Sexismo y lenguaje

Creo que uno de los obstáculos y las obstáculas que debemos vencer para alcanzar la igualdad entre sexos son los desmanes de algunas y algunos feministas y feministos. Sin duda la crítica que el feminismo ejerce sobre la sociedad es necesaria y todos y todas nos beneficiamos de los progresos y progresas que se llevan a cabo en este sentido. Esta necesidad moral del feminismo no debe llevarnos, sin embargo -y especialmente si somos feministas o feministos- a asentir a todo lo que se nos presente como feminista o feministo. El feminismo no debe estar exento y exenta de crítica y crítico, y el mismo y la misma espíritu y espírita racionalista y racionalisto que nos lleva a criticar la discriminación de un sector de la población, debe llevarnos a criticar sus desmanes. Así lo hace Javier Marías en este artículo. Al parecer hay cierta tendencia por ahí a acusar a la RAE de sexista. Se proponen giros lingüísticos imposibles o fantásticos con tal de evitar un supuesto -aunque irreal- sesgo sexista del lenguaje. Se ha llegado, incluso, a establecer por ley (!) cómo debe expresarse el legislador y la legisladora al redactar los textos y textas legales y legalas. En fin, jóvenes y jóvenas, leed el artículo de Javier Marías y decidme qué opináis:

Leído en EL PAÍS SEMANAL (17 de Diciembre de 2006)

Narices con poco olfato

JAVIER MARÍAS

EL PAIS SEMANAL – 17-12-2006

Sí, ya he hablado de esto numerosas veces, pero si ellas insisten, también habrá que insistir en salirles al paso. En las últimas semanas ha habido una enésima ofensiva contra la Real Academia y en general contra la lengua española, por parte de la Directora del Instituto de la Mujer, de dos “expertas” con “sus últimos trabajos en contra del lenguaje sexista” (causa perplejidad que una de ellas sea nada menos que Decana de una Facultad de Filosofía y Letras), y de una Consejera del Consejo Consultivo de Andalucía, que además es profesora universitaria. Estas señoras no proponen nada no oído ya mil veces: que se diga cada vez “los españoles y las españolas”, o quizá “la españolía”, y “los niños y las niñas”, o bien “la infancia”; que prescindamos para siempre del uso del plural genérico, porque cuando oyen o leen “todos”, ellas no se sienten representadas, sino excluidas y discriminadas; que se emplee “jueza”, “cancillera”, “bedela”, “gerenta” y me imagino que “jóvena”, siguiendo a aquella pionera creativa, Carmen Romero; que la Academia “articule medidas para incorporar a más mujeres”, dando por descontado que las académicas presentes y futuras razonarían de manera tan ramplona como ellas por el mero hecho de ser mujeres (eso sí que es sexismo a ultranza), y olvidando que fue María Moliner quien, sin influencias varoniles, hizo el mejor diccionario de nuestra lengua sin incurrir en desvaríos.

A las señoras Rosa Peris, Mercedes Bengoechea, Eulàlia Lledó y Amparo Rubiales lo que les fastidia sobremanera es que esta lengua sea romance o neolatina. Lo que en ella ocurre con el plural genérico no es distinto de lo que ocurre en el francés y el italiano (y supongo que en el catalán, el portugués, el gallego, el rumano) y ya ocurría en el latín, por lo que deberían elevar sus quejas a las deidades romanas, o en su defecto a Séneca, Horacio, Virgilio, Tácito, Tito Livio, Juvenal y Ovidio. Pero es que además ese empeño que tantos tienen de imponernos el plural repetido es demagógico y falso, porque nunca nadie lleva la fórmula –como debería, para resultar sincero– hasta sus últimas consecuencias, ni continúa toda su parrafada, por tanto, con el insoportable y lerdo uso doble: “Los empleados y las empleadas madrileños y madrileñas están descontentos y descontentas por haber sido instados e instadas, y aun obligados y obligadas, a declararse católicos y católicas, o fielos y fielas a otros credos, o bien agnósticos y agnósticas o incluso ateos y ateas”. Nunca he oído a Ibarretxe, por mencionar a un duplicante conspicuo, ser coherente con sus “vascos y vascas” iniciales. Y no es de extrañar, porque si lo hiciera, como pretenden estas señoras, a buenas horas iba nadie a escucharle. En cuanto a la sustitución de “los niños” por “la infancia” y simplezas semejantes, iba a quedar muy natural en frases como “la infancia es que es muy traviesa” o “qué pesada se pone la infancia”. Tienen sentido de la lengua estas damas, sobre todo literario. En su susceptibilidad extrema, ven machismo y sexismo por doquier, hasta donde no lo hay. Si en español se dijera “juezo”, “cancillero”, “bedelo”, “gerento” o “jóveno”, pase que se propiciaran sus correspondientes en femenino; pero es que no se dice, y no habría ningún problema, en consecuencia, en hablar de la juez, la canciller, la bedel, la gerente o la joven. También exigen que el vocablo “miembro” coexista con “miembra”, sin darse cuenta, una vez más, de que hay términos invariables que por su terminación en o o en a no indican género alguno. Llevando hasta el final su razonamiento (es un decir), al tratarse de varones habría que emplear “víctimo”, “colego”, “persono”, “poeto”, “preso del pánico” y “mendo lerendo”, entre otros horrores. Y lo mismo con los animales: a los varones no nos ofende decir “una tortuga macho”, en vez de convertir al pobre bicho en un “tortugo”, y a sus colegas en “hienos”, “focos”, “morsos”, “serpientos”, “boos”, “jirafos” y “zebros”. Pero lo más grave es la ignorancia de estas señoras respecto a la función de la Academia, y el espíritu dictatorial que delatan. La Academia no ordena ni impone ni exige: tan sólo orienta, sugiere, recomienda, aconseja. No obliga, y la prueba la tenemos en las barbaridades que leemos y oímos en la prensa a diario, sin que se multe a nadie por ello. El Diccionario, a su vez, no dicta normas, sino que las recoge y las refleja. La señora Rubiales, sin embargo, se pregunta en un artículo: “¿Tiene derecho la RAE a denominar a las cosas de forma diferente de como lo hacen las leyes y la realidad española?” La realidad es subjetiva y variada, así que dejémosla, por inaprehensible. Lo que debería saber es que todos tenemos derecho a denominar a las cosas como nos venga en gana, menos las leyes, justamente. Ya es muy grave que en años recientes el Congreso se haya permitido decretar cómo hemos de escribir La Coruña, Gerona o Lérida … en castellano. Y sólo faltaría que por ley se nos dijera cómo hemos de hablar, o con qué vocabulario. Nada de eso compete a ningún político, por mucho que siempre quieran meter las narices en todo. Sería de agradecer que tampoco las metieran mucho estas señoras con poco olfato.

Anaxágoras y las fractales

Todas las cosas están en todo. Esta es, según Anaxágoras, la característica fundamental de la realidad: en cualquier cosa hay partes o, como diría él, “semillas” de todas las demás. Aristóteles se refería a esta idea con el concepto de homeomería. En lenguaje actual esto vendría a ser algo así como “autosemejanza”. Pero veamos qué es esto de la autosemejanza.

Si tengo un pedazo de hierro y lo parto en dos, obtendré dos pedazos de hierro más pequeños, pero semejantes al primero. Ahora bien, si me canso de partir hierros y decido partir en dos a mi gato, ¿obtendré dos gatitos pequeños? Antes de que nadie decida mutilar a su gato ya os avanzo yo que lo que ocurrirá es que, no sólo no obtendré dos gatitos, sino que tendré que lamentar la pérdida del que tenía. Eso le pasa a mi gato por no ser autosemejante. El hierro tiene más suerte porque sí es autosemejante: cualquiera de los pedazos que haga, es semejante al todo.

Aclarado el tema de la autosemejanza es hora de que Anaxágoras entre a matar: la realidad es autosemejante, es decir, cualquiera de sus partes es semejante al todo. En efecto, como podemos observar a simple vista, la realidad tiene de todo: aire, oro, cobre, hierro, carne, pelos, agua, sal, tiza, petróleo, etc. Anaxágoras dice que si tomamos una de esas cosas, un trozo de hierro, por ejemplo, y lo analizamos; comprobaremos que está compuesto de hierro y… de aire, cobre, carne, pelo, agua, sal, tiza, petróleo… etc., aunque sea el hierro lo que abunde más. Pero no sólo eso, sino que por pequeño que sea el pedazo de hierro que tomemos, siempre contendrá en alguna proporción “semillas” u “homeomerías” de todo lo demás. De hecho estas semillas serán infinitamente divisibles, de modo que podremos tomar pedazos infinitamente pequeños y siempre encontraremos que esos pedazos, por diminutos que sean, contienen los mismos ingredientes que la realidad entera. Algo así ocurre con las muñecas rusas o con las cebollas, aunque no hasta el infinito, claro.

Es costumbre (mala costumbre, por cierto) al estudiar a los presocráticos no tomarlos demasiado en serio. En estos filósofos se suele buscar más la erudición que el conocimiento. Nos resultan infantiles y primitivos. Y es que ahora que tenemos elevalunas eléctricos, mandos a distancia y mecheros a gas, nos creemos muy listos. Pero la ciencia, la verdadera ciencia, es siempre una búsqueda y siempre está en pañales. Si abandonamos nuestros prejuicios y tomamos en serio a los presocráticos, descubriremos que su búsqueda es también nuestra búsqueda y que sus pañales son también los nuestros, sólo que menos usados.

La teoría de Anaxágoras es extraña, pero no carece de sentido. De hecho, podemos considerarla un claro antecedente de uno de los conceptos más importantes y revolucionarios de la ciencia del siglo XXI: las fractales.

No pretendo hacer aquí una introducción matemática a las fractales, aunque lo haga en algún post venidero. Nos introduciremos en las fractales por ‘inmersión visual’ (pinchad en las imágenes para ampliarlas):

(Os recomiendo que antes de seguir leyendo pinchéis AQUÍ para ver una galería de hermosas fractales, y luego sigáis leyendo.)

Si habéis observado las imágenes con atención habréis percibido una misteriosa belleza en ellas. Es la belleza de los abismos. Hay algo en esas imágenes que se aleja hacia el infinito y que nos invita a seguirlo. La clave de su belleza está, oh sorpresa, en su autosemejanza. En el lenguaje de Aristóteles, diríamos que esas figuras contienen homeomerías: sus partes se asemejan al todo, y también las partes de sus partes, y así ad infinitum.

La figura fractal más famosa se llama “conjunto de Mandelbrot”, en honor a su descubridor Benoît Mandelbrot. Es esta:

Vemos que la figura termina, por la izquierda, con un fino hilo azul que acaba por desvanecerse. Si ampliamos la parte izquierda de la imagen obtenemos lo siguiente:

Como vemos, el hilo azul tiene una mancha negra de la que parecen salir dos ramas (a la izquierda de la imagen de arriba). Pero ampliemos de nuevo la imagen por la izquierda y veamos qué es en realidad esa mancha:

¡Resulta que esa pequeña mancha es idéntica a la imagen inicial.! Puesto que al ampliar el conjunto de Mandelbrot hemos llegado a un punto en que tenemos, de nuevo, el mismo conjunto de Mandelbrot, podremos realizar (iterar) este proceso infinitamente. Por pequeño que sea el fragmento que tomemos, siempre acabaremos topándonos con la misma figura a escalas infinitamente pequeñas. Tened en cuenta que a lo largo de todo el proceso, no nos hemos salido, ni nos saldremos nunca, de los límites de la figura inicial; lo único que hemos hecho ha sido ampliarla. En cualquiera de las infinitas partes en que podemos dividir la figura está el todo. Por ello, podemos decir que las fractales de Mandelbrot son como las homeomerías de Anaxágoras. En la siguiente imagen podemos observar este proceso de ampliación infinita:

Y bien, dirá alguno, y qué si este Anaxágoras y este Mandelbrot dicen cosas semejantes; después de todo esto no son sino artificios intelectuales que no pueden aplicarse a la realidad. Bueno, pues esto es completamente falso. Las fractales tienen aplicación en muchos ámbitos de la realidad, desde la biología a la física, pero ese tema lo trataremos en otro post. De momento, quedémonos

con la siguiente pregunta: ¿Es la realidad misma una fractal?

Benoît Mandelbrot (1924 – ___ )

Fuentes de imágenes:
Anaxágoras. vía Wikipedia
La primera fractal, vía Flikr
Las ‘tiras’ de fractales vía http://fractalparacual.blogspot.com
El conjunto de Mandelbrot, sus ampliaciones y el conjunto de Mandelbrot ampliado VÍA.
Foto de B. Mandelbrot vía http://www.epsilones.com

NOTA: Ningún gato fue maltratado para la redacción de este artículo.

Otros mundos (pero esta vez en este): la tierra de noche

(Pincha en la imagen para ampliarla)


Esta foto es muy elocuente. Nos está hablando de la historia de la humanidad y de cómo se han ido repartiendo los recursos… y el poder. Puede que las zonas iluminadas también sean, a su modo, oscuras.

La foto la saqué de AQUÍ vía menéame.
La misma foto con más resolución en Visible Earth.

La victoria de Aquiles: una respuesta a la aporía de Zenón

Dormid tranquilos…

Pinchad en la imagen para ampliar

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