El propósito de la educación. Purpos/ed [Es]

El grupo Purpos/eds] plantea la cuestión acerca del propósito de la educación y nos invita a reflexionar sobre la misma con el objeto de iniciar un debate. Hasta el momento he leído respuestas como las que siguen:

Como mujer, madre y maestra, para mí, el propósito de la buena educación sería enseñar el arte de vivir siendo uno mismo, una misma, en cualquier circunstancia, lugar, tiempo o dimensión. […] también es encontrar y regalar las herramientas que posibiliten que las personas podamos romper las cadenas que están provocando que nuestra sociedad esté cada vez más enferma (http://navegarsinnaufragar.blogspot.com/)
[que los alumnos] aprendan a ser personas críticas, libres, independientes, capaces de definir sus sueños. (http://victorcuevas.es/educadores21/)
El propósito de la Educación es construir un buen futuro para tu hija y para tu hijo, sin mirar el color de su piel, su pasaporte, su sexo o su religión (http://deestranjis.blogspot.com/2011/04/cual-es-el-proposito-de-la-educacion.html)
El propósito de la escuela es aprender a vivir (tweet)
No empezar de cero. No estar solo. Saber ponernos en la piel del de enfrente. Poder vivir en sociedad. (http://blog.catedratelefonica.deusto.es/el-proposito-de-la-educacion/)
Creo, con todos mis respetos a sus autores, que estas reflexiones no son más que una declaración de buenas intenciones, pero que carecen de contenido, por lo que difícilmente pueden ser discutidas. Si nos ceñimos a la pregunta, tenemos que concluir que no hay respuesta porque la educación no tiene ‘propósito’ alguno. Un ‘propósito’ es una intención de hacer o conseguir algo e implica necesariamente la deliberación consciente y planificada. La educación entonces no tiene propósitos, como no los tiene una silla. Propósitos tienen los individuos y, en un sentido derivado, los grupos de individuos. La educación es un medio que sirve a los propósitos de diferentes individuos o grupos. Por eso sí tendría sentido preguntarse por el propósito de cuantos pretenden reformar la educación.
Ortega sostenía, con razón, que el ser humano es el único ser que consiste en no ser, sino en hacerse. Sabemos (en plural, como hace Punset) que el cerebro es un órgano plástico y que nuestra dotación genética es insuficiente para generar en nosotros conductas que nos permitan sobrevivir. El aprendizaje, en consecuencia, no es un factor accidental en nuestras vidas, sino esencial. No hay ser humano sin aprendizaje. Sin embargo también los animales, o al menos los animales más complejos, necesitan aprender. Pero, siguiendo a Ortega, la indeterminación que exige a los animales aprender ciertas cosas, es menor que la indeterminación humana. Un perro tendrá que aprender a evitar ciertos alimentos o a abrir puertas con la pata; un gatito tendrá que aprender a evitar a las niñas con trenzas y a hurgar en la basura, pero ni el gato ni el perro tendrán que aprender a ser gatos o perros. El ser humano, sin embargo, tiene que aprender a ser humano. Esta diferencia la expresamos diciendo que el ser humano no sólo necesita aprender, sino que necesita educarse o, lo que es lo mismo, formarse. El problema, ahora inevitable, es en qué consiste o en qué debería consistir el ser humano. Y la respuesta, insatisfactoria siempre, es que no lo sé.
Es esta una cuestión peliaguda, pues la pedagogía, que es el nombre que recibe la reflexión (que no ciencia) sobre la educación, entronca aquí con la antropología y con la filosofía y adquiere, además, un carácter normativo. Aunque no sepamos lo que es o deba ser un ser humano, la cuestión es que hay que vivir y que para ello asumimos un proyecto vital que implica de un modo u otro una respuesta a esa pregunta, que puede, o no, ser consciente. El proyecto vital que asumimos no es, por cierto, cualquier proyecto vital. Por decirlo de forma breve: a un ateniense del siglo V a. de C. no se le ocurriría asumir el proyecto vital de una Drag Queen del s. XXI. Esto significa que la propia educación es en gran parte, si no totalmente, la expresión de una voluntad ajena. El propósito de la educación, entonces, es el propósito de los educadores. Y este ya es un terreno en el que el conflicto es tan inevitable como deseable. El intento de eliminar totalmente el conflicto entre los educadores puede ser calificado sin temor a errar como la quintaesencia del totalitarismo. Así pues, en la educación chocarán necesariamente las voluntades de diferentes educadores con diferentes propósitos. En las sociedades cuyo nivel de complejidad ha exigido la aparición de un Estado, éste se convierte en uno de los agentes educadores con propósitos propios, que puede entrar en conflicto con otros agentes educadores, como las familias, las empresas, partidos políticos (que no hemos de identificar con el Estado), confesiones religiosas, o el propio educando. Cada uno tratará de modificar o reformar la educación para que ésta sirva a sus propios propósitos y muchos de ellos tratarán de hacer trampas convenciendo a los demás de que sus propósitos son en realidad los propósitos de la educación. Las democracias liberales occidentales, si quieren seguir siéndolo, deben poner los medios para evitar que ningún agente educador, incluido el mismo Estado, monopolice la educación, y desde la filosofía debemos denunciar, como pura mitología, cualquiera de esos intentos de atribuir a la educación propósito alguno haciendo visible el conflicto entre los agentes educadores.
La democracia sólo sobrevivirá mientras exista ese conflicto; la guerra, como dijo Heráclito, es el padre de todas las cosas.

Educación para la ciudadanía

 

Estas líneas pretenden invitar a una nueva reflexión sobre un asunto que nació entre furibundas discusiones, que desató los más violentos y pintorescos enfrentamientos [desde el inglés valenciano o el enseñar a poner(se) el condón de Blanco] sobre asuntos educativos que yo he conocido y que ahora [dicho en una afortunada expresión de Nigel Barley absolutamente certera para este asunto] asemeja «el tenso silencio de los borrachos de Glasgow». Pero esa quietud de los bacantes no debe ocultar la persistencia de una cuestión no resuelta.

Comencemos a la manera española, excusándonos y pidiendo que no se nos confunda: como profesor de filosofía uno (en este caso yo) prefiere comentar junto a un «cultivado » público de bachilleres de 17 años un texto de Descartes, una idea de Kant, una finesse de Nietzsche… y preferiría que fuese otro (o mismamente tú) quien hubiese de vérselas con tres docenas de treceañeros, la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No hay color. Y, dado por sentado lo único que en este asunto es obvio, pasemos a lo problématico.

Quizá todavía cae dentro de lo obvio -al menos me lo parece a mí- que la entrada en escena de «las ciudadanías» ha «enrarecido» materias sólidamente establecidas dentro de los departamentos de la filosofía, como la ética y la misma filosofía de bachiller. Aunque curiosamente la manera en que ha sido acogido por estos departamentos este «giro ciudadano» de la filosofía ha sido bien dispar; tenemos para elegir en un amplio arco desde el fervor a la abominación. Me gustaría aquí negar la abominación sin caer en el fervor, pero no pretendo recomendar resignación, ni tampoco simplemente hacer de la necesidad virtud -lo que por otro lado no viene de más en este asunto.

Las cuestiones que creo relevantes son:

1. ¿Consideramos necesario que el alumno al finalizar su ciclo de escolarización obligatoria tenga conocimientos básicos acerca del medio social, político y jurídico -nacional e internacional- en el que vive?

2. ¿Puede una asignatura como Educación para la ciudadanía contribuir a este propósito?

Mi respuesta a ambas preguntas es sí. Respecto a la primera pregunta, me parece tan esencial ese conocimiento como que el alumno conozca el medio geográfico y natural. Respecto a la segunda, me parece que la materia de Historia dada la inmensidad de contenidos a abarcar no puede cumplir satisfactoriamente esa labor. Por supuesto quedan abiertas multitud de cuestiones acerca de la forma más correcta de introducir una materia de este tipo dentro de los planes de estudios actuales, horas disponibles y cursos etc… No tratamos de estos detalles aquí, pues no es el objeto de este escrito; aunque sin duda son importantes, pues de ellos (de los detalles) dependerá el éxito del asunto. La posibilidad de una materia de ética y ciudadanía (Educación ético-cívica) de tres horas en 4º parece una posibilidad atractiva. Su cara gris es que podría  soslayar los contenidos de los que hablábamos, que podrían quedar en un «segundo o tercer plano». Evitar este soslayamiento con una vigilancia férrea del cumplimiento del programa abre posibilidades muchos menos atractivas que las que al principio imaginábamos. Caben otras fórmulas en las que estos contenidos se dividen en dos materias con diferente asignación de carga lectiva, como las efectivamente vigentes en las distintas comunidades, cada una sujeta con sus virtudes y defectos a discusión. Personalmente la formula que menos me gusta es dos horas para ciudadanía y una para ética. Pero no es este el tema.

Imagino que, quizá, los más escépticos ante las «ciudadanías» me dirán que ellos no desaprueban una materia de tipo científico descriptivo que trate los contenidos citados, sino que desaprueban ciertos supuestos ideológicos nada científicos presentes en el curriculum de la materia y que hacen de ésta una forma de ideología de cariz adoctrinante más que un campo de conocimiento abierto a la verdad y a la crítica. Pues bien, lejos de esconder la inmudicia bajo la alfombra lo que propongo es sacar cuanta hubiera a la luz, no por el placer de mostrarla sino con la esperanza de poder deshacernos de ella.

PS. Desde luego no me vale lo de otra hora para inglés o para mates.

La lógica y el demonio del fascismo

No deja de ser una buena noticia que el término ‘facha’ o ‘fascista’ se use como un recurrido insulto. Pero ese ‘facha’ no suele usarse más que como una palabra hiriente significando algo así como ‘hijoputa’. El verdadero fascismo es una actitud que se oculta en el fondo de nuestros corazones. Pocos se libran de dar cobijo en alguna ocasión a un demonio fascista. Para ilustrar lo que quiero decir déjenme que comparta con ustedes un cartelito que apareció en Leganés hace algunos meses:

Llama poderosamente la atención que se acuse al PP de fascista, entre otras cosas, por sostener que “el único valor que debe prevalecer sobre todos los demás (…) es el derecho a la propiedad y la libertad individual”. Suponiendo que el PP verdaderamente situara este valor sobre todos los demás, podría ser acusado de liberalismo clásico, pero no de fascismo. Lo que esto significa es que el autor del cartel ignora qué sea el fascismo, pues ya me dirán ustedes cómo se puede acusar de fascista a alguien por defender la libertad individual (¿se imaginan a Hitler defendiendo la libertad individual?). Pero lo que tiene delito es que, en este caso, quien acusa de fascista sin saber de qué habla es, él mismo, un fascista. Vean ustedes lo que se afirma en el segundo párrafo:

[…] tenemos la firme determinación de construir una sociedad sin clases explotadas, donde los medios de producción sean del pueblo y el estado planifique la economía en orden a satisfacer las necesidades de todas las personas, aunque esto moleste a banqueros, monarcas, fascistas, empresarios y socialdemócratas

Como dijo aquél, quiera la Virgen que no tengan poder. Si algo define al fascismo es, precisamente, la “firme determinación” de construir una sociedad perfecta y pura. La pureza de esa sociedad puede ser racial (racismo), nacional (nacionalismo), de clase (comunismo), etc. La construcción de esa sociedad perfecta debe combatir y eliminar el origen de toda impureza: elementos genéticos espúreos (judíos, negros, etc), lenguas extranjeras, o “banqueros, monarcas, fascistas, empresarios y socialdemócratas”. Mantener la pureza de la sociedad exige una vigilancia constante y que el estado lleve a cabo una planificación total, que será totalitaria, a fin de que no se cuele por ninguna rendijilla el germen de la impureza (un capitalista, un judío, un extranjero…). Así pues, si atendemos al verdadero significado del fascismo, quien verdaderamente es fascista aquí es el autor del cartel. Pero las cosas son algo más complejas…

Quizá la esencia del fascismo podría reducirse al triunfo de la voluntad sobre la razón. Toda actitud fascista parte de la aceptación de la siguiente inferencia:

Si x es deseable, entonces x debe ser obligatorio.

Hacer de lo deseable algo obligatorio, ahí tenemos la naturaleza íntima del fascismo: pasar del ‘yo quiero’ al ‘tú debes’ sin despeinarse. Esta es la razón por la que el fascismo triunfa, cuando triunfa, que en su origen no hay sino buena voluntad: un estado mejor, sin corrupción, un gobierno fuerte y justo, una sociedad sin pobreza ni injusticia, etc.

Lo que más sorprendió a la filósofa Hannah Arendt del nazi Adolf Eichmann es que, a pesar de los crímenes de los que era responsable, parecía una persona completamente normal, incluso buena gente. En efecto, la actitud fascista no surge en monstruos bíblicos, sino en gente normal que quiere lo mejor para los suyos. De hecho, esa actitud fascista se manifiesta la mayoría de las veces en cosas completamente banales y casi siempre muy aceptables por todos (toros, tabaco, etc)

Leyendo el último de Mendoza (Riña de gatos), tuve ocasión para reflexionar sobre nuestra situación política actual comparada con la que se vivía en España meses antes del estallido de la guerra. Lo que creo que tenemos en común es una profunda desconfianza hacia los poderes ‘políticos’, a los que se percibe como origen de nuestros problemas. Esa desconfianza, a mi juicio, es síntoma de buena salud. El problema es si la desconfianza se transforma en un irrealizable deseo de pureza. Pretender, en serio, unos gobernantes puros, virtuosos, justos, sabios y buenos es pretender un imposible metafísico que está a un paso del fascismo. Como defiende Gustavo Bueno en El Fundamentalismo Democrático, los regímenes políticos pertenecen al género de las cosas ‘corruptibles’ en el sentido en el que es corruptible una manzana. Tiene tanto sentido exigir a los políticos ‘pureza’ moral como exigirle a una manzana que no caduque. Por eso es necesario estar atento en un doble sentido: en primer lugar, la inevitabilidad de la corrupción no implica su justificación; debe ser denunciada. Pero en segundo lugar, tenemos que estar atentos a lo que ocurre en nuestro interior, puede que, sin darnos cuenta, estemos desatando a un demonio, el del fascismo. Y si el fascismo es el triunfo de la voluntad, debemos combatirlo con nuestra arma más poderosa: la lógica.

Vuelve el Santo Oficio

“Vuelve el Santo Oficio” es el diagnóstico de Savater , creo que acertado, ante la resolución del Parlament: El ciudadano Morante y sus actividades quedan proscritas en Catalunya.

Coda. Sus seguidores y admiradores pueden seguir disfrutándolo en Castellón.

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