Desde hace algunos años se ha puesto de moda el concepto de ‘sostenible’. Yo empecé a escucharlo en la Universidad, a finales de los noventa. Desde entonces todo es sostenible. El meme en cuestión goza de buena salud y no sólo no necesita ser justificado, sino que sirve para justificar inmediatamente cualquier cosa. He de confesar que no tengo muy claro qué significa, supongo que habrá quien, vía comentarios, pueda ilustrarme.
La cuestión es que leyendo hoy un interesante reportaje de El País me he encontrado con una acepción del término que no se me había ocurrido hasta ahora. El fragmento que ha venido a iluminarme contiene unas declaraciones de la Ministra Salgado ante la pregunta del periodista estadounidense Phil Bennett:
Salgado dice que el Gobierno cree, como proclamó Zapatero el año pasado, que la salida de la crisis «será social, o no será». Al preguntarle si el gasto social actual es sostenible, contesta, con brevedad, que «es sostenible porque según nuestras prioridades lo hemos puesto en el máximo lugar».
O sea, que ‘sostenible’ significa que lo van a sostener, sí o sí. ¿Será la ‘sostenibilidad’ el refugio de los tiranos?
Siempre he tenido la sensación de que en la educación se despilfarra el dinero. He asistido a cursillos verdaderamente circenses financiados con los impuestos de todos, y he dejado de asistir -por dignidad- a otros tantos (desde la papiroflexia hasta la danzaterapia). Vemos cómo se compra material de dudosa utilidad, cuando no manifiestamente obsoleto como ordenadores de esos que llevan el ‘lliurex’ o las lamentables pizarras digitales. Me pregunto a veces si no habrá un ‘Bigotes’ por ahí enriqueciéndose. Hoy, sin ir más lejos, no he podido evitar tomar una foto de este cartel, colgado en el ‘Hall’ de los barracones de mi instituto:
Es de la Conselleria de Sanitat pero las mismas chorradas vemos en educación (fomento de la lectura, campañas contra, campañas a favor, día de, esto y aquéllo). ¿Qué entienden ustedes? ¿Es posible que se trate de una campaña para que no le echemos el humo a la cara a las chicas?Al principio creí que se trataba de algo contra la trata de blancas, pero lo del día sin tabaco no deja lugar a dudas.
Uno de los derroches más sangrantes y que más me estremecen es ver cómo todo un licenciado tiene que ‘atender educativamente’ a un puñado de ‘alternativos a la religión’. Y lo peor es que tiene usted a un licenciado en matemáticas, en lengua, en filosofía, o en lo que sea, haciendo nada, pero nada nada. Temo hasta quejarme de esto porque me imagino que la respuesta de la administración pueda ser que en realidad lo que sobra es el licenciado. En realidad lo que sobran son horas en las que no se hace nada ni se aprende nada y no me refiero sólo a la asignatura de ‘religión’.
El caso es que a uno se le hinchan las narices cuando ve que le recortan el sueldo (y ya veremos si algo más) y luego se gastan una pasta en cursos de globoflexia. Por eso no puedo dejar de enlazar el siguiente video que, acertado o no (ustedes dirán) merece, cuanto menos, cierta consideración:
Ante las malas noticias no hay como buscar consuelo en los clásicos. Lamentablemente en este caso tampoco parece que podamos encontrarlo, qué le vamos a hacer:
Al sistema entero de educación superior en Alemania se la he ido de las manos lo principal: tanto la finalidad_ como los medios de lograrla. Se ha olvidado que la educación, la formación misma –y no el Reich- es la finalidad, que para lograr esa finalidad son precisos educadores –y no profesores de Instituto y doctos de Universidad… Hay necesidad de educadores que estén educados ellos mismos, de espíritus superiores, aristocráticos, probados en cada instante, probados por la palabra y el silencio, culturas que se hayan vuelto maduras, dulces, no los doctos zopencos que los Institutos y la Universidad ofrecen hoy a la juventud como «nodrizas superiores». Faltan, descontadas las excepciones de las excepciones, los educadores, primera condición previa de la educación: de ahí la decadencia de la cultura alemana. –Una de esas rarísimas excepciones es mi venerado amigo Jakob Burckhardt de Basilea: a él en primer lugar debe Basilea su primacía humanística. –Lo que las «escuelas superiores» de Alemania logran de hecho es un adiestramiento brutal para hacer utilizable, aprovechable para el servicio del Estado, con la menor pérdida posible de tiempo, un gran número de jóvenes. «Educación superior» y gran número –son cosas que de antemano se contradicen. Toda educación superior pertenece sólo a la excepción: hay que ser privilegiado para tener derecho a un privilegio tan alto. Ninguna de las cosas grandes, ninguna de las cosas bellas, puede ser jamás bien común: pulchrum est paucorum hominum [lo bello es cosa de pocos hombres].- ¿Qué es lo que condiciona la decadencia de la cultura alemana? El hecho de ue la «educación superior» no sea ya un privilegio –el democratismo de la «cultura general», la cual se ha vuelto común… Sin olvidar que los privilegios militares imponen formalmente una concurrencia excesiva a las escuelas superiores, es decir, su ruina. –Nadie es ya libre, en la Alemania de ahora, de dar a sus hijos una educación aristocrática: nuestras escuelas «superiores», todas ellas, están organizadas para la mediocridad más ambigua, en sus maestros, en sus planes de enseñanza, en las metas de su enseñanza. Y en todas partes reina una prisa indecorosa, como si se llegase tarde a algo si el joven de veintitrés años no ha «acabado» ya, no conoce todavía la respuesta a la «pregunta principal»: ¿qué profesión? – Una especie superior de hombre, permítaseme decirlo, no ama las «profesiones», precisamente porque se sabe con una vocación… Tiene tiempo, no piensa en absoluto en haber «acabado», -a los treinta años se es, en el sentido de una cultura elevada, un principiante, un niño. –Nuestros Institutos repletos, nuestros profesores de Institutos sobrecargados, convertidos en unos estúpidos, son un escándalo: para tomar la defensa de esas situaciones, como acaban de hacerlo los catedráticos de Heidelberg, acaso se tengan causas, – pero no hay razones.
Hace casi 16 años yo tenía 16 años. Entonces, uno de los placeres mejores era juntarnos los amigos en un solar y bebernos unas botellas de cerveza, que muchas veces estaba caliente y hasta desbravada. Hablábamos de lo divino y lo humano, sin tener muy claro qué cosas eran divinas y qué cosas humanas, coreábamos canciones de Siniestro Total y exagerábamos nuestra vida amorosa. Eran momentos felices como sólo son posibles a los 16 años.
Lo que nosotros hacíamos no tenía nombre, y no quiero decir con esto que hiciéramos nada malo, sino que no tenía nombre de verdad. Bebíamos botellas y botellines, pero desconocíamos el botellón. La palabra ‘botellón’ comenzó a significar lo que hoy significa al institucionalizarse aquella inocente práctica de juntarse a charlar y beber con los amigos. Por supuesto nosotros no esperábamos entonces nada del Ayunamiento. A lo sumo hubiéramos exigido, de darse el caso, que nos dejaran en paz. Hoy, sin embargo, vemos cómo Ayuntamientos de todos los colores proponen la creación de lugares donde se pueda practicar el botellón (verbi gratia). Esas propuestas no son (sólo) caprichos, sino que en cierto modo constituyen una respuesta a cierta demanda social. Los del botellón no esperan que los Ayuntamientos les dejen en paz, esperan que colaboren, que les ayuden, que les pongan un sitio con servicios, donde no tengan que soportar las quejas de los vecinos, donde haya cerquita una ambulancia, por si las moscas, y que se vea pasar de vez en cuando a la policía. Pertenece a la misma esencia del botellón considerar todas estas cosas como exigibles a la res publica.
Lo del botellón es un síntoma más de lo que Ortega, con acierto, denominó ‘Rebelión de las masas‘. Lo que diferencia nuestras reuniones cerveceras del actual botellón es el componente masivo de éste. Recuerdo que, en cuanto comenzó a hablarse de botellón de forma generalizada (estaba yo en la universidad), pronto apareció un fenómeno nuevo: el macro-botellón. El ‘macro’, sin embargo, no es un añadido accidental al botellón, sino su desarrollo lógico. En el botellón no se junta un grupo de amigos, de camaradas, a beber y a hablar ‘de lo divino y lo humano’. En el botellón se reúne la masa babosa e indiferenciada a beber y poco más, porque el ruido y la música impiden toda conversación. En el botellón, cuanta más gente haya, mejor.
Según Ortega, uno de los rasgos que caracterizan a la masa es su completa renuncia al esfuerzo, unida a una glorificación de su mediocridad. El hombre-masa exige que sus más bajas pasiones sean respetadas e incluso fomentadas por el Estado.
La masa no lucha por la libertad individual, pero es capaz de movilizar todas sus fuerzas por hacer botellón. Recuerdo que cuando se prohibió beber en la via pública, oleadas de adolescentes salieron a la calle para reivindicar su derecho al botellón. Nadie protestó por el pésimo sistema educativo que sufrían, ni por los precarios contratos laborales, ni por nada. Pero el botellón ni se toca. Es más, el mismo Estado que prohibió el botellón, se ve ahora obligado a legalizarlo, a darle un espacio, a subvencionarlo y hasta a legitimarlo. Parece, entonces, que la profecía de Ortega se ha cumplido. La masa ha irrumpido en el Estado y de ahí nada bueno puede salir. Los llamados ‘concejales de juventud’ que, desde todos los partidos (la masa no tiene ideología) pretenden dar asistencia al botellón, no son sino la voz misma de la masa reclamando lo que es suyo: pan y circo, pero sobre todo circo. Es más, sólo circo.
La masa es el concejal de juventud de turno, o el diputado somnoliento, o el ministro de moda que, aunque suelen presentarse como la máxima expresión de la libertad, constituyen, sin embargo, el mayor peligro para ésta. Y conste que aquí el botellón es sólo un síntoma, pero la cosa puede extenderse fácilmente a otros ámbitos. La masa, dice Ortega, sólo fue posible gracias a las democracias liberales; pero siendo las masas el retoño de la democracia, también son su mayor enemigo, pues no aspiran a que el Estado les deje en paz; aspiran a que el Estado las asista en sus caprichos; y ese, y no otro, es el camino del totalitarismo.
La cuestión es que probablemente el pobre concejal-masa alegará: «Bien, ¿pero qué quiere que haga?». Y el drama es que tiene razón, aunque su queja es incompleta. Debería ser valiente y decir lo que verdaderamente quiere decir: «Bien, ¿pero qué quiere que haga para que me voten?». Esto sí que es modernidad líquida.