¿Hace falta la Filosofía en la Educación Secundaria?

Lo confieso: ya no leo la prensa. Y a pesar de mis esfuerzos para permanecer ignorante, sé cómo van las cosas: van mal. Van muy mal. Y cada vez peor. La ‘prima de riesgo’, los ‘mercados’, las ‘agencias de calificación’ y la puñetera ‘deuda’ se nos aparecen cada mañana como espectros aguafiestas que nos acaban jodiendo el desayuno. En educación ya hemos recibido alguna colleja y esperamos más. Sólo nos preguntamos cuándo llegará, si en Navidad, en Semana Santa o para el verano. Algunos ya están avisando de que la solución a la crisis económica no tiene por qué ser (sólo) económica. Es el caso de José Penalva, el cual, en un reciente artículo, sostiene que «la salida de la crisis económica pasa necesariamente por la reforma del sistema educativo». Creo que pocos negarán esto. Ahora bien, mucho me temo que sí, que se reformará la educación, pero con criterios meramente económicos. O sea, que tratarán de gastar menos. Ignoro si mis temores están o no fundados, pero me consta que los comparto con buena parte de mis compañeros profesores. Concretamente, los de filosofía, que siempre tenemos la mosca detrás de la oreja y hace tiempo que nos sentimos observados, creemos que tarde o temprano nos descubrirán, y entonces nos preguntarán: ¿Y ustedes, ‘pa’ qué sirven?

Qué bochorno cuando eso pase y empecemos a balbucear y a decir las tonterías y tópicos que se suelen decir en estos casos. O, lo que es peor, qué vergüenza si empezamos a explicar lo bien que viene la filosofía para desarrollar las competencias ciudadana, emocional, digital o las que sean. Y, lo que sí me haría desear que me tragara la tierra, qué humillación si tenemos que ver cómo viene un Marina a intentar colar una ‘competencia filosófica’.

Tampoco creo que debamos evitar la pregunta. Si alguna disciplina ha de justificarse, esa es la filosofía. Quiero decir, que asignaturas de la Educación Secundaria como ‘Economía y empresa’, ‘Psicopedagogía’, ‘Tecnología industrial’ o ‘Técnicas de Laboratorio’ tienen un valor meramente accesorio, pues no están justificadas más que por razones coyunturales del tipo: ‘la asignatura x te sirve si luego quieres estudiar y’. Como diría el buen Kant: su necesidad es meramente hipotética. Pero la Filosofía no es una propedéutica, ni se estudia para tener una buena base de cara a estudiar farmacia, derecho o ingeniería industrial. La filosofía se presenta con una necesidad categórica -si me permiten seguir con el lenguaje kantiano. La filosofía, de entrada, supone una renuncia a estudiar asignaturas que sí constituirían una propedéutica para lo que quiera que vayamos a estudiar después. De modo que, si hay una asignatura necesitada de justificación, esa es la filosofía.

En un artículo anterior prometía comentar un texto de la Introducción a la Filosofía de Julián Marías. Creo que en ese texto están las claves del problema que planteamos. En primer lugar, si es necesario justificar la presencia de la filosofía, es porque a priori la filosofía no es algo necesario pues

Ni el hombre ha hecho siempre filosofía, ni es seguro que la siga haciendo siempre en adelante.

La filosofía no se sigue de la naturaleza humana. Es algo que podemos hacer o no sin dejar de ser humanos (afortunadamente -añadiría). Así que nada de justificar la filosofía apelando a una presunta naturaleza humana. La filosofía surge en una situación concreta de unos hombres concretos, que se ven obligados a filosofar por una necesidad vital concreta.

De hecho, quien se matricula en un curso de la Educación Secundaria no es la ‘naturaleza humana’, sino Pepito o Juanita. Decía Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia, de modo que lo que hace las veces de ‘naturaleza humana’ en Pepito o Juanita es su historia, que, por cierto, incluye la historia de la situación en la que se ven obligados a vivir, quiéranlo o no. Dice Marías en el texto que trato de comentar:

como el ser del hombre incluye esencialmente todo lo que le ha pasado, y al hombre le ha pasado hacer filosofía desde hace veintiséis centurias, ésta es ya, desde luego y para siempre, un ingrediente de la vida humana, algo que pertenece -aunque no siempre ocurrió así- al ser del hombre

Como he dicho, no educamos a la naturaleza humana, sino a un individuo europeo del siglo XXI, y lo hacemos con el objetivo de convertirlo en alguien capaz de situarse en un mundo que no ha elegido. La educación tiene entonces como misión introducir a ese individuo en el mundo en el que le ha tocado vivir. Y ese mundo incluye -querámoslo o no- la filosofía. Para llamarse ‘educativo’, un sistema europeo del siglo XXI debe contener la filosofía como un ingrediente esencial. Dicho de otra forma, en la Europa del siglo XXI, el sistema educativo incluirá la filosofía o no será ni sistema, ni educativo. Un sistema educativo -aquí y ahora- sin filosofía es un sistema amputado, y eso es verdad aunque a muchos le resulte dicha amputación sumamente placentera. Y esta amputación tiene una consecuencia: la desorientación, la inautenticidad y, al final, la barbarie.

Como el post se alarga, concluyo planteando un nuevo problema.  La filosofía es necesaria en el sistema educativo europeo del siglo XXI, pero ¿de qué forma? ¿Es la actual configuración de la filosofía la forma adecuada de incluir la filosofía en la educación?

Entrevista en Boulé

Se encuentran disponibles las respuestas a la entrevista que nos propuso  Boulesis Boulé.
Articulada en tres grandes temas:

Política y educación

Enseñanza y filosofía

Enseñanza y nuevas tecnologías

La filosofía como ingrediente de la vida humana

Como supondrán por la entrada anterior, ando últimamente leyendo a Julián Marías. En realidad mi objetivo es leer a Ortega aprovechando que el año que viene forma parte del temario de la P.A.U. de la Comunidad Valenciana, pero he topado con Julián Marías y no hay manera de dejarlo. Empecé con las memorias y desde el principio el libro me ‘enganchó’ -como suele decirse con cursilería de los Best-Sellers. En algún momento Marías habla de cómo escribió uno de sus primeros libros (posterior, sin embargo a la famosa Historia de la Filosofía): la Introducción a la Filosofía, publicado por primera vez en 1947. Decidí leerlo al mismo tiempo que las memorias. El libro sólo pude conseguirlo en una edición de las Obras Completas de Marías en la biblioteca de la Universidad de Alicante, aunque, tras mucho rastrear, he podido comprar una quinta edición (!¡) de segunda mano a través de Amazon (y no el Amazon español, sino el de Estados Unidos) y además a un precio bastante razonable (no llega a 20€). Ciertamente es una lástima que un libro tan estimulante, bien escrito y profundo, de un autor español, sea prácticamente imposible de conseguir en España. Permítanme una cita del capítulo final del libro cuyo interés y actualidad disculparán su extensión y de cuyo comentario quisiera ocuparme en el siguiente post:

[…] la filosofía, en lo que tiene de realidad, radica en la vida humana, y ha de ser referida a ésta para ser plenamente entendida, porque sólo en ella, en función de ella, adquiere su ser efectivo. Lo que la filosofía es no puede conocerse, por tanto, a priori, ni expresarse en una definición abstracta, sino que sólo resulta de su hallazgo en la vida humana, como un ingrediente suyo, con un puesto y una función determinados dentro de su totalidad.

Pero aquí comienzan los problemas. Si se partiese de que el hombre, por naturaleza y sin más, en virtud de que posee la ‘facultad’ de conocer, la ejercita, bastaría con precisar los caracteres concretos de ese modo de conocimiento que se llama filosofía para saber a qué atenerse respecto de ésta. Pero a la altura a que hemos llegado resulta bien claro lo inadmisible de esa hipótesis. Ni el hombre ha hecho siempre filosofía, ni es seguro que la siga haciendo siempre en adelante. Más aún: si se entienden las cosas con algún rigor, de la existencia del hombre no se sigue sin más el conocimiento sensu stricto, sino que, como ha mostrado Ortega, éste es una posibilidad a que el hombre llega en virtud de una serie de necesidades, experiencias y pretensiones muy concretas. Pero, por otra parte, como el ser del hombre incluye esencialmente todo lo que le ha pasado, y al hombre le ha pasado hacer filosofía desde hace veintiséis centurias, ésta es ya, desde luego y para siempre, un ingrediente de la vida humana, algo que pertenece -aunque no siempre ocurrió así- al ser del hombre. Si, de un lado, la pregunta por la filosofía implica de un modo formal la pregunta por la vida humana, de otro lado, el saber acerca de ésta tiene que hacerse cuestión hoy de la filosofía

Julián Marías: Introducción a la Filosofía,  O.C., Tomo II, p.366,  Revista de Occidente, 3ª Ed. (Las negritas son mías)

Pueden escuchar una serie de interesantes conferencias pronunciadas por Julián Marías en la Fundación Juan March pinchando en los siguientes enlaces:

La juventud como instalación en el mundo histórico

Inseguridad y orientación en el joven

La madurez: seguridad y vulnerabilidad

Hombre y mujer: igualdad y equilibrio

El argumento biográfico de la condición sexuada

¿Qué es un buen profesor?

Finalmente, el curso de introducción a la Filosofía estaba a cargo de dos profesores: Morente y Zubiri. Fui el primer día a clase de Morente, pero no me gustó, tal vez por sus patillas o por su entonación -luego fue profesor mío muy querido y admirado durante varios años-. De Zubiri no sabía nada; pregunté a un compañero de Instituto, que estudiaba Derecho, y me contestó: «Es un cura muy pincho». Probé su clase; era muy joven, no había cumplido treinta y tres años, y parecía más joven todavía, un estudiante; pero iba vestido de sotana nueva y limpísima, muy repeinado; era muy bajo de estatura, menudo, nervioso; hablaba muy deprisa, en voz baja, paseando de un lado a otro.

Alguna vez he recordado que me senté al lado de una muchacha muy guapa, que había asistido a la primera clase, y le pregunté: «¿Qué tal?» Me contestó, literalmente: «Estupendo. No se entiende una palabra». No había ironía en la respuesta: ni esa chica, ni casi ningún alumno, habían entendido, pero tenían la impresión de que era estupendo. El talento de Zubiri era evidente; su pasión intelectual, también; su desdén por la pedagogía, manifiesto. Hablaba de lo que le interesaba, sin miramientos. Comentábamos la Monadología de Leibniz. Como sabía que yo estudiaba Ciencias, me decía a veces: «Usted. joven matemático, lo entenderá bien». Ponía en el encerado nombres griegos, aunque no habíamos estudiado esa lengua; alguna vez llegaba al hebreo. Declaró que aprobaría a todo el mundo. No había más que dos posibilidades: ahogarse o salir nadando. Lo decisivo es que nos mostró lo que es la filosofía y nos infundió un tremendo respeto por ella.

Julián Marías: Una vida presente. Memorias, pp. 75-76

La misma idea en Thomas Mann.