Divagación en torno a la libertad lógico-metafísica.

Al intentar precisar el significado de la palabra libertad, al intentar aclarar qué es ser libre, se evidencia su espectacular invisibilidad. Es decir, que sobre todo, se patentiza su carácter vago, impreciso y negativo. En efecto, en la medida que se tiene libertad no se tiene sujeción, ni apoyo, ni fundamento; se carece de límites, necesidades y fines; no se tienen compromisos, ni obligaciones, ni deudas ni deberes; se está desocupado, ocioso, suelto y absuelto más allá del bien y del mal. Ser libre es primariamente ser ab-solutamente (suelto de) más allá de categorías, cargos, causas, condiciones y determinaciones; es no ser nada necesaria, definitiva, esencialmente, sin embargo estar en disposición de ser todo contingente, provisional, accidentalmente. La libertad es consecuentemente el poder pleno, la omnipotencia. El poder sin límite de crear y destruir, de vivir y de morir, de recordar y de olvidar, de obligarse y resistir, de gozar y de sufrir; el poder desatado de conservar y cambiarlo todo gratuita, vana, erráticamente, sin ser por ello mejor ni peor.

El ser libre, absoluto, está más allá de la esencia, pues para él nada es necesario, nada se justifica; todo es reversible, desechable, prescindible; todo es contingente, nada es esencial. Todo para él tiene el carácter de un juego en el que nada se juega, de una exhibición de fuerza, de un experimento, de una prueba, un ensayo, de una interpretación, de una divagación, de una ocurrencia, o de una gracia, o de un disfraz. Tras lo cual nada se oculta sino él mismo; este ser sin identidad, invisible, trans-esencial, que no es el apeirón de Anaximandro, ni la infinita y azarosa precipitación de átomos combinatorios de Demócrito, ni la super-esencial idea del Bien de Platón, porque todos estos principios causan necesaria y no contingentemente el orden del mundo.

En realidad el ser libre no gozó de reconocimiento ni consideración entre los antiguos griegos y romanos, tan temerosos de la nada que su sistema numérico no disponía del cero; tan amigos de la necesidad y el orden, de la razón y la justicia, que creían que entre una causa y su efecto se da una relación necesaria, esto es, que el efecto se desprende de la esencia de la causa, como de los números y las figuras geométricas se derivan sus propiedades.

El primer filósofo que considera y reconoce con claridad el ser libre es Guillermo de Ockham ( S XIV). A su luz advirtió que las esencias, modelos y fines no tenían más entidad que la mental, que no pertenecen a la realidad sino que son una forma de representarla. Ésta solo consta de individuos contingentes ( que pueden no ser, pues su negación no implica contradicción) y por tanto no se puede demostrar racionalmente, sino que es conocida por la experiencia (sensible e introspectiva). La realidad no es necesaria, todo podría ser de otra manera, incluso podría no ser. Todo parece entonces manifestar el ser libre que el ilustre franciscano identifica con el dios de su fe; el dios que en su día creó el mundo a partir de la nada, pero que ahora descansa apartado, separado de él, trascendente a él: su nada, su libertad, lo separa de todo. En el mundo no hay nada auténticamente libre, todo está sometido a su conservadora voluntad que salvo milagro imperturbable reposa.

Hubieron de pasar cinco siglos más para que el ser libre fuera reconocido inmanente al mundo, como siendo el mismo mundo, como el dios que no descansa sino que infatigablemente está creando el mundo a partir de sí mismo. Efectivamente, en el siglo XIX el ser libre fue reconocido como la libertad del ser. Así, Nietzsche consideró que la realidad es el ser libre, la omnipotencia, la energía que ni se crea ni se destruye, sino que todo lo crea y lo destruye escindiéndose en átomos, en individuos, que como fragmentos diversos de omnipotencia pugnan por imponerse, por imponer su diferencia.

La realidad es, pues, la auto-escisión y enfrentamiento de la omnipotencia; una imagen, forma, configuración, una actualización de ésta, no determinada por ningún fin, sino por su auto-escisión, es decir, por su propia decisión original e iniciativa. La realidad es el ser libre mismo decidiendo su forma, su acto, su esencia, su fin, su destino, a partir de la nada, puesto que la decisión original es una de las posibles, y lo posible -lo que pudiendo ser no es- junto con lo imposible constituyen el ámbito del no ser, de la nada. Pero para el ser absolutamente libre no hay nada imposible, luego posible para él es todo lo que no es, lo posible es la nada. En consecuencia, la nada es esencial al ser libre; todo y nada son sus dos caras. En efecto, todo -la realidad de la decisión del ser libre- es contingente y por tanto cambiable, lo que implica que su negación, su opuesto -la nada- es posible y también por tanto cambiable. Todo y nada pueden intercambiarse y esto es precisamente la omnipotencia, el ser libre.

La concepción de la nada depende de cómo se conciba la realidad. Si la realidad es concebida como sustancia, como esencia, como lo que es y no puede no ser, entonces la nada es lo imposible. Y no hay lugar para la libertad; lo posible, como lo contingente es imposible: no hay nada que pueda cambiar. Por el contrario, si concebimos la realidad como sujeto, como la decisión del ser libre, ésta –la realidad- y su negación –la nada- son intercambiables; lo posible como lo contingente es necesario, y lo necesario como lo imposible, imposible. Mas reconocer la necesidad –la realidad si se quiere- de lo contingente y lo posible, y la imposibilidad –irrealidad, nada- de lo necesario e imposible es reconocer al ser libre -al poder- como la realidad última y primordial, que se escinde, se decide, entre el ser y el no ser, entre lo contingente y lo posible, entre todo y nada, ejerciendo sobre ellos, sobre sí mismo, su omnipotencia. Y puesto que nada le obliga a ello es reconocer que gusta de su libertad, que gusta de sí mismo, que se complace enfrentándose y liberándose de sí mismo, que goza experimentándose, expresándose. Es reconocer que el ser libre más que omnipotencia, más que el poder de intercambiar todo y nada es este mismo cambio; es la omnipotente decisión a partir de nada -original, iniciativa-; es el exclusivo, peculiar y sorprendente impulso creador. El ocurrente y gracioso genio, el ingenioso espíritu absoluto que constantemente concibe, interpreta, inventa, innova y se renueva. Es reconocer que la realidad es arte sin artificios -expresión natural, original y nueva, sin cánones ni modelos, sin fórmulas ni métodos- y el arte la verdadera religión. El artista es el auténtico profeta del ser libre, del dios de las dos caras: todo y nada. Del ambiguo sujeto que lo hace y lo deja todo, que es todo y lo da todo, del yo invisible que se entrega y sin embargo solo en su nada se queda.

Juan José Bayarri.

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