El tema de hoy será el budismo. Conferencia de Jorge Luis Borges

El tema de hoy será el budismo. No entraré en la larga historia que empezó hace dos mil quinientos años en Benares, cuando un príncipe de Nepal-Siddharta o Gautama-,que había llegado a ser el Buddha, hizo girar la rueda de la ley, proclamó las cuatro nobles verdades y el óctuple sendero. Hablaré de lo esencial de esa religión, la más difundida del mundo. Los elementos del budismo se han conservado desde el siglo quinto antes de Cristo: es decir, desde la época de Heráclito, de Pitágoras, de Zenón, hasta nuestro tiempo. Los elementos son los mismos. La religión ahora está incrustada de mitología, de astronomía, de extrañas creencias, de magia, pero ya que el tema es complejo, me limitaré a lo que tienen en común las diversas sectas. Éstas pueden ser llamadas Hinayana, o pequeño vehículo. Consideremos ante todo la longevidad del budismo:

Esa longevidad puede explicarse por razones históricas, pero tales razones son fortuitaso, mejor dicho, son discutibles, falibles. Creo que hay dos causas fundamentales. La primero es la tolerancia del budismo: esa extraña tolerancia no corresponde, como en el caso de otras religiones mayoritarias, a distintas épocas: el budismo siempre fue tolerante.

No ha recurrido nunca al hierro o al fuego, nunca ha pensado que fuesen persuasivos. Cuando Asoka, emperador de la India, se hizo al budismo, no trató de imponer a nadie su nueva religión. Un buen budista puede ser luterano, o metodista, o presbiteriano, o calvinista, o sinoísta, o taoísta, o católico, puede ser prosélito del Islam o de la religión judía, con total libertad. En cambio, no le está permitido a un cristiano, a un judío, a un musulmán, ser budista.

La tolerancia del budismo no es una debilidad, sino que pertenece a su índole misma. El budismo fue, ante todo, lo que podemos llamar una yoga. ¿Qué es la palabra yoga? Es la misma palabra que usamos cuando decimos yugo y que tiene su orígen en el latín yugu. Un yugo, una disciplina que el hombre se impone. Luego, si comprendemos lo que el Buddha predicó en aquel primer sermón del Parque de las Gacelas de Benarés hace dos mil quinientos años, habremos comprendido el budismo. Salvo que no se trata de comprender, se trata de sentirlo de un modo hondo, de sentirlo en el cuerpo y en el alma; salvo, también, que el budismo no admite la realidad del cuerpo ni del alma; trataré de explicarlo.

Además, hay otra razón. El budismo exige mucho de nuestra fe. Es natural, ya que toda religión es un acto de fe. Así como la patria es un acto de fe ¿Qué es, me han preguntado muchas veces, ser argentino? Ser argentino es sentir que somos argentinos ¿Qué es ser budista? Ser budista es, no comprender, porque eso puede cumplirse en pocos minutos, sentir las cuatro nobles verdades y el octupl sendero. No entraté en los problemas del óctuple sendero, pues esa cifra obedece al hábito hindú de dividir y subdividir, pero sí en las cuatro nobles verdades.

Hay, además, la leyenda de Buddha. Podemos desdreer esta leyenda. Tengo un amigo japonés, budista zen, con el cual he mantenido largas conversaciones sobre el budismo. Yo le decía que creía en la verdad histórica del Buddha. Creía, y creo, que hace dos mil quinientos años hubo un príncipe del Nepal llamado Siddharta o Gautama que llegó a ser el Buddha, es decir, el Despierto, el Lúcido-a diferencia de nosotros que estamos dormidos y que estamos soñando ese largo sueño que es la vida-. Recuerdo una frase de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme.” Pues bien, Siddharta, a la edad de treinta años, llegó a despertarse y a ser el Buddha.

Con aquel amigo que era budista yo discutía y le decía “¿Por qué no creer en el príncipe Siddharta, que nació en Kapilovatsu quinientos años antes de la era cristiana?” Él me respondía: “Porque no tiene ninguna importancia; lo importante es creer en la doctrina”. Agregó, creo que con más ingenio que verdad, que creer en en la existencia histórica del Buddha o interesarse en ella sería algo así como confundir el estudio de las matemáticas con la vida de Newton. Uno de los temas de meditación que tienen los monjes en los monasterios de la China y Japón, es dudar de la existencia del Buddha. Es una de las dudas que deben imponerse para llegar a la verdad.

Las otras religiones exigen mucho de nuestra credulidad. Si somos cristianos debemos creer que una de las tres personas de la Divinidad condescendió a ser hombre y fue crucificado en Judea. Si somos musulmanes debemos creer que no hay otro dios que Dios y que su apóstol es Muhammad. Podemos ser buenos budistas y negar que el Buddha existió. O, ejor dicho, podemos pensar, debemos pensar que, no es importante nuestra creencia a nivel histórico: lo importante es creer en la Doctrina. Sin embargo, la leyenda del Buddha es tan hermosa que no podemos dejar de referirla.

Los franceses se han dedicado con especial atención al estudio de la leyenda del Buddha. Su argumento es éste: la biografía del Buddha es lo que le ocurrió a un hombre en un periodo muy breve de tiempo. En cambio, la leyenda del Buddha, ha iluminado y sigue iluminando a mucha gente. La leyenda es la que ha inspirado tanta s pinturas, esculturas y poemas. El budismo, además, de ser una religión, es una mitología, una cosmología, un sistema metafísico, o, mejor dicho, una serie de de sistemas metafísicos, que no se entienden que discuten entre sí.

La leyenda de Buddha es iluminativa y su creencia no se impone. En Japón se insiste en la no historicidad del Buddha; pero sí en la doctrina. La leyenda empieza en el cielo. En el cielo hay alguien que durante muchos siglos, podemos decir literalmente durante un número ilimitado de siglos, ha ido perfeccionándose hasta comprender que en la próxima encarnación será el Buddha.

Elige el contnente en que ha de nacer. Según la cosmología budista el mundo está dividido en cuatro continentes triangulares y en el centro hay una montaña de oro: el monte Meru. Nacerá en el que corresponde a la India. Elige el siglo en que nacerá, elige la casta, la madre… Ahora, la parte terrenal de la leyenda: hay una reina, Maya (Maya significa ilusión), que tiene un sueño que nos puede parecer extravagante, pero que para los hindúes no lo es.

Casadacon el rey Suddhodana, soñó que un elefante blanco de seis colmillos, que erraba de las montañas del oro, entró en su costado izquierdo sin causarle dolor. Se despierta, el rey convoca a sus astrólogos y éstos le explican que la reina dará a luz a un hijo que podrá ser el emperador del mundo o el Buddha, destinado a salvar a todos lo seres. Previsiblemente, el rey elige el primer destino: quiere que su hijo sea el emperador del mundo.

Volvamos al detalle del elefante blanco de seis colmillos. Oldemberg hace notar que el elefante, en la India, es un animal doméstico y cotidiano. El color blanco es siempre símbolo de inocencia. Pero ¿por qué seis colmillos? Tenemos que recordar (habrá que recurrir a la historia alguna vez) que el número seis, que para nosotros es arbitrario, no lo es en la India, donde se cree que las dimensiones del espacio son, exactamente, seis: arriba, abajo, delante, detrás, izquierda y derecha. Un elefante blanco de seis colmillos no es extraño para los hindúes.

El rey convoca a sus magos y la reina da a luz sin dolor. Una higuera inclina sus ramas para ayudarla. El hijo nace de pié y al nacer de cuatro pasos (al Norte, al Sur, al Este y al Oeste) y dice: “Soy el incomparable; este será mi íltimo nacimiento”. Los hindúes creen en un número infinito de nacimientos anteriores. El príncipe crece: es el mejor arquero, es el mejor jinete, el mejor nadador, el mejor atleta, el mejor calígrafo, confunde a todos los doctores… y a los dieciséis años se casa.

El padre sabe, los astrólogos le han dicho, que su hijo corre el peligro de ser el Buddha, el hombre que salvará a todos, si conoce cuatro hechos que son la vejez, la enfermedad, la muerte y el ascetismo. Recluye a su hijo en el palacio, le suministra un harén, no diré la cifra de mujeres porque coresponde a una exageración hindú evidente. Pero, por qué no decirlo: eran ochenta y cuatro mil.

El príncipe vive una vida feliz; ignora que haya sufrimiento en el mundo, ya que le ocultan la vejez, la enfermedad y la muerte. El día predestinado sale en una carroza por una de las cuatro puertas del palacio, por la puerta Norte. Recorre un trecho y ve a un ser distinto de todos los que ha visto. Está encorvado, arrugado, no tiene pelo, apenas puede caminar y va apoyado en un bastón. Pregunta quién es ese hombre y el cochero le contesta que es un anciano y que todos seremos algún día ese hombre si seguimos viviendo.

El príncipe vuelve al palacio, perturbado. Al cabo de seis días vuelve a salir por la puerta Sur. Ve en una zanja a un hombre aun más estraño, con la blancura de la lepra y el rostro demacrado. Pregunta quién es ese hombre, si es que lo es y el cochero le responde que es un enfermo y que todos seremos ese hombre algún día, si seguimos viviendo.

El príncipe, ya muy inquieto, vuelve a palacio. Seis días más tarde sale nuevamente y ve a un hombre que parece dormido, pero cuyo rostro tiene un color que no es el de la vida. A ese hombre lo llevan otros. Vuelve a preguntar quién es y esta vez el cochero le responde que es un muerto y que todos, si seguimos viviendo, algún día seremos él.

El príncipe ahora está desolado. Tres horribles verdades le han sido reveladas: la verdad de la vejez, la verdad de la enfermedad y la verdad de la muerte. Sale una cuarta vez y ahora ve un hombre casi desnudo cuyo rostro está lleno de serenidad. Pregunta quién es y le responden que es un asceta, un hombre que ha renunciado a todo y que a logrado la beatitud.

Ahora, el príncipe se decide por abandonarlo todo: él que ha llevado siempre una vida tan rica. El budismo cree que el ascetismo puede convenir, pero después de haber probado la vida. No se cree que nadie deba empezar negándose nada. Hay que apurar la vida hasta las heces y luego desengañarse de ella; pero sin conocimiento de ella.

El príncipe resuelve ser el Buddha. En ese momento le traen una noticia, su ujer, Jasodhara, ha dado a luz a un hijo. Exclama “Un vínculo ha sido forjado”. Es el hijo que lo ata a la vida. Por eso le dan el nombre de Vínculo. Siddharta está en su harén, mira a esas mujeres que son jóvenes y bellas y las ve ancianas y horribles, leprosas. Va al aposento de su mujer ; está durmiendo; él intenta besarla pero comprende que si lo hace no podrá desprenderse de ella, así que se va.

Busca maestros. Aquí tenemos una parte de la biogrfía que puede no ser legendaria ¿Por qué mostrarlo discípulo de maestros que después abandonará? Los maestros le enseñan el ascetismo, que él ejerce durante un tiempo. Al final está tirado en medio del campo, su curpo está inmóvil, y es entonces cuando los dioses lo ven desde sus treinta y tres cielos, pensando que a muerto. Uno de ellos, el más sabio, dice “No ha muerto; será el Budha”. Entonces el príncipe se despierta, corre a un arroyo que está cerca, toma un poco de alimento y se sienta bajo la higuera sagrada: el árbol de la ley.

Sigue un entracto mágico, que tiene su correspondencia con los Evangelios; es la lucha contra el demonio. El demonio se llama Mara. Ya hemos visto esa palabra antes “nightmare”, demonio de la noche. El demonio siente que domina el mundo, pero ahora siente peligro y sale de su palacio. Se han roto las cuerdas de los instrumentos musicales, el agua se ha secado en las cisternas. Apresta sus ejércitos, monta un elefante que tiene no sé cuántas millas de altura, multiplica sus brazos, multiplica sus armas y ataca al príncipe. El príncipe está sentado al atardecer bajo el árbol del conocimiento, ese árbol que nació al mismo tiempo que él.

El demonio y sus huestes de tigres, leones, camellos, elefantes y guerreros le arrojan flechas. Cuando llegan a él son flores. Le arrojan montañas de fuego que forman un dosel sobre su cabeza. El príncipe medita inmóvil con los brazos cruzados; quizá no sabe que lo estan atacando. Piensa en la vida, está llegando al Nirvana, a la salvación. Antes de la caída del sol, el demonio cae derrotado. Sigue una larga noche de meditación; al cabo de esa noche, Siddharta ya no es Siddharta. Es el Buddha: ha llegado al Nirvana.

Resuelve predicar la ley. Se levanta, ya se ha salvado, quiere salvar a los demás. Predica su primer sermón en el Parque de las Gacelas de Benares. Luego otro sermón, el del fuego, el que dice que todo está ardiendo: almas, cuerpos… todo está en fuego. Más o menos, por aquella misma fecha, Heráclito de Éfeso se dedicaba a decir lo mismo.

Pero su ley no es la del ascetismo, ya que para el Buddha el ascetismo es un herros. El hombre no debe abandonarse a la vida carnal porqu la vida carnal es baja, innoble, bochornosa y dolorosa; tampoco el ascetismo, que también es innoble y doloroso. Practica una vía media-para seguir la terminología teológica-, ya ha alcanzado el Nirvana y vive cuarenta y tantos años, que dedica a predicar. Podría haber sido inmortal, pero elige el momento de su vida, cuando ya tiene muchos discípulos.

Muere en casa de un herrero. Sus discípulos le rodean; están desesperados ¿Qué van a hacer sin él? Les dice que él no existe, que es un hombre como ellos, tan irreal y tan mortal como ellos, pero que les deja su Ley. Aquí encontramos una gran diferencia con Cristo. Creo que Jesús les deice que si dos están reunidos, él será el tercero. En cambio, el Buddha les dice les dejo mi Ley. Es decor, ha puesto en movimiento la rueda de la Ley en el primer sermón. Luego vendrá la historia del budismo. Son muchos los hechos: el lamísmo, el budismo mágico, el Mahayana o gran vehículo, que sigue al Hinayana o pequeño vehículo, el budismo zen de Japón…
Hay quien dice que si hay dos budismos que se parecen, que son casi idénticos, son el que predicó Buddha y lo que se enseña ahora en china y en Japón, el budismo zen. Lo demás son incrustaciones,algunas de ellas, interesantes. Se sabe que Buddha podía ejercer milagros, pero al igual que a Jesucristo, le desagradaban los milagros, le desagradaba ejercerlos. Le parecía una ostentación vulgar. Hay una historia que contaré, la del bol de sándalo:

Un mercader , en una ciudad de la India, hace tallar un pedazo de sándalo en forma de bol. Lo pone en lo alto de una serie de cañas de bambú, una especie de altísmo palo enjabonado y dice que se lo dará a quien pueda alcanzarlo. Hay maestros de lo herético que lo intentan en vano e intentan sobornar al mercader para que diga que lo han alcanzado, pero al mercader se niega y es entonces cuando llega el discípulo menor de Buddha. Su nombre no se menciona fuera de este episodio. El discípulo se eleva en el aire, da seis vueltas alrededor de las cañas, coge el bol y se lo entrga al mercader. Cuando el Buddha oye la historia lo hace expulsar de la orden, por haber cometido tal acto.

Pero también el Buddha hizo milagros. Por ejemplo éste, un milagro de cortesía. El Buddha tiene que atravesar un desierto a la hora del mediodía. Los dioses, desde sus treynta y tres cielos, le arrojan una sombrilla cada uno, pero él no quiere desairar a ninguno de los dioses, así que se multiplica en treinta y tres Buddhas, de modo que cada uno coge una sombrilla; y todos contentos.

Entre los hechos del Buddha hay uno iluminativo: la parábola de la flecha. Un hombre ha sido herido en batalla y no quiere que le saquen la flecha. Antes quiere saber el nombre del arquero, a qué casta pertenecía, el material de la flecha, en qué lugar estaba el arquero y qué longitud tenía la flecha. Mientras están discutiendo estas cuestiones, se muere. “En cambio -dice el Buddha- yo enseño a arrancarla flecha2. Pero ¿qué es la flecha? Es el universo; es la idea del yo, de que todo lo lllevamos clavado. El Buddha nos dice que no debemos perder tiempo en cuestiones inútiles. Por ejemplo ¿es finito o infinito el Universo? ¿el Buddha, después del Nirvana, vivirá o morirá? Todo eso es inútil, lo importante es que nos arranquemos la flecha. Se trata de un exorcismo, de una ley de salvación.

Dice el Buddha “Así como el vasto océano tiene un solo sabor, el sabor de la sal; el sabor de la Ley es el sabor de la salvación” La ley que él enseña es vasta como el mar, pero tiene un solo sabor: el sabor de la salvación. Desde luego, los continuadores se han perdido (o se han encontrado tal vez demasiado) en adquisiciones metafísicas. El fin del budismo no es ése. Un budista puede profesar cualquier religión siempre que siga esa ley. Lo que importa es la salvación y las cuatro nobles verdades: el sufrimiento, su orígen, la curación y los medios para alcanzar esa curación. Al final está el Nirvana. El orden de las verdades no importa. Se ha dicho que corresponden a una antigua tradición médica en que se trata del mal, del diagnóstico, del tratamiento y de las curas. La cura, en este caso, es el Nirvana.

Ahora llegamos a lo dificil. A lo que la mentalidad occidental tiende a rechazar.La transmigración, que para nosotros es ante todo, un concepto poético. Lo que transmigra no es el alma, ya que el budismo niega su existencia, sino el karma, que es una especie de organismo mental que transmigra infinitas veces. En Occidente esta idea está vinculado a varios pensadores, sobre todo a Pitágoras. Él reconocióel escudo con el que se había batido en la guerra de Troya, cuando tenía otro nombre. En el décimo libro de La República de Platón está el sueño de Er. Ese soldado ve las almas que antes de beber en el río del olvido, eligen su destino. Agamenón elige ser un águila, Orfeo un cisne y Ulises-que una vez se llamó nadie-elige ser el más modesto y el más desconocido de los hombres.

Hay un pasaje de Empédocles de Agrigento que recuerda sus vidas anteriores: “Yo fui doncella, yo fui una rana, yo fui un ciervo y fui un mudo pez que surge del mar”. César atribuye esa doctrina a los druidas. El poeta celta Taliesi dice que no hay una forma en el universo que no haya sido la suya: “He sido un jefe en la batalla, he sido una espada en la mano, he sido un puente que atraviesa sesenta ríos, estuve echizado en la espuma del agua, he sido una estrella, he sido una luz, he sido un árbol, he sido una palabra en un libro, he sido un libro en el principio.” Hay un poema de Darío, tal vez el más hermoso de los suyos, que empieza así: “Yo fui un soldado que durmió en el lecho de Cleopatra la reina…”

La transmigración ha sido un gran tema de la literatura. La encontramos, también en los místicos. Plotino dice que pasar que pasar de una vida a otra es como dormir en diversos lechos y en distintas habitaciones. Creo que todos hemos tenido alguna vez la sensación de haber vivido un momento parecido en vidas anteriores. En un hermoso poema de Dante, “Sudden light”, se lee: “Yo estuve aquí”. Se dirige a una mujer que ha poseido o que va a poseer y le dice “Tú ya has sido mía un número infinito de veces y seguirás siendo mía infinitamente.” Esto nos lleva a la doctrina de los ciclos, que está tan cerca del budismo y que San Agustín refutó en La Ciudad de Dios.
Porque a los estoicos y a los pitagóricos les había llegado la noticia de la doctrina hindú: que el universo consta de un número infinito de ciclosque se miden por calpas. La calpa trasciende la imaginación de los hombres. Imaginemos una pared de hierro. Tiene dieciséis millas de alto y cada seiscientos años un ángel la roza con una tela finísima de bEnarés. Cuando la tela haya gastado la muralla, habrá pasado el primer día de una calpa y los dioses también viven lo que duran las calpas, y después mueren.

La historia del universo está dividida en ciclos y en esos ciclos, y en esos ciclos hay largos eclipses en los que no hay nada o en los que sólo quedan las palabras del Veda. Esas palabras son arquetipos que sirven para crear las cosas. La divinidad Brahma muere también y renace. Hay un momento bastante patético en el que Brahma se encuentra en su palacio. Ha renacido después de una de esas calpas, después de uno de esos eclipses. Recorre las habitaciones, que están vacías. Piensa en otros dioses y estos surgen a su mandato; y creen que él los ha creado porque estaba ahí antes que ellos.

Detengámonos en esta visión de la historia del universo. En el budismo no hay un Dios; o puede haberlo, no importa. Lo esencial es que creamos que nuestro destino ha sido predeterminado por nuetro Karma. Si me ha tocado nacer en Buenos Aires en 1899, si me ha tocado ser ciego, si me ha tocado sar esta noche esta conferencia ante ustedes, todo esto, es obra de mi vida anterior. No hay un solo hecho de mi vida que no haya sido prefijado por la anterior. Eso es lo que se llama karma. El karma, ya lo he dicho, viene a ser una estructura mental, una finísima estructura mental.
Estamos tejiendo y entretejiendo en cada momento de nuestras vida. Es que tejen, no sólo nuestras decisiones, nuestros actos, nuestros sueños, nuestro dormir, nuestra semivigilia: perpetuamente estamos tejiendo esa cosa. Cuando morimos, nace otro ser que hereda nuestro karma.

Deussen, discípulo de Schopenhauer, que quiso tanto al budismo, cuenta que se encontró en India con un mendigo y se compadeció de él. El mendigo le dijo: “Si yo he nacido ciego, ello se debe a las culpas cometidas en mi vida anterior; es justo que yo sea ciego”. La gente acepta el dolor. Ghandi se opone a la fundación de hospitales diciendo que éstos y las obras de beneficiencia simplemente atrasan el pago de una deuda, que no hay que ayudar a los demás: si los demás sufren, deben sufrir, puesto que es una culpa que deben pagar y si yo los ayudo estoy demorando que paguen esa deuda.

El karma es una ley cruel, pero tiene una curiosa consecuencia matemática: si mi vida anterior estuvo determinada por una anterior, esa vida anterior también estuvo detrminada por otra; y ésa, por otra, y así sin fin. Es decir la letraz estuvo determinada por la letra y, ésta por la x, ésta por la w… salvo que ese alfabeto tiene fin pero no principio. Los budistas y los hindúes, en general, creen que en un infinito actual; creen que para llegar a este momento ha pasado ya un tiempo infinito, y al decir infinito, no quiero decir indefinido o innumerable, quiero decir exactamente eso: infinito.

De los seis destinos que están permitidos a los hombres (alguien puede ser un demonio, una planta, un animal…) el más difícil es el de ser hombre, y debemos aprovecharlo para salvarnos.

El Buddha imagina en el fondo del mar una tortuga y una ajorca que flota. Cada seiscientos años, la tortuga saca la cabeza del agua y sería muy difícil que la cabeza saliese exactamente en el punto deonde está la ajorca. Pues bien, el Buddha dice “tan raro como el hecho de que esto suceda es el hecho de que semos hombres. Debemos aprovechar el ser hombres para llegar al Nirvana.

¿Cuál es la causa del sufrimiento, la causa de la vida, ya que negamos el concepto de Dios, ya que no hay un dios personal que cree el universo? Ese concepto es lo que Buddha llama zen. La palabra zen puede parecernos extraña, pero vamos a compararla con otras palabras que conocemos.

Pensemos por ejemplo en la Volunted de Schopenhauer. Schopenhauer concibe Die Welt als Wille und Vorstellung, el mundo como voluntad y representación. Hay una voluntad que se encarna en cada uno de nosotros y produce esa representación que es el mundo. Eso lo encontramos en otros filósofos con un nombre distinto.Bergson habla del élan vital, del ímpetu vital; Bernard Shaw de the life force, la fuerza vital, que es lo mismo. Pero hay una diferencia: para Bergson y para Shaw el élan vital son fuerzas que deben imponerse, debemos seguir soñando el mundo, creando el mundo.Para Schopenhauer, para el sombrío Schopenhauer,y para el Buddha, el mundo es un sueño que debemos dejar de soñar y podemos llegar a ello mediante el ejercicio. Tenemos al principio el sufrimiento, que viene a ser la zen. Y la zen produce la vida y la vida es, forzosamente, desdicha, ya que ¿qué es vivir? Vivir es nacer, envejecer, enfermarse y morir, además de otros males, entre ellos unop muy patético, que para el Buddha es uno de los más patéticos: no estar con quienes queremos.

Tenemos que renunciar a la pasión. El suicidio no sirve porque es acto apasionado. El hombre que se suicida está siempre en el mundo de los sueños. Debemos llegar a comprender que el mundo es una aparición, un sueño, pues la vida es sueño. Pero eso debemos sentirlo profundamente, llegar a ello a través de los ejercicios de meditación. En los monasterios budistas uno de los ejercicios es éste: el neófito tiene que vivir cada momento de su vda viviéndolo plenamente. Debe pensar: “ahora es el mediodía, ahora estoy atravesando el patio, ahora me encontraré con el superior”, y al mismo tiempo debe pensar que el mediodía, el patio y el superior son irreales, tan irreales com él y sus pensamientos.Porque el budismo niega el yo.

Una de las desilusiones capitales es la del yo. El budismo concuerda así con Hume, con Schopenhauer y con Macedonio Fernández. No hay sujeto, lo que hay es una serie de estados mentales. Si digo “yo pienso”, estoy incurriendo en un error, porque supongo un sujeto constante y luego la obra de ese sujeto, que es el pensamiento.No es así. Habría que decir, apunta Hume, no “yo pienso”, sino “se piensa”, como se dice “llueve”. Al decir que llueve no pensamos en que la lluvia ejerce una acción; no, está sucediendo algo. De igual modo, como se dice hace calor, hace frío, llueve, debemos decir: se piensa, se sufre y evitar el sujeto.
En los monasterios budistas los neófitos son sometidos a una disciplina muy dura. Pueden abandonar el monasterio en el momento que quieran. Ni siquiera se anotan los nombres. El neófito entra en el monasterio y lo somenten a trabajos muy duros. Duerme y al cabo de un cuarto de hora lo despiertan; tiene que lavar, tiene que barrer; si se duerme lo castigan fisicamente. Así, tiene que pensar todo el tiempo, no en sus culpas, sino en la irrealidad de todo. Tiene que hacer un continuo ejercicio de irrealidad.

Llegamos ahora al budismo zen y a Bodhidharma. Bodhidharma fue el primer misionero, en el siglo sexto. Bodhidharma de la India a China y se encuentra con un emperador que había fomentado el budismo y le enumera monasterios y santuarios y le informa del número de neófitos budistas. Bodhidharma le dice “Todo eso pertenece al mundo de la ilusió; los monasterios y los monjes son tan irreales como tú y como yo”. Después se va a meditar y se sienta contra una pared.

La doctrina llega a Japón y se ramifica en distintas ramas. La más famosa es la zen. En la zen se ha descubierto un procedimiento para llegar a la iluminación. Sólo sirve después de años de entrenamiento. Se llega bruscamente, no se trata de una serie de silogismos. Uno debe intuir de pronto la verdad. El procedimiento se llama satori y consiste en un hecho brusco que está más allá de la lógica.

Nosotros pensamos siempre en términos de sujeto, objeto, causa, efecto, lógico, ilógico, algo y su contrario; tenemos que rebasar esas categorías. Según los doctores de la zen, se ha de llegar a la verdad de forma brusca, mediante una respuesta ilógica.El neófito pregunta al maestro qué es el Buddha. El maestro le responde”El ciprés es el huerto”. Una contestación del todo ilógica que puede despertar la verdad. El neófito pregunta por qué Bodhidharma vino del Oeste. El maestro responde “Tres hebras de lino”. Estas palabras no encierran un significado alegórico; son una respuesta disparatada para despertar, de pronto, la intuición. Puede ser un golpe, también. El discípulo puede preguntar algo y el maestro contestarle con un golpe. Hay una historia, desde luego ha de ser legendaria, sobre Bodhidharma.

A Bodhidharma lo acompaña un discípulo que le hacía preguntas que él nunca contestaba. El discípulo tratabade meditar y al cabo de un tiempo se cortó un brazo y se presentó ante el maestro con una prueba de que quería ser su discípulo. Con una prueba de su intención se mutiló deliberadamente. El maestro, sin fijarse en el hecho, que al fin y al cabo era un hecho ilusorio, le dijo: “Qué quieres?” y el discípulo le respondió “He estado buscando mi mente y no la he encontrado”, así que el maestro resumió y dijo “No la has encontrado porque no existe”. En ese momento el discípulo comprendi´la verdad, comprendió que no existe el yo, comprendió que todo es irreal. Aquí tenemos, más o menos, la esencia del budismo zen.

Es muy difícil exponer una religión, sobre todo una religión que uno no profesa. Creo que lo importante no es que vivamos el budismo como un juego de leyendas, sino como una disciplina; una disciplina que está a nuestro alcance y que no exige de nosotros el ascetismo. Tampoco nos permite abandonarnos a las licencias de la vida carnal. Lo que nos pide es una meditación , una meditación que no tiene que ser sobre nuestras culpas, sobre nuestras vidas pasadas.

Uno de los temas de meditación del budismo zen es pensar que nuestra vida pasada fue ilusoria. Si yo fuera un monje budista pensaría en este momento que he empezado a vivir ahora, que toda la vida anterior fue un sueño, que toda la historia universal fue un sueño. Mediante ejercicios de orden intelectual nos iremos liberando de la zen. Una vez que comprendamos que el yo no existe, no pensaremos que el yo puede ser feliz o que nuestro deber es hacerlo feliz. Llegaremos a un estado de calma . Eso no quiere decir que el Nirvana equivalga a la sensación del pensamiento y una prueba de ello estaría en la leyenda de Buddha. El Buddha, bajo la higuera sagrada,llega al Niravana y, sin embargo, sigue viviendo y predicando durante muchos años.

¿Qué significa llegar al Nirvana? Simplemente que nuestros actos no arrojan sombras. Mientras estamos en este mundo estamos sujetos al karama. Cada uno de nuestros actos entreteje esa estructura mental que se llama karama. Cuando hemos llegado al Nirvana, nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres. San Agustín dijo que cuando estamos salvados no tenemos que pensar en el mal o en el bien. Seguiremos obrando el bien, sin pensar en ello.

¿Qué es el Nirvana? Buena parte de la atención que ha suscitado el budismo en Occidente se debe a esta hermosa palabra, pues parece que la palabra Nirvana encierre algo que nio sea precioso ¿Qué es el Nirvana literalmente? Es extinción, apagamiento; se ha conjugado que cuando alguien alcanza el Nirvana se apaga. Pero cuando muere hay gran Nirvana, y entonces, la extinción. Contrariamente, un orientalista austriaco hace notar que el Buddha usaba la física de su época, y la idea de la extinción no era entonces la misma que ahora: porque se pensaba que una llama al apagarse no desaparecía. Se pensaba que la llama seguía viviendo en otro estado, y decir Nirvana no significaba forzosamente la extinción. Puede significar que seguimos de otro mdo. De un modo inconcebible para nosotros. En general, las metáforas de los místicos son metáforas nunciales, pero las de los budistas son distintas. Cuando se habla del Nirvana no se habla del vino del Nirvana o de la rosa del Nirvana o del abrazo del Nirvana. Se lo compara, más bien, con una isla. Se lo compara con una alta torre, con un jardín también. Es algo que existe por su cuenta más allá de nosotros.

Lo que he dicho hoy es fragmentario. Hubiera sido absurdo exponer esto como si se tratase de una pieza de un museo: pues es un camino de salvación para millones de seres. Es la religión más difundida del mundo y espero haberla expuesto con respeto.

Jorge Luis Borges

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