Dogmas de la pedagogía oficial (4) Cooperar vs competir

Como el bueno de Aristóteles advertía, no hay forma sin materia; tampoco, en consecuencia, hay método sin contenido. De modo que podemos sospechar que la ‘nueva‘ metodología que trata de imponer la pedagogía oficial no es neutra en cuanto a los contenidos -como ninguna lo es, por cierto.

Como ya señalábamos en un post anterior, la pedagogía oficial se autoconcibe ‘democráticamente’ como un proyecto ‘democrático’ de reforma ‘democrática’ para conseguir una sociedad ‘más democrática’. Si su archienemigo es el liberalismo, ya podemos intuir en qué tipo de democracia están pensando. El sesgo político no me parece peligroso, es más, en democracia lo más saludable es tener uno de esos -cosa que no está al alcance de todo el mundo, no se crean. El problema es cuando se pretende dar al sesgo político propio una legitimidad moral superior al resto de sesgos políticos. Pero si esa legitimidad moral viene, además, avalada por un discurso pseudocientífico y endulzada por ricas animadoras socioculturales aquí ya no hay quien diga esta boca es mía.

A modo de anécdota me gustaría contar una sesión de hipnopedia a la que fui sometido en uno de los cursos de formación del profesorado que he sufrido (quienes trabajen en empresas serias entenderán por ‘cursos de formación’ algo muy distinto a lo que se entiende en educación, a ellos he de advertirles que lo que van a leer es una sesión real de uno de los cursos que se supone mejoran nuestra capacidad docente y que además son financiados por las arcas del Estado).

Estaba yo, pardillo de mí, junto a otros compañeros -gente seria, padres de familia, intelectuales, etc- esperando que comenzara el curso y con la vaga esperanza, uno, de aprender algo; dos, de acabar pronto y obtener los preciados créditos de una vez. De repente irrumpe en la sala una psicóloga hiperactiva y nada, carpeta aquí, fotocopia allá, proyector que no va pero al final sí, que falta una silla, que llega uno con retraso, que otra ha ido al baño… Por fin nuestra gurú, a base de palmas, consigue que pongamos las sillas una al lado de otra y que subamos encima. Y aquí ya ni se respetan las canas ni hay justificante médico que valga. A la silla todos. Como a mí me daba tanta vergüenza irme como quedarme, me quedé alelado como el burro de Buridán. Y cuando me quise dar cuenta ya estaba encima de la silla. La dinámica iba a comenzar. Se trataba de situarnos por orden de nacimiento sin hablar y sin bajar de la silla. A partir de ahí, la gente gesticulando, agarrándose para no caer, ahora paso yo, ahora pasas tú. Un guirigay. Por fin terminamos, no se cómo, ordenados por edades, sin decir una palabra e ilesos. Afortunadamente estaba la psicóloga hiperactiva para iluminarnos: lo habéis conseguido gracias a la cooperación. Eso y hacer una apología de la cooperación, abominando de la competitividad fue una y la misma cosa. Resulta que los males del mundo se deben a la competitividad y que si enseñáramos a nuestros alumnos a cooperar y no a competir ‘tal y como se hace en el actual sistema’, otro gallo cantaría. ¡A cooperar, a cooperar, hasta enterrarlos en el mar!

Que en ocasiones la cooperación es la forma más eficiente de llevar a buen término algunas tareas es algo que saben todas las bandas de ladrones, las mafias y las organizaciones terroristas. Pero de ahí a considerar la cooperación como algo moralmente bueno a priori, va un trecho. Toman la cooperación como un valor y la competitividad como su hermana perversa.
No quiero aquí hablar mal de la cooperación, sino denunciar el mito de la cooperación. La pedagogía oficial, obstinada en mejorar el mundo, ha encontrado en la competitividad al gran Satán. Para ellos la cooperación es más democrática que la competencia. Un sistema competitivo fomenta la desigualdad, la injusticia social, la insolidaridad, el aislamiento, etc. ¿Qué es eso de que tú eres más y yo soy menos; que tú ganas y yo pierdo?

La pedagogía oficial sin embargo se equivoca en algo fundamental. Lo propio de la democracia es, precisamente, la competencia. Sin ir más lejos, el acontecimiento, la fiesta democrática por excelencia son las elecciones. ¿No son competitivas? La competencia sólo es imposible cuando no hay libertad, cuando el estado lo es todo, cuando sólo cabe cooperar o estar fuera. Si hay democracia y libertad, entonces hay competencia. Y viceversa. La competitividad permite que los individuos desarrollen sus aptitudes, que no se conformen, que deseen mejorarse y obtengan el estímulo necesario para emprender esa tarea. Pero la competitividad no es la guerra de todos contra todos. Supone unas reglas, un juego. Se puede competir bien o mal. Se puede saber perder y ganar o no saber. Por eso también es necesaria una educación en la competitividad, que también es un hermoso valor.

No sé a cuánta gente ha educado la pedagogía oficial cooperacionista, pero Kant ha educado a la humanidad y vean lo que dice:

 

“El medio de que se sirve la Naturaleza para lograr el desarrollo de todas sus disposiciones es el antagonismo de las mismas en sociedad, en la medida en que este antagonismo se convierte a la postre en la causa de un poder legal de aquéllas. Entiendo en este caso por antagonismo la insociable sociabilidad del hombre, es decir, su inclinación a formar sociedad que, sin embargo, va unida a una resistencia constante que amenaza perpetuamente con disolverla. Esta disposición reside, a las claras, en la naturaleza del hombre. El hombre tiene una inclinación a entrar en sociedad, porque en tal estado se siente más como hombre, es decir, que siente el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una gran tendencia a aislarse, porque tropieza en sí mismo con la cualidad insocial que le lleva a querer diponer de todo según le place, y espera, naturalmente, encontrar resistencia por todas partes, por lo mismo que se sabe hallarse propenso a ofrecérsela a los demás. Pero esta resistencia es la que despierta todas las fuerzas del hombre y le lleva a enderezar su inclinación a la pereza y, movido por el ansia de honores, poder o bienes, trata de lograr una posición entre sus congéneres, que no puede soportar, pero de los que tampoco puede prescindir. Y así transcurren los primeros pasos serios de la rudeza a la cultura, que consiste propiamente en el valor social del hombre”.

 


I. Kant, Ideas de una historia en sentido cosmopolita, en “Filosofía de la historia”


Insociable sociabilidad, cooperación y competencia, son dos aspectos de la naturaleza humana necesarios para su progreso. Negar uno de ellos es negar al ser humano.

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Dogmas de la pedagogía oficial (3).”No se trata tanto de saber como de comunicar”


La distinción entre profesores que conocen con profundidad su materia y los que saben comunicarla es un lugar común, un dogma y un prejuicio –uno de los más dañinos, además- En ocasiones se les presenta como exponentes de capacidades incompatibles; el primero es presentado como un erudito con rasgos autistas, insufrible para los alumnos, generalmente mal vestido, peor peinado, y desconoce absolutamente las Tics y las mediaciones; el segundo es la figura del seductor -democrático eso sí, los seductores no-democráticos deben estar convenientemente erradicados, lejos de los niños y del estado- Este adalid de la comunicación no debe perder el tiempo con los clásicos, debe ser, pues, decíamos, un seductor democrático, frecuentador de la sección de autoayuda de las grandes librerías, en las que aprende las técnicas retóricas y erísticas, la psicología del adolescente, la crisis de la familia, los trastornos psicosomáticos, el cambio climático y otros grandes problemas de nuestro tiempo ( todo ello conocido por las citadas fuentes) el conocimiento de la nuevas tecnologías aunque deseable no es imprescindible –por el momento- “pues ya sabemos cómo está internet”.

No me extenderé con esta injusta caricatura. Dejaré clara mi posición: eso de la persona que “no sabe tanto”, sin embargo es un gran comunicador, es simplemente un camelo. Lo que se necesita para trasmitir una enseñanza es pasión y eso no es una técnica que se aprende, sino algo que se experimenta, que se vive en la lucha por “dominar” una materia. Y si hay dominio -o mejor aún- voluntad de dominio entonces hay pasión. Si no hay, al menos voluntad de dominar –una materia no se me alarmen- no hay nada que trasmitir.

Seré positivo; dejaré la crítica y les presentaré quién es para mi ese educador ideal:

“De aspecto modesto, regordete y de cabeza redonda, un bigotito con puntas y ojos pardos que sonríen de buena gana, la mirada penetrante a veces y a veces profunda..
.

Este simpático tipo padece además un acusado e inoportuno tartamudeo en algunos momentos:

“su tartamudeo era trágico, por tratarse de un hombre de fecundo pensamiento y aficionado con pasión a comunicar ideas..”

Algunas ideas suyas sobre motivación resultarán cuanto menos chocantes para los seguidores de la pedagogía oficial:

“proclamaba como principios que lo importante no es lo que interesa a los demás sino lo que interesa a uno, y de lo que se trata, por lo tanto, es de despertar interés, lo que sólo puede ocurrir cuando uno se interesa fundamentalmente por un tema, y de ese modo al tratarlo, necesariamente comunica su interés a los demás, o si se quiere, crea un interés insospechado, cosa preferible al trabajo que consiste en procurar nuevas satisfacciones a un interés ya existente”

Tenía un público entregado, sin embargo escaso…

Quizá estén dispuestos a asistir a una de sus clases:

“Su espantoso tartamudeo acababa por no parecernos otra cosa que la expresión de su ardor entusiasta. Muchas veces, al ocurrir el percance, le hacíamos todos un signo común de aliento y alguno de sus amigos presentes dejaba oír un cordial “no importa”. Esto bastaba para poner fin a su atascamiento. Se excusaba entonces el orador con una franca sonrisa y durante un rato proseguía el discurso con una alarmante facilidad. ¿De qué trataba?. El hombre era capaz de hablar una hora seguida sobre “por qué Beethoven no había añadido un tercer tiempo a la sonata para piano op.III “- tema que sin duda vale la pena ser tratado. Pero imagínese uno el anuncio en el tablero de la “Sociedad de Actividades para el Bien Común”.. y comprenderá sin esfuerzo la escasa curiosidad que habría de despertar en el público.. Los que a la conferencia asistíamos, pasábamos una velada en extremo instructiva. ( A los demás no les interesaba ni poco ni mucho saber por qué la sonata op.III tenía sólo dos tiempos.) Al salir de la conferencia estábamos muy bien enterados. K la había ejecutado de modo impecable en el piano vertical puesto a su disposición (la sociedad no contaba con un piano de cola) y había también, al propio tiempo, analizado su contenido espiritual y las circunstancias en que –con otras dos sonatas más- había sido escrita, dando pruebas de un cáustico ingenio al comentar la propia explicación que Beethoven diera de por qué había renunciado a escribir un tercer movimiento que correspondiera con el primero. Al criado que se lo preguntara, contestó el Maestro –y se añade que la respuesta fue dada muy tranquilamente- que no había escrito un tercer movimiento, limitándose a prolongar el segundo, “por falta de tiempo”… y llegado a este punto exponía el orador el estado de Beethoven alrededor de 1820, cuando el oído, atacado por un proceso de corrosión imposible de detener, iba extinguiéndose progresivamente, hasta el punto de que no era posible, de ahora en adelante, dirigir sus propias obras …..
La clase se extiende un par de páginas más que podrán seguir si les interesa en Doktor Faustus. Thomas Mann

Si ha llegado hasta aquí, y es usted un admirador de la moderna pedagogía oficial, puede que el final le resulte intolerable:

“No se preocupaba K de preguntarnos si habíamos comprendido ni cuidábamos tampoco de preguntárnoslo nosotros. Cuando él decía que lo importante era que le escucháramos, nosotros, por nuestra parte, compartíamos plenamente su opinión.”

Post Data.
Espero con la ayuda de sus amables comentarios desarrollar mis opiniones, y si es menester matizarlas, corregirlas, y hasta quién sabe si abandonarlas.

Dogmas de la pedagogía oficial (2) Democracia.

Leyendo un curioso documento del Proyecto Atlántida -baluarte de la pedagogía oficial y merecedor de un post futuro- me llamó la atención la frecuencia con que aparecía el concepto de democracia. Parece que para la pedagogía oficial todo es o tiene que ser democrático, si no más democrático. Por curiosidad introduje en la opción de ‘buscar’ del lector de pdf los términos ‘democrático’, ‘democrática’, ‘democráticos’, ‘democráticas’ y ‘democracia’. Al final pude comprobar que en total la democracia aparecía 165 veces en un documento de 290 páginas. Cualquiera diría que ese, y no otro era el tema del documento. Profundizando un poco más pensé que sería interesante hacer una lista de estas apariciones teniendo en cuenta el contexto para averiguar qué cosas son o deben ser democráticas según la pedagogía oficial. Lo que resultó fue divertidísimo. Pinche en leer más, pinche…

Lista de cosas ‘democráticas’ según el Proyecto Atlántida y la pedagogía oficial (tomen aliento):


convivencia democrática, innovación democrática, educación democrática, calidad democrática, cultura democrática, construcción democrática del propio proyecto, escuela democrática, innovación educativa democrática, reconstrucción democrática de la cultura escolar, ciudadanía democrática, organización democrática, autorrevisión democrática, familia democrática, metodología democrática, resolución democrática de conflictos, evaluación democrática, gestión democrática, vía democrática de participación, segunda oportunidad democrática, participación democrática del aprendizaje, actitud democrática, disciplina democrática, sociedad democrática, herramienta democrática, vivencia democrática, planteamiento democrático del ejercicio de la autoridad, proceso democrático en la elaboración de normas de conviviencia, currículum democrático, aprendizaje democrático, desarrollo democrático de la propuesta, currículo más democrático, valores democráticos, entornos institucionales democráticos, procesos democráticos, proyecto educativo y curricular democráticos, derechos democráticos, contextos democráticos, vínculos más democráticos, principios democráticos de convivencia, principios democráticos, investigación educativa democrática, respuestas democráticas, estructuras de participación más democráticas, habilidades sociales de comunicación y resolución de conflictos democráticas, normas de convivencia democráticas, prácticas democráticas y libertades democráticas.


Dime de qué presumes…

Lo cierto es que valdría la pena dedicar un comentario a cada expresión, pero dejo que cada uno desarrolle las que más le interesen en los comentarios. Uno diría que el concepto de ‘democracia’ deja de tener un sentido claro. Parece simplemente un recurso estilístico de la demagogia más ramplona. ¿En qué se diferencia la ‘convivencia democrática’ de la ‘convivencia’? Supongo que lo que la pedagogía oficial llama ‘convivencia democrática’ debe ser una forma interesadamente degenerada de la convivencia a secas. Claro que tal vez yo no esté a la altura de tan sutiles distinciones porque no he emprendido una ‘autorrevisión democrática’ de mis ‘principios democráticos’. Más peligrosas me resultan las ‘libertades democráticas’ por una razón: al añadir el sufrido epíteto no se adornan las libertades con las virtudes de la democracia, sino que se mutilan hasta excluir otras libertades presumiblemente ‘no democráticas’ -signifique esto lo que signifique. Menos inquietante pero igual de estupendo es el ‘aprendizaje democrático’. ¿Realmente saben de qué hablan cuando usan la palabra ‘aprendizaje’ y ‘democrático’? ¡Qué antipedagógico debe ser el aprendizaje tiránico! ¡Qué inhumano el currículo oligarca! ¿Y qué me dicen de la ‘vivencia democrática’?

Para no alargarnos, vale la pena ir a la página 10 del citado documento en el que los atlantes se confiesan:


formalmente se ha alcanzado la democracia, pero a menudo queda ésta reducida a un discurso retórico y doble lenguaje, se enuncian valores pero se desarrollan antivalores, debido entre otros aspectos a las tensiones lógicas a las que nos lleva un contexto económico basado en el libre mercado y el eslogan aceptado de “sálvese quien pueda”, asumiendo de facto la posibilidad de que alguien tenga que perder y quedar excluido; además este contexto viene permanentemente apoyado por los medios de comunicación.”

Yo no sé qué hay de malo -así, a priori- en el libre mercado y lo del “sálvese quien pueda” es un poco paranoico. Pero lo cierto es que cuando hablan de democracia, no hablan de la democracia formal, que no les parece suficiente, sino que quieren rellenarla. El problema es que el relleno está a su gusto, pero a mí la carne me gusta poco hecha, qué le vamos a hacer. El carácter formal de la democracia tiene la virtud, mire usted, de permitir que cada uno se lo coma con su propio pan siempre que no moleste al vecino.

Lo que la pedagogía oficial no oculta tampoco, y creo que este es el núcleo del dogmático de muchas de sus tesis, es que su proyecto educativo es en realidad un proyecto de reforma social. Lo que quieren, a través de la educación, es reformar la sociedad, hacerla más justa, más solidaria, más tolerante, más democrática. Y no es que yo esté en contra ni de la democracia ni de la justicia, ni de la solidaridad, ni de la tolerancia. Lo que ocurre es que, si de reformar la sociedad se trata, prefiero que haya luz y taquígrafos. En todo caso me conformaría con disponer de los medios adecuados para explicar a mis alumnos el mito de la caverna de Platón y que la sociedad se reforme ella solita. Esta reforma social que se nos cuela bajo la muletilla ‘democrática’ es más cuestionable en tanto que supone una reforma de nuestras mentalidades. Vamos, que cambiemos el chip (¿les suena?). Pero eso es otro post.

Nota-espero-que-innecesaria-pero-que-nunca-se-sabe: En este post no se ha vertido ninguna opinión contraria a la democracia. Al contrario.

Dogmas de la pedagogía oficial (1) Los padres.

Desde el inicio de este blog, venimos ocupándonos ocasionalmente de cuestiones relacionadas con la educación. Creo que la condición para conseguir un sistema educativo de calidad pasa por una necesaria reflexión pedagógica crítica y libre de prejuicios. Sin embargo desde que he aterrizado como funcionario en este mundo no he visto más que dogmatismo. El hecho es que hay una teoría pedagógica oficial que en la práctica se nos impone. Esta imposición suele adoptar formas más o menos sutiles, a veces casi imperceptibles, pero acaba contaminando y crispando a todos. La mayoría hemos asistido a los famosos cursillos de formación en los que cualquier persona sensible se sentirá ofendida por los métodos infantiloides que se gastan. Al final se dan por sentadas ciertas ‘verdades’ y se culpabiliza e incluso se desprecia profesionalmente a quien no comulgue con dichas tesis. Hablando con compañeros de profesión he descubierto que somos muchos los que no aceptamos esta imposición dogmática. Somos muchos, también, los que creemos que tras toda la jerga pedagógica oficial no hay nada, que son sólo palabras que hay que aprender a utilizar para escribir las programaciones. Somos muchos -y podría seguir así durante más tiempo- los que estamos hartos de que lo que llaman formación del profesorado se reduzca a cursillos de risoterapia, globoterapia y demás sandeces. ¿Pero quién le dirá al emperador que va desnudo? Si quieren discutir, pensar y argumentar conmigo en libertad, pinchen ‘leer más’.

Pretendo iniciar una serie de posts que titularé ‘Dogmas de la pedagogía al uso’ y que iré publicando de vez en cuando, para no aburrir. En ningún caso mi objetivo será atacar o despreciar el trabajo de ningún profesional de la educación; daré por sentado que las personas son buenas, pero que las teorías pedagógicas que sostienen pueden no serlo. Tampoco estoy en condiciones de denunciar la falsedad de la pedagogía oficial; sinceramente: yo no sé cuál es la verdadera pedagogía. Ni siquiera sé si tal cosa existe. Lo que quiero denunciar es el dogmatismo. Para ello trataré, en primer lugar, de identificar esos dogmas y procuraré, en cada caso, oponer una tesis contraria de modo que resulte verosímil, lo cual no implica que yo la considere verdadera. El efecto que pretendo es, simplemente, debatir sobre lo que se nos presenta como indebatible. Espero que nadie se me enfade porque creo que es mi obligación como profesional plantearme estas cosas.
Uno de los dogmas que se nos repite con una insistencia tan machacona como escasa en argumentos es que los padres deben implicarse en la educación de sus hijos. Si la pedagogía oficial fuera sensata no repetiría tanto este dogma porque es evidente. Su insistencia sólo tiene sentido en la medida en que cuando se habla de ‘implicación’ no se están refiriendo a lo que cualquier hijo de vecino entiende. La pedagogía oficial ha acuñado el concepto de comunidad educativa. A cualquiera que oiga hablar del bicho le parecerá que tiene un estómago voraz e insaciable porque ahí cabe todo. No sólo pertenecen a la comunidad educativa los alumnos y los profesores, también los padres, el personal de administración y servicios (!), los ayuntamientos, las autoridades competentes, la policía, los bomberos, la conferencia episcopal, los medios de comunicación, la señá ministra, la asociación de amas de casa y el sindicato de vendedoras de thermomix.

La cuestión es que los padres, como son miembros de pleno derecho de esta comunidad tienen la obligación de implicarse con los centros, participar en sus actividades, reunirse en sus instalaciones, etc. Para colmo, la pedagogía oficial, muy en su línea, culpabiliza, sataniza y abomina de los padres que prefieren educar a los hijos al calor del hogar y dejar que los maestros y profesores se ocupen de su instrucción, que para eso cobran. Esto de que a los profesores nos hacen falta los padres, que no hay Dios que se atreva a negarlo, no siempre ni para todo el mundo ha sido tan evidente. Permítanme citar un texto del siglo XVI, que debemos a Montaigne,y lo dejo por hoy:

“Es opinión aceptada por todos que no conviene educar a un niño en el regazo de sus padres, porque el natural amor paternal enternece y relaja en exceso incluso a los más discretos progenitores, haciéndoles incapaces de castigar las faltas de sus hijos y de verlos educados dura y peligrosamente, como es menester. […] Porque es irremediable que quien quiera hacer un hombre honrado no ha de mimarlo en sus primeros años […]
La autoridad del preceptor, que sobre el niño debe ser soberana, se interrumpe y obstruye con la presencia de los padres”

Creo que la única razón por la que la pedagogía oficial quiere acercar los padres a los centros es para contaminarlos también a ellos con su propaganda. ¿Pero para qué?

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