Novelas de dos chelines, lecturas estivales.

Llevamos algunos cursos ocupados con la lectura de la Fenomenología del espíritu.  No es una lectura sencilla, pero con la asiduidad uno se familiariza con el lenguaje y los giros del pensamiento y le parece estar comprendiendo lo que al comienzo le parecía ininteligible.  También se teme, sin embargo, no estar sino ante una conversión y una reproducción tan confiada como inadvertida del sinsentido.

En estas llega el verano y uno rescata de un estante una biografía ­-un buen tocho repleto de conocimientos acerca del filósofo. Puede ser una buena idea rebajar la abstracción; quizá acercarse al contexto histórico, cultural y psicológico del pensador permita el acceso a la inexpugnable filosofía.

No es necesario llegar al centenar de páginas para percatarse de que este es un camino tan frecuente como equivocado. Se detallan una infinidad de contingencias cuya realidad es de por sí más que discutible, pero cuya interpretación en relación al pensamiento es sencilla y necesariamente arbitraria. Las más de ochocientas páginas en lugar de servir a la aclaración del pensamiento sirven para darle el definitivo esquinazo, pues cuando algo debe decidirse desde la lógica «debe poder decidirse sin más». Y de aquella manera la dificultad de la filosofía no es allanada, sino sustituida por la supresión misma de su actividad.

Uno debe decidir y decide: «provisionalmente» devuelve el mamotreto a su reposo en el estante.  Después de todo, si no se hubiese de filosofar sería mejor no hacerlo.

De señores y esclavos -del ser para sí y del ser para otro- desde la lectura de Hegel

No hay señor sin esclavo, ni esclavo sin señor. Y esto es cierto en todos los ámbitos; en el social-universal y en el individual-particular.

No puede prevalecer el uno sobre el otro sin que la victoria de uno signifique la muerte de ambos.  No cabe la utopía -quizá la más fea distopía- de una sociedad de esclavos liberados convertidos en señores, ni tampoco el sueño conservador de una clase de señores pastoreando ovejas.

Son dos posiciones, dos momentos, siempre juntos y en oposición; cada cual es fatalmente su propio señor y su propio esclavo en lucha e inversión continua.  Sin apaciguamiento.

La individualidad, como la realidad de lo universal.

Exposición de un fragmento de la Fenomenología del espíritu de Hegel. Páginas 229-231 En la edición de FCE traducida por Wenceslao Roces

Introducción

Este apartado tiene una estructura muy típica del estilo hegeliano en La Fenomenología del espíritu; en el primer párrafo resume lo que va a desarrollar en los párrafos siguientes (II, III, IV, V). Asistimos a la transformación  de la conciencia, mediante la experiencia de sí misma,  que culminará en una nueva comprensión de la relación individual-universal;  punto de  inicio para  una nueva forma de la conciencia, la más perfecta, al menos, de las aparecidas hasta el momento: La individualidad que es para sí real, en y para sí misma. Esta figura es objeto del capítulo siguiente de la Fenomenología del espíritu.

Aunque quizá es algo muy evidente, quiero resaltar, aunque solo sea en interés de mi propia comprensión,  que de lo que aquí tratamos es de formas -modos- de la conciencia o ,mejor dicho, de la autoconciencia:  formas o  modos como  la conciencia se comprende a sí  misma:

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Semblanza de un hombre valiente

Fernando Savater es uno de esos raros seres a los que el tiempo mejora. El que aparentaba un joven sofista presuntuoso va adquiriendo el aspecto de un Sócrates venerable.

Su semblanza física es incuestionable; complexión robusta, achaparrada, amplio cuello, rostro burlón, feo y feroz. Se cuenta que habiendo sido derrotado el ejército ateniense, sus guerreros huían en desbandada abandonando sus armas y pertenencias en el campo de batalla; sin embargo, Sócrates se detenía para recoger y cargar con su amigo Alcibíades herido en la lucha. Ningún enemigo se atrevía a acercarse; tal temor les infundía su mirada y energía. Semejante efecto creo que causa la irónica dialéctica de Fernando Savater entre sus adversarios.

Como a Sócrates, también a Savater se le ha visto en malas compañías [se le ha reprochado]. Y, como Sócrates, recluta sus crecientes detractores, aparte de entre algunos despistados, entre aquellos «respetables» que juzgan la propia reputación por la del vecindario, entre los convencidos con verdades y bastones compartidos, y entre los hipócritas a quienes su mirada desnuda.

Hoy he confirmado la semejanza entre ambos. En el Banquete a Sócrates se le compara con esas cajas en forma de silenos que al abrirse contenían las más bellas estatuas, estatuas de dioses. Dice Alcibíades: «pasa toda su vida ironizando y bromeando con la gente, mas cuando se pone serio y se abre, las imágenes de su interior, yo las he visto y me parecieron extremadamente bellas, admirables y divinas»

Basta leer el artículo de hoy para reconocer en Fernando Savater a uno de esos silenos. El contenido del artículo y el poema al que alude -«Las cosas» de Borges– me han recordado  este otro de José Luis Hidalgo:

Y no está. Sencillamente

lo van diciendo las cosas.

El sitio en que tantas veces

se sentara silenciosa

para mirarme soñando

un alto sueño sin sombras.

La puerta que ella cruzara

alegre, plena y gozosa.

El libro que ella mirara …

Y no está. Sencillamente

lo van diciendo las cosas.

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