Leer la Fenomenología del espíritu de G.W.F. Hegel. Actualizado

1. El chiste y el concepto

De Hegel se dice que es uno de los filósofos de más difícil lectura. Y lo es, seguramente. Hoy se me ha revelado la razón de esta dificultad -es posible que ya muchos otros hayan experimentado esta revelación:  Hegel escribe en alemán. Es conocido el chiste de aquel que preguntado por el tema del libro que estaba leyendo dijo : no sé, está escrito en alemán y el verbo viene al final del segundo volumen. Pues eso, justamente, pasa en la Fenomenología; que te va arrastrando y solo al final aparece el Verbo.

Una certeza: la segunda lectura parece que es impepinable.

Dos dudas: ¿ Qué fue primero la Fenomenología o la lengua alemana? ¿ El chiste o el concepto? 

Joaquín  Llerena

2.  La ironía y el corazón

Que le hagan reír a uno siempre es de agradecer. Y más aún cuando el tema del chiste es precisamente el que a uno le trae de cabeza; pues a la satisfacción de la risa se le añade entonces la de la venganza. Aunque reírse uno de lo que a uno le ocupa y preocupa sea también, efectivamente, reírse y vengarse de uno mismo.

Yo quería responderte con otro chiste; pero, como no se me ocurre ninguno, voy a contarte algo que te hará reír si piensas que no lo digo de corazón, sino con ironía:

Hegel me pasma por su profundo dominio del lenguaje. Media Fenomenología ya merece dos premios Nobel. No hay nadie como él para describir lo que ya no es pero que todavía no es; lo que no está ni se encuentra en ninguna parte, sino en el todo, esa superación de la contradicción parmenídea que llamamos movimiento. Nadie ha expresado tan claramente como él la ambigüedad y la confusión de la que vienen y a la que vuelven todas y cada una de las cosas; es el rey de la oscuridad, de la noche de ese “más-allá-más-acá” que encierra y es encerrado por cada cosa . Y además se ha atrevido a decir qué es eso: yo, persona humana -libre, absoluta autoconciencia.

PS. Quizá debí añadir que la Fenomenología de Hegel expresa al final, en efecto, el verbo como el concepto absoluto, el concepto in-determinado -entendiendo ese “in” como superación, como negación que asume lo que niega yendo más allá de ello. Y en este sentido la Fenomenología es la gran concepción si no la gran parida; es el verbo haciéndose carne o la carne haciéndose verbo, es el concepto cobrando vida, la epistemología convertida en ontología existencial. El precio que hay que pagar por ello es su oscuridad. Regalado para quienes gustan de ese bucear, de ese ir al fondo de las cosas que es el pensar.

Juanjo Bayarri

3. Una experiencia y el interior

Compré la Fenomenología del Espíritu hace unos veinte años, con la carrera de Filosofía recién terminada. Mi conocimiento de Hegel era vagamente abstracto. Aquello de Tesis, Antítesis, Síntesis, que ni siquiera es de Hegel, y poco más. No sé por qué lo compré. Tal vez en aquel momento pensé que un licenciado en Filosofía debía tener ese libro. Y ahí quedó el libro, hasta ahora, con el mérito de haber sobrevivido a cuatro mudanzas. No niego haberlo rondado e incluso haberlo hojeado rápidamente. Estas rápidas incursiones en el texto, sin embargo, sólo me confirmaban su inexpugnabilidad. No había manera de entrar ahí sin ser rechazado, para mí Hegel era pura e inmediata exterioridad. 

En veinte años da tiempo a muchas cosas y en algún momento, explicando algo en clase, se me ocurrió la idea de sostener, ante los alumnos, que una silla es invisible. Para provocar, claro. 

Hay un momento de inmediatez en la silla que tenemos ahí delante, que vemos, pero eso no es la verdad de la silla. La silla verdadera es una totalidad de momentos que no nos son dados. Y sin embargo, el pensamiento se remonta por encima de lo inmediato, negando su carácter verdadero y alcanza a pensar en la verdadera silla. Pero cuando se alcanza a pensar en la verdadera silla como esa totalidad, el pensamiento no se está representando algo distinto de sí. En ese momento, el pensamiento mismo está produciendo la verdadera silla, está siéndola como totalidad de sus momentos, totalidad no es real sino en ese medio del pensamiento, aunque en esa silla no pueda uno sentarse (ni la totalidad puede tenerlo todo). En ese pensamiento de la silla parece que vienen a confluir el sujeto y el objeto, remitiéndose el uno al otro. Pero lo que se disuelve es la verdad de la silla como simple cosa que está ahí

No sé si fueron estos pensamientos u otros los que me colocaron en disposición de creerme que sabía de qué hablaba Hegel, sin haberlo leído, por supuesto. Tal arrogancia es frecuente y, cuando la observamos en otros, nos resulta irritante, pero en nosotros mismos no sólo la disculpamos, como tantas otras faltas, sino que nos vanagloriamos de ella. A veces, además, tenemos el atrevimiento de despreciar al autor y considerar prescindible su lectura. Por suerte no fue mi caso. 

La situación en la que me encontré era que, por un lado, me consideraba en posesión de una comprensión íntima del interior de la Fenomenología. Por otro, pues ahí estaba el libro, insultantemente exterior y todavía inexpugnable. De alguna forma mi pensamiento estaba en el interior de un exterior en el que no había entrado y el libro acabó siendo un exterior que, no dejándome entrar, me tenía preso. Y ahí empieza la lectura de la Fenomenología del Espíritu, como el intento desesperado, y tal vez condenado al fracaso, de que, por una parte ,el interior del que disponía penetrara en la sinuosa riqueza del texto, dándole sentido, volviéndose realmente interior al mismo; y por otra parte, que ese exterior se abriera y me permitiera acceder a sus secretos, mostrándose como verdadero exterior que expresa, y no máscara que oculta. Leer la Fenomenología, para mí, consiste en hacer la experiencia de descubrirme en ella. Por eso la Fenomenología no puedo leerla empezando por el principio, que será el sujeto, digo yo, ni por el final, donde se dice que está el verbo, la Fenomenología hay que leerla desde dentro. La primera lectura ha de ser, en cierto modo, ya la segunda. Y si esto nos da pereza, amigos, pues es mejor leer una novela, que también las hay muy buenas. 

Felipe Garrido

4. La dificultad de conceptualizar una realidad dinámica y la tentación de enmudecer.

¿Se puede conceptualizar una realidad dinámica?
La lectura de la Fenomenología del Espíritu me está resultando apasionante, fascinante y desconcertante a partes iguales. Esto quiere decir que, en cierto modo, está rompiendo moldes preestablecidos de lo que yo entendía por pensar. Dado que el instrumento del pensamiento es el lenguaje, resulta imprescindible, a mi modo de ver, delimitar bien el contorno de los conceptos que se van a utilizar para alcanzar esa “misión de claridad” que Ortega le atribuía a la filosofía. Además, venía de leer a Gustavo Bueno, para quien la filosofía consiste precisamente en definir; de hecho, suele comenzar sus obras definiendo los conceptos que va a utilizar. Las cosas claras desde el principio. Por último, baste como ejemplo clásico el hecho de que Platón dedicara diálogos enteros a perseguir la definición de un determinado concepto. En definitiva, a lo que la filosofía debía aspirar es a la claridad y a la distinción. Pues bien,en Hegel ni se definen conceptos ni hay claridad, ni hay distinción (una cosa es consecuencia de la otra). Utiliza conceptos metafísicos clásicos como necesario, contingente, destino, fin, esencia, conciencia, universal, razón o espíritu; sin embargo, no los define en ningún momento. Y no podía ser de otro modo, dado que ya en la introducción deja claro que su concepción de la realidad es dinámica, y no estática, y definir no es otra cosa que fijar la realidad, enrigidecerla, que diría Unamuno. Como consecuencia de este dinamismo, Hegel va deslizando los conceptos como quien no quiere la cosa y sin previo aviso, exigiendo al lector que buenamente se forme una idea sabiendo que no está todo dicho acerca de ese concepto. En la Fenomenología todo cuanto el lector cree haber entendido está condenado a desvanecerse en el párrafo siguiente. Nada permanece. Parece que incluso Hegel utiliza esos conceptos metafísicos dando por sabido cuaĺ es el alcance de su significado según el momento de despliegue de la realidad en el que nos encontremos. Y eso es lo que me ha resultado más desconcertante de la lectura de la Fenomenología, que intente apresar una realidad dinámica valiéndose del aparato conceptual de la metafísica clásica; a realidad dinámica, conceptos dinámicos, vendría a decir a Hegel. Y no cabe duda de que en este punto nuestro autor es coherente, pues los conceptos que aparecen en la Fenomenología están en permanente construcción, evitando toda definición fijadora. Sin embargo, ¿hasta qué punto es posible utilizar conceptos cuyo significado ignoramos por encontrarse los mismos en permanente construcción a través de diferentes momentos y figuras? …¿ acaso no sería más coherente la postura de Crátilo,el discípulo de Heráclito, quien enmudeció por entender que había un abismo entre el lenguaje fijador y la realidad fluyente?

Emérito P. Maestre

Semblanza de un hombre valiente

Fernando Savater es uno de esos raros seres a los que el tiempo mejora. El que aparentaba un joven sofista presuntuoso va adquiriendo el aspecto de un Sócrates venerable.

Su semblanza física es incuestionable; complexión robusta, achaparrada, amplio cuello, rostro burlón, feo y feroz. Se cuenta que habiendo sido derrotado el ejército ateniense, sus guerreros huían en desbandada abandonando sus armas y pertenencias en el campo de batalla; sin embargo, Sócrates se detenía para recoger y cargar con su amigo Alcibíades herido en la lucha. Ningún enemigo se atrevía a acercarse; tal temor les infundía su mirada y energía. Semejante efecto creo que causa la irónica dialéctica de Fernando Savater entre sus adversarios.

Como a Sócrates, también a Savater se le ha visto en malas compañías [se le ha reprochado]. Y, como Sócrates, recluta sus crecientes detractores, aparte de entre algunos despistados, entre aquellos «respetables» que juzgan la propia reputación por la del vecindario, entre los convencidos con verdades y bastones compartidos, y entre los hipócritas a quienes su mirada desnuda.

Hoy he confirmado la semejanza entre ambos. En el Banquete a Sócrates se le compara con esas cajas en forma de silenos que al abrirse contenían las más bellas estatuas, estatuas de dioses. Dice Alcibíades: «pasa toda su vida ironizando y bromeando con la gente, mas cuando se pone serio y se abre, las imágenes de su interior, yo las he visto y me parecieron extremadamente bellas, admirables y divinas»

Basta leer el artículo de hoy para reconocer en Fernando Savater a uno de esos silenos. El contenido del artículo y el poema al que alude -«Las cosas» de Borges– me han recordado  este otro de José Luis Hidalgo:

Y no está. Sencillamente

lo van diciendo las cosas.

El sitio en que tantas veces

se sentara silenciosa

para mirarme soñando

un alto sueño sin sombras.

La puerta que ella cruzara

alegre, plena y gozosa.

El libro que ella mirara …

Y no está. Sencillamente

lo van diciendo las cosas.

Tres reflexiones breves acerca de la realidad y la raíz del filosofar.

I Vapor de Mencia.

Decía Fernando Savater que se va a la filosofía como quien va a Lourdes. Y no menos caminos llevan a Lourdes que a Roma.

Así de la filosofía se dice que es el camino a la Sabiduría, a la Verdad, la Justicia, el Bien, la Belleza… Pero «esas palabras que se llaman filosofía» nacen, según algunos,  de la admiración; de la sorpresa ante la realidad, ante el ser. Pero no ante una realidad ajena, independiente, que el pensamiento hubiera de desvelar, sino una realidad en la que el pensamiento se encuentra inmerso y extrañado; una realidad con ese doble carácter propio y ajeno. Es esta una filosofía que no es una ontología meramente teórica, sino existencial.

El pensamiento permanece junto a este problema [por qué el ser y no la nada] en su vecindad. Acaso no consiga avanzar un solo paso en este trayecto, pero desde él adquieren otra luz aquellos otros: la verdad, la justicia, el bien, la belleza:

Cabe el ser en el horizonte de la nada.

Joaquín Llerena

II El doble carácter de la realidad y del sí mismo. El absoluto.

El primer e inmediato carácter de la realidad, según el cual el pensamiento, la conciencia, está inmerso en ella, está siempre pendiente de ella, por cuanto que de esta realidad depende su propia subsistencia, no viene a ser sino la relación pragmática entre sujeto y objeto. De modo que el segundo y mediado carácter de la realidad, según el cual este mismo pensamiento está extrañado de ella, es decir, de la relación pragmática entre sujeto y objeto, o, lo que es lo mismo, de sí, viene a ser la autoconciencia, la conciencia de sí, el pensamiento de sí. Y aquí, en el segundo carácter de la realidad, en la superación de la inmediatez tangible e irreflexiva, aquí, en la autoconciencia, en el origen de la filosofía, del puro y desinteresado examinar, donde la atareada y laboriosa conciencia pragmática se extraña, se asombra, se pasma de sí, quedando así suspendida, cancelada, superada toda su actividad, toda relación manipuladora, toda realidad efectiva, aquí, en la conciencia de sí, en el pensamiento de sí, el “sí” cobra la significación del ser mismo, del ser absoluto, del verdadero y auténtico ser. Este sí es, él mismo, tanto el sí positivo, afirmativo, determinante, del objeto, como el sí negativo, disruptivo, transgresor, del sujeto, pero precisamente por eso transciende a ambos. Uno y otro son formas, modos, caracteres del sí mismo, del ser absoluto, del espíritu absoluto.

Juanjo Bayarri

III La autoconciencia de desarraigo como raíz de la filosofía y la vuelta de Lourdes.

La raíz de la filosofía es la autoconciencia del desarraigo. El descubrimiento fundacional del pensar, que lo constituye como tal y le da su contenido, es el descubrimiento de la falta de asidero de la conciencia en la realidad. Y el desarraigo de la propia conciencia, descubierto en el mismo acto de ser consciente, es el desarraigo de la realidad misma. El pensamiento infarta la realidad, que ni puede ser, ni ser nada. Y esa guerra, parafraseamos a Heráclito, es el origen de la filosofía, cuyo principio, camino y fin, no es otro que la desesperación. En su lucha tiene la conciencia la capacidad de engendrar falsos tratados de paz y los llama verdad, belleza y justicia, y trata de apaciguar en ellos su inquietud. Pero el pensamiento, mientras lo es, destruye todo lo que fija. De la filosofía se vuelve, entonces, como se vuelve de Lourdes, ilusionado, o desengañado, pero terminal. 

Felipe Garrido

Javier Marías, dos recuerdos.

Las preocupaciones de Marías y las mías. 23 de abril del 2007

No he sido nunca un gran cinéfilo, pero no hace mucho salí del cine reconfortado, fue tras ver la película Babel, de la cual me habían hablado muy bien; no me decepcionó, al contrario que la mayoría de las últimas películas que he visto. Resulta , por otra parte, que entre mis columnistas favoritos se encuentra Javier Marías con el que suelo estar de acuerdo en muchas de sus polémicas opiniones.
Ayer domingo al echar un vistazo -por encima del café con leche, y apartando los ojos de la victoria del Real sobre el Valencia y el memorable gol de Van Nistelroy – al artículo que Marías escribía ayer en su “ zona fantasma” me llevé una gran sorpresa: una crítica feroz a una película que yo había juzgado como buena. Pregunté a quien en ese momento lo estaba leyendo y me confirmó mis sospechas: una crítica atroz. Vaya, ¿cómo podía ser eso?


Tengo que confesar que me revolví contra Marías, “te estás volviendo un asocial Marías, además de caprichoso y no demasiado objetivo”, -no hace mucho me pareció que elogiaba la versión cinematográfica de Alatriste, que a mí me pareció insustancial, dejo los motivos de mi juicio, pues no viene al caso y me alejan del tema que me ocupa-. La verdad, no tuve fuerzas para leer el artículo; también yo me sentí preocupado por mis discrepancias. No obstante, a pesar de mis resistencias, la cuestión estuvo rondando por mi cabeza, no sé cómo, en cierto momento me pregunté ¿sería capaz de ver de nuevo Babel? ¿ qué me aportaría de nuevo? En ese momento creí comprender a Javier Marías; me di cuenta de que yo no tenía ningún deseo de verla de nuevo, que difícilmente me diría nada nuevo, que la consideraba agotada. Pero, lo que precisamente caracteriza a una obra maestra es que tiene muchas lecturas, que no nos aburre ir a ella de nuevo, al contrario, que cada vez que vamos nos reconforta… comprendí entonces la ligereza con que en el cine se habla de obras maestras y de genios… cada año un par o una docena, más las dos docenas de genios de la interpretación, dirección y producción etc, pisando alfombras o levantando estatuillas anglos o castizas.

Esta mañana me encontré con fuerzas para leer el artículo.

¡Gracias Javier!

..y no te preocupes hombre. Necesitamos de ese tábano que nos despierte de tanta sospechosa opinión coincidente y de la nueva censura, lo políticamente correcto, y de la memez imperante, no sólo la que discurre entre tanta alfombra roja y papel couché.

Leer el artículo de Javier Marias Debo preocuparme

Releer. 6 de marzo de 2017

A Javier Marías no le gustan demasiado los blogueros ni los internautas en general; a algunos blogueros, sin embargo, nos encanta Javier Marías -una de esas tantas amistades sin reciprocidad en que abundamos los amantes de la literatura. Tan sólo he leído una novela suya, aunque voluminosa, la trilogía Tu rostro mañana,  que me ocupó todo un verano, pero durante años he leído el dominical de El País comenzando por la última página en que encontraba a Marías, era para mí un verdadero placer junto al café y la tostada leer la habitual columna ¡y cómo lo echaba en falta los domingos del mes agosto en el que tomaba vacaciones el columnista!  casi con la decepción del que han dejado plantado en una cita. Muchas veces, las más, he compartido sus opiniones, en ocasiones he discrepado -las menos. Casi siempre me han divertido lo suficiente como para provocarme una sonrisa o más, su lectura sólo en raras ocasiones me ha dejado indiferente,  utilicé sus artículos con fines polémicos en las ya extintas clases de Sociología, hasta compartimos el amor al mismo equipo de futbol y cierto desdén por los capuchinos -de diversas especies- sobre todo cuando les da por tomar la calle.  Muchos años antes ocupaba esa página Antonio Gala, al que también seguí con asiduidad, aunque a éste en diferido, rescatándolo de entre los montones de periódicos viejos y libros que acumulaba mi abuelo. Me vienen a la memoria ediciones de libros en papel barato –Los bandidos persas, El 93, Los pazos de Ulloa...- en ediciones cuyo precio venía indicado en céntimos. Una década después recuerdo una prueba de selectividad de comienzos de los años noventa, y recuerdo  que durante la comida del tribunal se produjo una divertida discusión  sobre la autoría del texto dedicado a comentario -que aparecía entonces sin el nombre del autor. Mi colega de lengua atribuía la autoría a Nietzsche, yo a Antonio Gala, como así resultó ser, aunque en ese momento los presentes me lo tomasen como una boutade. Aunque las ideas que sobre la vida se vertían en aquel escrito bien podían proceder de Nietzsche, el estilo en que estaba escrito de ninguna manera podía proceder del huraño paseante de Sils Maria

 Me ha gustado su último artículo dominical, volviendo a Marías. Es cierto que, por razones que no vienen al caso, no acostumbro ya a comprar El País, a Marías lo leo ahora en formato digital y acompaño la tostada con el Marca. El artículo de ayer, “De quién fiarse”, me  recuerda a los mejores artículos de Marías, dice allí que no acostumbra a releer salvo en contadas ocasiones, porque teme que al lector actual le defraude lo que en otro tiempo entusiasmó o amó con excepción de unos pocos a los que puede volver sin temor, Cervantes, Proust, Flaubert, Shakespeare, Conrad, Melville y pocos más. “Por eso tiendo a rehuir las relecturas, con excepciones. A veces prefiero guardar un buen recuerdo difuso, y tal vez equivocado, antes que someterlo a la revisión de unos ojos más experimentados, impacientes y cansados. Como tantas otras veces comparto la opinión de Marías; en mi caso la relectura es nula, salvo por motivos profesionales. Me he preguntado, sin embargo, qué autores que en otro tiempo he disfrutado tendría más reparos en releer hoy, entre ellos -me ha sorprendido- se encuentra Nietzsche, el filósofo que con mayor identificación personal y emotiva he leído es, sin embargo, el que en este momento más temería releer y en concreto la obra que más me entusiasmó: Así habló Zaratustra, podría quizá releer Ecce Homo, pero no La genealogía de la moral.

Por descontado que en mi caso releer es casi tan absurdo como escribir una autobiografía a los quince años. A veces fantaseo con el verano;   despreocupación, una cervecita y quizá el Tratado teológico-político, La filosofía en la Edad Media o El mundo como voluntad y representación. Quién sabe, pero ay, que llegue el caloret, que este frío me cala hasta los huesos.