Happy ending

Fue una mañana del final del otoño -o quizá en el comienzo del invierno. No importa, era la mañana aún oscura de un martes frío; eso sí lo recuerdo con claridad y también que aquella noche no había conseguido pegar ojo. Subí las escaleras con más ligereza de lo habitual; me había acostado sin cenar y las digestiones livianas son una bendición para la circulación periférica. Al torcer el pasillo me encontré con lo que esperaba: solitario frente al puerta me estaba esperando, apenas consiguió balbucear con tristeza y media sonrisa: «qué decepción», con no menos tristeza y amarga sonrisa solo acerté a proferir: «bueno, leamos a los clásicos» señalando a mi ejemplar de la República de Platón. Terrible cinco a cero del Nou Camp.

Por descontado que en un curso pasan muchas más cosas, agradables, tristes, dolorosas, pero pocas tan memorables. La mayoría anodinas y algunas, no muchas, no merecen que se las tenga siquiera por sucedidas; y los cuarenta grados del verano que se avecinan se encargarán de que tal cosa ocurra.

Lo inapelable es que un nuevo curso -un nuevo ciclo- se cierra. Aunque la bandera del Real Madrid que tengo delante lo hace más grato. Nos queda la Décima.

Y,  como el poeta, dedico tambien un recuerdo a la afición en general.

El caso Penalva

El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora,

Sino de siempre.

Luis Cernuda

Hace ya algunas semanas, acudí a la conferencia que José Penalva pronunció en Elche en el ciclo de conferencias organizado por la SFPA. Había leído con placer algún artículo suyo recogido en Deseducativos y conocía -de oídas- algunos de sus libros. Lo cierto es que en aquella conferencia me di cuenta de que estaba ante un hombre valiente y comprometido personalmente. Su discurso fue crítico e implacable con los dogmas pedagógicos que mantienen cautiva a la educación. Cada una de sus palabras era un revulsivo, pero pronunciadas con la serenidad y la sensatez que sólo es posible tras una una reflexión profunda y meditada. Al terminar la conferencia algunos tuvimos la suerte de poder cenar con él y disfrutar de una conversación tranquila, pero enriquecedora. Su idea básicamente era que los profesores debían recuperar el protagonismo en la educación. Ya ven qué cosa, dirán algunos… Pero las cosas están de una forma, señores, que para decir eso hoy en según qué foros, hay que tenerlos cuadrados. Nos habló también de Julián Marías, al que tomaba como modelo de conducta, nos habló de Cambridge, donde es profesor visitante. Nos contó cómo allí la educación era otra cosa, que lo que se valoraba era el conocimiento. ¿Cómo? Sí sí, allí tienen como prioridad el conocimiento. Allí se discute, se investiga, se critica, se piensa… ¿Y aquí? Aquí es otra cosa.

Me prometí a mí mismo leer alguno de sus libros para comentarlo en el blog. Pero no pensé que fuera tan pronto. En unos días recibí una llamada: ‘Van a expedientar a Penalva’. Aunque no me sorprendió la noticia, me indignó considerablemente. ¿Cómo van a expedientar a Penalva? Me pregunté, contestándome inmediatamente que cómo no. Un tipo dispuesto a ascender a base de méritos personales, sin arrimarse a nadie. Un tipo ocupado en investigar, y no en conspirar por los despachos. Un tipo que escribe su curriculum con la tinta de los artículos y los libros que publica, y no con la bilis de las mentiras. La Universidad Española no puede asimilar a un tipo así. Aquí la única gramática que hay que conocer es la parda, y la única especialidad es en maledicencias de portera; aquí hay que tener el ojete lubricado y rodilleras, aquí hay que ser coleguilla y que no se diga, e invitarse a un café o a unas putas, si se presta; aquí lo que hay que controlar es el BOE, y no la tabla periódica, y hay que saber recitar el Credo de los tontos y el Padre Nuestro de los enchufes. Por eso Penalva está tan a gusto en Cambridge.

– ¿Y por qué le expedientan?

– Por absentismo laboral.

– ¡Venga allá!

– Bueno, acaba de publicar un libro en el que denuncia la endogamia y la corrupción en la Universidad

– Pues va a ser eso…

– ¿Tú qué crees?

Como he dicho, mi primera reacción fue violenta, pero una violencia entristecida y desesperada (ni me imagino cómo se sentirá el propio Penalva). Un buen amigo, acostumbrado a sofocar ciertos incendios, dio en el clavo: habrá que leer el libro ese. Pues sí, eso es lo que hay que hacer. De momento, me dije, pongo un enlace en Antes de las cenizas.

Pedí el libro a La Casa del Libro y lo recibí ayer por la mañana. A las cinco de la tarde ya lo había leído. Los nombres que aparecen en él están cambiados, pero no hay que ser un lince para adivinar que el personaje de José Montag es en realidad José Penalva. Los hechos relatados, afirma en la presentación, están basados en la realidad, pero se leen como una verdadera historia de terror. No entraré en detalles, porque verdaderamente vale la pena leer el libro. La sensación que queda es que la universidad es un nido de víboras, de trepas y de ignorantes. Pero lo peor, creo, es la ignorancia, la posibilidad de que gente incapaz de redactar un sms logre una plaza de profesor universitario a base de enchufes y favores, y que eso no sea una excepción, sino la regla. Penalva ha tenido la valentía de contar lo que ha visto y sufrido en sus carnes y ahora lo paga, porque los bárbaros son legión. Probablemente esos casos se darán en cualquier Facultad, pero tengo la íntima convicción de que las Facultades de Ciencias de la Educación son un caldo de cultivo especialmente favorable para los parásitos y analfabetos que hacen la vida imposible a José. Probablemente en ninguna otra Facultad la ignorancia sea tan llevadera como en esa. Por eso no encaja allí José, que dice que está a gusto en Cambridge.

El caso Penalva no es un caso aislado. Hay muchos otros que callan, que sucumben, que se dan por vencidos. Y no es un caso particular, sino un paradigma y un oráculo que nos habla de por qué la educación española está como está. Desde aquí quisiera trasmitirle a José mis mejores deseos e invitar a los lectores que lo consideren conveniente a poner, como signo de adhesión a la causa de Penalva, un enlace al libro en sus blogs. Ánimo.

El caso Penalva en la web:

HazteOír

La resolución del Rector José Antonio Corbacho Gómez contra José Penalva

El Burdel del Delirio

La Gaceta

El Confidencial

Un fragmento del libro

El propósito de la educación. Purpos/ed [Es]

El grupo Purpos/eds] plantea la cuestión acerca del propósito de la educación y nos invita a reflexionar sobre la misma con el objeto de iniciar un debate. Hasta el momento he leído respuestas como las que siguen:

Como mujer, madre y maestra, para mí, el propósito de la buena educación sería enseñar el arte de vivir siendo uno mismo, una misma, en cualquier circunstancia, lugar, tiempo o dimensión. […] también es encontrar y regalar las herramientas que posibiliten que las personas podamos romper las cadenas que están provocando que nuestra sociedad esté cada vez más enferma (http://navegarsinnaufragar.blogspot.com/)
[que los alumnos] aprendan a ser personas críticas, libres, independientes, capaces de definir sus sueños. (http://victorcuevas.es/educadores21/)
El propósito de la Educación es construir un buen futuro para tu hija y para tu hijo, sin mirar el color de su piel, su pasaporte, su sexo o su religión (http://deestranjis.blogspot.com/2011/04/cual-es-el-proposito-de-la-educacion.html)
El propósito de la escuela es aprender a vivir (tweet)
No empezar de cero. No estar solo. Saber ponernos en la piel del de enfrente. Poder vivir en sociedad. (http://blog.catedratelefonica.deusto.es/el-proposito-de-la-educacion/)
Creo, con todos mis respetos a sus autores, que estas reflexiones no son más que una declaración de buenas intenciones, pero que carecen de contenido, por lo que difícilmente pueden ser discutidas. Si nos ceñimos a la pregunta, tenemos que concluir que no hay respuesta porque la educación no tiene ‘propósito’ alguno. Un ‘propósito’ es una intención de hacer o conseguir algo e implica necesariamente la deliberación consciente y planificada. La educación entonces no tiene propósitos, como no los tiene una silla. Propósitos tienen los individuos y, en un sentido derivado, los grupos de individuos. La educación es un medio que sirve a los propósitos de diferentes individuos o grupos. Por eso sí tendría sentido preguntarse por el propósito de cuantos pretenden reformar la educación.
Ortega sostenía, con razón, que el ser humano es el único ser que consiste en no ser, sino en hacerse. Sabemos (en plural, como hace Punset) que el cerebro es un órgano plástico y que nuestra dotación genética es insuficiente para generar en nosotros conductas que nos permitan sobrevivir. El aprendizaje, en consecuencia, no es un factor accidental en nuestras vidas, sino esencial. No hay ser humano sin aprendizaje. Sin embargo también los animales, o al menos los animales más complejos, necesitan aprender. Pero, siguiendo a Ortega, la indeterminación que exige a los animales aprender ciertas cosas, es menor que la indeterminación humana. Un perro tendrá que aprender a evitar ciertos alimentos o a abrir puertas con la pata; un gatito tendrá que aprender a evitar a las niñas con trenzas y a hurgar en la basura, pero ni el gato ni el perro tendrán que aprender a ser gatos o perros. El ser humano, sin embargo, tiene que aprender a ser humano. Esta diferencia la expresamos diciendo que el ser humano no sólo necesita aprender, sino que necesita educarse o, lo que es lo mismo, formarse. El problema, ahora inevitable, es en qué consiste o en qué debería consistir el ser humano. Y la respuesta, insatisfactoria siempre, es que no lo sé.
Es esta una cuestión peliaguda, pues la pedagogía, que es el nombre que recibe la reflexión (que no ciencia) sobre la educación, entronca aquí con la antropología y con la filosofía y adquiere, además, un carácter normativo. Aunque no sepamos lo que es o deba ser un ser humano, la cuestión es que hay que vivir y que para ello asumimos un proyecto vital que implica de un modo u otro una respuesta a esa pregunta, que puede, o no, ser consciente. El proyecto vital que asumimos no es, por cierto, cualquier proyecto vital. Por decirlo de forma breve: a un ateniense del siglo V a. de C. no se le ocurriría asumir el proyecto vital de una Drag Queen del s. XXI. Esto significa que la propia educación es en gran parte, si no totalmente, la expresión de una voluntad ajena. El propósito de la educación, entonces, es el propósito de los educadores. Y este ya es un terreno en el que el conflicto es tan inevitable como deseable. El intento de eliminar totalmente el conflicto entre los educadores puede ser calificado sin temor a errar como la quintaesencia del totalitarismo. Así pues, en la educación chocarán necesariamente las voluntades de diferentes educadores con diferentes propósitos. En las sociedades cuyo nivel de complejidad ha exigido la aparición de un Estado, éste se convierte en uno de los agentes educadores con propósitos propios, que puede entrar en conflicto con otros agentes educadores, como las familias, las empresas, partidos políticos (que no hemos de identificar con el Estado), confesiones religiosas, o el propio educando. Cada uno tratará de modificar o reformar la educación para que ésta sirva a sus propios propósitos y muchos de ellos tratarán de hacer trampas convenciendo a los demás de que sus propósitos son en realidad los propósitos de la educación. Las democracias liberales occidentales, si quieren seguir siéndolo, deben poner los medios para evitar que ningún agente educador, incluido el mismo Estado, monopolice la educación, y desde la filosofía debemos denunciar, como pura mitología, cualquiera de esos intentos de atribuir a la educación propósito alguno haciendo visible el conflicto entre los agentes educadores.
La democracia sólo sobrevivirá mientras exista ese conflicto; la guerra, como dijo Heráclito, es el padre de todas las cosas.

Competencias básicas (1): comer conejo crudo

De un tiempo a esta parte el llamado ‘enfoque competencial’ monopoliza el discurso pedagógico. No dejo de escuchar constantemente cosas del tipo ‘ahora lo importante son las competencias’, aunque casi siempre esta preocupación sólo se da a la hora de escribir inútiles programaciones, especialmente entre opositores, que suelen aclarar que ‘es lo que el tribunal quiere oír’. Nadie sabe a ciencia cierta qué es eso de las ‘competencias básicas’, y si se interroga a los expertos sobre ello suelen citar a Chomsky (al que probablemente no han leído), y encadenar palabras atropelladamente. Las explicaciones suelen ser abundantes pero estarán de acuerdo conmigo en que les falta ‘claridad y distinción’. Dicen que el llamado ‘enfoque competencial’ pretende un aprendizaje integral (?), entendiendo por esto que el alumno no ha de contentarse con saber ALGO, sino que ha de saber HACER algo. Bueno, más o menos.

Con la voluntad de aclararme y aclararles a todos ustedes este concepto comenzaré una serie de posts dedicados al tema. En este primer envite quisiera presentarles el caso de unos profesores de historia alemanes que decidieron aplicar a sus clases este ‘enfoque competencial’. Como era de esperar, cuando esto de las competencias básicas sale de las programaciones para entrar en el aula, acaba uno saliendo en la prensa, concretamente en El Mundo de hoy, 2 de abril de 2011:

Personalmente no veo tan grave la ‘masacre de animales’, y es verdad que nos estamos volviendo todos un poco tiquismiquis, pero espero que cuando lleguen estos profesores a estudiar la Revolución Francesa renuncien a las competencias básicas…

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