Die Reklamation
20 marzo, 2010 Deja un comentario
Para los lectores de Antes de las Cenizas.
Un Haiku cuasiprimaveral del enigmático Mandelbrot
El geómetra
dibujará la orquídea
sin su tristeza
Mandelbrot
diciembre 28, 2006
Una canción:
Filosofía, ciencia y cultura
20 marzo, 2010 Deja un comentario
Para los lectores de Antes de las Cenizas.
Un Haiku cuasiprimaveral del enigmático Mandelbrot
El geómetra
dibujará la orquídea
sin su tristeza
Mandelbrot
diciembre 28, 2006
Una canción:
18 marzo, 2010 3 comentarios
Con ocasión del aniversario de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, vi un documental sobre su trabajo (se puede ver en la página de RTVE). Fue una grata sorpresa saber que su padre, un notario con aficiones literarias, no quiso que fuera al colegio hasta los nueve años. Esta decisión, que hoy le costaría la patria potestad fue, a mi juicio, muy sabia. El pequeño Félix se crió rodeado de naturaleza y persiguiendo bichos. Y esto, que hoy parecería un crimen, no le impidió convertirse en un elegante y eficaz comunicador, quizá uno de los mejores que ha tenido España. Mi infancia transcurrió durante los 80 y fue muy parecida a la de los niños de ahora. La naturaleza para mí era una paella en el campo los domingos y poco más. De los animales supe de oídas: en clase y en los documentales de ‘EL Hombre y la Tierra‘. Mi hábitat natural era el salón de mi casa, dominado por una biblioteca inmensa -a mí me lo parecía-, el televisor grande y una columna revestida con espejos. Mi infancia fue un salón con libros, pantallas y espejos.
Mi relación con los libros era bastante superficial. Si bien es cierto que trataba de ojearlos, no entendía ni papa. Fue más tarde, por culpa de una novia, que empecé a leer poesía. La televisión era mi ‘naturaleza’; ella me enseñó el aullido del lobo, la elegancia del puma y las tetas de Maribel Verdú. De los espejos siempre me resultó enigmática su profundidad y me preguntaba qué aspecto tendría uno que únicamente reflejara otro espejo. Este enigma fue motivo de no pocas disputas con mis hermanos, en las que me inicié en las (malas) artes dialécticas. Solía discutirse si allí aparecería el diablo, el día de tu muerte o el infinito. Ante la imposibilidad de decidir la cuestión empíricamente, nuestros debates alcanzaron pronto una gran altura metafísica.
Un día mi padre introdujo en aquél salón un elemento que vino a imprimir un rumbo nuevo a nuestras especulaciones: una videocámara. Comparada con las de hoy, aquélla era grande, aparatosa, pesada y primitiva, pero entonces me pareció algo de ciencia ficción. Aquél aparato tenía la virtud de convertir la televisión en un espejo: conectando ambos aparatos podíamos hacer que apareciera en la pantalla aquéllo hacia lo que apuntábamos el objetivo.
Muchos descubrimientos se hacen apuntando algo hacia algo, como hizo Galileo cuando tuvo la osadía de apuntar con el telescopio al cielo. Yo no tardé en comprender que debía apuntar con la cámara hacia el televisor. Había fuertes argumentos en contra, como que la cámara podía explotar, que podía fundirse la tele o que era algo ‘malo’. También Cristóbal Colón encontró argumentos poderosos contra su empresa, pero al final apuntó la proa de su carabela hacia el horizonte y descubrió América. Con ese mismo espíritu aventurero dirigí la cámara hacia el televisor, no sin antes advertir a mis hermanos pequeños que se pusieran a salvo.
Lo que apareció en la pantalla fue espectacular (pruébenlo). Primero yo mismo y la cámara nos abismamos hacia el fondo de un bucle infinito de yo mismos y de cámaras. Luego, al acercar la cámara, apareció una serie de formas vibrantes e imprevisibles. Era un mundo nuevo al que accedía a través de la autorreferencia, como una Alicia que cruza el espejo. No es el aullido de un lobo, ni la belleza de un puma, pero hay en la autorreferencia algo salvaje capaz de fascinar. Desde entonces he ido persiguiendo bichos autorreferentes y he encontrado no pocos en las bibliotecas. Constituyen una fauna variadísima e indomesticable: nadie sabe por dónde van a salir.
Probablemente fue Dios el primer concepto autorreferente del que fui consciente en cuanto tal. Dios, decían aquéllos Salesianos, creó el mundo. ¿Y qué pasa cuando apuntamos la creación hacia Dios? Que se crea a sí mismo: es Velázquez pintándose desde el cuadro, y las manos de Escher dibujándose una a la otra; de nuevo el caleidoscopio salvaje e infinito de la autorreferencia. Con Sócrates el saber apuntó hacia sí mismo y sólo supo que no sabía nada; eso hizo nacer la filosofía. También destapó el infinito aquél cretense que siempre mentía. No había problema en mentir siempre, pero al decirlo, al reconocer que siempre mentía, se abrió el abismo en sus palabras. Es la autorreferencia un animal que vive en la representación, en el discurso, en el lenguaje al fin.
Pero no cualquier lenguaje es capaz de ser autorreferente. Hay lenguajes, o si se quiere, sistemas simbólicos, como la lógica de primer orden, que no son lo suficientemente potentes como para representarse a sí mismos; su propia estructura es más compleja que cualquiera de las estructuras que pueden representar. Digamos que son una pantalla de tan mala calidad que no podría distinguirse en ella la propia imagen de la pantalla. Pero los lenguajes, como los seres vivos, desarrollan cada vez mayores niveles de complejidad, hasta alcanzar un punto en el que ocurre el milagro: el lenguaje se vuelve capaz de representar su propia estructura. Surge un nuevo nivel, y con él, de nuevo el abismo.
Hay en esa fauna de la autorreferencia monstruos, como la paradoja de Russell o los círculos viciosos, pero también están los bellos arrecifes de la geometría fractal. Quizá uno de los animales autorreferentes más hermosos es el teorema de Gödel. Como Galileo o como Colón, Gödel hizo un gran descubrimiento apuntando algo hacia algo. Resulta que el lenguaje de las matemáticas es un sistema simbólico de alta definición, un Full-HD. Las matemáticas son capaces de representar sistemas tan complejos como las órbitas de las lunas de Júpiter o las fluctuaciones de la bolsa. Pero Gödel, como un Galileo de las matemáticas, en vez de apuntarlas hacia los trenes de esos problemas infantiles, que al final se cruzaban o uno llegaba a Pamplona y el otro a Cádiz, Gödel, digo, tuvo la osadía de apuntar las matemáticas hacia ellas mismas. De nuevo se abrió el abismo. Las matemáticas, que sabían de todo, al dirigirse a sí mismas descubrieron que sólo sabían que no sabían nada.
Pero quizá la bestia autorreferente más enigmática -probablemente por ser el origen de todas las demás, surge de la vida misma. Dice Hofstadter que somos un bucle extraño, que nuestro cerebro, diseñado para representar el mundo, adquirió una complejidad tal que fue capaz de representarse a sí mismo. Y de nuevo, el abismo infinito de la conciencia. No iba, después de todo, Descartes tan desencaminado al encontrar el infinito en su mente.
P.D.:
Por cierto, creo que Félix Rodríguez de la Fuente murió el mismo día de su cumpleaños. Puta autorreferencia.
Un jugoso post sobre autorreferencia en Microsiervos
17 marzo, 2010 5 comentarios
Se puede decir que el método de Descartes dista mucho de ser el que efectivamente usa la ciencia. El mismo Descartes, como científico, cometió no pocos errores por no aceptar otra cosa que explicaciones mecánicas, claras y distintas, como por ejemplo su explicación ‘mecánica’ del movimiento de la sangre (superada por Harvey) o su teoría de los vórtices (por cierto, ¿es la teoría de la relatividad de Einstein una vuelta al ‘geometrismo’ de Descartes?). La física de Newton será mucho más potente que la de Descartes, pero a cambio recurrirá a conceptos oscuros como el de fuerza, acción a distancia o espacio y tiempo absolutos.
Nuestras vacilaciones llevan la huella de nuestra honradez; nuestras certidumbres la de nuestra impostura. La deshonestidad de un pensador se reconoce en la suma de ideas precisas que avanza.
E.M. Cioran: Silogismos de la amargura
Creo, con Popper, que en ciencia, mejor dejar la certeza de lado. Pero el método de Descartes tiene una gran virtud en otro ámbito: la pedagogía. Personalmente, mientras fui estudiante, traté de aplicar esas cuatro reglas y me fue bastante bien, la verdad. Es de sentido común: no aceptar nada sin comprenderlo, partir de lo más simple para ir avanzando hasta lo complejo y tratar de formarse una idea exacta del conjunto. De hecho cuando explico en clase a Descartes, suelo recomendar sus reglas como ‘técnicas de estudio’.
El interés pedagógico de Descartes no es, así lo creo, una interpretación forzada. El mismo Descartes comienza el Discurso del Método con una dura crítica de la educación recibida y de la cultura ‘meramente’ literaria. Es interesante en este sentido ver cómo se veía Descartes como estudiante:
Yo he nacido, lo confieso, con un espíritu tal, que el mayor placer de los estudios ha consistido siempre para mí, no en escuchar las razones de los otros, sino en ingeniármelas yo mismo para descubrirlas. Habiéndome arrastrado esto solo, cuando era aún joven, al estudio de las ciencias, siempre que el título de un libro me prometía un nuevo descubrimiento, antes de llevar más adelante mi lectura, me esforzaba en ver si, por una sagacidad innata, podía yo por coincidencia llegar a un resultado semejante y evitaba cuidadosamente el privarme de este placer inocente con una lectura apresurada. (Descartes, Reglas para la dirección de la mente, Regla X)
Sin duda disfrutó Descartes de una viva inteligencia, gozando más del ‘placer inocente’ de descubrir por sí mismo la verdad, que de ‘escuchar las razones de los otros’. Estas técnicas de estudio cartesianas buscan ser un ‘ars inveniendi’ o, si se quiere, un ‘aprender a aprender’, tan celebrado por la pedagogía oficial. Pero Descartes no ignoraba que
[…] por supuesto que los espíritus de todos los hombres no tienen una tan gran inclinación natural a buscar minuciosamente las cosas por sus propias fuerzas […]. (Ibid.)
Para que éstos desarrollen su espíritu, Descartes recomienda que huyan de los libros y que se ocupen de «las artes menos importantes» como «las de los artesanos que tejen telas y tapices» o «las de las mujeres que bordan con aguja o entremezclan hilos» . El objetivo de todo esto no es, claro está, formar eruditos. Digamos que el contenido es lo de menos y lo que importa, como el mismo Descartes afirma, es ‘cultivar el espíritu’. La única condición que pone Descartes es
[…] que no tomemos prestado a otro el descubrimiento, antes bien lo saquemos de nosotros mismos (Ibid.)
Estas tesis cartesianas me recuerdan, sin mucho esfuerzo, la ideología pedagógica actual. Siguiendo con las reflexiones de Sanfélix acerca de la crisis de las humanidades, esta pedagogía cartesiana puede que tenga que ver con el actual estado de los estudios llamados ‘humanísticos’. En efecto, no parece que podamos prescindir de las razones de los otros en Historia, en Literatura o en Filosofía. El propio método de aprendizaje cartesiano tiene una afinidad más que accidental con las disciplinas científico-técnicas. La pedagogía actual comparte con Descartes ese menosprecio hacia los eruditos, que «suelen ser tan ingeniosos que encuentran medios de estar ciegos aun en aquello que es de por sí evidente» y que, para colmo, «las gentes incultas no ignoran nunca». No nos extrañaría oír hablar así a la pedagoga de Sanfélix. Puede que seamos reacios a ver en Descartes el origen de la pedagogía actual. Descartes parece tener cierta grandeza de la que carece nuestra pedagogía. La diferencia entre Descartes y la pedagogía actual es que, a pesar de todo, Descartes sí recibió una educación humanística, y probablemente la más completa que era posible obtener entonces. Eso es lo que lo engrandece. Quítenle a Descartes la filosofía, la poesía, la teología que estudió y nos queda una pedagoga furiosa con gafas de pasta y jersey de cuello largo.
Soplo de conocimiento también ha hablado sobre ‘pedagogía cartesiana’.
Véase también La soledad de Descartes o cómo se filosofa a ‘cogitazos’
15 marzo, 2010 13 comentarios
Érase una vez, en un salón de actos muy lejano, un catedrático de filosofía que se disponía a dar una conferencia sobre la crisis de las humanidades. Había reflexionado largo y tendido sobre el tema, había leído libros y conversado con eruditos; había sometido las tesis principales a la crítica de sus colegas más agudos; había redactado varios borradores, buscando siempre la expresión más exacta, el adjetivo más fino; había conectado sus ideas con razones tan claras y distinas que, al alcanzar la conclusión, había que reprimirse para no exclamar ‘quod erat demonstrandum’; había logrado, en definitiva, el raro equilibrio entre la belleza y la claridad que sólo es accesible a las mentes más preclaras, y no siempre. Tras mucho pensar pudo, al fin, dar por terminada la redacción, y no sin luchar contra ese sentimiento de insatisfacción que todo autor honesto siente ante su obra, imprimió el artículo, guardó el archivo y borró todas las versiones anteriores. Se disponía ahora nuestro filósofo a leer su conferencia ante una susurrante audiencia. Escuchó con atención su presentación, ordenó sus papeles, comprobó el micrófono dándole unos golpecitos y comenzó la lectura. Leyó pausadamente, con una suave entonación, comentando los pasajes que consideraba fundamentales, aclarando todo lo que pudiera ser confuso. No se abstuvo de interrumpir la lectura con alguna que otra digresión in ahorró en erudición. Llevaba ya media hora de lectura y quedaba otra media, cuando de entre el público, tronó una voz femenina: «¡Esto no puede ser, es indignante!». El catedrático interrumpió su lectura y todas las miradas se dirigieron hacia la espontánea. Era una mujer joven, con gafas de pasta y jersey de cuello alto. «Soy pedagoga -confesó con orgullo- y llevo escuchando su conferencia media hora y me parece increíble su falta de respeto». El filósofo permanecía estupefacto, sin comprender. «¿No sabe usted -dijo la enfurecida pedagoga- que una persona no puede mantener la atención durante más de 10 mintuos?, ¡y llevamos media hora!». Ante la incrédula mirada del Filósofo, otros oyentes se sumaron a la protesta. Se citó a Piaget y a los constructivistas, se mentaron estudios y publicaciones, y ni siquiera faltó una encendida defensa de los Derechos Humanos y hasta de la Convención de Ginebra, que arrancó aplausos y lágrimas entre el público. El filósofo dejó los papeles y pensó unos instantes. Cuando se dispuso a hablar todos callaron. «Tiene usted toda la razón -dijo el Filósofo a la Pedagoga- y precisamente su intervención es la prueba definitiva de mi tesis».
¿Cuál es esa tesis que la furibunda pedagoga demostró con su intervención? Pues es, precisamente, la tesis que sostuvo el el catedrático de Filosofía Vicente Sanfélix el pasado martes en la Universidad de Alicante, en el ciclo de conferencias organizado por la SFPA. Afortunadamente allí no intervino ninguna airada pedagoga, y todos fuimos capaces de escuchar la conferencia de Sanfélix de principio a fin, aunque he de confesar que, al menos en mi caso, fue más mérito del propio Sanfélix que mío pues su charla fue verdaderamente interesante. No es, sin embargo, la fábula del Filósofo y la Pedagoga una mera invención, sino que es la recreación más o menos literaria de una anécdota que vivió el propio Sanfélix y que fue tan amable de compartir con nosotros.
La tesis que defendió Sanfélix fue que las Humanidades están en crisis, y que la causa, precisamente, es el desarrollo del humanismo renacentista. Es el renacimiento una época que anhela un tiempo mejor, que identifica con la cultura greco-romana clásica. Dado que el modelo está en el pasado, se renueva el interés por la historia, y también por la filología, que será una fiel aliada en la interpretación de los textos clásicos. Y en esos textos se encuentra la filosofía moral, que también verá correr sangre nueva por sus venas. El renovado interés por estas disciplinas cristaliza en la corriente cultural llamada ‘humanismo’. Pero el humanismo no está exento de tensiones internas que, aunque en aquél momento no eran visibles, sí se han manifestado al desarrollarse dicha corriente cultural. Tiene el humanismo una actitud sumamente crítica hacia la época inmediatamente anterior, a la que denomina ‘Edad Media’. El modelo de sabio medieval, que por cierto es completamente aristotélico, es puramente especulativo. El interés por el ser humano y su vida chocan contra esta sabiduría especulativa y reclama, como lo hacía Descartes en el Discurso del Método, otro modelo de conocimiento ‘útil para la vida’. Ese modelo es la ciencia moderna, que al aplicarse a la producción mostró todo su potencial. Forma parte, pues, del humanismo el interés por las humanidades y el interés por la ciencia. Así, en la raíz humanista de nuestra cultura científica, conviven ciencia y humanidades, aunque durante su desarrollo dicha convivencia se ha vuelto inestable. Debido a su éxito, la ciencia ha terminado por adquirir cierto poder legitimador que antes tenían las humanidades. Éstas se encuentran en un lugar secundario y acaban, incluso, tratando de imitar a la ciencia. El éxito de la ciencia supone el triunfo de ciertos valores (utilidad, inmediatez, etc) y la devaluación de los valores propios de las humanidades (que no del humanismo). Es precisamente el desarrollo del ideal humanístico lo que ha hecho triunfar a la ciencia sobre las humanidades. Y el choque, según el propio Sanfélix, queda perfectamente ilustrado con la fábula del Filósofo y la Pedagoga con la que comenzábamos.