La educación mutilada: una Ética para Wert.

De un tiempo a esta parte y para mofa de amigos y familiares, vengo observando una preocupante pérdida de pelo. Considerando que soy hijo y nieto de calvos, no me queda otra que aceptar resignadamente mi destino genético. En realidad perder el pelo no supone ninguna tragedia. Mi vida será igual, y si con pelo no soy un latin lover, tampoco lo seré sin él. El pelo pertenece al género de cosas que, si se pierden, pues da igual, pero que es mejor conservar. Creo que la Ética de 4º de ESO es también de este tipo de cosas (me perdonen ustedes). Como saben el anteproyecto de LOMCE elimina esta -a mi juicio, importante- asignatura. No conviene dramatizar. La consecuencia más visible de esta eliminación será que sobrarán bastantes profesores de filosofía que tendrán que dar clase de otra cosa. Los alumnos no perderán su capacidad crítica -si la adquirieron alguna vez- ni acabaremos con la ‘cultura democrática’, signifique eso lo que signifique. No habrá grandes catástrofes para la sociedad si se pierde la Ética de 4º de ESO. Pero eso no significa que haya que quitarla, ni que hacerlo sea mejor. Todo lo contrario, su eliminación supone una mutilación que, no siendo mortal para el sistema educativo, lo afea bastante.

La palabra ‘mutilación’ no ha sido elegida aquí por razones retóricas. Sin la filosofía a la educación secundaria obligatoria le falta algo. Wert, en su LOMCE, nos propone un sistema mutilado sin que el miembro amputado tuviera enfermedad alguna. No necesito que me recuerden los sistemas educativos también europeos que no tienen filosofía en la educación secundaria porque mi respuesta es que esa no es precisamente su virtud.

Si alguien necesita que le convenzan de la importancia de no suprimir una asignatura filosófica de la ESO es que ya es bastante bruto y puede que poco sensible a cuantos argumentos se le quieran ofrecer. En cualquier caso, si algún Violante me mandara hacerlo y en mi vida me viera en tal aprieto, este sería mi soneto:

  1. La filosofía ha sido y es en nuestra tradición occidental algo real y que, a diferencia de la pornografía o del billar, ha jugado un papel relevante en la construcción de lo que hoy entendemos por ser humano. La filosofía ha impregnado nuestro arte, nuestro cine, nuestra literatura, está en nuestra ciencia, en nuestra tecnología y en nuestras instituciones políticas. Sustraer la filosofía de la educación secundaria obligatoria sólo puede entenderse como una ocultación, y sólo puede ser motivada por la maldad o por la ignorancia ¿Por qué ocultar a los individuos que no continuarán sus estudios un elemento fundamental de la realidad en la que van a vivir? No se les ocultarán los átomos, ni la revolución francesa, ¿pero sí la filosofía que nos permite entender los átomos y la Revolución Francesa? No veo cómo puede esa resta mejorar el sistema.
  2. Todo sistema educativo ha de tener una finalidad. Se suele hablar de formar ciudadanos, individuos críticos, buenos profesionales, etc. Yo creo que todas esas pretensiones son consecuencias de la búsqueda de otra cosa: la Verdad. Me refiero a la Verdad con mayúsculas, a la verdad entendida no como algo que ya está en nuestro poder, sino como una aspiración, como aquello que Machado nos invitaba a buscar juntos. Las  ciencias sólo consiguen una mirada parcial a esa verdad, una mirada fragmentada. Las ciencias no nos muestran la Verdad, sino lo que de verdad es controlable. La Verdad sólo brilla por su ausencia pero ese brillo únicamente se nos hace visible desde la filosofía, que tiene que venir al final de la educación obligatoria a rematar lo aprendido, enfrentándolo a lo ignorado. La filosofía sirve para evitar que los que terminan sus estudios crean que lo saben todo. No es poco, se lo aseguro.
  3. Creo que una filosofía en 4º de ESO sólo tiene sentido como una Introducción a la filosofía (ese es, para mí, uno de los aciertos de la carta de la REF a Wert). Ahora bien, también creo que esa introducción a la filosofía tiene que ser fundamentalmente ética (aunque no sólo ética) Creo, y espero no resultar cursi, que el tema de la ética es, en el fondo, la vida, que como decía Ortega, es la realidad radical desde la cual se nos aparecen todas las demás realidades. Creo que la aportación de la filosofía a la comprensión de las estructuras fundamentales de la vida y sus problemas no puede ser sustituida por un conocimiento ‘transversal’ como una cabellera no puede ser sustituida ocultando la calva con pintorescos peinados ‘transversales’.

Un ejemplo de peinado transversal

Toros y civilización (2)

Sólo he asistido a dos corridas de toros en toda mi vida, en la plaza de Alicante, por San Isidro. He de decir que lo peor y más brutal que allí he visto ha sido el público. Tal vez  ha sido mala suerte el no coincidir con un Savater o un Serrat, pero mucho me temo que lo normal es lo que servidor presenció. No entraré en detalles, pero no creo que vaya a coincidir con muchos de esos individuos en ninguna biblioteca. La mayoría parecían no tener otro motivo para estar allí que no fuera comer embutido -con muy buena pinta, por cierto, emborracharse y dar voces con las venas del cuello hinchadas. Bueno, en realidad también había señoras muy bien vestidas, dudosamente maquilladas, y que no gritaban, pero hacían muecas.

Lo que ocurría en el centro de la plaza era otra cosa muy distinta. Allí un individuo solitario, que pesaría apenas setenta kilos, esperaba la embestida de una bestia negra y cornúpeta de quinientos. Como un demonio colérico se abalanzaba el toro sobre el torero, levantando polvo y soltando babas. Y el torero quieto, espigado. El rostro prieto, pero sereno. Un movimiento ligero, elegante, casi una danza, sin moverse del sitio y el toro embistiendo al aire. Pasa una vez y otra, y el torero acaricia el lomo de la bestia que intenta matarlo. No ha pasado todavía un minuto y el monstruo se queda quieto, resollando, mirando impotente la fina estampa del torero. Este tira el capote y se acerca al bicho con la frente alta y pone la mano en su morro humeante. El público está fuera de sí y a mi lado un mastuerzo con la cara hinchada y roja grita: ¡Dale un beso hijoputa!

Allí, ante nosotros, un hombre se ha enfrentado a una bestia mucho más fuerte que él y ha vencido. ¿Su arma? La razón. En la corrida de toros lo que se celebra es la superioridad de la razón humana sobre la brutalidad natural. Como un escultor que impone una forma bella, proporcionada y racional a la roca salvaje, el torero le ha dado forma a la brutalidad con que la naturaleza se le imponía y ha convertido un huracán en una danza. También ha tenido que moldear la naturaleza que se le imponía desde dentro en forma de miedo. El torero ha debido sobreponerse al toro y a sí mismo y actuar conforme a las reglas del arte. El torero es capaz, incluso, de darse cuenta en milésimas de segundo de que va a ser cogido y, a pesar de eso, no moverse. ¿Por qué? Por el sentido del deber que, como decía Kant, es el único hecho por el que se nos manifiesta la razón pura.

El torero no es un hombre del montón. No es como el cazurro que gritaba a mi lado escupiendo trozos de morcilla. El torero pertenece a la raza de los héroes homéricos. Es posible que sea uno de sus últimos ejemplares. El torero se juega la vida sin necesidad, y no porque la desprecie, sino porque busca la inmortalidad. Como los artistas, y como Aquiles.

La civilización es una creación humana. Podríamos ser bichos muy listos, como los delfines, pero sin civilización. Para la mayoría de nosotros, la civilización es algo dado, como una segunda naturaleza, que casi nos hace olvidar la primera. Y lo que es peor, casi olvidamos que la propia civilización es algo contingente, que podría desaparecer. Los hombres han tenido que construir todo esto, y lo han hecho enfrentándose a la naturaleza, domándola. Muchos han muerto. A la naturaleza ha habido que ganarle terreno a base de técnica, razón y valor. Los que dominaron el fuego, cruzaron los océanos, construyeron ciudades e hicieron cumplir las leyes, no fueron tampoco hombres del montón. Probablemente en la corrida de toros tenemos el mejor y el único símbolo auténtico de la lucha del hombre, de la razón, contra la brutalidad.

Se equivocan los que creen que en Cataluña han prohibido los toros. Lo que han prohibido es a los toreros. A ese tipo superior de hombre. Y digo superior porque en el torero se da lo que desde los griegos conocemos como virtud: una razón serena capaz de dominar los instintos más viles y de esforzarse, jugándose la vida, con el único objetivo de ser mejor. ¿A cuántos hombres podemos ver así? El torero no pertenece, precisamente, a lo que Ortega llamó el ‘hombre masa’. Probablemente el público del torero sí.

La prueba de que lo que se prohíbe es a los toreros es que otro tipo de espectáculos donde sufre un animal son permitidos. Hablo de los encierros, las vaquillas populares y esas cosas. Eso no tiene nada que ver con lo que hace el torero. En los encierros el hombre se enfrenta al toro como un animal más. La única superioridad que muestra el hombre sobre el toro en estas fiestas es la numérica. Le vencen porque son más. En la corrida, el torero vence porque es mejor. Una corrida de toros es una lección de ética. En la corrida el torero se comporta como un hombre noble y racional; en el encierro, la masa se comporta como un animal cruel y mezquino. Sin embargo sería imposible prohibir los encierros: la masa es demasiado poderosa.

Toros y civilización (1)

Hace tiempo ya que arrastro una deuda, contraída ante una magnífica paella, de escribir algo sobre los toros. Mi compañero llximo ya ha hecho su parte en otras entradas, y es hora de quedar yo en paz. Sirva como introducción al tema un fragmento del libro Juan Belmonte, matador de toros, del cuasi olvidado Manuel Chaves Nogales, a quien desde aquí aprovecho para reivindicar. El libro es una biografía del famoso torero Belmonte (también conocido como El Pasmo de Triana) escrita como una autobiografía. He de decir que, independientemente del interés que sienta uno por el personaje, la novela-reportaje-autobiografía es deliciosa. En el fragmento, el matador trata de vencer al miedo que surge antes de la corrida y lo hace del modo más elegante: a fuerza de dialéctica:

El miedo llega sigilosamente antes de que uno se despierte, y en ese estado de laxitud, entre el sueño y la vigilia, en que nos sorprende, se adueña de nosotros antes de que podamos defendernos de su asechanza. Cuando el torero que ha de torear aquel día guiña un ojo al ras de la almohada y le hiere la luz de la mañana que se filtra por las rendijas, es ya una infeliz presa del miedo. El mozo de espadas, encargado de despertarle, lo sabe bien. Si no hay grande hombre para su ayuda de cámara, ¿qué torero habrá que sea valiente a los ojos de su mozo de estoques?

Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo con él una vivísima polémica.

No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o , al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un díálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural.

“Ea, mocito -me dice el miedo, con su feroz impertinencia, apenas me he despertado-: a levantarte y a irte a la plaza a que un toro te despanzurre. ”

“Hombre -replica uno desconcertado-, yo no creo que eso ocurra…”

“Bueno, bueno -reitera el miedo-; allá tú. Pero yo, que soy tu amigo de veras, te advierto que esto que haces es una temeridad. Llevas demasiado tiempo tentando a la fortuna.”

“No todo es buena fortuna. Yo sé torear.”

“A veces los toros tropiezan, ¿no lo sabes? ¿Qué necesidad tienes de correr ese albur insensato?”

“Es que como ya estoy comprometido…”

“¡Bah! ¿Qué importancia tienen los compromisos? El único compromiso serio que se contrae es el de vivir. No seas majadero. No vayas a la plaza.”

“No tengo más remedio que ir.”

“¿Pero es que crees que se hundiría el mundo si no fueses?”

“No se hundiría el mundo, pero yo quedaría mal ante la gente…”

“¿Qué más te da quedar mal o bien? ¿Crees que dentro de cinco años, de diez, se acordará nadie de ti ni de cómo has quedado hoy?”

“Sí se acordarán… Hay que vivir decorosamente hasta el final. Me debo a mi fama. Dentro de muchos años los aficionados a los toros recordarán que hubo un torero muy valiente.”

“Dentro de unos años, a lo mejor, no hay ni aficionados a los toros, ni siquiera toros. ¿Estás seguro de que las generaciones venideras tendrán en alguna estima el valor de los toreros? ¿Quién te dice que algún día no han de ser abolidas las corridas de toros y desdeñada la memoria de sus héroes? Precisamente, los gobiernos socialistas…”

“Eso sí es verdad. Puede ocurrir que los socialistas, cuando gobiernen…”

“¡Naturalmente, hombre! ¡Pues imagínate que ha ocurrido ya! No torees más. No vayas esta tarde a la plaza. ¡Ponte enfermo! ¡Si casi lo estás ya!”

“No, no, Todavía no se han abolido las corridas de toros. ”

“¡Pero no es culpa tuya que no lo hayan hecho! Y no vas a pagar tú las consecuencias de ese abandono de los gobernantes.”

“¡Claro! -exclama uno, muy convencido-. ¡La culpa es de los socialistas, que no han abolido las corridas de toros, como debían! ¡Ya podrían haberlo hecho!”

Advierto al llegar aquí que el miedo, triunfante, me está haciendo desvariar, y procuro reaccionar enérgicamente.

“Bueno, bueno. Basta de estupideces. Vamos a torear. Venga el traje de luces.”

“¡Eso es! A vestirse de torero y a jugarse el pellejo por unos miles de pesetas que maldita la falta que te hacen.”

“No. Yo toreo porque me gusta.”

“¡Que te gusta! Tú no sabes siquiera qué es lo que te gusta. A ti te gustaría irte ahora al campo a cazar o sentarte sosegadamente a leer, o enamorarte quizá. ¡Hay tantas mujeres hermosas en el mundo! Y esta tarde puedes quedar tendido en la plaza, y ellas segurían siendo hermosas y harán dichosos a otros hombres más sensatos que tú…”

Al llegar a este punto, uno se sienta en el borde de la cama, abatido por un profundo desaliento. El mozo de estoques va y viene silencionsamente por la habitación, mientras prepara el complicado atalaje del torero. Éste, como un autómata, deja que el servidor le maneje a su antojo. El miedo se ha hecho dueño del campo momentáneamente. Hay una pausa penosísima. El torero intenta sobornar al miedo.

“¡Si yo comprendo que tienes razón! Verás… Esto de torear es realmente absurdo; no lo niego. Hasta reconozco, si quieres, que he perdido el gusto de torear que antes tenía. Decididamente, mo torearé más. En cuanto termine los compromisos de esta temporada dejaré el oficio.”

“¿Pero cómo te haces la ilusión de salir indemne de todas las corridas que te quedan?”

“Bueno; no torearé más que las dos o tres corridas indispensables.”

“Es que en esas dos o tres corridas, un toro puede acabar contigo.”

“Basta. No torearé más que la corrida de esta tarde.”

“Es que hoy mismo puede…”

“¡Basta he dicho! La corrida de hoy la toreo aunque baje el Espíritu Santo a decirme que no voy a salir vivo de la plaza.”

El miedo se repliega al verle a uno irritado, y hace como que se va; pero se queda allí, en un rinconcito, al acecho. Uno, satisfecho de su momentáneo triunfo va y viene nerviosamente por la habitación. Luego se pone a canturrear. Yo empiezo a tararear cien tonadillas y no termino ninguna. Entretanto, voy haciendo las reflexiones más desatinadas. Por la menor cosa se enfada uno con el mozo de estoques y discute violentamente. La irritabilidad del torero en esos momentos es intolerable. Todo le sirve de pretexto para la cólera. El mozo de estoques, eludiéndole, le viste poco a poco. Y así una hora y otra, hasta que, poco antes de salir para la plaza comienzan a llegar los amigos. Antes de que llegue el primero, por muy íntimo que sea, uno le pega una patada al miedo y le acorrala en un rincón donde no se haga visible.

“¡Si chistas, te estrangulo!”

“¡Qué más quisieras tú que poder estrangularme! Anda, anda, disimula todo lo que puedas delante de la gente; pero no te olvides de que aquí estoy yo escondidito.”

“Me basta con que seas discreto y no escandalices”, le dice uno a ver si por las buenas se le domina.

Este altercado con el miedo es inevitable. Yo , por lo menos, no me lo ahorro nunca, y creo que no hay torero que se libre de tenerlo. El ser valiente en la plaza o no serlo depende de que previamente haya sido reducido a la impotencia este formidable contradictor, este enemigo malo que es el miedo. Para mí es, como digo, una cuestión de dialéctica.

Manuel Chaves Nogales: Juan Belmonte, matador de toros, ed. Libros del asteriode, 2009, pp. 214-218

El Toro de la Vega

[¡ y ya ves , otros que tienen tirria a los móviles!].

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Aunque no frecuento cosos, barreras, ni palcos, no me tengo por antitaurino . Venía yo fantaseando con un hipotético cartel de lujo con el toro Ratón y José Tomás al alimón, estoy convencido que llevaría a la Monumental al mismísimo Manuel Vicent -y al Carod y a mí- ¡que lo llevamos en la sangre!. Pero lo del Toro de la Vega es demasié. Y aunque me resultan simpáticas toda suerte de rarezas humanas, un tipo que en plena canícula corre por el secarral, tragando el polvo que levantan un centenar de caballos, blandiendo una lanza para perseguir a un toro de seiscientos kilos y que vuelve a la plaza del pueblo eufórico mostrando los testículos del animal ensartados como trofeo. Yo es que no me imagino, la verdad. Lo mismo se puede ir tan tranquilamente con él de cañas… mucha conversación no creo que dé ¡pero anda que como se le crucen los cables!.

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La verdad es que lo del Toro de la Vega tiene enjundia y el tono jocoso no le va. Espero que alguien sea capaz de tirar de ese ovillo con lucidez. Lo necesitamos.

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P S.  Actualmente el rabo -y no los testículos- es exhibido como trofeo.  Si es que nos estamos afrancesando…

Educación para la ciudadanía

 

Estas líneas pretenden invitar a una nueva reflexión sobre un asunto que nació entre furibundas discusiones, que desató los más violentos y pintorescos enfrentamientos [desde el inglés valenciano o el enseñar a poner(se) el condón de Blanco] sobre asuntos educativos que yo he conocido y que ahora [dicho en una afortunada expresión de Nigel Barley absolutamente certera para este asunto] asemeja “el tenso silencio de los borrachos de Glasgow”. Pero esa quietud de los bacantes no debe ocultar la persistencia de una cuestión no resuelta.

Comencemos a la manera española, excusándonos y pidiendo que no se nos confunda: como profesor de filosofía uno (en este caso yo) prefiere comentar junto a un “cultivado ” público de bachilleres de 17 años un texto de Descartes, una idea de Kant, una finesse de Nietzsche… y preferiría que fuese otro (o mismamente tú) quien hubiese de vérselas con tres docenas de treceañeros, la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No hay color. Y, dado por sentado lo único que en este asunto es obvio, pasemos a lo problématico.

Quizá todavía cae dentro de lo obvio -al menos me lo parece a mí- que la entrada en escena de “las ciudadanías” ha “enrarecido” materias sólidamente establecidas dentro de los departamentos de la filosofía, como la ética y la misma filosofía de bachiller. Aunque curiosamente la manera en que ha sido acogido por estos departamentos este “giro ciudadano” de la filosofía ha sido bien dispar; tenemos para elegir en un amplio arco desde el fervor a la abominación. Me gustaría aquí negar la abominación sin caer en el fervor, pero no pretendo recomendar resignación, ni tampoco simplemente hacer de la necesidad virtud -lo que por otro lado no viene de más en este asunto.

Las cuestiones que creo relevantes son:

1. ¿Consideramos necesario que el alumno al finalizar su ciclo de escolarización obligatoria tenga conocimientos básicos acerca del medio social, político y jurídico -nacional e internacional- en el que vive?

2. ¿Puede una asignatura como Educación para la ciudadanía contribuir a este propósito?

Mi respuesta a ambas preguntas es sí. Respecto a la primera pregunta, me parece tan esencial ese conocimiento como que el alumno conozca el medio geográfico y natural. Respecto a la segunda, me parece que la materia de Historia dada la inmensidad de contenidos a abarcar no puede cumplir satisfactoriamente esa labor. Por supuesto quedan abiertas multitud de cuestiones acerca de la forma más correcta de introducir una materia de este tipo dentro de los planes de estudios actuales, horas disponibles y cursos etc… No tratamos de estos detalles aquí, pues no es el objeto de este escrito; aunque sin duda son importantes, pues de ellos (de los detalles) dependerá el éxito del asunto. La posibilidad de una materia de ética y ciudadanía (Educación ético-cívica) de tres horas en 4º parece una posibilidad atractiva. Su cara gris es que podría  soslayar los contenidos de los que hablábamos, que podrían quedar en un “segundo o tercer plano”. Evitar este soslayamiento con una vigilancia férrea del cumplimiento del programa abre posibilidades muchos menos atractivas que las que al principio imaginábamos. Caben otras fórmulas en las que estos contenidos se dividen en dos materias con diferente asignación de carga lectiva, como las efectivamente vigentes en las distintas comunidades, cada una sujeta con sus virtudes y defectos a discusión. Personalmente la formula que menos me gusta es dos horas para ciudadanía y una para ética. Pero no es este el tema.

Imagino que, quizá, los más escépticos ante las “ciudadanías” me dirán que ellos no desaprueban una materia de tipo científico descriptivo que trate los contenidos citados, sino que desaprueban ciertos supuestos ideológicos nada científicos presentes en el curriculum de la materia y que hacen de ésta una forma de ideología de cariz adoctrinante más que un campo de conocimiento abierto a la verdad y a la crítica. Pues bien, lejos de esconder la inmudicia bajo la alfombra lo que propongo es sacar cuanta hubiera a la luz, no por el placer de mostrarla sino con la esperanza de poder deshacernos de ella.

PS. Desde luego no me vale lo de otra hora para inglés o para mates.

El mundo en escena

 

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Antonio Machado

 

Puesto que el grupo era muy reducido en número, a priori no conflictivo, de apariencia apacible y que presumía con moderado interés por la materia -optativa y sin presencia en la PAU-, tomé la decisión de introducir durante este curso alguna novedad en la asignatura de Sociología de 2º Bachiller; como en años anteriores pretendía apoyar los conceptos teóricos en un conocimiento concreto de la realidad social, entonces habíamos recurrido a prensa, internet, cine, música, etc… para ilustrar un recorrido por los tópicos de la sociología de la mano del ya clásico manual de Anthony Giddens. Todo esto lo hemos conservado en el curso vigente, pero hemos dado entrada -y con rango de vedette- a la literatura. Lectura y reflexión en común y en voz alta de una obra literaria por trimestre. No es país para viejos de Cormac McCarthy ha sido la obra que nos ha introducido en el análisis social, el tema teórico de fondo “Conformidad y desviación” (Capítulo 5. Sociología de Anthony Giddens) . Estaba convencido de la fuerza de este relato para servirnos de hilo conductor y de su pertinencia para una reflexión acerca de la sociedad, aunque tenía dudas por su dureza. Pero quien quiera asomarse al conocimiento social no puede andarse con demasiados melindres, como no tardó en confirmar la realidad; los temas apuntados en la novela aparecían cada semana en las noticias de actualidad: la pena de muerte, la violencia, la atroz criminalidad y la corrupción esencial al problema del narcotráfico, la asimetría en las relaciones entre los Estados Unidos y México (país rico, país pobre). La novela consiguió cautivarnos desde las primeras páginas. La había leído un par de años antes y, aunque también había visto la película que encumbró a Bardem, la relectura me ha resultado especialmente interesante; leer junto a alumnos te obliga a plantearte cada detalle; a ligar cabos, pero sobre todo a buscar interrogantes para evitar que la lectura caiga en la monotonía mecánica que convierte las palabras en rumor. Pero no ha ocurrido nada semejante. La lectura ha sido siempre atenta, minuciosa. No hemos (el plural es aquí rigurosamente real y no figurado) escatimado reflexión, ni imaginación, hemos formulado preguntas y hemos sugerido hipótesis, hemos atendido a los hechos (hasta hemos perseguido a los personajes con un mapa de Texas y la frontera mexicana ) Pero nuestras reflexiones no se han limitado a lo “sociológico”, ni a lo geográfico, ni a lo empírico; en muchas ocasiones han consistido en una auténtica antropología filosófica, por ejemplo al intentar analizar los carácteres y motivaciones de los personajes principales, el malogrado Moss, el sheriff Bell, sus mujeres (Carla Jean y Loretta), especialmente recuerdo nuestra imposibilidad para encajar a Chigurh (el sicario “psicópata” pleno de celo por hacer “bien” su “trabajo”) dentro de la concepción platónica del alma humana, pues no le mueve el afán de conocimiento, pero tampoco el dinero, la riqueza, ni el placer, ni la fama [Tampoco el mal en sí mismo. Ahora pienso que quizá éste es un “verdadero” exponente de hombre moderno y de puritanismo (no descarto un componente de broma cruel intencionada por parte del autor) ; exponente de una razón formal que solo alcanza a entender al hombre como medio, en una especie de perversión del deber kantiano, del que se hubiera extirpado la consideración del hombre como fin en sí mismo, cuya vida carece de cualquier valor en sí misma, de toda dignidad en suma, y cuyo único sentido es el trabajo, el servicio… ¡como para fiarse de los profesionales vocacionales! -Este aspecto de la personalidad de Chigurh me pareció que se pierde en la película, aunque mi recuerdo no es preciso ].

No han estado tampoco ausentes las reflexiones acerca de la escritura y de la experiencia lectora.

Sin duda ha sido una de las experiencias más gratificantes como docente que recuerdo. Aunque desgraciadamente es fruto de una serie circunstancias anómalas -y difícilmente repetibles- en la enseñanza normal. Lo cierto es que estoy ilusionado con las posibilidades del próximo trimestre en el cual el hilo conductor vendrá dado por la lectura de El antropólogo inocente de Nigel Barley. Estoy convencido de que la experiencia africana va ser muy instructiva… más si cabe que la anterior.

Pero antes tenemos una cita pendiente con la película Gran Torino.

 

Vuelve el Santo Oficio

“Vuelve el Santo Oficio” es el diagnóstico de Savater , creo que acertado, ante la resolución del Parlament: El ciudadano Morante y sus actividades quedan proscritas en Catalunya.

Coda. Sus seguidores y admiradores pueden seguir disfrutándolo en Castellón.

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