Kierkegaard. Juan José Millás

En El País de hoy -24/08/2007- encontramos un sugerente artículo de Juan José Millás. La lectura de Millás me trasmite finura psicológica, una cierta hipocondria propia de los buenos observadores (auto-observadores) y un sentido del humor que me parece surgido del nihilismo existencial y del pesimismo anímico, frente a los cuales sirve no como antídoto pero sí como tratamiento paliativo. Me atrae, algunas veces lo he comentado, la concepción de la realidad como totalidad orgánica viviente -hilozoísmo; las mismas cosas artificiales están en los textos de Millás dotadas de vida. En cambio, en sus artículos sobre “las políticas de partidos”, a mi entender, se deja llevar algunas veces por la combatividad y el encono y cae en la parcialidad -o al revés,¿es la parcialidad el origen?-. Con todo, la mayoría de las veces sus observaciones resultan certeras y reveladoras. Es una de las firmas que siempre me gusta leer.
Os dejo con Millás.

“Me encontraba en la cocina, pelando filosóficamente (¿hay otro modo?) unas judías verdes para la cena, cuando entró el perro y me preguntó si íbamos a salir. No le contesté porque, sabiendo como sé que los perros no hablan, deduje que aquello sólo podía ser una alucinación auditiva, producto del calor o de una siesta confusa, de la que no me había recuperado. Por eso, se me heló la sangre en las venas (¿en dónde si no?) cuando mi mujer, que estaba en la habitación de al lado, me preguntó con quién hablaba. Con nadie, balbuceé intentando ocultar mi turbación. Pues si no te importa hazlo en voz baja, añadió ella.

Permanecí un rato observando atónito al perro y luego continué pelando las judías como si no hubiera pasado nada (a partir de cierta edad, los sucesos sin explicación se multiplican como hongos). Pero al día siguiente, -estaba limpiando unas sardinas con las escamas plateadas (influencia de Lorca), cuando entró de nuevo el perro con expresión de querer decirme algo. Esta vez me adelanté a él y di un par de ladridos muy convincentes. ¿Por qué ladra el perro?, preguntó mi mujer. Porque quiere salir, dije, es la hora. Pues sácalo, sugirió ella. Le puse la correa, nos fuimos a la calle y estuvimos una hora hablando de Kierkegaard sin levantar sospechas.”

El Artículo en El País
Puede escribir a Juan José Millás en cerbatanamillas@elpais.es

 

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