La importancia de ser un macarra

En su columna de hoy, Juan José Millás se pregunta si no será éste un país loco y sin problemas, dada la cobertura mediática que últimamente se viene dando a cualquier nadería. ¿Tiene razón? Lo último es el vídeo de un cafre atizándole una patada en la cara a una chica. Se trata de un episodio de violencia aislado, vacío de todo significado, sin siquiera una motivación ideológica clara. Es pura violencia, en su sentido más simple, brutal y -me perdonen- anecdótico, porque no tiene ninguna trascendencia. Y sin embargo acapara los titulares de todos los telediarios e incluso se trata el tema en periódicos serios de tirada nacional. Creo que no es descabellado afirmar que la única razón por la que los medios se interesan tanto es porque esperan con ello halagar a su audiencia y si pueden, aumentarla. Sin embargo, me parece que una vez que el vídeo se ha emitido más de una veintena de veces, si no un centenar, la noticia deja de ser la agresión. Ahora la noticia somos nosotros. Todos rechazamos frente al televisor la violencia gratuita que observamos. Nos llevamos las manos a la cabeza y nos escandalizamos de la pasividad con la que el único testigo asistió a la paliza (¡No hizo nada! ¡No hizo nada!). En realidad el testigo sí hizo algo: girar la cabeza para no verlo; exactamente lo contrario de lo que hacemos todos los que nos escandalizamos ante la repetida visión del vídeo de marras. Nadie lo reconoce -ni siquiera yo- pero lo cierto es que el telespectador, entre la repugnancia y el desprecio, siente cierto placer que le impide apartar la mirada de la pantalla. Bajo la apariencia de denuncia que otorga el telediario y el periódico nos sentimos libres de participar de la escena sin ser por ello cómplices. Alcanzamos así una especie de catarsis. Al abominar públicamente de la brutalidad del macarra de la pantalla, estamos abominando de nuestra propia brutalidad. Presenciar una y otra vez esa escena nos sirve para expiar nuestra culpa y de algún modo constituye un alivio moral. Podemos respirar tranquilos y decirnos a nosotros mismos: “Menos mal que no soy yo”.

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