Lectura de la Fenomenología del espíritu de Hegel

Esta es una página dedicada a la lectura de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. La leeremos en común, iremos avanzando, párrafo a párrafo y capítulo a capítulo, tratando de entender algo. Tal vez lo consigamos.

Aquí compartiremos los resultados de nuestra lectura, comentaremos la bibliografía, maldeciremos, quién sabe, la batalla de Jena…

Ignoramos cómo acabará esto. Sólo prometemos una cosa: 

NO SERÁ EDIFICANTE

Confieso que he leído

Establecer distinciones claras no es característico de todos los hombres.

Aristóteles

El pasado mes de junio inicié la lectura del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. La celebración del centenario de su publicación en alemán ha pasado sin pena ni gloria, lo que no deja de ser notorio pues es común presentarlo junto a Ser y tiempo de Martin Heidegger como el libro más influyente de la filosofía del siglo XX. Quiero pensar que este olvido se debe más a la situación sanitaria mundial, poco apta para reuniones y congresos, que a un cambio en las actuales tendencias y gustos  de la filosofía. No estoy seguro. Pero si esto significa que actualmente Wittgenstein no es venerado como un profeta o una estrella de rock, entonces podemos celebrarlo.

Había, claro está,  hojeado, repetidas veces el libro y conocía sus más célebres sentencias:  el objetivo del libro, su sentido,  «trazar límites al pensamiento, o mejor dicho a la expresión de los pensamientos… «, la función terapéutica de la filosofía, la distinción entre decir y mostrar, el mostrarse de lo místico, el silencio… los tópicos manoseados y repetidos. Pero no había hecho una lectura cuidadosa y sistemática, deteniéndome en cada aforismo, más bien al contrario había saltado sobre las dificultades eludiéndolas y, menos aún, había intentado una comprensión unitaria de todos sus temas. Reparar esta situación fue el reto que nos propusimos a principios del verano, y como siempre, me gusta disponer de buenos compañeros de viaje, para éste han sido: Russell, Kenny, Mounce, Morris, Tomasini y alguno más. He utilizado fundamentalmente la edición de Luis María Valdés y también la traducción de Isidoro Reguera y Jacobo Muñoz. -Del más importante compañero hablaré al final. He recurrido repetida y recurrentemente a la ayuda de cada uno hasta el parágrafo 6.4 «Todas las proposiciones tienen el mismo valor» ese último trayecto hasta el aforismo 7.» De lo que no se puede hablar, hay que callar», he decidido hacerlo solo, he querido apartarme de los rumores y de los fármacos, tal como en la película El Señor Ibrahim y las flores del Corán, el anciano que retorna a su tierra se adelanta a su joven compañero en el último trecho, advirtiendo la cercanía de lo sagrado. Que dejaría de serlo sin la debida soledad.

Ha sido en este mes de noviembre cuando he llegado a la última página, no sé si he cumplido el objetivo que propone Wittgenstein en el Prólogo: «su objetivo lo alcanzaría si procurase placer a quien lo leyera comprendiéndolo». Sí sé que no habrá sido por falta de esfuerzo y también que el placer ha sido mucho.

Leer el Tractatus no ha cambiado mi vida, al  menos de momento. Ni ha alterado en lo esencial el juicio sobre mí mismo. Pero me ha permitido conocer de manera directa y genuina los problemas que allí se plantean: los discutidos objetos simples y la posible metafísica a ellos asociada, la naturaleza del lenguaje y su relación con el mundo y el pensamiento, la naturaleza de la lógica, el paradójico final del libro: el sinsentido que muestra o – quizá-  el mostrarse del sinsentido.

Todo esto no habría sido posible sin la compañía, ayuda y guía de mi amigo Juanjo. Nos queda aún la síntesis final: la integración  de todos los temas y problemas ante un jugoso chuletón acompañado de Ribera del Duero y si se tercia con un espumoso al anochecer. Pues ha de servir también la filosofía a celebrar lo más preciado en la vida: la amistad.

La pregunta por el ser. Ser y Tiempo de Martin Heidegger

 

Se pretende plantear de nuevo la pregunta por el ser, porque tal pregunta ha caído en el olvido. Y ha caído en el olvido, porque su respuesta, más o menos conscientemente, se tenía por obvia: ser se concibe como realidad, en el sentido de mero estar-ahí, como presencia. Lo que alega Heidegger es que tal concepción del ser corresponde solamente a una forma del ser entre otras, y además a una forma del ser no originaria, básica o fundamental, sino fundada en otras, concretamente en la forma del ser de lo útil, que a su vez se basa en la forma del ser de la existencia humana. Más primario que la realidad es lo que Heidegger llama el ser-a-la-mano , esto es, la forma del ser de lo útil, fundada también en la forma del ser del hombre; el ser de lo útil es la forma del ser en que inmediatamente se dan los entes no humanos (incluidos los entes naturales) al hombre; los útiles refieren unos a otros en plexos relacionales que a su vez remiten a la existencia humana. La existencia humana no tiene la forma de ser de lo útil, ni tampoco la de la mera presencia (realidad), sino que su forma de ser es la existencialidad, es decir, el poder ser, el ser siempre sus posibilidades; el poder efectuar las posibilidades propias desde un estado fáctico -ser arrojado- que las determina limitándolas y a la vez posibilitándolas, absorbido en lo útil y con los otros hombres.

Así las cosas, ¿será posible encontrar una única forma del ser, un sentido unitario del ser que, a la vez, mantenga las diferencias?

Desde la ética. Nueva invitación a la lectura de Heidegger.

Decía Wittgenstein que la filosofía deja las cosas tal como están. No podría ser de otra manera; pues las cosas son como son. Sin embargo, sí puede la filosofía iluminar las cosas de forma distinta, de tal manera que todo parezca un poco diferente ante esta nueva luz o que se iluminen aspectos ocultos. Este es el modo en que la lectura de los filósofos -o cualquier lectura, al ser hecha al «modo filosófico- influye sobre mí.

Últimamente esa nueva luz procede de Martin Heidegger. A Heidegger no le gustaba que sus reflexiones se interpretasen en clave antropológica, psicológica… ni en cualquier otra perspectiva particular, y nos advierte repetidamente de ello.  Especialmente le disgustaban las lecturas éticas de su obra, creo que por lo que en la ética hay de normativo, de valorativo. Su filosofía pretende, al atenerse al método fenomenológico,  ser puramente descriptiva  y, en cuanto que su objetivo es constituir o preparar una ontología fundamental -la pregunta por el sentido del ser en general-, pretende dar con el fundamento de toda particularidad. Sin embargo, su lectura arroja una potentísima luz sobre los asuntos éticos. Me gustaría dar unas breves impresiones de ello en las que, sin duda, podrá reconocerse, quizá de modo indistinguible, el pensamiento de Ortega o de Sartre.

Martin Heidegger concibe la existencia humana como proyecto, cada uno de nosotros somos un esbozo, un borrador, que debe concretarse, realizarse, ganarse o también perderse. La existencia es así una carga, inevitable,  pues cada cual tiene fatalmente que cargar consigo mismo, sea desde el fastidio y la aversión que pretenden esquivarla o desde el júbilo en que la carga parece desaparecer. Uno tiene que cargar consigo mismo.

En esa existencia nos encontramos ante cosas diferentes de uno mismo y con las que tenemos que ocuparnos, esa relación con las cosas se define desde la utilidad, las cosas aparecen como útiles o inútiles. En tanto que útiles, no tienen sentido en particular, sino en la medida en que se organizan dentro de una totalidad de remisiones entre ellas; por su parte cada totalidad remite y, toma su sentido, de la existencia humana, a la que sirve. La misma naturaleza aparece en primer término como útil; el sol que da calor, que organiza las diferentes actividades del día y el espacio de la casa, con sus zonas de sol y sombra…etc.

Junto a las cosas (los útiles) aparecen los otros, a los cuales no concibo como útiles, sino como coexistencias; otros que tienen, al igual que yo, que hacerse cargo de su propio ser, que tienen que cargar consigo mismo. Mi relación con ellos no se define desde la utilidad, sino desde la solicitud,  la cual se establece sobre dos aspectos: el respeto y la indulgencia, que tienen tanto sus diferentes grados como sus diferentes formas propias y deficientes. Por ejemplo, la relación de amistad con otro supone cierto respeto mutuo y cierta indulgencia, sin las cuales no podría haber una relación de amistad auténtica. Respeto e indulgencia pueden adoptar formas deficientes /negativas como el temor o la pura indiferencia o formas propias/positivas como la admiración o el perdón.

Por último aparece  la relación con el propio sí mismo, con uno mismo. La ocupación se torna cuidado, preocupación por mí mismo, por la realización de mi propio proyecto, el cual es inseparable de las cosas y de los otros, de los cuales necesita para realizarse. Mi vida puede quedar afectada por la insatisfacción o la frustración ante la constatación de ser incapaz de llevar a cabo mi propia tarea, quedar incompleta o truncarse. O peor aún, que eso que creo mi proyecto se revele como no siendo mío. Sino  que, como quizá sea inevitable, me venga impuesto desde los otros, desde el impersonal, desde el nadie… Mi existencia se revela entonces como inauténtica, mi vida cómo pérdida.

Sin duda, existencia, proyecto, respeto, indulgencia, propiedad, impropiedad son conceptos con gran pregnancia ética. Conceptos en los que resuenan las viejas máximas: «Conócete a ti mismo» y «Tú debes llegar a ser el que eres».

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