El instituto antes de la guerra civil.

Sigo leyendo la novela de Ramón J. Sender Crónica del Alba. Se trata de una de esas novelas largas (la edición que yo manejo son dos tomos de unas 600 páginas) que, sin embargo, no aburren. Y eso que no hay un argumento claro. La novela simplemente es la autobiografía de Pepe Garcés (¿Alter ego de Ramón J. Sender?), desde el principio de su vida. Los personajes, especialmente Pepe, van creciendo junto a nosotros y al final uno llega a tener hacia ellos algo parecido al afecto (¿se puede tener afecto por un personaje de ficción?). Sólo he tenido esta agradable sensación con esta novela y con La Montaña Mágica, de Thomas Mann. Se trata de una novela que se deja saborear, y os aseguro que sabe muy bien; uno desearía que no terminara jamás.
Ojalá la leyerais De momento me conformo con compartir aquí un fragmento que me ha gustado porque, de algún modo inexplicable y a pesar de la distancia temporal que me separa de Pepe Garcés, veo reflejado en él mi propia experiencia como alumno de instituto. Tened en cuenta que el texto describe un instituto de la España previa a la guerra civil (ha llovido desde entonces, pero la lluvia siempre es la misma):

A todos los profesores les habíamos puesto apodos, a veces malsonantes, y ellos, que seguramente lo sabían, nos odiaban y trataban como a casta maldita que había que exterminar.
En cada clase seríamos alrededor de ciento diez o ciento quince.
Como suele suceder, en los primeros días cada chico consideraba a su vecino más importante de lo que era. Todos andábamos curiosos y se establecían amistades por afinidad y a veces por discrepancia y contradicción.
Entre los mayores había pícaros que blasfemaban, tenían a gala padecer alguna enfermedad venérea y jugaban terriblemente a las cartas. Solían ser cuatro o cinco años mayores que yo y violentos y desdeñosos.
Al entrar en la clase, algunos dejaban el cigarrillo apagado en lo alto de un zócalo que cubría la parte baja del muro. Al salir, se había consumido del todo, dejando una huella ocre en la madera.
Había en las paredes de los retretes escritas muchas obscenidades.
Desde el principio yo comprendí que el instituto no tenía interés. La cultura -si tal cosa existía- debía estar en otra parte. Todo era incómodo y falso. Nadie leía la lección ni ponía fe alguna en lo que estaba haciendo. Se trataba de engañar a los profesores.

Se me ocurren algunas reflexiones pedagógicas… pero este post ya es muy largo.

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