Livkot Lekha

Aviv Geffen en inglés, en español,

Livkot Lekha .( Llorarte a ti)

Abarbanel, Farías o Pinedo,
arrojados de España por impía
persecución, conservan todavía
la llave de una casa de Toledo.

Libres ahora de esperanza y miedo,
miran la llave al declinar el día;
en el bronce hay ayeres, lejanía,
cansado brillo y sufrimiento quedo.

Hoy que su puerta es polvo, el instrumento
es cifra de la diáspora y del viento,
afín a esa otra llave del santuario

que alguien lanzó al azul cuando el romano
acometió con fuego temerario,
y que en el cielo recibió una mano.

Una llave en Salónica. Jorge Luis Borges

Lecturas para acabar y comenzar el año

Literariamente he comenzado el nuevo año de una forma bastante semejante a como lo acabé, -o cosas de la literatura, quizá de forma muy diferente-. Han sido lecturas largamente aplazadas, obras maestras de las consideradas imprescindibles, -y que sin embargo no había acometido-; en mi descargo puedo aducir que son tantas y tantas las obras maestras que uno puede tranquilamente dedicar toda la vida a su lectura y nos quedarán por abrir muchas de esas “imprescindibles” –quizá no deberíamos, pues, a cierta edad distraernos con los fenómenos editoriales, ya sean pijamas a rayas o vuelos de ángeles-. Dejemos, también, el sermón y las justificaciones. Acabé el año con la lectura de El guardián entre el centeno de Salinger, lo he comenzado con Pedro Páramo de Juan Rulfo. Entre una y otra (lectura) , entre turrón y cava, conseguí acabar un libro en el que me había estancado a mitad de su lectura, La Viena de Wittgenstein, libro de difícil lectura, denso y detallista, no sé si ha añadido mucho a mi deficiente comprensión de Wittgenstein, pero si me ha permitido al menos respirar aliviado, y dejarme horizonte despejado para otras empresas.

La obra de Salinger y la de Rulfo tienen, en principio, muy poco en común , ni el estilo, ni aparentemente la temática, ni el contexto, ni la lengua, ni la tradición cultural. Pero existen algunas similitudes “externas”; ambas autores tienen una producción muy limitada, llevan décadas sin producir nada nuevo, y se prodigan poco en los medios de comunicación; sin embargo, los dos han sido encumbrados como clásicos del siglo veinte, las obras que les han procurado esta posición permanente en las letras han sido en ambos casos dos novelitas cortas que pueden leerse en apenas unos días, queda sin embargo la sensación de que uno debería volver a leerlas para disfrutar de la plenitud de su sentido, al menos esa sensación tuve yo -aunque todo sea dicho, la suelo tener cada vez que acabo un libro-. En el caso de Pedro Páramo el mismo Juan Rulfo comenta que su lectura es difícil y que la escribió con esa intención de dificultad; la idea de que para ser comprendida debía ser leída al menos tres veces –estoy de acuerdo, tras una única lectura.

Al buscar información acerca de Juan Rulfo he encontrado, con ayuda de algunas pistas, una entrevista que le fue realizada en TVE en el año 77. Lo primero que sorprende a uno es que una televisión con calidad es posible, y que la escoria presente es una “mera” contingencia. La segunda sorpresa es la sencillez, la modestia y la autenticidad que desprende Juan Rulfo… también profunda comprensión -y saber- acerca de la tristeza y la condición humana. Nada que ver con las maneras de Hollywood y de divos que tanto se gastan.

El programa se encuentra en Youtube dividido en 5 partes. Os facilito aquí la primera, y la quinta y última parte. Enlazo el resto. En mi caso esperé para ver la entrevista hasta haber acabado la lectura de Pedro Páramo; no soy lector de prólogos y los análisis acerca de una obra prefiero leerlos tras haberme enfrentado en soledad al autor. Otros , al contrario, prefieren conocer previamente algo acerca de la obra; mera cuestión de gustos. Yo os recomiendo leer la novela y ver la entrevista; el orden es cosa vuestra.

Entrevista a Juan Rulfo.

1ºParte

2ª Parte

3ª Parte

4ª Parte

5ª Parte

Alfombrar el campo

El filósofo cree que el valor de su filosofía reside en el conjunto, en el edificio, la posteridad lo halla en la piedra con que él lo construyó y con que, a partir de entonces, todavía se construye muchas veces y mejor, es decir, con el hecho de que ese edificio pueda ser destruido y «sin embargo» tenga «todavía» valor como material.

Friedrich Nietzsche. Humano demasiado humano.
Hace algunos días iniciamos una interesante polémica acerca del valor de la filosofía bajo la forma del dilema: aprender filosofía o aprender a filosofar. Personalmente defendí la segunda opción, aunque a mi entender el dilema es tan solo aparente: pues no aprendemos a filosofar en el vacío sino en el diálogo y la confrontación con los grandes maestros del pensamiento -aunque la inmensa mayoría no alcancemos a producir ni un solo pensamiento genuino. Los más grandes genios del pensamiento necesitaron ellos mismos de ese diálogo y confrontación con otros pensadores, ya fuese en forma personal y directa o a través de los textos. No es necesario ser hegeliano para reconocer el influjo y la continuidad del pensamiento de Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomas de Aquino, de la deuda de Descartes con -o contra- la tradición escolástica, de la reconocida por Kant con Hume, y el influjo –a pesar de su repudio- de Kant sobre Fichte y el llamado idealismo alemán, Schelling, Hegel, y su adversario Schopenhauer, y de éste sobre Nietzsche.. y así hasta Heidegger y Gadamer, Russell o Wittgenstein… la continuidad y la dependencia entre estos pensadores no puede reducirse a mera retórica de manual para estudiantes.

Pero no debemos olvidar tampoco que los autores antiguos, un Heráclito o el mismo Platón nos llegan hoy –y nos resultan comprensibles- sólo a través de estas mediaciones. Es aquí donde cobra sentido la cita de Nietzsche con la que abrimos este post, ¿Qué nos queda de un Heráclito en el siglo XXI? Nos queda “la piedra”, esa piedra es la dialéctica; la realidad cambiante y contradictoria, y el logos universal, con la que se construyeron los sistemas de Hegel y Marx, y posteriormente pensamientos tan opuestos como el de Heidegger y la Escuela de Frankfurt. Y así cada uno de los grandes genios, Descartes, Spinoza, Lebniz, Kant, Wittgenstein.. fueron no solo grandes constructores, lo que fue aún más difícil y los convierte en verdaderos genios incomparables es su trabajo de cantera, su capacidad para extraer nueva roca con la que levantar venideras construcciones.

Algunos serán capaces de reunir esa piedra para levantar bellas construcciones. Pero sólo los grandes creadores son capaces de aportar roca nueva. Y esto último no puede aprenderse, y –por descontado- aún menos, enseñarse.

Esto vale igualmente para Mozart, Darwin, Picasso, Gödel, Rimbaud o Woody Allen.

Al campo no se le puede poner puertas, ni tampoco alfombras.

El valor de la filosofía

Aber sie sind, sagst du, wie des Weingotts heiliger Priester,
Welche von Lande zu Land zogen in heiliger Nacht.

F. Hölderlin

[Pero ellos son, dices, como aquellos sacerdotes consagrados al dios del vino que, de tierra en tierra, erraban en la noche sagrada.]
El post La deriva filosófica -reseña de una conferencia acerca del lugar de la filosofía en la enseñanza- ha provocado en los comentarios una interesante polémica acerca de la enseñanza de la filosofía. Parte de las problemáticas relaciones entre la filosofía y la ciudadanía y se inició con el cuestionamiento del proceso de evaluación en la materia de filosofía, lo que derivó en una pregunta acerca del aprendizaje que se lleva a cabo en las clases de filosofía –entendemos por tal, la ética de 4º, y la filosofía de 1º y 2º bachiller-. Una polémica que culminó en el aparente dilema: aprender filosofía o aprender a filosofar.

Los defensores del aprender filosofía se han expresado con bastante radicalidad y claridad; han fundado su posición en la negación de la posibilidad de que se pueda enseñar o aprender a filosofar. Capacidad esta última, que parece comprenderse como una cierta habilidad o tendencia personal innata. Entrenable quizá pero no enseñable, dicen. Lo cual, me parece sencillamente falso: pues no veo que otra cosa puede ser aprender que potenciar, mejorar o afinar ciertas capacidad innatas, ni que otra cosa pueda ser enseñar sino dirigir y ayudar esa mejora o afinamiento. Al menos si entendemos por la enseñanza y el aprendizaje humano algo diferente del amaestramiento circense de animales -osos que bailan, caballos que realizan cálculos aritméticos, pulgas que…-. El filosofar, como un arte de pensar acerca de los fundamentos, es tan innato y tan objeto de aprendizaje y mejora como pueda serlo cualquier otro arte ; música, matemáticas, pintura.. efectivamente el músico –el músico excelente- debe poseer cualidades y talentos innatos, pero esto no niega ni la posibilidad, ni la necesidad, de la enseñanza. Esta enseñanza tiene unos elementos técnicos, formales, que además están plasmados en las composiciones fácticas e históricas. Y no pueden darse los unos sin los otros, aunque a efectos de enseñanza puedan disponerse en distintos órdenes para el entrenamiento sistemático.

Los defensores del aprender a filosofar (entre ellos me encuentro) reconocemos, no puede ser de otro modo, que esta actividad se ha plasmado, objetivado, en unas filosofías fácticas e históricas, estas obras efectivamente podrían ser objetos de pura contemplación externa como pueden serlo las obras artísticas por profanos, esta comprensión de la filosofía no carecería tampoco de valor, pues las ideas filosóficas se han encarnado a su vez en la historia, y están en la base y en los nervios de las distintas épocas históricas, por supuesto también de la nuestra. Por lo que su comprensión exige tener “noticias” filosóficas. Pero si el valor de la enseñanza de la filosofía se limitase a dar “noticias” filosóficas para comprender nuestra historia o nuestra sociedad, o a nosotros mismos, entonces no sería necesaria la materia de filosofía como tal, y su función la cumplirían igual -o quizá mejor- la educación para la ciudadanía, la psicología, la sociología, la historia, las ciencias para el mundo contemporáneo. Esta, creo, es la opinión de quienes parecen diseñar nuestros planes de enseñanza y por eso la tendencia (lógica, dada sus presupuestos) es diluirla como “noticias” dentro de cuerpos ajenos y en dosis tan mínimas que no quede ni rastro del amargo sabor original.

Pero la existencia independiente de una materia como Filosofía –y de una ética reflexiva- sólo puede justificarse desde el reconocimiento de su valor intrínseco, esto es, de su valor como lo que realmente es, como actividad –antes he caracterizado esa actividad como reflexión acerca de los fundamentos, sin duda puede mejorarse la definición, pero en lo esencial es correcta y suficiente para el objetivo que perseguimos-. La existencia como materia de estudio de la filosofía, de la música, de las matemáticas, de la biología… se justifica no por la necesidad de tener “noticias” respecto a su contenido, sino porque se consideran valiosas estas actividades y deseamos que sigan naciendo creadores , auténticos filósofos, matemáticos, biólogos, músicos –y como se recordó en un post anterior: la memoria es la madre de las musas.

Por eso no existe el dilema entre aprender filosofía o aprender a filosofar, los términos no se excluyen sino que se co-implican, aunque el polo de gravedad recae sobre la actividad: el filosofar o el pensar.

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