Locos por los gatos

Toxoplasma gondii

No hace mucho me interesaba por un extraño hongo que era capaz de manipular la conducta de las hormigas para conseguir reproducirse. El tema me resultó escalofriante e incluso inventé un pequeño cuento en el que extrapolaba la perversa influencia del hongo a las personas.

Bien, pues no hacía falta extrapolar nada, puesto que también hay criaturas que, instaladas en nuestro cerebro, manipulan nuestra conducta de tapadillo. Una de ellas es el Toxoplasma Gondii, un simpático parásito microscópico que, al parecer, está instalado en un 40% de la población humana y cuya compañía se asocia, como veremos luego, con enfermedades como la esquizofrenia.

No sólo podemos disfrutar de este parásito los seres humanos, sino que afecta a todos los mamíferos en general. Hay, sin embargo, uno que tiene una estrecha relación con el bicho: nuestros idolatrados gatos. Resulta que el toxoplasma, aunque puede vivir en cualquier mamífero, sólo se reproduce en el interior del intestino de los gatos (y otros felinos). Para ellos un gato será una especie de suite nupcial donde activar la fase sexual de su ciclo vital -qué cosas- de modo que la prole resultante salga por el conducto anal del gato cubierta, naturalmente, de gloria.

Dado que si no consigue llegar al intestino de un gato, el toxoplasma se extingue, éste tendrá un gran interés en aumentar sus probabilidades de topar con uno. Los gatos (y el resto de mamíferos, entre los que debemos incluirnos) se contagiarán si comen carne cruda de un animal contagiado o comen heces de otros gatos con toxoplasma.

La artimaña que utiliza el toxoplasma para llegar a los gatos es digna de una película de terror. Puesto que los ratones no son demasiado cuidadosos a la hora de buscar su alimento, es fácil que terminen contagiándose con el parásito. Éste se instala en su cerebro, concretamente en la amígdala cerebral, que es la zona responsable de las emociones y , por decirlo así, la hackea. Resulta que los ratones están genéticamente programados para temer a los gatos; basta que huelan un poco de su orina para que en su amígdala se active el software del miedo y salgan corriendo. El toxoplasma hace un pequeño cambio en el programa y consigue que el ratón, en vez de asustarse, se sienta atraído por el gato. Mal negocio para el ratón aficionarse a los gatos, pues sus probabilidades de morir aumentan; pero el ratón ya no es dueño de sus actos, es el toxoplasma quien, desde las profundidades de su cerebro, lo maneja según sus propios intereses. El ratón, ahora temerario amante de los gatos, acaba siendo devorado y el toxoplasma consigue reproducirse.

El trabajo que la evolución biológica ha hecho con el toxoplasma es impecable, pues como se ha descubierto recientemente, es capaz de alterar el cerebro del ratón con una precisión quirúrgica, sin afectar a nada más. El ratón no siente nada raro, no está enfermo y el resto de su conducta sigue igual que antes. Lo único, lo de los gatos… La evolución es un mecanismo bastante idiota, pero sus resultados son sorprendentes. El toxoplasma se ha adaptado a los ratones porque forman parte de la dieta habitual de los gatos. Sería absurdo que se especializara en manipular el cerebro de los elefantes para que se sintieran atraídos por los gatos.

¿Pero qué ocurre si el toxoplasma llega al cerebro de un ser humano? Bien, como el parásito está diseñado para hacer las cosas bien en el cerebro de un ratón, cuando le cambian el cuadro de mandos no encuentra nada en su sitio. Empieza a tocar aquí y allá como si estuviera en un ratón, pero los efectos que causa son bien distintos. Lo más curioso es que estos efectos difieren según el infectado sea hombre o mujer. Los hombres infectados, tienen un cociente intelectual más bajo, menor capacidad de concentración, son más arriesgados, anárquicos, independientes, antisociales, desconfiados, celosos y malhumorados. Las mujeres contagiadas, sin embargo, se vuelven más promiscuas, extrovertidas, amigables e inteligentes. Un síntoma común a hombres y mujeres sería una mayor disposición a experimentar sentimientos de culpa.

Pero los efectos del toxoplasma no terminan aquí, sino que parece que los niños que han tenido contacto con gatos, tienen mayor probabilidad de desarrollar, una vez adultos, esquizofrenia y síntomas neuróticos. De hecho hay una correlación estadística entre el número de neuróticos de un país y la cantidad de sujetos que tienen o han tenido un toxoplasma habitando su cerebro.

Por todo esto, el investigador Kevin Lafferty ha postulado que este parásito puede influir en una sociedad entera haciendo que sus miembros sean más o menos arriesgados, prefieran leyes más o menos estrictas, etc. (piénsese en las consecuencias para la actividad empresarial de una zona con un alto índice de contagios de toxoplasma, o para los resultados electorales, por ejemplo). Quizá esto parezca algo exagerado, pero lo cierto es que todo es mucho más complejo de lo que parece.

Me pregunto por el ámbito de competencias del sujeto pensante, de la res cogitans de Descartes. El yo consciente que elige racionalmente fue destronado por el inconsciente de Freud. No todos nuestros impulsos se originaban en la consciencia, sino que tenían un origen mucho más oscuro. Darwin nos enseñó que esos impulsos podían interpretarse como adaptaciones de la especie al medio; nuestras decisiones no sólo no son completamente racionales, sino que no son tampoco nuestras, del individuo, sino ‘de la especie’. Los actuales avances científicos, gracias a los cuales sabemos de criaturas como el toxoplasma gondii, apuntan a que muchas de nuestras conductas ni siquiera pertenecen a nuestra especie, sino que son las estrategias de otros seres, en su lucha por la vida, con los que estamos en inextinguible comunión. Al final cada acto, cada decisión, cada gesto, no es sino el resultado de un sinnúmero de fuerzas colisionando entre sí. O tal vez sea una sola fuerza la que se desparrama sin control. Hay que volver a leer a Schopenhauer.

Nota para hipocodríacos:
Tener o haber tenido instalado el toxoplasma gondii es algo bastante habitual. Pero por regla general, si uno está sano, su sistema inmunológico da buena cuenta del parásito (si no fuera así, moriríamos). Únicamente deberían temer por el toxoplasma aquellas personas con el sistema inmunológico debilitado, como los enfermos de SIDA y las mujeres embarazadas. La única precaución que hay que tomar es no comer carne cruda y lavarse las manos, especialmente si tenemos gato (os recuerdo que los gatos no usan papel higiénico). Por lo demás, he tratado el tema con bastante ligereza. Las conexiones que he apuntado son, de momento, meramente estadísticas y hay que ser prudente. En cualquier caso, y para quien le interese, ahí van una serie de links en los que se trata el tema con más rigor:

http://www.newscientist.com
http://en.wikipedia.org/wiki/Toxoplasma_gondii
Toxoplasma Godii y esquizofrenia
El toxoplasma y las ratas
Consecuencias sociales del toxoplasma gondii (post del blog científico de Carl Zimmer, muy interesante todo)
Elogio de los parásitos, de Carl Zimmer (en castellano)
Resumen del trabajo de Lafferty
Toxoplasmosis (completa página web acerca de la toxoplasmosis muy clara y sintética)
Efectos del toxoplasma gondii en hombres y mujeres

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