Kant para pre-ocupados.

Quienes me conocen un poquito saben que la falsa modestia no está entre mis vicios. En estas últimas décadas he tenido que explicar y explicarme a algunos de los pensadores más fundamentales de la historia: Platón, Aristóteles, Descartes, Hume, Rousseau, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Ortega y Gasset -que no son pareja- están entre ellos. He disfrutado con todos y a ninguno de ellos puedo presumir de haberlo agotado, de hecho ya puedo afirmar que eso no ocurrirá nunca. Pero si tengo que elegir los que mayor placer me han proporcionado, elijo sin discusión a dos: Nietzsche y Kant.

El primero fue el preferido durante mi juventud y mi aproximación a él fue más sentimental que intelectual, ha sido también al que mayor número de horas he dedicado,  con gran diferencia sobre los demás, a sus obras y a obras sobre él y su obra, de hecho, empecé a estudiar alemán -llevo en esta tarea más de quince años- para poder recitar aquello de Als Zarathustra dreiβig Jahre alt wahr, verlieβ er seine Heimat un den See seiner Heimat und ging in das Gebirge con un poco de convicción personal -tampoco esta tarea he podido cumplirla.

El segundo es -cambio aquí el tiempo verbal- para mí un placer más abstracto, formal, lógico. Más intelectual, pero no exento de placer. Pensar, comprendiendo o al menos intentándolo,  la relación entre los juicios sintéticos a priori y la suerte de la metafísica es un placer similar al de resolver un acertijo complicado, el placer de la «comprensión súbita» (Einsicht).  Comenzar a ver cómo encajan las innumerables piezas de su sistema provoca en mí una sonrisa tan inevitable como la que aparecía en el rostro del detective loco de La cripta embrujada cuando le prometían una Coca Cola.  Ir descubriendo cómo Kant parte en dos toda la historia del pensamiento, reconocer sus huellas en todo lo que llamamos mundo moderno y postmoderno, en la filosofía, en las ciencias naturales, en la psicología, en la política… jo, eso ya es la repera.

Bueno, si alguien, desea iniciarse en alguno de estos placeres, o si, más prosaicamente, tan sólo desea aprobar algún examen de bachiller que tenga por ahí pendiente,  le recomiendo que pinche en la pestaña materiales de este blog  y después vuelva a buscar en presentaciones, allí encontrará unas exposiciones claras, sencillas, didácticas,  sobre el sentido general del Prólogo y la introducción a la Crítica de la razón pura, que mi amigo y colega Felipe Garrido se ha tomado el trabajo -y espero que el placer- de realizar.

Venga, a disfrutar.

 

y sobre
la línea y las espumas
de la costa
los pájaros que

cambian de planeta
llenan
el mar
con su silencio de alas.

Pablo Neruda

 

De los espíritus desenkantados y los espejos.

Día a día.
Ahora ya todo es distinto.

Ahora sabemos que el hombre
vive mientras está vivo
su recuerdo, aunque él se muera.

El hombre es llama, encendido
cántico, y el tiempo, leña
olorosa, pasto rico
para el fuego que alimenta
el pecho en su abismo.

Segundo a segundo,
día a día lo aprendimos.

José Hierro

 

 

“No puedes imaginarte el estremecimiento que sacudió todo mi ser cuando cayeron sobre su ataúd los primeros terrones helados –mi cabeza y mi corazón siguen aún temblando” 

Así se expresa un prominente konigsberguense con ocasión del entierro de Inmanuel Kant un frío día de febrero de 1804. -Referido por Manfred Kuehn en su biografía del filósofo.

No cayeron, sin embargo, los terrones helados sobre su obra. Desde hace más veinte años, en los días de marzo y abril como si de un rito sagrado se tratase, releo algunas de sus más famosas palabras y me entretengo en someterlas a rígidos esquemas -ornamentales como lápidas.

Pero no estoy convencido de que el hombre perviva en su obra, salvo como reflejo falso e ilusorio; la obra se independiza ¿ perdura en su multiplicación ilusoria la más leve chispa del espíritu originario? ¿o éste se extinguió junto con el de aquellos que personalmente en vida lo trataron?. Tal vez, como quiso Platón, el espíritu sólo vive en la oralidad –y sólo a través de ella se trasmite- y nunca en la escritura que en su transformación lo aniquila.  ¿ No es esto que hoy interpreto apenas una imagen de uno de los innumerables, por infinitos, espejos que constituyen lo que llamamos mundo?

¡Ay! …este vaho enturbiando el cristal de Antes de las cenizas!

Releer

A Javier Marías no le gustan demasiado los blogueros ni los internautas en general; a algunos blogueros, sin embargo, nos encanta Javier Marías -una de esas tantas amistades sin reciprocidad en que abundamos los amantes de la literatura. Tan sólo he leído una novela suya, aunque voluminosa, la trilogía Tu rostro mañana,  que me ocupó todo un verano, pero durante años he leído el dominical de El País comenzando por la última página en que encontraba a Marías, era para mí un verdadero placer junto al café y la tostada leer la habitual columna ¡y cómo lo echaba en falta los domingos del mes agosto en el que tomaba vacaciones el columnista!  casi con la decepción del que han dejado plantado en una cita. Muchas veces, las más, he compartido sus opiniones, en ocasiones he discrepado -las menos. Casi siempre me han divertido lo suficiente como para provocarme una sonrisa o más, su lectura sólo en raras ocasiones me ha dejado indiferente,  utilicé sus artículos con fines polémicos en las ya extintas clases de Sociología, hasta compartimos el amor al mismo equipo de futbol y cierto desdén por los capuchinos -de diversas especies- sobre todo cuando les da por tomar la calle.  Muchos años antes ocupaba esa página Antonio Gala, al que también seguí con asiduidad, aunque a éste en diferido, rescatándolo de entre los montones de periódicos viejos y libros que acumulaba mi abuelo. Me vienen a la memoria ediciones de libros en papel barato –Los bandidos persas, El 93, Los pazos de Ulloa...- en ediciones cuyo precio venía indicado en céntimos. Una década después recuerdo una prueba de selectividad de comienzos de los años noventa, y recuerdo  que durante la comida del tribunal se produjo una divertida discusión  sobre la autoría del texto dedicado a comentario -que aparecía entonces sin el nombre del autor. Mi colega de lengua atribuía la autoría a Nietzsche, yo a Antonio Gala, como así resultó ser, aunque en ese momento los presentes me lo tomasen como una boutade. Aunque las ideas que sobre la vida se vertían en aquel escrito bien podían proceder de Nietzsche, el estilo en que estaba escrito de ninguna manera podía proceder del huraño paseante de Sils Maria

 Me ha gustado su último artículo dominical, volviendo a Marías. Es cierto que, por razones que no vienen al caso, no acostumbro ya a comprar El País, a Marías lo leo ahora en formato digital y acompaño la tostada con el Marca. El artículo de ayer, “De quién fiarse”, me  recuerda a los mejores artículos de Marías, dice allí que no acostumbra a releer salvo en contadas ocasiones, porque teme que al lector actual le defraude lo que en otro tiempo entusiasmó o amó con excepción de unos pocos a los que puede volver sin temor, Cervantes, Proust, Flaubert, Shakespeare, Conrad, Melville y pocos más. “Por eso tiendo a rehuir las relecturas, con excepciones. A veces prefiero guardar un buen recuerdo difuso, y tal vez equivocado, antes que someterlo a la revisión de unos ojos más experimentados, impacientes y cansados. Como tantas otras veces comparto la opinión de Marías; en mi caso la relectura es nula, salvo por motivos profesionales. Me he preguntado, sin embargo, qué autores que en otro tiempo he disfrutado tendría más reparos en releer hoy, entre ellos -me ha sorprendido- se encuentra Nietzsche, el filósofo que con mayor identificación personal y emotiva he leído es, sin embargo, el que en este momento más temería releer y en concreto la obra que más me entusiasmó: Así habló Zaratustra, podría quizá releer Ecce Homo, pero no La genealogía de la moral.

Por descontado que en mi caso releer es casi tan absurdo como escribir una autobiografía a los quince años. A veces fantaseo con el verano;   despreocupación, una cervecita y quizá el Tratado teológico-político, La filosofía en la Edad Media o El mundo como voluntad y representación. Quién sabe, pero ay, que llegue el caloret, que este frío me cala hasta los huesos.

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