La obsolescencia del tiempo

Existe un teorema que demostraría que una infinitud de monos -o un mono infinito-  aporreando un teclado durante un tiempo infinito, eterno, conseguiría reproducir el Quijote o Hamlet; en realidad,  cualquier obra de la literatura universal.  Reproduciría no solo todas las obras efectivas de la literatura universal, sino todas las obras posibles, tanto las que se escribirán en el futuro como aquellas que no lleguen a ser escritas en el breve paso de la  humanidad por la eternidad.

El problema es que no hay tales entidades. No hay, ni es posible siquiera una infinitud de monos, ni un mono infinito, ni teclados sin obsolescencia  por muy delicado que sea el trato.  

Este argumento no es, sin embargo, muy diferente de aquel otro que dice que toda situación  no es más que una posición, una combinación o un momento,  de  una cantidad enorme pero finita de materia o energía que se mueve en un tiempo eterno. Y dado que las posibles combinaciones son aunque enormes e incalculables, igualmente finitas, estas combinaciones ya estarían dadas en su repetición eterna. Ya no hablamos de monos ni de teclados, sino que, por llamarlo de forma acostumbrada, estamos pensando en la materia o la energía como formada por unas entidades imperceptibles, eternas, inmodificables, -átomos es el nombre que ya recibieron en la antigüedad. El argumento vuelve a ser apodíctico, pero dependiente de una concepción de la realidad no sólo discutible,  sino quizá mortalmente ingenua. El argumento, por otra parte, parece tener una forma  sospechosa: en un mundo donde se cumplan las condiciones necesarias  para su repetición eterna, esta repetición eterna efectivamente se dará. Sin duda.

Sin embargo, nuestra experiencia es la de la finitud de todo lo llegado a la existencia, ya sean hombres, montañas, estrellas… y sostienen algunos que el universo todo.

En su magnífico ensayo, La doctrina de los ciclos, finaliza J.L Borges con las consecuencias de la segunda ley de la termodinámica:

La luz se va perdiendo en calor; el universo, minuto por minuto, se hace invisible. Se hace más liviano también. Alguna vez, ya no será más que calor: calor equilibrado, inmóvil, igual. Entonces habrá muerto.

¿Y llegada  esta situación podríamos hablar aún de persistencia del tiempo?

2 Responses to La obsolescencia del tiempo

  1. Avatar de Juanjo Juanjo says:

    Tras darle unas cuantas vueltas a la idea del eterno retorno, me he dado cuenta de que esta idea no se opone a la finitud de las cosas; al contrario, la enfatiza e incluso la absolutiza, pues sin la muerte absoluta no puede haber una verdadera repetición. Entonces, a lo que se opone la idea del eterno retorno es precisamente al pensamiento de que hay algo eterno -un universo, una cantidad de átomos, una energía, un espíritu- que continuamente cambia y se transforma. En este pensamiento, el presente, resultado del pasado e instrumento del futuro, se disuelve al instante en la duración eterna y el ser es conservación; en cambio, en aquella idea, el presente, conteniendo en sí mismo el pasado y el futuro, concentra todo el movimiento en el instante eterno y el ser es creación. Y, como el instante absoluto, la creación eterna ha de repetirse constantemente; si no, no sería creación sino conservación.

    • Avatar de llximo llximo says:

      También yo le estoy dando algunas vueltas con sus momentos de reposo. Por de pronto esto del Eterno Retorno en Nietzsche me parece tan solo -o nada menos y nada menos- un querer.

      Te dejo un texto:

      Y sabéis qué es para mí ´el mundo’? ¿Tendré que mostrároslo en mi espejo? Este mundo: una inmensidad de fuerza, sin comienzo, sin fin, una magnitud fija y broncínea de fuerza que no se hace grande ni más pequeña, que se consume, sino que sólo se transforma, de magnitud invariable en su totalidad, una economía sin gastos ni pérdidas, pero también sin aumento, sin ganancias, circulando por la ‘nada’ como por su límite; no es una cosa que se desvanezca ni que se gaste, no es infinitamente extenso, sino que como fuerza determinada ocupa un determinado espacio, y no un espacio que esté ‘vacío’ en algún lugar, sino que más bien, como fuerza, está en todas partes, como juego de fuerzas y ondas de fuerza; que es a la vez uno y múltiple; que se acumula aquí y a la vez se encoge allá; un mar de fuerzas que fluyen y se agitan a sí mismas, un mundo que se transforma eternamente, que retorna eternamente, con infinitos años de retorno; un mundo con un flujo y reflujo de sus formas, que se desarrollan desde la más simple a la más compleja, un mundo que de lo más tranquilo, frío y rígido pasa a lo más ardiente, salvaje y contradictorio, y que luego de la abundancia retorna a la sencillez, que del juego de las contradicciones retorna al placer de la armonía, que se afirma a sí mismo aun en esta uniformidad de sus cauces y de sus años y se bendice a sí mismo como algo que debe retornar eternamente, como un devenir que no conoce ni la saciedad ni el disgusto ni el cansancio: este mundo mío dionisíaco, que se crea a sí mismo eternamente y eternamente a sí mismo se destruye, este mundo misterioso de las voluptuosidades dobles; este mi ‘más allá del bien y del mal’, sin finalidad, a no ser que la haya en la felicidad del círculo, sin voluntad a no ser que un anillo tenga buena voluntad para sí mismo. ¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Una solución para todos sus enigmas? ¿Una luz también para vosotros, los más ocultos, los más fuertes, los más impávidos, los más de media noche? Este mundo es la voluntad de poder, y nada más. Y también vosotros mismos sois esta voluntad de poder, y nada más”.

      F. Nietzsche. La voluntad de poder

      ¿Es Nietzsche, con esta visión del mundo, sólo el final de la metafísica o el pájaro anunciador de una nueva experiencia del ser?

      Eugen Fink. La filosofía de Nietzsche

      Mientras tanto, ya sin monos, se reescriben infinitamente todos los libros : los posibles, los existentes, los futuros, los todavía no escritos y los que no alcanzará a escribir ningún humano.

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