Zygmunt Bauman: libertad, tontería y customización

Como todos los jóvenes -decía Gil de Biedma en aquél sabio poema– yo vine a llevarme la vida por delante y en aquellas embestidas quinceañeras, hasta flirteé con el punk. La cosa iba de agujerearse partes del cuerpo, fumar en clase de gimnasia, escuchar cintas pirata de La Polla Records y vestirse como un muerto viviente. Eran maneras de afirmar la propia libertad para que quedara claro que uno se revolvía contra toda imposición. Pero al final- como también dice el poeta- la verdad desagradable asoma y resultó que todo aquello eran tonterías. Lo que pasaba, y sigue pasando, lo explica muy bien Zygmunt Bauman en su libro Modernidad Líquida, pero antes de pasar a mayores quisiera ilustrar la idea con este video de Aerolíneas Federales y que conste que lo traigo a colación con incómoda melancolía:

El punk, cuando llegó a España ya era una caricatura de sí mismo. Como siempre, tarde y mal. Sospecho que en el fondo, la canción de Aerolíneas Federales ya es una parodia del propio movimiento punk. La cantante hace lo que quiere porque es una punk. Se afirma a sí misma, pero esa afirmación se reduce a desobedecer a su madre, engañar al profe, asustar a las viejas y pintarse de azul. ¿Cómo es posibe que la libertad, que sale en todos los libros de historia y que ha ocupado más de un telediario, acabe haciendo el ridículo de esa forma?

Como decía, el sociólogo Zygmunt Bauman nos da la clave para entender el problema mediante su concepto de ‘modernidad líquida’. Esto de la modernidad líquida tiene que ver con las relaciones entre lo público (léase el estado) y lo privado (el individuo). La época inmediatamente anterior a la que estamos viviendo sería la modernidad sólida. Esa solidez consistiría en la omnipresencia o al menos en la voluntad de omnipresencia de lo público. En efecto, el estado nación aparece con la vocación de organizar la vida de los individuos y esta vocación alcanza su mayor expresión en los movimientos totalitarios del siglo XX. Durante esta época el individuo ve amenazada su privacidad y se siente obligado a reivindicarla, a afirmarse como individuo frente a un poder que le niega. Es entonces cuando el ejercicio de la libertad es algo sublime, peligroso y muy serio. En la Unión Soviética o en la Alemania nazi no había punks.

A partir de ese momento, el estado, dice Zygmunt Bauman, comienza un proceso de retirada. Digamos que la reivindicación del ámbito privado por parte del individuo gana la batalla. Pero superada la fase de abuso de lo público sobre lo privado, comienza una fase inversa en la que es lo privado, el individuo, el que abusa de lo público. El individuo sigue luchando por su libertad, pero ya no tiene enemigo, de modo que tiene que conformarse con asustar a las viejas y hacerse punk. En la época de la modernidad sólida, el individuo afirmaba su identidad frente a un Estado que se la negaba. Pero ahora ya nadie nos aplasta ni nos niega y por lo tanto no tenemos nada frente a lo que afirmarnos. Al retirarse lo público, el individuo ya no tiene nada sólido con lo que identificarse, sólo una oferta más o menos limitada, de identidades pasajeras, vanas e intrascendentes. Bauman lo sintetiza diciendo que en la modernidad sólida el individuo era un ciudadano, sometido a lo público; pero en la modernidad líquida el individuo es un consumidor que exige un producto que colme sus necesidades de identidad. El individuo ya no es un súbdito que debe obediencia, sino un cliente que siempre tiene la razón y ay del político que no se la dé.

Lo de los punks era la reivindicación de una individualidad vacía. Es el lema de los libros de autoayuda barata (no sé si hay de otro tipo): sé tú mismo. Pero es que no hay un tú mismo. En esta búsqueda de una identidad propia los punks modificaban su peinado, su ropa, hacían una música completamente antiacadémica, en muchos casos ni siquiera se molestaban en aprender a tocar con tal de no someterse a nada. Ahora tenemos un anglicismo muy tonto para esto: customizar. Constantemente veo anuncios en la tele en los que se nos ofrece customizar el móvil con imágenes fondos, etc. Se customizan coches, ordenadores, ropa, y hasta viajes. El palabro viene del marketing y significa algo así como adecuar el producto a las necesidades (¿caprichos?) concretas del cliente. En el fondo la customización es algo meramente cosmético, es una cuestión estética. Un móvil customizado no ha sido adaptado desde el punto de vista funcional; hace lo mismo que los otros móviles, sólo que la carcasa es distinta y quizá tenga un politono más o menos original. La identidad que proporcionan los productos customizados es aparente, por eso no satisface nunca del todo y uno no puede parar de customizar.
Lo de la customización me temo que, si Bauman tiene razón, llega hasta ámbitos menos triviales que la telefonía móvil, como son, por ejemplo, la política o la educación.
Recientemente hemos visto cómo el sector privado -concretamente los bancos, los fabricantes de coches y alguno más- ha exigido al Estado que intervenga para enmendar sus errores. El liberal tiende a ver aquí una intromisión del Estado en el sector privado, pero según el enfoque de Bauman, el análisis liberal sería ingenuo. En realidad es el sector privado el que acude a lo público. El liberalismo defendía al individuo del Estado, pero ahora habría que defender al Estado del individuo. El contribuyente tiende a acudir al Estado en busca de soluciones a sus problemas personales, porque para eso paga. El estado tiene que buscarme casa y trabajo, tiene que concederme un crédito, o pagar la hipoteca que contraté y a la que ya no puedo hacer frente, etc. El Estado no es de derecho, es de bienestar. Ahora los políticos contratan asesores de imagen y contabilizan los votos como clientela a la que tienen que satisfacer. El estado no se impone al individuo, sino que se le vende con pedagogía, porque resulta que ahora los políticos tienen que hacer pedagogía. O sea, marketing. Se customizan los derechos. En educación, por ejemplo, ésto se llama atención a la diversidad. Los individuos exigen que su derecho a la educación se adapte a sus necesidades y a sus posibilidades, aunque ésto siempre se realiza de un modo aparente y por lo tanto siempre provisional.

De algún modo en la modernidad liquida, el individuo, liberado del Estado, se vuelve punk porque esa libertad no puede sino ejercerse de manera vaga, caprichosa e irracional.

Amos Oz y el conflicto palestino israelí. Entrevista.

Como se supondrá por el post anterior, ando leyendo un librito de artículos de Amos Oz titulado Contra el fanatismo. Amos Oz es un intelectual israelí con una visión muy sensata y realista sobre el conflicto con Palestina. 

El núcleo de su argumento es que la única solución posible ha de ser necesariamente dolorosa porque ambas partes tienen derecho a ocupar los territorios que ocupan. El único obstáculo es el fanatismo, presente en israelíes y palestinos. 
La posición de Amos Oz rechaza la maniquea y simplista toma de partido a favor del ‘bueno’ (sea éste quien sea). De hecho me temo que esas tomas de partido en su mayor parte son poses o meras consignas repetidas por simpatía. El conflicto entre Israel y Palestina es trágicamente complejo y no admite buenos ni malos, ni puede ser analizado desde pacifismos fantasiosos ni puede pensarse con las entrañas. Exige la serenidad intelectual de la que hace gala Amos Oz, por ejemplo, en la siguiente entrevista, en la que prácticamente trata todos los temas de Contra el fanatismo:

Fanatismo y educación

“Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma y otra, el fanático está más interesado en el otro que en si mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto.”

Amos Oz, Contra el fanatismo.

Peligroso y familiar, el fanático que pinta Amos Oz. Es fácil deslizarse hacia el fanatismo y sucumbir a la tentación, no de hacer el bien, sino de hacer bueno al prójimo, de sanarle, de formarle, educarle, y eliminarle si no entra en vereda. Hay que estar en guardia, sospechando de la bondad, especialmente de la de uno mismo.

Creo que el fanatismo es esencialmente pedagógico, no hay fanático que no tenga vocación de educador. El fanático no quiere enseñarnos contenidos teóricos, quiere formarnos, quiere que desarrollemos las habilidades y competencias que, a su juicio, nos harán mejores. El fanático educa en valores. Y lo más peligroso es que los valores más permeables al fanatismo son los más aceptables (quizá por vacuos): el respeto, la solidaridad, el medio ambiente, la igualdad, etc; esto hace que el fanatismo se vuelva invisible, lo cual dificulta separar el fanatismo de los valores del fanático. No es lo mismo criticar el fanatismo de un ecologista, que criticar el ecologismo de un fanático, pero la distinción suele pasar inadvertida.

Pero si el fanático es esencialmente educador, no es cierto que la educación sea esencialmente fanática aunque, a mi juicio, el fanatismo es el pan de cada día en este gremio. Creo que educar sin fanatismo es educar filosóficamente, haciendo de la educación una búsqueda desinteresada del conocimiento. En cualquier caso la educación sin fanatismo es una rara avis. Quizá queden unos cuantos ejemplares, pero me temo que alguien se ha empeñado en que se extinga.

Lecturas para acabar y comenzar el año

Literariamente he comenzado el nuevo año de una forma bastante semejante a como lo acabé, -o cosas de la literatura, quizá de forma muy diferente-. Han sido lecturas largamente aplazadas, obras maestras de las consideradas imprescindibles, -y que sin embargo no había acometido-; en mi descargo puedo aducir que son tantas y tantas las obras maestras que uno puede tranquilamente dedicar toda la vida a su lectura y nos quedarán por abrir muchas de esas “imprescindibles” –quizá no deberíamos, pues, a cierta edad distraernos con los fenómenos editoriales, ya sean pijamas a rayas o vuelos de ángeles-. Dejemos, también, el sermón y las justificaciones. Acabé el año con la lectura de El guardián entre el centeno de Salinger, lo he comenzado con Pedro Páramo de Juan Rulfo. Entre una y otra (lectura) , entre turrón y cava, conseguí acabar un libro en el que me había estancado a mitad de su lectura, La Viena de Wittgenstein, libro de difícil lectura, denso y detallista, no sé si ha añadido mucho a mi deficiente comprensión de Wittgenstein, pero si me ha permitido al menos respirar aliviado, y dejarme horizonte despejado para otras empresas.

La obra de Salinger y la de Rulfo tienen, en principio, muy poco en común , ni el estilo, ni aparentemente la temática, ni el contexto, ni la lengua, ni la tradición cultural. Pero existen algunas similitudes “externas”; ambas autores tienen una producción muy limitada, llevan décadas sin producir nada nuevo, y se prodigan poco en los medios de comunicación; sin embargo, los dos han sido encumbrados como clásicos del siglo veinte, las obras que les han procurado esta posición permanente en las letras han sido en ambos casos dos novelitas cortas que pueden leerse en apenas unos días, queda sin embargo la sensación de que uno debería volver a leerlas para disfrutar de la plenitud de su sentido, al menos esa sensación tuve yo -aunque todo sea dicho, la suelo tener cada vez que acabo un libro-. En el caso de Pedro Páramo el mismo Juan Rulfo comenta que su lectura es difícil y que la escribió con esa intención de dificultad; la idea de que para ser comprendida debía ser leída al menos tres veces –estoy de acuerdo, tras una única lectura.

Al buscar información acerca de Juan Rulfo he encontrado, con ayuda de algunas pistas, una entrevista que le fue realizada en TVE en el año 77. Lo primero que sorprende a uno es que una televisión con calidad es posible, y que la escoria presente es una “mera” contingencia. La segunda sorpresa es la sencillez, la modestia y la autenticidad que desprende Juan Rulfo… también profunda comprensión -y saber- acerca de la tristeza y la condición humana. Nada que ver con las maneras de Hollywood y de divos que tanto se gastan.

El programa se encuentra en Youtube dividido en 5 partes. Os facilito aquí la primera, y la quinta y última parte. Enlazo el resto. En mi caso esperé para ver la entrevista hasta haber acabado la lectura de Pedro Páramo; no soy lector de prólogos y los análisis acerca de una obra prefiero leerlos tras haberme enfrentado en soledad al autor. Otros , al contrario, prefieren conocer previamente algo acerca de la obra; mera cuestión de gustos. Yo os recomiendo leer la novela y ver la entrevista; el orden es cosa vuestra.

Entrevista a Juan Rulfo.

1ºParte

2ª Parte

3ª Parte

4ª Parte

5ª Parte