La oveja negra y Heraclitana. Augusto Monterroso.


No estamos muy trabajadores este mes de Julio, ni hay expectativas de que el afán mejore con la canícula de Agosto. Pero los relatos de Augusto Monterroso son una delicia de humor irónico:

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Heraclitana

Cuando el río es lento y se cuenta con una buena bicicleta o caballo sí es posible bañarse dos (y hasta tres, de acuerdo con las necesidades higiénicas de cada quién) veces en el mismo río.

Más Relatos de Augusto Monterroso

Galería pinturas video-juegos

Hemos encontrado esta galería vía Eliax Blog Arte, muy interesante.

Platón o el porqué.

Por oscuros motivos,
en desconocidas circunstancias
el Ser Ideal ha dejado de bastarse a sí mismo.

Podría haber durado y durado, sin fin,
hecho de la oscuridad, forjado de la claridad
en sus somnolientos jardines sobre el mundo.

¿Para qué diablos habrá empezado a buscar emociones
en la mala compañía de la materia?

¿Para qué necesita imitadores
torpes, gafes,
sin vistas a la eternidad?

¿Cojeante sabiduría
con una espina clavada en el talón?
¿Desgarrada armonía
por agitadas aguas?
¿Belleza
con desagradables intestinos en su interior
y Bondad
¿-para qué con sombra,
si antes no la tenía-?

Ha tenido que haber algún motivo
por pequeño que este aparentemente sea,
pero ni siquiera la Verdad Desnuda lo revelará
ocupada en controlar
el vestuario terrenal.

Y para colmo, esos horribles poetas, Platón,
virutas de las estatuas esparcidas por la brisa,
residuos del gran Silencio en las alturas.

Wislawa Szymborska.

Vamos ahora a desacralizar el poema:

¿No están aquí aludidos todos los problemas de una teodicea de la trascendencia?.
¿ La prescripción wittgensteiniana de silencio es una invitación a escuchar -y respetar- el Gran Silencio?.
Pero no seamos tan piadosos, no tengamos miedo de hacer sonar nuestras panderetas y nuestras chanclas… se permite hasta mascar chicles y hacer bombas -de goma- que nos exploten en los hocicos.

Cine y literatura

Vía Siete Voces y gracias a Carles Rull en su post «la literatura como fundamento» -un blog y una firma que os animo a frecuentar- he encontrado unas reflexiones acerca del cine y la literatura del director Alexander Sokurov que, aunque polémicas, comparto en su totalidad. Creo que, Felipe, los sufridos alumnos de sociología y…. algún santo más, podrán reconocer alguna recurrente conversación o manía, que espero no sea «mero» puñeterismo. Bueno, os dejo leyendo, creo que vale la pena.

«Cuando un hombre viene al cine, él compra un billete. ¿Cuánto vale? […] Nosotros pensamos “con estos euros pagamos aquello que hemos visto”, y en realidad no es así. Nosotros pagamos por una película, con el tiempo transcurrido de nuestra vida. Si entramos en un cine y salimos a la media hora, no hemos pagado con el dinero, sino con esa media hora irrepetible de nuestra vida, esa media hora única de nuestra vida. Esa media hora no nos la devolverá nadie, nunca: se fue, se esfumó, se borró, no volverá nunca. Este el precio que ustedes tienen que pagar por el arte visual, este el precio realmente elevado, el más elevado precio que el hombre tiene que pagar por el arte en general. Y en este contexto, lo paga por el cine, que en realidad es una de las más bajas y menos desarrolladas de las artes, la menos perfecta, la más agresiva. El hombre en su pereza despierta su pasividad como espectador de cine, y esto también tiene un aspecto moral muy discutible.

Hablando en términos generales, el 95% del cine actual es una nada visual, un producto visual y no más que eso. Del restante 5%, un 4% sí que merece atención, pero no más. Y un 1% es lo que tenemos que ir a ver, lo que se debería ver. Pero si este 1% hay que valorarlo en relación a la lectura de Goethe, Cervantes, Tolstoi, Chejov, Faulkner, Mann, o muchos nombres más, entonces hay que cuestionarse qué es el cine y qué relación hay que tener con él. […]
Quiero demostrar un vínculo inseparable entre el cine y la literatura.

Estoy absolutamente convencido de que el cineasta, si quiere llamarse o considerase un artista o un autor, si quiere ser un artista, si pretende un aspecto artístico en su obra, pondrá la literatura por encima del cine. Y leerá más de lo que mira. En la base de cualquier desarrollo, de cualquier pensamiento, en la música, en la arquitectura, en las artes plásticas, cine o arte visual, en el fundamento de todo, está sólo la literatura: ella es el fundamento.

Considero que todo arte y toda cultura empieza por su literatura. Si no hay literatura, no hay humanidad, no hay civilización. Y cuanto más lejos esté la humanidad de la literatura, hay más posibilidad de que las sociedades actuales estén abocadas al caos. Porque la literatura es como el esqueleto de toda vida humanística, todo lo otro se aglutina alrededor de ella, es la más libre de todas las artes, es la más íntima de las artes, incluso diría que es la más respetuosa con el hombre, y además es el arte que más desarrolla al ser humano. Todas las otras formas de arte ponen al hombre en una situación más pasiva, y esto es muy evidente.

Por eso, yo creo que la literatura actualmente se considera poco, ocupa un lugar muy pequeño en la cultura actual: posiblemente prestamos demasiada atención al cine y seguramente es porque preferimos una vida más pasiva, porque una cosa es mirar una imagen o ver un cuadro y otra leer un libro.

Por otro lado, el cine es un arte más abierto, más cosmopolita, no regional. Apareció en Europa, en un país como Francia, y los franceses enseguida lo llevaron a los cafés, al espectáculo, y entonces se hizo de algo que hubiera podido ser más serio, más contundente, más profundo, una cosa de puro entretenimiento, así empezó a crearse el cine. […] El cine tomó de la música la sinfonía, de la fotografía la composición, de la pintura muchos contenidos, del teatro la dramaturgia, de la literatura el argumento, y sólo se dejó una cosa a sí mismo – que no obstante sí es una particularidad importante -: el paso del tiempo. El cine en cierto sentido se ha detenido con esta cuestión, y no ha sabido qué hacer con él en toda la historia de su existencia y esto seguramente ha alejado al cine de penetrar hasta el fondo en el conocimiento del hombre. Y yo espero que este problema del tiempo, del transcurso del tiempo, nunca se solucionará. Y si alguien llega a la solución, será un cineasta sabio, de enorme grandeza, que se llevará este secreto a la tumba.»

¡ Malditos profesores! por Empar Moliner

Acabo de leer un estupendo artículo de Empar Moliner en El País, !Malditos profesores!. El artículo pone al descubierto la concepción que nuestros políticos tienen de la educación y su respeto por la labor docente. Pero leánlo, y juzgen ustedes.

«El miércoles, Ernest Maragall, consejero de Educación de la Generalitat (y hermano del presidente más irrepetible de la historia de Cataluña), visitó el programa de radio Minoría absoluta. De entre lo que explicó sobre su negociado, dos ideas me conmovieron. Contestando a una pregunta sobre el respeto en clase dijo lo que sigue: «Eso de que 25 o 30 chicos de 12, 13, 14 o 15 años pensemos que pueden seguir estando una hora seguida quietos y callados en una aula, escuchando lo que les explica un señor que dice que lo sabe todo, ha pasado a la historia. Más bien tendríamos que ir aceptando que las cosas no son así, no tendrían que ser así». La segunda idea, y que venía a cuento de la primera, fue la que sigue. Dijo: «En algunas ocasiones -por ejemplo, en ‘tecnologías de la información’- no es tan extraño que los chicos que hay en un aula (de estas edades) sepan más que su profesor. Pues yo creo que una parte de la pérdida de respeto y de la autoridad proviene de esto. De este tipo de desequilibrios».

Alguien podría comparar a Ernest Maragall con Aristóteles, que argumentaba que los hombres tenían más dientes que las mujeres, pero, simplemente, no le abrió la boca a nadie para echar cuentas. Sin embargo, no es el caso. Maragall tiene toda la razón del mundo. Las clases magistrales son un rollazo que nuestros adolescentes no deben sufrir. A ver si la Revolución Francesa no podría explicarse de manera amena con una Barbie (a la que le habríamos guillotinado la cabeza en el taller de plástica) y un Mádelman (al que, entre todos y todas, habríamos disfrazado de Robespierre). Sería muy excéntrico pretender que 30 alumnos se pasasen una hora (¡una hora entera!) escuchando en silencio y sin moverse las explicaciones de un señor que, encima, «dice que lo sabe todo». Yo recuerdo que en mi denunciable vida escolar fui obligada a hacer este horrible sacrificio, con el añadido insoportable de… ¡tener que levantar la mano para hablar! Así estoy de traumatizada. Y eso que mis profesores no eran como los que frecuenta Ernest Maragall. Nunca dijeron que lo sabían todo, al contrario. (¡Pero seguro que lo pensaban!).


Por tanto, cuando un profesor, por ejemplo, explique en clase el Holocausto y la lección no resulte lo bastante dinámica, es normal que los 30 alumnos charlen de sus cosas o se echen a dormir entre los pupitres. Y sí. Es cierto que algunos de estos profesores salen de clase llorando. Pero lloran de emoción. La emoción de saber que con su sacrificio forjan el futuro de sus pupilos. Cuando éstos cumplan 18 años, ya estarán entrenados para trabajar de tertulianos en programas como Paranoia nacional o Ana Rosa, donde el más analfabeto y el que más vocifera e interrumpe es el que recibe más aplausos. Eso sí, también es verdad que si estos chicos quieren dedicarse a otros trabajos se sentirán un poco inadaptados. Es decir, si el día de mañana son profesores y tienen una reunión con Ernest Maragall, les parecerá raro escuchar durante una hora sus explicaciones sin cuchichear entre ellos. Y les costará no tirarle bolitas de papel o, en definitiva, no decir «¡jooope!» cuando él les intervenga el móvil.

En cuanto a lo de las causas de la falta de autoridad, pues también le doy la razón. Si un profesor sabe menos que un adolescente, es normal que éste le falte al respeto. Eso explica que algunos preclaros muchachos también sean irrespetuosos con sus iletrados padres, sus analfabetos abuelos o sus criadas filipinas. Ahora bien, aunque a Ernest Maragall y a mí nos cueste creerlo, algunos maestros derrotistas juran que la falta de respeto no sólo se da en la clase de tecnología de la información. Sostienen que también se da en las clases de matemáticas, física, inglés… ¿Será que los alumnos también saben más de estas materias que sus profesores? Si es así, los muchachos disimulan como bellacos hasta el punto de suspender a propósito. Yo creo que no. Que aunque nos duela, habrá que aceptar que unos pocos profesores (no todos) tienen más competencia en algunas materias que sus alumnos. Claro que, entonces, ¿hay que suponer que en las clases de física, inglés o literatura no hay falta de respeto? Pues sí. Exacto. Allí reina un obsoleto orden y un anticuado silencio. Me van comprendiendo, ¿no? Todos lo sospechábamos. Los profesores que se quejan de la falta de respeto en las clases de matemáticas, lengua o tecnología se lo están inventando para poder pedirse un baja por depresión. Ja. ¡Y encima tienen tres meses de vacaciones…! Y luego se enfadan porque algunos padres preocupados por la educación de sus retoños les esperan a la salida del colegio para partirles la cara».

Empar Moliner. El País. 11-6-2007

Ya me dirán qué podemos esperar. Personalmente soy muy pesimista.

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