta y tres años, y parecía más joven todavía, un estudiante; pero iba vestido de sotana nueva y limpísima, muy repeinado; era muy bajo de estatura, menudo, nervioso; hablaba muy deprisa, en voz baja, paseando de un lado a otro.

Alguna vez he recordado que me senté al lado de una muchacha muy guapa, que había asistido a la primera clase, y le pregunté: “¿Qué tal?” Me contestó, literalmente: “Estupendo. No se entiende una palabra”. No había ironía en la respuesta: ni esa chica, ni casi ningún alumno, habían entendido, pero tenían la impresión de que era estupendo. El talento de Zubiri era evidente; su pasión intelectual, también; su desdén por la pedagogía, manifiesto. Hablaba de lo que le interesaba, sin miramientos. Comentábamos la Monadología de Leibniz. Como sabía que yo estudiaba Ciencias, me decía a veces: “Usted. joven matemático, lo entenderá bien”. Ponía en el encerado nombres griegos, aunque no habíamos estudiado esa lengua; alguna vez llegaba al hebreo. Declaró que aprobaría a todo el mundo. No había más que dos posibilidades: ahogarse o salir nadando. Lo decisivo es que nos mostró lo que es la filosofía y nos infundió un tremendo respeto por ella.

Julián Marías: Una vida presente. Memorias, pp. 75-76

La misma idea en Thomas Mann.

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