Todos hemos sido educados en la pedagogía del desdén. La admiración nos parecía una debilidad. Cuando nos sorprendíamos respetando alguna cosa nos tomaba la sospecha de haber sido sobornados.
Tal situación moral es evidentemente un estado enfermizo que urge dominar. Porque la verdad se encuentra en el lado opuesto. Admiración y respeto son síntomas de robustez personal, son además condiciones de ella.
Fue una mañana del final del otoño -o quizá en el comienzo del invierno. No importa, era la mañana aún oscura de un martes frío; eso sí lo recuerdo con claridad y también que aquella noche no había conseguido pegar ojo. Subí las escaleras con más ligereza de lo habitual; me había acostado sin cenar y las digestiones livianas son una bendición para la circulación periférica. Al torcer el pasillo me encontré con lo que esperaba: solitario frente al puerta me estaba esperando, apenas consiguió balbucear con tristeza y media sonrisa: «qué decepción», con no menos tristeza y amarga sonrisa solo acerté a proferir: «bueno, leamos a los clásicos» señalando a mi ejemplar de la República de Platón. Terrible cinco a cero del Nou Camp.
Por descontado que en un curso pasan muchas más cosas, agradables, tristes, dolorosas, pero pocas tan memorables. La mayoría anodinas y algunas, no muchas, no merecen que se las tenga siquiera por sucedidas; y los cuarenta grados del verano que se avecinan se encargarán de que tal cosa ocurra.
Lo inapelable es que un nuevo curso -un nuevo ciclo- se cierra. Aunque la bandera del Real Madrid que tengo delante lo hace más grato. Nos queda la Décima.
Y, como el poeta, dedico tambien un recuerdo a la afición en general.