De la pertinencia o no de los prólogos.  El extraño caso de la Fenomenología del espíritu de Hegel.

—Ah, ya has vuelto.
—Sí.
—¿Ha sido aburrido?
—Sí.
—¿Te has puesto muy enfermo?
—Sí.
—¿Has traído unas notas a las que no encuentras ni pies ni cabeza y te has dado
cuenta de que te olvidaste de hacer todas las preguntas importantes?
—Sí
—¿Cuándo piensas volver?
Me reí débilmente. Sin embargo, seis meses más tarde regresaba al país Dowayo.

El antropólogo inocente. Nigel Barley.

—Así que es la primera vez que viene a nuestro país.
(…)
—Exacto
Había aprendido a no contrariar nunca a ningún funcionario africano. Al final siempre
se tardaba más y se invertía más esfuerzo que si se actuaba con simple aquiescencia
pasiva. Este recurso me lo había enseñado un viejo colono francés, quien lo definía como
“adaptar la realidad a la burocracia”.

Una plaga de orugas. Nigel Barley

Como lector, no es difícil reconocerse a sí mismo en el inocente investigador de campo, ni reconocer en el país Dowayo la Fenomenología del espíritu.

En octubre de 1806 entrega Hegel las últimas partes de lo que hoy conocemos por la Fenomenología del espíritu, incluido el capítulo VIII, El saber Absoluto.  Meses más tarde la parte correspondiente al Prólogo. Todo junto será publicado como Sistema de la ciencia, primera parte: la fenomenología del espíritu.

Por tanto, el texto que comenzamos a comentar podría haberse titulado, aparentemente con más propiedad,  Epílogo. En todo caso, Hegel mismo prefirió introducirlo como Prólogo y,  curiosamente, comienza planteando la aparente inconveniencia –o lo contraproducente– de anteceder una obra filosófica con un texto a modo de prólogo.

De este tema nos ocupamos al comentar: 1. La verdad como sistema científico. Primera parte de una sección más amplia: I . LAS TAREAS CIENTÍFICAS DEL PRESENTE, que se completa con 2. La formación del presente  3. Lo verdadero como principio, y su despliegue.

Recordemos que estas divisiones, presentes en la traducción de Wenceslao Roces,  son añadidos de editores alemanes posteriores y no se encuentran en el texto propiamente hegeliano, que carece de acotaciones.

Pasamos al análisis del fragmento que nos ocupa: 1. La verdad como sistema científico, páginas 7-9 de la edición de Wenceslao Roces en FCE.

Comienza, Hegel, planteando la aparente inconveniencia de anteponer un prólogo a una obra filosófica y ello, en tanto, que  superfluo, inadecuado y contraproducente. 

Veremos que sí es pertinente y útil añadir un prólogo, las dudas, las objeciones, surgen de una mala comprensión de la filosofía, de la naturaleza de la verdad filosófica y de la relación entre los sistemas filosóficos.

La primera razón  que se esgrime contra la pertinencia de un prólogo es el desacuerdo entre la forma de exposición filosófica y la forma de exposición acostumbrada en un prólogo: 

 En efecto, lo que sería oportuno decir en un prólogo acerca de la filosofía –algo así como una indicación histórica con respecto a la tendencia y al punto de vista, al contenido en general y a los resultados,  un conjunto de afirmaciones  y aseveraciones sueltas y dispersas  acerca de la verdad no puede ser valedero en cuanto al modo y a la manera en que la verdad filosófica debe exponerse. 

No puede ser una aseveración, ni un conjunto disperso de ellas; a una aseveración puede simplemente oponerse otra. La forma de exposición filosófica exige la necesidad del concepto.  Pero: ¿ Un prólogo no puede ser otra cosa que una diversidad de aseveraciones dispersas? ¿Es este prólogo una colección  de aseveraciones, sueltas y dispersas? A mí no me lo parece.

La segunda razón que se aduce contra los prólogos se fundamenta en que la filosofía se da en el elemento del universal: el concepto, lo necesario, lo propio de la ciencia. Se concluye entonces que lo esencial se mostraría en el fin y los resultados, el desarrollo sería lo no esencial. Pone como ejemplo opuesto el caso de la anatomía: esta trata no de lo universal sino de lo particular, no merece el nombre de ciencia, dice de ella que es un puro conglomerado, por eso la forma del prólogo no es distinta de la de su contenido, siempre particular y sometido a la contingencia temporal de su desarrollo.

Además por existir la filosofía, esencialmente, en el elemento de lo universal, que lleva dentro de sí lo particular, suscita más que otra ciencia cualquiera la apariencia de que en el fin o en los resultados se expresa la cosa misma, en incluso se expresa en su esencia perfecta, frente a lo cual el desarrollo parece representar, propiamente, lo no esencial.

Efectivamente la filosofía trata de lo universal  -y de lo particular en la medida en que este queda subsumido dentro de lo universal o de lo universal en la medida que es encarnado en lo particular.  Puesto que trata de lo universal, su forma es la de lo necesario. Esta unidad de universalidad y necesidad es propia del concepto, propia de la ciencia. 

Hegel utiliza muchas veces los términos “parecer”,“ parece”, “parecería”, “suscita la apariencia”.  Esa apariencia es unilateral, no es totalmente falsa, hay algo de verdad, pero no toda. Tomar lo unilateral como absoluto es el error más común. 

La cosa misma es sinónimo de lo auténticamente real, verdadero, absoluto; opuesto a lo meramente subjetivo o meramente pensado, en el sentido de la proclama de los fenomenólogos:  a las cosas mismas!

La conclusión que se extrae de que a la filosofía le pertenezca la forma de la ciencia, de lo universal, es que el fin es considerado como lo esencial, perfecto  y  frente a ello el desarrollo es lo no esencial. Pero esta conclusión es errónea por su unilateralidad. Lo que se mostrará a continuación. 

Un  tema acostumbrado en los prólogos es determinar la relación de una obra filosófica con otros intentos sobre el mismo tema, esto se considera que  introduce intereses ajenos y oscurece lo que realmente importa. Pero esta aseveración se funda en un mal prejuicio, en un error: la opinión que sólo entiende el antagonismo entre lo verdadero y lo falso, un antagonismo tal  que sólo concibe lo uno o lo otro, y por tanto no es capaz de concebir la diversidad  de los sistemas filosóficos como un desarrollo progresivo de la verdad, y solo ve la diversidad como contradicción.

Contra este mal prejuicio  -malo por infértil,  se dirige su brillante texto sobre el carácter procesual de la naturaleza,  que muestra con claridad la concepción hegeliana de la realidad fluyente, dialéctica, unidad en el antagonismo.

El capullo desaparece al abrirse la flor y podría decirse que aquel es refutado por ésta; del mismo modo que el fruto hace aparecer la flor como un falso ser allí de la planta, mostrándose como la verdad de aquella. Estas formas no sólo se se distinguen entre sí, sino que se eliminan las unas a las otras como incompatibles. Pero, en su fluir, constituyen al mismo tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica, en la que lejos de contradecirse, son todos igualmente necesarios y esta igual necesidad es cabalmente la que constituye la vida del todo.

Reparemos en que sólo el pensamiento puede dar unidad a  lo que desde la sensibilidad es discontinuidad. Lo verdaderamente real sólo es accesible a la razón: el aparentemente desconcertante idealismo hegeliano. Esa unidad entre lo real y lo racional la entiendo no tanto como una aseveración metafísica, sino de sentido común, pragmática, refrendada por el manifiesto desarrollo, progreso, de la ciencia y la técnica.

Esta imagen procesual, o mejor esta concepción, debe aplicarse a toda la realidad y a toda realidad; por supuesto, también a los sistemas filosóficos. Hay que superar la forma unilateral de considerar la realidad, pues los momentos aparentemente contradictorios son momentos mutuamente necesarios.

No se ganaría mucho, advierte Hegel, si nos limitásemos a comparar una época con otra, o una obra filosófica con otras, en cuanto a su fin o a sus resultados diversos; eso no es lo esencial, sólo sería una mera comparación externa, contingente. Pues, la cosa no se reduce a su fin, sino que se halla en su desarrollo, ni el resultado es el todo real, sino que lo es en unión con su devenir.

Todo ese entretenerse en los fines, los resultados, la diversidad no se ocupa de la cosa misma,  estas operaciones van más allá de ella –en el mal sentido: la pasan de largo.  Este tipo de saber permanece en sí mismo;  también en el mal sentido, pues se engolfa en sí, en sus abstracciones, sin afrontar lo real: pero lo esencial es permanecer en la cosa y entregarse a ella.

En qué consiste ese permanecer en la cosa lo apunta Hegel en un texto fundamental que va a reproducir en reiteraciones progresivas que amplían y profundizan su sentido en una explicitación, desvelación, continuada: 

´Lo más fácil es enjuiciar lo que tiene contenido y consistencia; es más difícil captarlo, y lo más difícil de todo es la combinación de lo uno y lo otro: el lograr su exposición‘

En una primera lectura, podemos entender este fragmento de manera sencilla:  lo fácil es juzgar algo desde fuera; más difícil es comprenderlo y entenderlo en su sentido propio;  y, por último, lo más difícil es exponerlo. Pero se puede relacionar con el sentido filosófico, con el desarrollo de la verdad en la diversidad de los sistemas filosóficos: el momento del juicio representa la posición del entendimiento, la posición kantiana, ilustrada. El momento de la captación lo relacioné primeramente con la posición hegeliana: la aparición del concepto, pero  todavía no desarrollado. Y por último, la exposición sería la posición hegeliana desarrollada, la relación de unos conceptos con otros  o el surgir unos de otros dando lugar al sistema de la ciencia.

Sin embargo, leyendo a Cerezo, éste —y a mí me convence—, relaciona el momento de la captación con la filosofía de Schelling, con la intuición, la captación intuitiva de la totalidad que anula las diferencias. El tercer momento; la exposición representa la concepción hegeliana del sistema de la ciencia, las relaciones necesarias conceptuales,  que considera tanto las diferencias como la unidad. El sistema como la unidad de la identidad y la diferencia.

La primera repetición, que anunciábamos, profundiza este pasaje, relacionando los momentos del juicio y del concepto con la formación (Bildung)  del individuo y la adquisición de la ciencia.

El individuo parte  de la vida sustancial, es decir de la cultura en la que se encuentra inmerso, absorto, y desde ella se eleva, se separa y forma por medio del conocimiento y adquisición de principios y puntos de vista universales.

En segundo lugar, de forma bastante poética y nebulosa Hegel alude a un estadio de conciencia superior, en el que el inicio de la formación mediante el juicio será superado por la seriedad de la vida pletórica y del concepto,  que penetrará profundizando la experiencia de la cosa misma. 

Todo está aquí tratado de manera incipiente, a la espera de ser desarrollado, lo que Hegel deberá realizar más adelante a lo largo del prólogo. 

Finalmente, enunciemos algunas conclusiones que son indicaciones: 

La verdadera figura de la verdad es el sistema científico de ella.

La motivación y finalidad de su filosofar, confiesa Hegel, es contribuir a que la filosofía deje de ser amor al saber, para llegar a ser saber real.

Finaliza está sección que comentamos señalando la distinción entre necesidad interna y externa: 

La  necesidad interna de que el saber sea ciencia radica en su propia naturaleza (la del saber). Esto puede parecer una banal tautología o un poderoso argumento ontológico que parece repetirse en Hegel. De hecho, es una simple aseveración que, según Hegel, sólo puede justificarse en la exposición de la filosofía misma.

La necesidad externa desde el punto de vista universal -propio de la filosofía que, por tanto, prescinde de lo contingente de la persona y de sus motivaciones- es lo mismo que la interna, pero expresada temporalmente. ¿Qué puede querer decir esto? Lo lógico expresado, plasmado, en la historia humana.

Demostrar la necesidad de que la filosofía llegue a ser ciencia, es la manera de desarrollarla como ciencia.

Hasta aquí la primera sección que teníamos como objeto comentar. 

Más adelante Hegel se referirá de nuevo a la utilidad de su prólogo :

Teniendo en cuenta que la representación universal anterior a su desarrollo puede facilitar la aprehensión de éste, será conveniente esbozar aquí aproximativamente esa representación, con el propósito, al mismo tiempo, de alejar con este motivo algunas formas cuyo empleo usual es un obstáculo para el conocimiento filosófico.” 

Agradecido a Wenceslao Roces, Manuel Jiménez Redondo, Pedro Cerezo Galán y, aún más, a las malas compañías.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar