y para pensar:


BLAKE

¿Dónde estará la rosa que en tu mano
prodiga, sin saberlo, íntimos dones?
No en el color, porque la flor es ciega,
ni en la dulce fragancia inagotable,
ni en el peso de un pétalo. Esas cosas
son unos pocos y perdidos ecos.
La rosa verdadera está muy lejos.
Puede ser un pilar o una batalla
o un firmamento de ángeles o un mundo
infinito, secreto y necesario,
o el júbilo de un dios que no veremos
o un planeta de plata en otro cielo
o un terrible arquetipo que no tiene
la forma de la rosa.

J.L. Borges

Sopa lógico-metafísica

1. Los pensamientos existen.
2. Entiendo por existir insertarse en el tiempo.
3. ¿Existe el tiempo?
3.1.El tiempo no existe; es la forma en la que se dan las existencias. (No existe pero es)
4. Los pensamientos se insertan en el tiempo. (Existen)
5. No es evidente que el pensamiento exista con independencia de los pensamientos. Postular una existencia tal sería como explicar el ser o la existencia de los seres particulares por un ser trascendente a ellos –Dios.
6. Podríamos llamar pensamiento a la forma de los pensamientos. Así entendido el pensamiento no existe, pero es.
6.1 Puedo decir que pienso un perro, pienso una sirena, pienso un rectángulo, pienso a Dios –con dificultad-. Pensar el pensamiento sería pensar la forma común a todos los pensamientos particulares.
6.2 Pienso la nada –sería mejor decir que no la pienso- como mero concepto negativo frente al ser, como no-es. Así Dios, en tanto que se piensa como radicalmente distinto de todo lo que es, podemos decir que es la nada –analogía lógico-poética, para intentar decir que Dios no puede ser dicho, que Dios es radicalmente distinto de todo lo que vemos, imaginamos o pensamos-


7. Todo pensamiento particular lo es de un ser al que delimita. Esto podría extraviarnos –si es que no lo estamos ya desde el principio, que es lo más fácil- Podríamos creer que lo común entre el pensamiento de un caballo y el pensamiento de un bolígrafo sería aquello que tienen en común el ser caballo y el ser bolígrafo. Así lo común a todos los pensamientos, el pensamiento, nos daría lo común a todos los seres: el ser, pero el ser vacío de determinaciones. Pensar el pensamiento sería pensar el ser, pero el ser sería lo más vacío y lo mismo el pensamiento, diluyéndose ambos en la nada. Pero esto, creo que es un error que nace de identificar o confundir el acto del pensar con su contenido.[ Si nuestro objeto fuera responder a la pregunta “qué es el ser” sería interesante (no sé si posible) intentar un camino diferente al de la mera negación de determinaciones que conduce como ya sabemos a la nada]
8. Cuando nos preguntamos por la esencia –el qué es- del pensar, no nos preguntamos por su contenido, sino que nos preguntamos por la esencia del acto. Los pensamientos son delimitaciones en el ser. Considerados como actos, todos los pensamientos son iguales, así que en tanto que actos, el pensamiento de un caballo es idéntico al pensamiento de un triángulo; se diferencian, eso sí, en el contenido. En tanto que acto en cada pensamiento está la forma completa del pensamiento.
9. Bastaría con pensar el pensamiento de cualquier objeto para pensar el pensamiento. Pensar es delimitar. El acto del pensar es delimitar. Cuando pensamos un caballo delimitamos el ser caballo frente al resto de seres que no son el caballo. Si pretendo pensar el pensamiento debo delimitarlo frente a todo lo que no es un pensamiento. Así que intentemos cazarlo negativamente: las cosas no son pensamientos, aunque pueden ser pensadas, ciertas acciones –correr, sentarse, dormir, emborracharse, incluso hablar o escribir no son pensamientos pero pueden pensarse.. todas estas cosas y actividades se dan en el mundo, o mejor constituyen el mundo –se insertan en el tiempo, existen- y pueden pensarse. Lo curioso aquí es que todo aquello que se da en el mundo puede ser pensado. El pensamiento es una actividad universal; puede pensarse una borrachera, una casa, un triángulo… las otras actividades no son absolutamente universales, se puede dormir una borrachera, pero no puede emborracharse un triangulo; el pensamiento, en cambio, puede relacionarse con la totalidad del ser que nos es dado. Esto parece justificar la sospecha de que el ser sólo lo es en la medida que es pensado. O dicho de otro modo que el pensamiento funda el ser. Me parece lícita (lógica) la sospecha pero no es una posición que se siga necesariamente de la universalidad del pensar, podría ser el caso inverso: el ser funda el pensar.[Esta es la posición que yo mantengo, por motivos de espacio, tiempo y ganas no doy las razones que me la hacen preferible, realismo frente a idealismo -podría ser objeto de otra reflexión]
10. Pero en el tiempo, decíamos, también se dan pensamientos, se dan los actos o acciones de pensar.. y en cada uno de estos actos se da el acto completo del pensamiento. En qué consiste (forma) este acto es lo que venimos preguntándonos (sabemos, de momento, que es un cierto acto universal) pero la respuesta directa se nos escapa.
Se nos ocurren metáforas:
Pensar es delimitar el ser, pensar es iluminar el ser, pensar es hacer patente el ser, pensar es llevar a la conciencia el ser. El pensamiento es una delimitación, una iluminación, un hacer patente el ser –incluido su propio ser-… una tentativa quizá.
( Uno sospecha si estas metáforas tan sólo están disfrazando tautologías: “pensar es pensar”. No es infrecuente que en estas aventuras metafísicas a través del lenguaje uno vaya a parar a la pura identidad: un besugo es un besugo y la felicidad es lo contrario de la infelicidad, la no infelicidad –eso si se ha tenido la suerte de esquivar absurdos manifiestos.)

El pensar es una tendencia al ser pero no por ello una nada, sino una determinada relación del ser consigo mismo. Una tendencia del ser hacia sí mismo.

Debería ahora intentar descifrar esas metáforas y desvelar esa tendencia, pero me temo que no estoy en condiciones de decir nada más. -Imagino un suspiro de alivio en el improbable lector que haya llegado hasta estas líneas.

PD. Estas reflexiones han sido motivadas e inspiradas por la lectura de ¿Qué es pensar? en este mismo blog. Agradezco a su autor esa incitación a pensar –quizá en vez de agradecer debería presentar una denuncia-. En qué medida mis reflexiones coinciden o difieren de las suyas es algo que no voy valorar, pero espero que sus comentarios y críticas sirvan de acicate para profundizar en los problemas y para plantear otros nuevos.
Quizá sea innecesario señalar que acepto la distinción clásica entre esencia y existencia, pero que evito distinciones del tipo “ser y ente”… y que prescindo –o al menos lo intento- de la nada, nunca sabemos por dónde se nos cuela.

¿Qué es pensar? Tercera parte

¿Qué es pensar? Primera parte
¿Qué es pensar? Segunda parte

Ir al cine a ver películas de terror no es el peor de mis vicios. Por eso lo confieso. Si no llega a dominarnos, el miedo es una emoción muy filosófica. Hay que aprender a degustarlo como si fuera una comida picante. Los mejores directores de cine de terror son aquellos que saben exactamente el momento y la cantidad de miedo que deben administrar para que resulte placentero. En el instante del miedo nos ponemos en la piel del protagonista. Está solo en casa y ha oído un ruido. Una sombra cruza la puerta. Tenemos miedo porque sabemos que hay algo, pero no sabemos qué es.
Esto es posible porque no es lo mismo la existencia que la esencia. Si existir y ser algo fueran lo mismo entonces simplemente con saber que algo existe, sabríamos qué es, pero no es así. No es lo mismo preguntar ¿tengo la comida hecha? ¿existe mi comida? que preguntar ¿qué comemos hoy?
En realidad nosotros ahora estamos en una situación parecida a la del protagonista de nuestra película de terror. Sabemos que el pensamiento existe, que hay pensamiento, pero no sabemos qué es. No es posible negar la existencia del pensamiento, de hecho es lo único cuya existencia no podemos negar con sentido. Si pienso que el pensamiento no existe, evidentemente estoy equivocado. Ahora bien, qué sea el pensar no es tan evidente.
Volvamos a la película de terror. Cuando el protagonista se da cuenta de que en el sótano de su casa hay algo y nosotros nos mordemos las uñas suplicando “no entres, no entres”, el tipo va y entra. En el mejor de los casos los ruidos los producía su gato. En el peor, se encontrará frente a una niña pálida y despeinada, vestida con un uniforme de colegio antiguo, que le mira a los ojos con toda la cólera de los infiernos. En el primer caso suspirará tranquilo, en el segundo echará a correr, gritará paralizado, se desmayará o le arreglará el pelo con cariño a la niña. Es igual. El problema inicial, que consistía en averiguar qué era aquello que había en su sótano, ya está resuelto. Saber qué es algo es poder definirlo y no hay problema alguno en dar una definición de gato o de fantasma. Definir viene a ser algo como delimitar, es decir, ponerle límites a algo. Si hago un círculo en el suelo, me meto dentro y digo “aquí sólo entramos yo y mis amigos”, estoy definiendo el territorio de mi banda. Al averiguar qué es algo, lo que estamos haciendo es definirlo: de algún modo el pensamiento hace un círculo, mete la cosa esa dentro y dice “esto es un gato” o “esto es un fantasma”, luego todas las cosas que se parezcan al gato, las meterá en el círculo de los gatos y las que se parezcan al fantasma, en el de los fantasmas. Definir consiste pues en establecer límites, pero los límites sólo tienen sentido si hay algo fuera. Si digo que algo es un gato, también estoy diciendo que no es un perro, ni una mariposa ni -suspiro de alivio- un fantasma. De este modo, estos circulitos del pensamiento (de ahora en adelante los llamaremos conceptos) forman una especie de tablero de ajedrez, en el que cada casilla se define por su relación con las demás. Pero el tablero mismo no está en ninguna casilla. Veamos esto con más atención.
Si queremos averiguar dónde está cualquier objeto en el espacio, simplemente debemos elegir un punto de referencia e indicar las coordenadas de dicho objeto respecto a ese punto. De este modo podemos localizar cualquier objeto en el espacio infinito. Pero el espacio mismo, ¿dónde está? Esta pregunta claramente no tiene sentido, porque el espacio no puede ocupar ningún lugar. El espacio no está en ningún sitio. Lo mismo ocurre con el tiempo; puedo preguntar cuánto dura una película, pero no cuánto dura el tiempo. Ahora bien, el pensamiento es el espacio infinito en el que se extienden limitándose unos a otros, los conceptos. Cuando definimos algo lo que hacemos es introducirlo en uno de esos conceptos. Pero del mismo modo que no hay un lugar en el que podamos situar el espacio mismo, no hay un concepto con el que podamos definir el pensamiento mismo. ¿Qué significa esto?
En la segunda entrega de esta serie de posts decíamos que sólo podríamos averiguar qué es el pensamiento si pensábamos de verdad. Decíamos que aquellas cosas en las que pensamos cotidianamente no explotaban todas las potencialidades del pensamiento. En efecto, los gatos, los fantasmas, las piruletas, los agujeros negros… pueden despertar nuestra curiosidad mientras no sabemos qué son, pero en cuanto conseguimos aplicarles un concepto, nuestra curiosidad cesa, dejamos de pensar en eso y a otra cosa, mariposa. Necesitábamos encontrar algo en lo que el pensamiento tuviera que emplearse a fondo, tenía que ser algo completamente distinto de todo lo demás. Las cosas de nuestra vida cotidiana existen y son algo. No nos sirven, porque para el pensamiento es coser y cantar descubrir qué son. Hay otras cosas (la mayoría) que son algo, pero no existen. Es el caso de los fantasmas, los círculos cuadrados, las hadas y los políticos honrados; sabemos qué son, podemos definirlos, podemos situarlos en el espacio lógico del pensamiento junto a otros conceptos, pero no existen. Estas cosas tampoco nos sirven, su ser no representa ningún problema fundamental. El pensamiento, sin embargo es una cosa bien extraña porque existe, pero como no puede definirse, no tiene esencia: ¡no es nada!
Para pensar de verdad, lo que hay que pensar es el propio pensamiento. Ahí el pensamiento tendrá que esforzarse sin poder nunca decir “ya está”, porque nunca podrá encontrar un concepto que lo limite. El pensamiento no podrá entonces terminar su tarea y ocuparse de otra cosa, sino que ya estará para siempre preocupado. Esta no será ya una preocupación cualquiera, sino una preocupación fundamental, irresoluble.
Al principio, cuando tratábamos de determinar qué era pensar, nos dábamos cuenta de que por mucho que pensamos no sabemos qué es pensar. De hecho, cuando nos tomamos la pregunta en serio, lo que ocurre es que nuestro pensamiento se queda en blanco. Si me dicen que piense en un perro, imagino un perro. Incluso si me dicen que no piense en un perro, acabaré pensando en algo, probablemente en un perro. Pero si me dicen que piense en el pensar, mi mente se queda en blanco, no aparece nada. Creíamos que la verdadera naturaleza del pensar se nos ocultaba, pero ahora sabemos que no es así, en realidad se nos estaba mostrando con meridiana claridad, con la claridad blanca y pura de la nada.
El pensamiento se nos muestra como algo que no tiene ser. Le falta el ser, pero lo necesita. Del mismo modo que al abrir un envase cerrado al vacío enseguida se llena de aire, la nada del pensamiento está abierta y necesita llenarse de ser. Si el envase cerrado al vacío fuera infinito, estaría siempre absorbiendo aire, sin llegar a llenarse del todo, sin dejar nunca de estar vacío. El pensamiento es infinito, por eso se lo traga todo, busca llenarse de ser, pero no deja de ser nada. Apunta al ser como algo que le ha sido robado y debe serle restituido. La tarea propia del pensar es entonces buscar sin cesar el ser, no el ser de una mesa o de un murciélago, sino el ser mismo, el auténtico, el que funda y da sentido a todos los demás seres: el ser que le falta.
Ahora estamos peor que al principio. Antes no sabíamos qué era el pensamiento. Ahora sabemos que el pensamiento no es, pero que apunta al ser. De modo que no sólo no hemos resuelto el problema inicial, que ahora nos aparece como irresoluble, sino que ha aparecido otro problema todavía más fundamental, todavía más difícil: ¿qué es el ser al que apunta el pensar?

Es el momento de leer ESTO

¿Qué es «humanidad»?

Decididamente J.M. Coetzee es, en este momento, mi escritor preferido –y acabo de decidirlo tras leer una de sus primeras novelas: Esperando a los bárbaros. Aproximadamente desde la mitad de la novela ya no pude parar; las dos y media de la mañana me dieron sin poder dejar la novela hasta acabarla, con los ojos –y la mente- nublados avanzaba páginas como un escalador herido y renqueante se encamina por el último repecho hasta la cumbre. Haciendo propia y contradiciendo la metáfora del Everest de un post anterior, ciertamente el escalador herido con los dedos congelados –que más tarde habrá que amputar- no puede disfrutar del paisaje, y sin embargo ya no puede volver atrás; la meta le empuja. De la misma manera tras algunas horas de lectura y a ciertas horas de la madrugada no es el momento de disfrutar del estilo, simplemente hemos tragado el veneno, la historia nos ha atrapado y… ¡no pienso cerrar el libro hasta ver asomar a los bárbaros!- . Tras una experiencia un tanto ambigua con Diario de un mal año ,en Esperando a los bárbaros me encuentro al, para mí, mejor Coetzee, el de Desgracia, Historia de Michael K, Hombre lento.

Una novela terrible, en la que aprendemos el significado de la palabra humanidad:

“lo que significa vivir en un cuerpo, sólo como un cuerpo, que puede abrigar ideas de justicia sólo mientras esté ileso y en buen estado, y que las olvida tan pronto como le sujetan la cabeza y le meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua salada hasta que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y se vacía…

En la primera parte de la novela, antes de ser brutalmente raptado por los acontecimientos, pude disfrutar del magnífico estilo de Coetzee: elegante, cuidado y aparentemente sencillo, nada de ese barroquismo ilegible a la manera de la moderna filosofía francesa o del pesadísimo estilismo de las literaturas vanguardistas y experimentales. El estilo de Coetzee es clásico y transparente: magníficas descripciones del paisaje y del tiempo trazadas con fino tiralíneas, reflexiones inteligentes y desacostumbradas. Y, sobre todo, profundo conocimiento de la “humanidad”.

Algunas veces, por las mañanas aparecen huellas recientes de cascos en los campos. Entre los arbustos dispersos que marcan la linde más apartada de la tierra de labranza, el centinela ve una silueta que jura no haber visto el día anterior y que ha desaparecido al día siguiente. Los pescadores no se arriesgan a salir antes del amanecer….

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