Husmeando por menéame encontré el otro día la noticia de un profesor del Reino Unido que para ‘ser guay’ tuvo la ocurrencia de quedarse medio en bolas delante de los alumnos. Los alumnos, por supuesto, lo celebran con regocijo, y alguno decidió inmortalizar la hazaña con su móvil. Y a partir de ahí, un par de clics y a Youtube. El profe ‘guay’ queda despedido. Mola. Pero vean, vean, el inefable vídeo:
Traigo este vídeo tan feo a colación de uno de uno de esos debates que con relativa frecuencia se da en los centros educativos. Se trata del cansino ‘móvil sí, móvil no’. De vez en cuando la cosa se sale de madre y alguien propone la ‘solución final‘: nada de móviles en el instituto, prohibida su entrada, y muerto el perro, se acabó la rabia. En este sentido el vídeo que propongo debería ser objeto de estudio y análisis obligatorio en todas las facultades de educación y, por supuesto, en el lamentable máster pedagógico de nueva factura.
En mi interpretación, el profesor que se queda en bolas para ser ‘guay’ es toda una metáfora del sistema educativo español. La incompetencia del profesor británico queda expuesta gracias a un vídeo realizado por uno de los alumnos. Sin duda la intención del alumno que lo graba no es que despidan al profesor, muy al contrario: puede que esté encantado con sus métodos. Sin embargo, de un modo involuntario, su vídeo se convierte en un testimonio de la negligencia del profesor y permite expulsarlo. ¿Qué pensarían ustedes si en vez de despedir al profesor se expulsara al alumno que grabó el vídeo? ¿Y si se propusiera prohibir la entrada de móviles en el centro alegando que incitan a los profesores a quedarse en bolas? En estos casos, aun aceptando que al alumno no debería haber grabado nada, pensaríamos que los responsables son cómplices de la ineptitud del profesor y que quieren ocultar la suya propia.
Pues eso es precisamente lo que ocurre en los centros españoles: los profesores y el sistema educativo en su conjunto estamos en bolas, y hay multitud de vídeos que lo demuestran. Sin embargo, en vez de hacer algo con el sistema, se carga contra los móviles y sus inconscientes usuarios, como si éstos fueran la causa última de todas las bellaquerías grabadas.
A título personal, jamás he tenido problema alguno derivado de un móvil en clase. A veces ha sonado alguno, el alumno se ha apurado un poco y lo ha apagado. Ya está. Lo mismo que cuando me suena a mí. Y si alguno se ha empeñado en hacer el tonto, pues un parte y a otra cosa, igual que cuando molestan con una pelota o un pito. Por eso me extraña que la mayoría vea en el móvil prácticamente la causa de todos los males. Creo que se trata de una especie de miopía contagiosa que no permite pasar del mensajero al mensaje.
Pero lo cierto es que todos esos vídeos que corren por ahí y que nos escandalizan sólo vienen a poner de manifiesto que estamos en bolas. Cargar contra tales vídeos sólo beneficia a aquéllos que tienen la responsabilidad de que permanezcamos así; y apunten lo alto que quieran. Gracias a todos esos vídeos sabemos:
1) Que los profesores estamos en bolas ante el alumnado.
Esto lo vemos en multitud de vídeos donde de un modo u otro, los alumnos insultan, vejan o maltratan a su profesor. El sistema educativo, para ser ‘guay’ nos ha privado de las herramientas para hacer valer nuestra autoridad como profesores. Esos vídeos son el testimonio de lo que tienen que soportar los profesores y a menudo con la seguridad de que no encontrarán apoyo ni en la administración ni en sus propios compañeros. Son esos vídeos la única prueba de que estamos en bolas. Si no existieran, los responsables dirían que todo funciona: miles de papeles lo prueban.
2) Que los alumnos están en bolas frente a otros alumnos
Hay otro ‘género’ en el que ciertos energúmenos se ceban con los más débiles. Los agresores negarían hasta la saciedad los hechos si no hubieran sido tan gilipollas de grabarlos. La misma administración lo negaría de faltar dicha evidencia, e incluso en algún caso, ha sido el centro el que negaba sistemáticamente los hechos. Para ser ‘guay’ el sistema ha inventado mediaciones, convivencias, educación en valores, prevención frente a sanción y buenrrollismo con el malo. Pero ahí está el vídeo escupiéndonos a la cara el resultado de toda esa morralla legislativa que configura nuestro sistema educativo.
3) Que estamos en bolas ante las nuevas tecnologías
Estoy convencido de que en muchas ocasiones la fobia a los móviles sólo tiene su origen en la incomprensión que determinados profesores tienen de las nuevas tecnologías. La administración se gasta la pasta con cosas espectaculares y ‘guays’ como pizarras digitales o portátiles a gogó. En los propios currículums siempre hay algún apartado sobre las TIC y no paran de ofrecerse cursos y cursos para profesores. Pero lo cierto es que en la mayoría de centros no hay equipos informáticos decentes ni siquiera para los profesores, que las aulas están diseñadas para impedir cualquier uso razonable de las nuevas tecnologías y que si uno quiere que algo funcione, tiene que usar su propio equipo, pues los del centro suelen estar obsoletos. Y todo lo que se dice en los currículums sobre TIC…. nada, los alumnos prácticamente no saben enviar un correo electrónico, no ven en el ordenador más que un medio para decir paridas en el tuenti y por supuesto cualquier noción sobre programación es autodidacta. Respecto a los cursos para profesores, tendrán suerte si se apuntan a uno en el que se aprenda algo más que a cortar y pegar. El caso es que tras toda la cháchara, nos ponen un móvil delante y nos quedamos en bolas sin saber qué hacer y en vez de ver una potente herramienta educativa, nos parece cosa de brujas, de manera que a la hoguera con él.
4) Que los alumnos acaban su educación en bolas
El sistema, para ser ‘guay’, ha ido eliminando, descafeinando, degenerando y ‘optativizando’ todas aquellas materias que durante siglos han educado a la humanidad tanto ética como estéticamente. Por otra parte, la exigencia y el esfuerzo, como no son ‘guays’, se sustituyen por tutorías, técnicas de estudio y qué malo este profe que sabrá mucho pero no sabe enseñar. Al final esos vídeos no son sino un producto en el que se expresa objetivamente el nivel ético y estético de nuestros alumnos, que acaban su educación y están en bolas porque no saben hacer la ‘o’ con un canuto.
A continuación les enlazo un documento que pretende ser una argumentación contra la prohibición total de los móviles que pongo a disposición de quien necesite usarla.
La difusión del escrito de Ricardo Moreno, “No es verdad que no sea verdad”, ha dado lugar a un buen número de artículos y comentarios que nos complace recoger aquí,por si algún lector distraído no conociese alguno de ellos y también para animar a otros al debate, ya sea en la forma de nuevos posts, o en comentarios a éstos.
Uno de los lugares comunes más frecuentados de la pedagogía oficial es el concepto de comunidad educativa. En un post anterior comparábamos a ésta con el “camarote de los hermanos Marx” –ya desde ahora me pido el papel del “mudo” para esta singladura, pero no está vedado a los mudos el aporrear teclados-. Es el signo de los tiempos; en el siglo lV A.C. Platón nos proponía “el mito de la caverna” para explicar la situación en que con respecto a “la educación o falta de ella se encuentra nuestra naturaleza”, en los comienzos del veintiuno el estado español encuentra su imaginería en el genial Groucho. Como en el famoso camarote, nuestra “comunidad educativa” no para de crecer y , al igual que en aquél, los elementos que se añaden contribuyen a hacer más patente el problema, pero no a aliviarlo; el pisotón del informe ha hecho daño esta vez, tanto que la causa del desaguisado se le ha achacado a Franco, no estaría mal “que los muertos entierren a los muertos”, pero pasado el sincope se buscarán víctimas más propicias; ya se encargarán de señalarlas “el plomero o su ayudante”, me huelo que algún liberal despistado se llevará el cachete y a éste no le va a librar la bienintencionada enmienda.
Quien conoce el espíritu del comunitarismo estará familiarizado con una de sus exigencias más habituales: “actuar todos a una”, así una de las causas de “nuestros” problemas se atribuye a esa falta de unidad de criterios o de actuación, una exigencia de este tipo puede ser dicha con mucho aplomo, atildando la voz, y encontrará en el público unánime asentimiento, rítmicos y sincronizados movimientos de cabeza , rostros serios, honesta preocupación… es el momento de la reflexión, del examen de conciencia… en este preciso momento algún individuo se encamina ya hacia el desierto, se embosca o se trasforma en burlón (bufón). El carácter totalitario del comunitarismo se revela claramente en su opacidad refractaria a cualquier crítica; pues cualquier objeción es un síntoma del mal que se denuncia: “falta de unidad, de cohesión”, el crítico es el elemento distorsionador, aquí lo que se requiere es adhesión.. y nada más. No es extraño tampoco que esas “actuaciones comunes” que se requieren, no sean otra cosa que “mis (sus) prejuicios” acatados por todos. El corolario de esta posición no es la solución de ningún verdadero problema, pero alivia las conciencias.. y la ciudad vive algunas horas tranquilas más, a costa del animal que se pierde en el desierto, aunque sea tan sólo en el dúctil elemento de la fantasía.
Comunidad, comunión, comulgar –con ruedas de molino.
La democracia –también nosotros tenemos derecho a invocarla-, sin embargo, tiene que ver con individuos, con individuos autónomos, racionales –al menos supuestamente-, con opiniones confrontadas, con polémica, con diferencias de pensamiento, de expresión y de acción.. y nada le es más ajeno que el silencio de los corderos o la paz de los cementerios.
La madurez , tan necesaria, se expresa en la capacidad de decisión personal, en reconocer y asumir el riesgo del error –en uno mismo y en los otros- , sólo una mente infantil –o un fanático- puede pretender tener la verdad, otorgársela a los demás y no digamos compartirla en feliz banquete festivo.
Pero se me dirá que todo esto no niega la necesidad –y posibilidad- de llegar a acuerdos, de “consensuar” unas pautas de actuación de obligado cumplimento y que poco se puede hacer si nos convertimos en jugadores solitarios.
Mi respuesta a esto es sencilla: esas normas están dadas; no vivimos en el vacío legal, ni somos extraños viajeros espaciales llegados a un planeta ignoto, no podemos ser jugadores solitarios aún cuando lo quisiéramos; nuestras normas y nuestras instituciones tienen una honda y esforzada historia. La solución a nuestros problemas pasa por el respeto al individuo, por suponer su racionalidad y su autonomía moral, por reconocer su valía profesional. El comunitarismo, que desconfía del individuo –y lo desprecia-, anula las fuerzas creadoras, siembra ineptitud y resentimiento -los no convencidos pueden reparar en los ejemplos de la historia- Algunos preferimos soportar las extravagancias e irregularidades de algunos particulares –por descontado los otros deberán también soportar las nuestras, qué remedio- a alienar nuestra falible autonomía en el “nosotros los buenos” , que se ha demostrado en la historia tan fatuo como perverso.
El desastroso camarote nos exige una solución: que no sea ésta el Fata Morgana del » reino de los justos».
Si han llegado hasta aquí se merecen un regalo, obtenido por medio de un blog amigo:
Poco a poco he comprendido el defecto general de nuestro tipo de educación y formación: nadie aprende, nadie quiere aprender, nadie enseña -a soportar la soledad.
Mediterráneo una y mil veces descubierto, avispero de disparates y legión de ocurrencias; la cuestión de la convivencia en los centros educativos nos anda ocupando últimamente más de lo que debiera. El debate en torno a este tema es, por lo general, insustancial, ideológico e intelectualmente pobre; pero en ocasiones se anima. En este sentido un par de cosillas me han llamado la atención en calidad de síntoma. Una de ellas es la eliminación, en el código civil, del castigo físico razonable como posible medida correctora de la conducta de los hijos. En su lugar “La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y sicológica (sic)”. La otra cosilla es el supuesto ‘amplio’ rechazo del borrador del decreto de convivencia escolar porque -se alega- hace prevalecer la sanción sobre la prevención. Los psicólogos (o algunos psicólogos, que en esto siempre habrá opiniones) afirman que el bofetón es ya un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden darlo los padres, no es democrático. En su lugar proponen ‘otras’ medidas (no pregunte usted de qué ‘otras’ medidas hablan porque le mirarán raro).
Ambas cuestiones son expresión de una vieja ilusión del ser humano, tan natural y bienintencionada en su planteamiento, como perversa en su ejecución: la utopía del control. La sanción llega tarde; el delito ya se cometió. Hay que prevenir. ¿Quién no desea un mundo en el que el conflicto se ataje antes de nacer, en el que la sangre nunca llegue al río, un mundo de corros manolos, animación sociocultural y participación? Pero la prevención es una caja de Pandora que, al ser abierta, deja escapar a todos los demonios. Sólo a uno le impide salir: a la libertad y por ende, a la responsabilidad, que es el retoño que aquélla alberga. Prevenir es reprimir. Supone moldear al sujeto para que su conducta efectiva coincida con la conducta que el sistema espera de él. Es la armonía preestablecida de Leibniz aplicada a lo social. Para los prevencionistas todos somos posibles infractores, por lo tanto todos debemos someternos a sus cursos on-line, a sus mediaciones, a sus tests, a sus esquemas. La infracción es tan imperdonable que no puede consentirse siquiera como posibilidad. Esto exige un riguroso esfuerzo por recabar información, una burocracia eficiente para tramitarla, un organigrama, la implicación, por supuesto, de toda la comunidad educativa, y expertos, expertos, expertos. La sanción es un fracaso, que traumatiza, humilla y que, como sólo pueden imponerla las autoridades, no es democrática.
Por una mezcla de suerte y desgracia, las medidas preventivas son casi siempre ineficaces, si no crean más problemas de los que resuelven. Lo grave es que al final, si se comete el delito, la responsabilidad ya no es del delincuente, sino de quien no lo impidió. A partir de aquí todo se complica mucho. Vean si no este esquema del plan PREVI (basta una ojeada rápida para comprender lo que quiero decir):
Al final, evaluación, informe, archivo… una y otra vez.
Yo quisiera, frente al idealismo utópico de la prevención, reivindicar el realismo gástrico de la sanción. Pero, para que se me perdone, argüiré que, en realidad, la sanción es la medida preventiva más eficaz, sin los inconvenientes del prevencionismo. La sanción no es una rabieta, sino una medida disuasoria (eso es prevenir). Quien sufre la sanción se educa en la responsabilidad, nacida ahora del ejercicio de su propia libertad. Lo otro es mediar, negociar, escaquearse… La sanción, codificada en un sistema de normas, es uno de los mayores logros de la humanidad, es el triunfo de la razón sobre la arbitrariedad. Además la sanción, dada su objetividad, admite la crítica y la rebelión y por lo tanto la mejora. El prevencionismo sin embargo actúa a escondidas emponzoñando el agua de los depósitos. Siglos y siglos de historia nos muestran el peligro de querer implantar la paz a costa de la libertad, moldeando a los individuos desde su infancia como figuritas de mazapán. Ese aprendizaje histórico no debería obviarse a la hora de organizar nuestros pequeños centros educativos.