De la técnica, felicidad y peligro. Lecturas del verano.

 La constitución de la física es, sin duda, el hecho más importante de de la historia humana, sensu stricto humana. […]

Se trataría de esto: el hombre es un animal inadaptado, es decir, que existe en un elemento extraño a él, hostil a su condición: este mundo. En estas circunstancias, su destino implica, no exclusiva, pero sí muy principalmente , el intento de adaptar este mundo a sus exigencias constitutivas, esas exigencias precisamente que hacen de él un inadaptado. Tiene, pues, que esforzarse en transformar este mundo que le es extraño, que no es el suyo, que no coincide con él, en otro afín donde se cunplan sus deseos -el hombre es un sistema de deseos imposibles en este mundo-; en suma, del que pueda decir que es su mundo. La idea de un mundo coincidente con el hombre es lo que se llama felicidad. El hombre es el ente infeliz y, por tanto, su destino es la felicidad. Por eso, todo lo que el hombre hace, lo hace para ser feliz. Ahora bien, el único instrumento que el hombre tiene para transformar este mundo es la técnica, y la física es la posibilidad de una técnica infinita. La física es, pues, el órganon de la felicidad, y por ello la instauración de la física es el hecho más importante de la historia humana. Por lo mismo, radicalmente peligroso. La capacidad de construir un mundo es inseparable de la capacidad para destruirlo.

Ortega y Gasset. La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva. 5 Hacia 1750 comienza el reinado de la física.

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Hace unos días comentábamos la afirmación con la que Ortega inicia su Meditación de la técnica: «Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existico nunca”. Nuestro amigo David nos dejaba un breve, pero amable comentario que daba en el asunto clave de la cuestión:» la condicion de la existencia de todo lo humano es la posibilidad (y necesidad) de darnos una tarea, un proyecto, que se concreta en y por la tecnica» . El texto que encabeza el post ilustra de forma sintética,  pero extremadamente precisa y concreta,  la posición de Ortega -catorce años más tarde- respecto a la cuestión planteada en Meditación de la técnica.

Tras leer los textos de Ortega [Meditación de la técnica y Unas lecciones de metafísica] reparé en un librito que asomaba en un estante cercano: La pregunta por la técnica de Martin Heidegger; así que lo abrí y empecé a leer, tras un comienzo brillante y esperanzador la cosa comenzó a espesar y no tardé en tener la impresión de estar cazando moscas con el rabo. Una sensación bien diferente al deleite que me está proporcionando hasta el momento la lectura de La idea de principio en Leibniz…  Heidegger tendrá que esperar.

Pensar y ser, o los Dioscuros. Lecturas de verano.

La filosofía es una cierta idea del Ser. Una filosofía que innova, aporta cierta nueva idea del Ser. Pero lo curioso del caso es que toda filosofía innovadora -empezando por la gran innovación que fue la primera filosofía- descubre su nueva idea del Ser gracias a que ha descubierto una nueva idea del Pensar, es decir, un método intelectual antes desconocido. […] Una nueva idea del Pensar es el descubrimiento de un modo de pensar radicalmente distinto de los hasta entonces conocidos, aunque conserve tal o cual parte común con aquéllos. Equivale, pues, al descubrimiento de una nueva «facultad» en el hombre, y es entender por «pensar» una realidad distinta de la conocida hasta entonces.

Según esto, una filosofía se diferencia de otra no tanto ni primariamente por lo que nos dice del Ser, sino por su decir mismo, por su «lenguaje intelectual», esto es, por su modo de pensar.

Este emparejamiento entre cierto modo de pensar y cierta idea del Ser no es accidental, sino que es inevitable. Por lo mismo, no tiene importancia que una filosofía haga constar o no el método con el que opera. Platón, Descartes, Locke, Kant, Hegel, Comte, Husserl dedican una parte de su filosofía a exponer su método, su nuevo «modo de pensar», hacen previa exhibición de los bíceps con que van a levantar la pesa enorme que es el problema del Universo, pero esto no significa que los no lo hacen sean menos «metódicos» que ellos, que no tengan también su método, es en cambio mal síntoma que mirando al trasluz una filosofía no veamos claramente, como en filigrana, cuál es su «modo de pensar».

Consecuencia de todo esto es el consejo práctico de que para entender un sistema filosófico debemos comenzar por desinteresarnos de sus dogmas y procurar descubrir qué entiende esa filosofía por «pensar».

 La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva. 3. Pensar y ser, o los Dioscuros.  José Ortega y Gasset.

Textos como éste me convencen del gran acierto que supone introducir a Ortega dentro del temario oficial de 2º de bachiller. No se trata de pagar la cuota hispánica, aunque el desconocimiento de la realidad del pensamiento en España no creo que sea una causa irrelevante en el estado delicado [lóbrego] en que se encuentra la filosofía en nuestro sistema educativo. Ni se trata de reconocer [recompensar] el esfuerzo de un autor que ha hecho –son palabras de Julián Marías– posible y existente la filosofía en España. Leer a Ortega nos obligará a alumnos y profesores a pensar la realidad española; pero creo, y esto me parece lo esencial, que Ortega es quizá la mejor forma de acceder a gran parte de la más compleja filosofía de finales del XIX y del siglo XX. Y en textos como el citado un maravilloso guía de acceso [que no un mero orientador] al pensamiento filosófico de cualquier tiempo.

Lecturas de verano

«Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existico nunca»

Con esta rotunda afirmación comienza la Meditación de la técnica de Ortega y Gasset. Reparemos en la tesis fuerte aquí enunciada y diferenciémosla  de una posible interpretación débil : la técnica no es un añadido que en algún momento ha sobrevenido al hombre,  no es simplemente un resultado de la historia humana sino que es la condición misma de la existencia del hombre. No se trata tan solo de que el hombre necesite de la técnica para vivir, para sobrevivir, para mantenerse en la existencia, sino que es el hombre mismo -la vida humana- lo que aparece como resultado de la técnica. La técnica como una previa y necesaria condición de posibilidad de la humanidad o, como preferiría Ortega, un ingrediente -requisito- de la existencia humana .

Podemos imaginar algunas explicaciones posibles de esta tesis, concretamente desde la evolución biológica y antropológica, pero dejaremos toda teoría previa en suspenso y nos ceñiremos a la evidencia racional: porque la razón, la necesidad, el porqué, la verdad, de tal afirmación es lo que Ortega se compromete a mostrar en las lecciones que componen esta meditación acerca de la técnica. Y es lo que nosotros esperamos de ellas; lo que nosotros esperamos obtener de esta peripecia que iniciamos:
Meditación de la técnica y Lecciones de metafísica de Ortega, Acerca de Ortega y España inteligible de Julián Marías.

peripecia.
(Del gr. περιπέτεια).
1. f. En el drama o en cualquier otra composición análoga, mudanza repentina de situación debida a un accidente imprevisto que cambia el estado de las cosas.
2. f. Accidente de esta misma clase en la vida real.

Del espíritu

Siguen las cartas de los amigos:

…en el borde del desierto y cerca de la región verde, los viajeros vislumbraron una cordillera de lo más peculiar: figuras geométricas formadas por caras triangulares, cuyas aristas puras se elevaban oblicuamente hasta converger en vértice afilado. No obstante, aquello no era obra de los dioses, sino del hombre: se trataba de las colosales construcciones de las que se hablaba en todo el mundo y que el anciano ya había descrito a José; la tumbas de Jufu, Jefrén y otros reyes de tiempos remotos, erigidas por cientos de miles de esclavos que habían trabajado sin aliento, a golpe de látigo, durante decenas de años, dejándose la piel en aquella tarea ardua y monótona; habían extraído de las canteras de Arabia millones de bloques de granito que pesaban toneladas, los habían arrastrado hasta el río para llevarlos al otro lado en embarcaciones, y luego, entre gemidos de esfuerzo los habían subido por rampas hasta la orilla del desierto libio, donde, desafiando las leyes naturales, los habían izado valiéndose de poleas y apilado hasta alcanzar la altura de una montaña; esclavos que caían y morían bajo el sol abrasador del desierto, con la lengua fuera a causa de la extenuación, con el fin de que el dios-rey Jufu pudiese reposar debajo, en el interior de una cámara protegida por el peso de siete millones de toneladas de piedra, con un ramo de mimosas sobre el corazón.

José y sus hermanos. Vol III. José en Egipto. Thomas Mann.

Hace ya más de un cuarto de siglo que recostado en el asiento trasero de un Seat 1430 leía Del yo al nosotros de Valls Plana, un comentario a la Fenomenología del Espíritu de Hegel cuyo sistema idealista se me resistía (o quizá era yo quien se resistía). Cruzábamos la meseta castellana desde el sur en dirección a Vitoria. Agosto ofrecía un paisaje de secos rastrojos entre escasas sombras de encinas -o de álamos en el cauce seco de los arroyos. La llanura interminable era apenas interrumpida por frondosas sierras para retornar sofocante y desértica «...tierras para el águila». Y de repente, en el horizonte y sobre la ciudad, emergía una mole gris de contornos puntiagudos: la catedral.

Imaginar el desvarío y el esfuerzo necesario para acarrear la piedra y levantar aquella desmesura de entre los rastrojos -y pensarlo en el modo del entusiasmo y de las tragedias humanas- fue un destello que dejó traslucir la verdadera esencia -y la potencia- de ese Espíritu Absoluto que en vano trataba de descifrar. Esa tarde de agosto en Burgos empezaron a cobrar sentido para mí las palabras de todos aquellos con los que había tratado de acceder al pensamiento de aquel suabo de ojos grises, cuyo retrato en la Alte Nationalgalerie de Berlin me defraudó en su ingenuidad pastel. No ocurrió lo mismo en el museo egipcio ante el inquietante ojo tuerto de Nefertiti.