Sábado Santo con Wittgenstein

Los amigos nos siguen haciendo llegar reflexiones:

Sábado Santo con Wittgenstein. Sábado 22 de marzo de 2008

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Und außerhalb der Logik ist alles Zufall
Y fuera de la lógica todo es accidental -casualidad.
Wittgenstein

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La única necesidad estricta es, pues, la necesidad lógica. ¿Son las leyes naturales entonces puramente accidentales o contingentes? Sí. En varios sentidos:

1. Efectivamente la ciencia –natural o cualquier otra que trate de hechos, como la historia- da razón de determinados hechos, y la manera en que lo hace es enlazándolos con otros hechos, pero estos enlaces carecen en sí mismos de necesidad lógica y son por tanto accidentales –al menos desde la perspectiva de la estricta necesidad lógica.

2. La ciencia explica unos hechos enlazándolos con otros, pero la serie de enlaces es infinita y por tanto ha de quedar necesariamente inacabada esta tarea. De esta manera la explicación de cualquier fenómeno es siempre parcial y condicionada –contingente – y nunca total, incondicionada u absoluta.

3. Lo más sorprendente estriba en que si la serie de fenómenos y enlaces fuese una serie finita y pudiésemos alcanzar a conocer la serie completa, entonces el conjunto total aparecería como inexplicable, como absolutamente contingente. ¿ Absolutamente enigmático?

4. ¿Por qué el ser y no la nada?

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6.371

Toda la moderna concepción del mundo se funda en la ilusión de que las llamadas leyes de la naturaleza son las explicaciones de los fenómenos naturales.

6.372

Así, la gente se aloja hoy en las leyes de la naturaleza, tratándolas como algo inviolable, justo como Dios y el Destino, fueron tratados en época pasadas.

Y, de hecho, ambos tienen razón y no la tienen: aunque la opinión de los antiguos es más clara en cuanto tiene un límite claro y reconocido, mientras el sistema moderno intenta que parezca como si todo estuviera explicado.

Wittgenstein. Tractatus logico-philosophicus

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¿Salud sostenible?. Democracia y crisis. Los peligros de las coartadas.[Insistiendo].

Lo que no se puede es destruir un sistema que es históricamente el más justo de los que hemos tenido.  Adela Cortina

Comenzaba 2012 y nos hacíamos eco del artículo de Adela Cortina. Lo ocurrido durante estos meses hacen aún más patente su pertinencia. Así que lo reponemos, juzguen, ustedes:

Recomendamos la lectura del artículo de Adela Cortina ¿Salud sostenible?. Efectivamente debemos estar atentos a las decisiones políticas; el desempleo y la crisis económica no pueden ser coartadas que justifiquen cualquier decisión -y desde luego, no aquellas de dudoso aspecto democrático. Pues la historia nos ha mostrado en numerosas y tristes ocasiones como la democracia peligra en los momentos de crisis.

Lo que no es de recibo entonces, […] es aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, recurrir verbalmente a la necesidad de recortar gastos para cumplir con nuestros socios europeos de una manera rápida, y con esa coartada transformar el Sistema Nacional de Salud, o los 17 sistemas que conviven en España, para que dependan menos de las Administraciones públicas y más del sector privado, sin explicar a los ciudadanos hacia dónde se quiere ir ni someterlo a discusión pública.
Es la vieja política de los hechos consumados, en absoluto democrática, que en este caso juega con la confusión entre la legítima aspiración a no despilfarrar recursos públicos en sanidad y el deseo ilegítimo de cambiar un modelo sanitario por otro sin que las gentes se den cuenta apenas, preocupadas como están sobre todo por el desempleo y la situación económica. […]
Si necesitamos nuevas fórmulas, es hora de presentarlas y deliberar ampliamente sobre ellas. Pero lo que no puede hacerse es destruir sin razones plausibles, sin discusión, un sistema que ha conseguido ser históricamente el más justo de los que hemos tenido.

Adela Cortina. El País.

Y lo que Adela plantea aquí respecto de la sanidad es válido para cualquier otro ámbito del espacio público -político*

Por ejemplo, para el educativo.

Posible esquema para el análisis social. 1º BACH

Este libro sólo será entendido quizá por quien alguna vez haya pensado por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o, al menos, pensamientos parecidos. No es éste un libro de texto. Su objetivo lo alcanzaría si procurase placer a quien lo leyera comprendiéndolo.

Ludwig Wittgenstein.Tractatus logico-philosophicus

I. Introducción

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1. Autor y obra.

2. Presentación de la obra.

Argumento, tema, propósito del autor. Personajes

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II Análisis social

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1. Estado e instituciones políticas Régimen político, sistema de gobierno y legitimación del poder.

2. Sistema económico : Trabajo y tecnología.

3. Estructura social. Estratificación social: esclavismo, castas, estamentos, clases sociales. Movilidad social. Grupos de socialización (agentes de socialización, sistema educativo, medios de comunicación.) Familia y sistemas de parentesco. Monogamia, poligamia, poliandria, poliginiaConflictos y actitudes frente a la diversidad cultural: Etnocentrismo, relativismo cultural, universalismo cultural.

4. Género y desigualdad.

5. Religión. Monoteísmo, politeísmo.. etc

6. Lenguaje.

7. Derecho y justicia.  La Declaración de Derechos humanos.  Leyes, delitos, penas, instituciones penitenciarias. Policía, militares La guerra. Normas y valores morales.

8. Arte. Valores estéticos.

9. Medio natural, urbanismo etc.

10. Otros : Ocio y tiempo libre. Sexualidad. Drogas. Sanidad, salud y enfermedad, sistema sanitario.

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Observación para los alumnos de 1º BACH

El esquema siguiente contiene los temas fundamentales a los que debemos prestar atención en la lectura del libro que hayamos elegido. No todos los libros reflejarán todos -ni los mismos- aspectos. Algunas cuestiones que consideremos fundamentales podemos completarlas con información externa al libro . En definitiva lo que se espera de esta actividad es una lectura atenta del libro con especial atención a la sociedad que éste nos refleja.

El poder y la censura. A propósito de una lectura de Coetzee

 

 

Un viejo conocido me hace llegar este escrito que espero sea de su agrado:

1. Censura y locura.

 

En su libro Contra la censura, refiere Coetzee el caso de Osip Mandelstam, quien compuso un poema paródico y crítico a Stalin. No lo escribió sino que lo recitó varias veces a amigos suyos, un día la policía política asaltó su casa en búsqueda de tal poema, no pudieron encontrar nada, pues el poema sólo existía en la mente de Mandelstam y sus amigos, pero Mandelstam fue detenido. Stalin llamó a Boris Pasternak y le preguntó, quién era Mandelstam y si era un Maestro; Según Coetzee, Pasternak entendió la parte implícita de la pregunta, ¿podemos deshacernos de él?, y consecuentemente contestó: sí, es un maestro, -no podemos deshacernos de él- . Mandelstam fue condenado al exilio interior, allí presionaron a Mandelstam para que escribiese un poema en alabanza de Stalin; Mandelstam cedió.

 Nunca sabremos sus sentimientos sobre aquella oda, no sólo porque no lo escribió, sino también porque –como dice convincentemente su esposa- cuando la escribió estaba loco, loco de miedo, tal vez, pero también loco de la locura de una persona que no sólo sufre el abrazo de un cuerpo que detesta sino que también debe tomar la iniciativa, día a día, línea tras línea, de acariciar a ese cuerpo.

Hacer que los grandes artistas de su época le rindieran pleitesía era el modo que Stalin tenía de destrozarlos, de hacerles imposible ir con la cabeza bien alta.

Contra la censura. J.M.Coetzee.

Casos como éste son innumerables en la historia; el número de censores era muy superior al número de escritores en estados como la antigua URSS, DDR, Sudáfrica y un largo, muy largo etc. Los súbditos de estos estados, educados en la desconfianza mutua, acaban por reproducir el mal del Estado: la paranoia, y de esta enfermedad no se libran los artistas, ni los escritores e intelectuales.

Nuestra salud mental depende de qué sepamos hacer frente a la pasión por silenciar.

En  John_Stuart_Mill encontramos a uno de los grandes héroes en esta lucha. En George Orwell un manual de diagnóstico, un desenmascarador y un guía.

2. Contra la censura. Literatura y revolución.

 

Coetzee apunta las diferencias entre la censura ejercida en la Rusia zarista y la ejercida durante la época soviética.

A pesar de la arbitrariedad de ambas, refiere Coetzee una diferencia notable entre ellas; la censura zarista no se funda en ninguna teoría sobre lo censurable, es meramente pragmática, se trata de impedir “la avalancha de doctrina subversiva extranjera”. No hay ninguna forma estética sospechosa en sí misma, se censura en función del contenido.

En cambio en la Unión Soviética se censura en función de una teoría que se dice marxista, la literatura había de exhibir: entusiasmo partidista, conciencia ideológica, conciencia respecto al pueblo. Esta última exigencia rechazaba todo arte que no fuese inteligible para las masas. La literatura se consideraba que debía “servir a la causa de la construcción del socialismo y extraer sus héroes y heroínas de entre los trabajadores y trabajadoras” , “reeducación de los trabajadores en el espíritu del socialismo. Desde este modelo se denunció la “mezquina preocupación por la vida y los asuntos privados”.

Veamos la opinión que le mereció a Jruschov una exposición de nueva pintura que vio en Moscú en 1962

“como si un niño se hubiera hecho sus necesidades en el lienzo –dijo- y luego lo hubiera esparcido con las manos” “No gastaremos ni un kopec en esta mierda. El pueblo y el gobierno se han tomado muchas molestias por vosotros (los artistas) y vosotros lo pagáis con esta mierda.. vuestras pinturas sólo provocan estreñimiento a la gente”

Una aspiración –sueño- de las autoridades soviéticas era que la censura desapareciese conforme el ideal soviético fuese interiorizado, de aquí la importancia que daban a la crítica y la autocrítica, en el sentido de ” autoexamen- arrepentimiento-propósito de enmienda”

Veamos un testimonio, la confesión de Margarita Aligier ,1957, ante la Unión de Escritores.

Ahora puedo, sin ninguna evasión, ni reserva, sin ningún falso temor a perder mi sentido de valía personal, decir franca y firmemente a mis camaradas que es completamente cierto que cometí los errores de los que habla el camarada Jruschov. Los cometí, persistí en ellos, pero ahora lo he entendido y admitido meditada y conscientemente……. he logrado comprender más profundamente las causas de mis errores… Ahora debo ser más exigente conmigo misma, liberarme del pensamiento abstracto, corregir mis opiniones más rigurosamente… en resumen hacer lo que el camarada Jruschov enseña y pide con insistencia en sus discursos”

3. Ofenderse.

 

[Seguimos con la lectura de Coetzee, Sobre la censura. Lo que sigue son unas ideas sacadas del primer capítulo del libro y que no me molesto en citar. Las opiniones, pues, son suyas, o al menos lo que yo creo haber entendido –o malentendido- Pero no hay problema, cualquiera puede abrir el libro y cerciorarse por sí mismo.]

El hecho de sentirse ofendido está ligado al sentimiento de debilidad, de vulnerabilidad, por supuesto esa vulnerabilidad puede no ser real, puede ser simplemente subjetiva o una simple premonición, pero sin ella no se produce el sentimiento de ofensa. Cuando alguien se siente ofendido al rebatírsele una opinión lo que se prueba es la debilidad de la opinión, por el contrario cuando se siente seguridad ante la propia opinión, las ofensas, los insultos, son acogidos incluso con una sonrisa. Es fácil desde esta posición explicar la propensión al sentimiento de ofensa y a la indignación del débil. Pero, ¿no puede ofenderse el poderoso? sí, cuando siente amenazado su poder -o presiente que puede ser privado de él- entonces muestra su debilidad; de hecho eso es lo que busca el provocador: colocar al poderoso al mismo nivel de vulnerabilidad, lo curioso aquí, es que el fuerte no puede reconocer el motivo de ofensa pues con ello menoscaba su propia posición, y se sitúa ya en posición de debilidad; debe, pues, mantener silencio sobre el motivo de la ofensa; esto podría explicar porque la peste de los poderosos es el delirio paranoico.

Con lo siguiente creo que también estaría de acuerdo Coetzee:

No deberíamos deducir de lo anterior que hay que tomar a risa la voluntad de ofender; Aquiles tenía su talón. Tampoco el deseo de venganza de los ofendidos; ese es quizá el nervio de la obra de Nietzsche.

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