Toros y civilización (1)

Hace tiempo ya que arrastro una deuda, contraída ante una magnífica paella, de escribir algo sobre los toros. Mi compañero llximo ya ha hecho su parte en otras entradas, y es hora de quedar yo en paz. Sirva como introducción al tema un fragmento del libro Juan Belmonte, matador de toros, del cuasi olvidado Manuel Chaves Nogales, a quien desde aquí aprovecho para reivindicar. El libro es una biografía del famoso torero Belmonte (también conocido como El Pasmo de Triana) escrita como una autobiografía. He de decir que, independientemente del interés que sienta uno por el personaje, la novela-reportaje-autobiografía es deliciosa. En el fragmento, el matador trata de vencer al miedo que surge antes de la corrida y lo hace del modo más elegante: a fuerza de dialéctica:

El miedo llega sigilosamente antes de que uno se despierte, y en ese estado de laxitud, entre el sueño y la vigilia, en que nos sorprende, se adueña de nosotros antes de que podamos defendernos de su asechanza. Cuando el torero que ha de torear aquel día guiña un ojo al ras de la almohada y le hiere la luz de la mañana que se filtra por las rendijas, es ya una infeliz presa del miedo. El mozo de espadas, encargado de despertarle, lo sabe bien. Si no hay grande hombre para su ayuda de cámara, ¿qué torero habrá que sea valiente a los ojos de su mozo de estoques?

Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo con él una vivísima polémica.

No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o , al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un díálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural.

“Ea, mocito -me dice el miedo, con su feroz impertinencia, apenas me he despertado-: a levantarte y a irte a la plaza a que un toro te despanzurre. ”

“Hombre -replica uno desconcertado-, yo no creo que eso ocurra…”

“Bueno, bueno -reitera el miedo-; allá tú. Pero yo, que soy tu amigo de veras, te advierto que esto que haces es una temeridad. Llevas demasiado tiempo tentando a la fortuna.”

“No todo es buena fortuna. Yo sé torear.”

“A veces los toros tropiezan, ¿no lo sabes? ¿Qué necesidad tienes de correr ese albur insensato?”

“Es que como ya estoy comprometido…”

“¡Bah! ¿Qué importancia tienen los compromisos? El único compromiso serio que se contrae es el de vivir. No seas majadero. No vayas a la plaza.”

“No tengo más remedio que ir.”

“¿Pero es que crees que se hundiría el mundo si no fueses?”

“No se hundiría el mundo, pero yo quedaría mal ante la gente…”

“¿Qué más te da quedar mal o bien? ¿Crees que dentro de cinco años, de diez, se acordará nadie de ti ni de cómo has quedado hoy?”

“Sí se acordarán… Hay que vivir decorosamente hasta el final. Me debo a mi fama. Dentro de muchos años los aficionados a los toros recordarán que hubo un torero muy valiente.”

“Dentro de unos años, a lo mejor, no hay ni aficionados a los toros, ni siquiera toros. ¿Estás seguro de que las generaciones venideras tendrán en alguna estima el valor de los toreros? ¿Quién te dice que algún día no han de ser abolidas las corridas de toros y desdeñada la memoria de sus héroes? Precisamente, los gobiernos socialistas…”

“Eso sí es verdad. Puede ocurrir que los socialistas, cuando gobiernen…”

“¡Naturalmente, hombre! ¡Pues imagínate que ha ocurrido ya! No torees más. No vayas esta tarde a la plaza. ¡Ponte enfermo! ¡Si casi lo estás ya!”

“No, no, Todavía no se han abolido las corridas de toros. ”

“¡Pero no es culpa tuya que no lo hayan hecho! Y no vas a pagar tú las consecuencias de ese abandono de los gobernantes.”

“¡Claro! -exclama uno, muy convencido-. ¡La culpa es de los socialistas, que no han abolido las corridas de toros, como debían! ¡Ya podrían haberlo hecho!”

Advierto al llegar aquí que el miedo, triunfante, me está haciendo desvariar, y procuro reaccionar enérgicamente.

“Bueno, bueno. Basta de estupideces. Vamos a torear. Venga el traje de luces.”

“¡Eso es! A vestirse de torero y a jugarse el pellejo por unos miles de pesetas que maldita la falta que te hacen.”

“No. Yo toreo porque me gusta.”

“¡Que te gusta! Tú no sabes siquiera qué es lo que te gusta. A ti te gustaría irte ahora al campo a cazar o sentarte sosegadamente a leer, o enamorarte quizá. ¡Hay tantas mujeres hermosas en el mundo! Y esta tarde puedes quedar tendido en la plaza, y ellas segurían siendo hermosas y harán dichosos a otros hombres más sensatos que tú…”

Al llegar a este punto, uno se sienta en el borde de la cama, abatido por un profundo desaliento. El mozo de estoques va y viene silencionsamente por la habitación, mientras prepara el complicado atalaje del torero. Éste, como un autómata, deja que el servidor le maneje a su antojo. El miedo se ha hecho dueño del campo momentáneamente. Hay una pausa penosísima. El torero intenta sobornar al miedo.

“¡Si yo comprendo que tienes razón! Verás… Esto de torear es realmente absurdo; no lo niego. Hasta reconozco, si quieres, que he perdido el gusto de torear que antes tenía. Decididamente, mo torearé más. En cuanto termine los compromisos de esta temporada dejaré el oficio.”

“¿Pero cómo te haces la ilusión de salir indemne de todas las corridas que te quedan?”

“Bueno; no torearé más que las dos o tres corridas indispensables.”

“Es que en esas dos o tres corridas, un toro puede acabar contigo.”

“Basta. No torearé más que la corrida de esta tarde.”

“Es que hoy mismo puede…”

“¡Basta he dicho! La corrida de hoy la toreo aunque baje el Espíritu Santo a decirme que no voy a salir vivo de la plaza.”

El miedo se repliega al verle a uno irritado, y hace como que se va; pero se queda allí, en un rinconcito, al acecho. Uno, satisfecho de su momentáneo triunfo va y viene nerviosamente por la habitación. Luego se pone a canturrear. Yo empiezo a tararear cien tonadillas y no termino ninguna. Entretanto, voy haciendo las reflexiones más desatinadas. Por la menor cosa se enfada uno con el mozo de estoques y discute violentamente. La irritabilidad del torero en esos momentos es intolerable. Todo le sirve de pretexto para la cólera. El mozo de estoques, eludiéndole, le viste poco a poco. Y así una hora y otra, hasta que, poco antes de salir para la plaza comienzan a llegar los amigos. Antes de que llegue el primero, por muy íntimo que sea, uno le pega una patada al miedo y le acorrala en un rincón donde no se haga visible.

“¡Si chistas, te estrangulo!”

“¡Qué más quisieras tú que poder estrangularme! Anda, anda, disimula todo lo que puedas delante de la gente; pero no te olvides de que aquí estoy yo escondidito.”

“Me basta con que seas discreto y no escandalices”, le dice uno a ver si por las buenas se le domina.

Este altercado con el miedo es inevitable. Yo , por lo menos, no me lo ahorro nunca, y creo que no hay torero que se libre de tenerlo. El ser valiente en la plaza o no serlo depende de que previamente haya sido reducido a la impotencia este formidable contradictor, este enemigo malo que es el miedo. Para mí es, como digo, una cuestión de dialéctica.

Manuel Chaves Nogales: Juan Belmonte, matador de toros, ed. Libros del asteriode, 2009, pp. 214-218

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Los límites del conocimiento matemático en Platón

Con ustedes uno de los textos más difíciles, complejos y ricos que los alumnos de 2º de Bachillerato de la Comunidad Valenciana tienen que dominar para enfrentarse a la temida P.A.U.:

– Considera, pues, ahora de qué modo hay que dividir el segmento de lo inteligible.

– ¿Cómo?

– De modo que el alma se vea obligada a buscar la una de las partes sirviéndose, como de imágenes, de aquellas cosas que antes eran imitadas, partiendo de hipótesis y encaminándose así, no hacia el principio, sino hacia la conclusión; y la segunda, partiendo también de una hipótesis, pero para llegar a un principio no hipotético y llevando a cabo su investigación con la sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las imágenes a que en la búsqueda de aquello recurría.

Platón: La República, 510b-510c

Tras la brusca parrafada de Sócrates, su atónito interlocutor (Glaucón) responde con humildad: “No he comprendido de modo suficiente eso de que hablas”. Como podrán suponer, los alumnos que leen por primera vez este fragmento no lo entienden mejor que el propio Glaucón y hay que darle alguna vuelta. El propio Sócrates, en el diálogo de Platón reconoce que hace falta cierto “preámbulo” para entender esto. El caso es que tras el “preámbulo” de Sócrates los alumnos de 2º de Bachiller no se sienten más seguros de haberlo entendido y por regla general hay que darle al asunto un par en vueltas. Yo, este año, estoy usando este esquemita para explicarlo:

Lo cierto es que el texto es fundamental y, para colmo, de plena actualidad, es decir, que el problema que plantea sigue plenamente vigente: ¿Son las matemáticas la forma más perfecta de conocimiento?

En griego la palabra ‘mathemata’ hace referencia a todo aquello que puede ser enseñado y, según la caracterización de Platón, la esencia del pensamiento matemático consistiría en partir de ciertas hipótesis para alcanzar, mediante deducciones lógicas, ciertas conclusiones. Las hipótesis mismas quedarían fuera de toda prueba por considerarse evidentes aunque, en realidad, lo único que se habría probado es el siguiente condicional: “Si las hipótesis de partida son verdaderas, será verdadera la conclusión”. En geometría, por ejemplo, no demostramos el teorema de pitágoras, sino el condicional: “si los axiomas de la geometría de Euclides son verdaderos, entonces el teorema de Pitágoras también lo es”. Pero ningún matemático se pondría a investigar si esos axiomas son verdaderos o no.

En realidad esa característica del pensamiento matemático es común a todo lo que hoy conocemos como ‘ciencias naturales’. Como dice Platón, este pensamiento es esencialmente limitado, pues no puede evitar partir de ciertas hipótesis que es incapaz de demostrar. Por decirlo de alguna manera, lo que hoy conocemos como ‘ciencia’ no puede demostrarse a sí mismo. Estoy casi tentado a decir que en Platón tenemos una suerte de ‘teorema de incompletitud’ como el que el también platónico Gödel demostrara en el s.XX. Gödel demostró que la matemática (se puede ser más preciso, pero no hay sitio aquí) es incompleta, es decir, que hay cosas que, siendo verdaderas, no puede demostrar. Una de esas cosas que la matemática no puede demostrar es, precisamente, su consistencia, es decir, lo que en matemáticas equivaldría a su ‘verdad’. Así, el pensamiento hipotético deductivo propio de la matemática y de ciencias como la física, la química, la biología, la economía y todas las otras ‘ciencias’ está sometido a un límite esencial: no puede probarse a sí mismo, de modo que es, en último término, mera hipótesis. El siglo XX parece haber olvidado esto, dando lugar a lo que Ortega llamó el imperialismo de la física. Las ciencias naturales han creído estar en posesión de la verdad absoluta y se han erigido como paradigma del conocimiento, creando una falsa sensación de seguridad y, lo que es peor, perjudicando el desarrollo de otras formas de pensar acaso superiores (¿Las ‘humanidades’?)

Pero, ¿hay alguna forma de conocimiento superior al pensamiento hipotético-deductivo de la ciencia físico-matemática? Según Platón sí. Hay una actividad intelectual, a la que hemos venido a llamar ‘dialéctica’, que consistiría, precisamente, en elevarse hacia una verdad no hipotética. Lo que define a esta ‘ascensión’ es que el dialéctico avanza ‘destruyendo hipótesis’. Esto sería lo propio del pensamiento filosófico: la destrucción de hipótesis en busca del principio no hipotético. O lo que es lo mismo, el desenmascaramiento de dogmas, en busca de la verdad.

No negaré que le veo cierto sentido a esa actividad ‘dialéctica’ y que realmente creo que existe y que es superior al pensamiento físico-matemático pero, ese proceso de destrucción de hipótesis del que habla Platón, ¿realmente culmina en la contemplación de un principio no hipotético?

Yo tengo una respuesta a esto, pero este post es demasiado largo ya para desarrollarla y carece de márgenes.

Mayo del 2011. Epílogo.

3 propuestas del movimiento 15M

En el anterior post analizaba algunos rasgos totalitarios del manifiesto de DRY. No he juzgado la totalidad del movimiento y, menos, a las personas que se han adherido a él, simplemente se analizó un texto, no sin reconocer antes que el fenómeno al que estábamos asistiendo era muy complejo. Algunos de los comentarios al post han revelado actitudes que en cierto modo confirmaban la presencia de estos rasgos totalitarios. Me ha sorprendido especialmente que varias personas se hayan referido despectivamente a la filosofía, al análisis o al ‘pensar’, como algo propio de señoritos acomodados, y haciendo apología de la acción pura, incluso sin saber exactamente hacia dónde debe dirigirse esa acción.

La presencia de elementos totalitarios es algo de lo que, tras el convulso siglo XX, ya no podremos librarnos en ningún movimiento de masas. La deriva totalitaria es muy parecida a la ilusión trascendental de Kant, es algo que podemos señalar, pero no eliminar. Digamos que esos rasgos estarán presentes hasta en las mejores familias.

El movimiento 15M es algo complejo, como digo, y no se deja reducir a una categoría. La causa de esto es que lo que aglutina a toda esa gente en las principales plazas de las ciudades es sólo un sentimiento de rechazo moral. Están de acuerdo en lo que no quieren. Las movilizaciones surgen de un fondo moral que creo que compartimos la mayoría, en la que me incluyo. Pero el rechazo no construye, y cuando lo hace, surgen los disparates. Así, se han podido escuchar propuestas como nacionalizar la banca o constituir un gobierno de ‘transición’ (hacia no sé qué). Más de un lema me parece parafraseado del mismo Manifiesto Comunista. Sin embargo, en todo el barullo, también se encuentran propuestas que me parecen sumamente interesantes y, por cierto, nada totalitarias. Entre estas propuestas quisiera señalar las siguientes (aquí el documento completo, gracias a Darksmall por la referencia):

No digo que estas propuestas sean la solución a nada, incluso creo que algunas de ellas pueden ser contraproducentes (la realidad es muy compleja, señores), sin embargo creo que constituyen un buen principio y que los políticos deberían tomar nota y estudiarlas seriamente con la misma actitud moral que ha llevado a la gente a manifestarse en Sol. Digamos que desde el ‘Kilómetro 0’ salen muchos caminos. La mayoría de ellos conducen al infierno. Otros tal vez no. Pensar, analizar y filosofar puede ayudarnos a decidir.

Post Data a los demócratas anti-intelectualistas: criticar no es hacer daño, es intentar mejorar.

4 rasgos totalitarios en ‘Democracia real ya’

Últimamente parece que se anda poniendo de moda lo de indignarse. Reconozco que, tal y como está el percal, no nos faltan razones. Sin embargo hay algo en esa actitud que me resulta molesto, incluso cuando yo mismo la adopto. Indignarse siempre me ha parecido algo artificioso, como una pose. El indignado, en muchas ocasiones, tampoco parece dispuesto a hacer nada. Indignarse parece un estado cerrado en sí mismo, como a la espera de que alguien haga algo. Por eso la frase típica del indignado es: “¿Pero es que nadie va a hacer nada”? Además, uno puede indignarse por todo tipo de cosas: por hacerle mal las mechas en la ‘pelu’, por la peste a sardina en el patio de luces, por fracasar en Eurovisión, por ver tetas en la playa… A veces nos indignamos por cosas más elevadas, pero no nos dura mucho.

La moda de indignarse ha cogido vuelo estos días y, afortunadamente, se ha dirigido hacia un fin más o menos noble: la política. Eso es bueno porque quiere decir que la gente no se ha vuelto ya completamente imbécil. Estamos viendo en las principales capitales de Provincia -especialmente en Madrid- una serie de movilizaciones al grito de ‘Democracia real ya”.  La combinación de este movimiento y la moda de indignarse es como la combinación de una mecha y una cerilla. El mensaje es muy sencillo: indignaos. Esto lo dicen en tiempos de vacas gordas y nadie hace caso. Pero ahora es otra cosa. Los españoles somos, además, propensos a indignarnos. Si el mensaje fuera ‘trabajad’ , ‘luchad’ o ‘esforzaos’, pues haríamos la vista gorda. Pero como sólo hay que indignarse… Creo que con los tiempos que corren es más fácil adherirse al movimiento que tratar de comprenderlo con distancia. Sin embargo, como aquí nos gusta hacer amigos, tomaré aliento y me dedicaré a lo segundo. Lo haré un poco largo para que no me lean los más perezosos.

El asunto es muy complejo y yo me limitaré a analizar el Manifiesto “Democracia real ya” colgado en la web del movimiento (parece que hay dificultades para leerlo ahí, pero se puede leer también aquí). Hay muchas cosas en ‘Democracia real ya’ que me resultan simpáticas, pero hay malas noticias. Creo que el núcleo del manifiesto revela una actitud totalitaria que debe ser expuesta, pues seguramente los firmantes del mismo no se identifican realmente con dicha actitud. Pero a veces una cosa nos lleva a otra y acabamos como el rosario de la Aurora; por eso es importante examinar con lupa los principios. Creo que podemos observar en “Democracia real ya” al menos cuatro rasgos típicos del totalitarismo: esencialismo, utopismo revolucionario, maniqueísmo y estatalismo.

1) Esencialismo

El título mismo del manifiesto no oculta una concepción esencialista de la democracia. Se pide una democracia ‘real’ que se opondría a una democracia falsa. No se contrapone un sistema justo a uno injusto, o un modelo de democracia a otro, sino que se contrapone lo verdadero a lo falso. La democracia existente no es la verdadera, es una apariencia. Los autores del manifiesto parecen estar en posesión de la ‘idea’ platónica de la democracia, probablemente han sido iluminados por ella y se permiten, incluso, determinar las prioridades ‘de toda sociedad avanzada’. El esencialismo nos conduce ahora al holismo: es la sociedad la que tiene prioridades, no los individuos y, por cierto, una de las prioridades de la sociedad es “la felicidad de las personas”. Sólo en la sociedad verdadera seremos verdaderos los hombres. Este enfoque esencialista es muy atractivo porque permite aglutinar a gentes de la más diversa procedencia. En el manifiesto se desmarcan de toda posición ideológica, lo suyo es una cuestión objetiva. La verdad es independiente de las ideologías, por lo tanto la democracia real ha de ser reconocida por todos, con independencia de sus opiniones. Platonismo en vena. Si en vez de reclamar una “democracia real” especificaran exactamente y con detallado rigor el modelo de democracia que piden, la adhesión no sería tan multitudinaria. Pero el problema de las esencias es que el que se viste con ellas, en realidad va desnudo.

2) Utopismo revolucionario

El advenimiento de la verdadera democracia, cual reino de los cielos en la tierra, ha de realizarse, además, “ya”. Esto no puede ser más coherente con el esencialismo. El color de una mesa puede pasar de ser verde a ser rojo de un modo gradual, y sin destruir la mesa. Sin embargo la mesa no puede convertirse gradualmente en otra cosa… unas tijeras de podar, por ejemplo. El cambio a una democracia verdadera tiene que ser ya, no puede ser gradual. La verdad no admite grados. La única forma de que se operen cambios políticos de tanto alcance como este es de modo revolucionario. Pero esta forma de entender la revolución es utópica: las cosas, simplemente, no funcionan así. ¿Y si nos empeñamos? Pues si nos empeñamos en destruir un sistema ‘falso’ para crear ex nihilo otro verdadero, el resultado será… que no lo conseguiremos y, además, haremos mucho daño. Hacer las cosas ‘ya’ cuesta muchos disgustos. La ventaja de los procesos graduales no revolucionarios es que siempre se puede volver hacia atrás si uno ve que estaba equivocado. Pero claro, como ellos están en posesión de la ‘verdad’, pues pueden permitirse cambiarlo todo ‘ya’. El ‘ya’ es simplemente una falta de humildad epistemológica. Es como decir “sabemos que no estamos equivocados”.

 3) Maniqueísmo

Dicen en el manifiesto estar indignados “por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie”. Dos bloques: los políticos, empresarios y banqueros por un lado y los ciudadanos por otro. El bloque de los políticos, empresarios y banqueros es el bloque de los corruptos. El bloque de los ciudadanos es el de los indefensos. O sea, los buenos contra los malos. Los políticos, empresarios y banqueros no son ciudadanos; los ciudadanos son la “gente que trabaja duro todos los días para vivir y dar un futuro mejor a los que nos rodean”. La democracia verdadera será aquella que devuelva el poder a los ciudadanos (clase de la que se ha excluido a los políticos, empresarios y banqueros). Un nuevo fantasma recorre Europa… Los políticos, empresarios y banqueros no son verdaderos ciudadanos porque constituyen un obstáculo para la verdadera democracia. Su único fin es la “acumulación de dinero”, por encima de la “eficacia y el bienestar de la sociedad”, son egoístas, no comprenden que la totalidad es más que la suma de las partes.  Se han apoderado de las instituciones y han convertido la democracia en una “máquina destinada a enriquecer a una minoría”. Pero qué malos son los políticos, empresarios y banqueros. Y qué buenos los ciudadanos trabajadores. Tener un enemigo tan odioso como los políticos, los empresarios y los banqueros sirve… para sacar a la gente a la calle. Hitler tenía a los judíos. Stalin a la burguesía.

4) Estatalismo

Me llama poderosamente la atención que los ciudadanos estén ‘indefensos’. En otros movimientos revolucionarios lo que se perseguía era deshacerse del yugo que el poder ejercía sobre una clase explotada. Sin embargo aquí no piden libertad, piden ser defendidos (“¿Pero es que nadie va a hacer nada?”) de los malvados. Lo que quieren es que el Estado se ocupe de ellos, de su “bienestar”, de la “felicidad de las personas”. Lo malo de esto es que lo que están pidiendo es que el Estado se identifique con el pueblo, y asuma respecto a este la responsabilidad de un padre. Malas cosas… Cuando dicen que el derecho a la vivienda o al trabajo “deberían estar cubiertos” están suponiendo que actualmente no lo están. En realidad actualmente esos derechos están cubiertos de un modo formal, el Estado garantiza que a nadie se le impida trabajar o poseer una vivienda. Sin embargo el derecho negativo a que nadie me impida algo no implica la obligación positiva de que eso me sea proporcionado. Si ‘Democracia real ya’ entiende que el derecho a la vivienda y al trabajo no está satisfecho es porque lo entienden en el sentido positivo. Al final sí tenían una ideología. La verdadera, claro. Pero cuando el Estado empieza a preocuparse por nuestra felicidad, se acaba preocupando demasiado por nuestra ‘felicidad’.

Nota: supongo que es inútil la observación de que el hecho de criticar el movimiento ‘Democracia real ya’ no me sitúa ipso facto a favor de lo que ellos critican. Digo que esta observación, aun siendo verdadera, es inútil, porque la tentación de convertirme en defensor de la corrupción del sistema será demasiado fuerte.

Actualización

Casualmente Nacho Camino ha tratado también el tema en el post ¿Democracia real? Ya… de su magnífico Blog Yo soy el individuo

Otro interesante post sobre el tema en El tercer liberalismo, a cargo de Alfonso Galindo: ¿El Mayo español?

También merece la pena leer el artículo de Quim Monzó en La Vanguardia: He aquí la Spanish Revolution

El caso Penalva

El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora,

Sino de siempre.

Luis Cernuda

Hace ya algunas semanas, acudí a la conferencia que José Penalva pronunció en Elche en el ciclo de conferencias organizado por la SFPA. Había leído con placer algún artículo suyo recogido en Deseducativos y conocía -de oídas- algunos de sus libros. Lo cierto es que en aquella conferencia me di cuenta de que estaba ante un hombre valiente y comprometido personalmente. Su discurso fue crítico e implacable con los dogmas pedagógicos que mantienen cautiva a la educación. Cada una de sus palabras era un revulsivo, pero pronunciadas con la serenidad y la sensatez que sólo es posible tras una una reflexión profunda y meditada. Al terminar la conferencia algunos tuvimos la suerte de poder cenar con él y disfrutar de una conversación tranquila, pero enriquecedora. Su idea básicamente era que los profesores debían recuperar el protagonismo en la educación. Ya ven qué cosa, dirán algunos… Pero las cosas están de una forma, señores, que para decir eso hoy en según qué foros, hay que tenerlos cuadrados. Nos habló también de Julián Marías, al que tomaba como modelo de conducta, nos habló de Cambridge, donde es profesor visitante. Nos contó cómo allí la educación era otra cosa, que lo que se valoraba era el conocimiento. ¿Cómo? Sí sí, allí tienen como prioridad el conocimiento. Allí se discute, se investiga, se critica, se piensa… ¿Y aquí? Aquí es otra cosa.

Me prometí a mí mismo leer alguno de sus libros para comentarlo en el blog. Pero no pensé que fuera tan pronto. En unos días recibí una llamada: ‘Van a expedientar a Penalva’. Aunque no me sorprendió la noticia, me indignó considerablemente. ¿Cómo van a expedientar a Penalva? Me pregunté, contestándome inmediatamente que cómo no. Un tipo dispuesto a ascender a base de méritos personales, sin arrimarse a nadie. Un tipo ocupado en investigar, y no en conspirar por los despachos. Un tipo que escribe su curriculum con la tinta de los artículos y los libros que publica, y no con la bilis de las mentiras. La Universidad Española no puede asimilar a un tipo así. Aquí la única gramática que hay que conocer es la parda, y la única especialidad es en maledicencias de portera; aquí hay que tener el ojete lubricado y rodilleras, aquí hay que ser coleguilla y que no se diga, e invitarse a un café o a unas putas, si se presta; aquí lo que hay que controlar es el BOE, y no la tabla periódica, y hay que saber recitar el Credo de los tontos y el Padre Nuestro de los enchufes. Por eso Penalva está tan a gusto en Cambridge.

– ¿Y por qué le expedientan?

– Por absentismo laboral.

– ¡Venga allá!

– Bueno, acaba de publicar un libro en el que denuncia la endogamia y la corrupción en la Universidad

– Pues va a ser eso…

– ¿Tú qué crees?

Como he dicho, mi primera reacción fue violenta, pero una violencia entristecida y desesperada (ni me imagino cómo se sentirá el propio Penalva). Un buen amigo, acostumbrado a sofocar ciertos incendios, dio en el clavo: habrá que leer el libro ese. Pues sí, eso es lo que hay que hacer. De momento, me dije, pongo un enlace en Antes de las cenizas.

Pedí el libro a La Casa del Libro y lo recibí ayer por la mañana. A las cinco de la tarde ya lo había leído. Los nombres que aparecen en él están cambiados, pero no hay que ser un lince para adivinar que el personaje de José Montag es en realidad José Penalva. Los hechos relatados, afirma en la presentación, están basados en la realidad, pero se leen como una verdadera historia de terror. No entraré en detalles, porque verdaderamente vale la pena leer el libro. La sensación que queda es que la universidad es un nido de víboras, de trepas y de ignorantes. Pero lo peor, creo, es la ignorancia, la posibilidad de que gente incapaz de redactar un sms logre una plaza de profesor universitario a base de enchufes y favores, y que eso no sea una excepción, sino la regla. Penalva ha tenido la valentía de contar lo que ha visto y sufrido en sus carnes y ahora lo paga, porque los bárbaros son legión. Probablemente esos casos se darán en cualquier Facultad, pero tengo la íntima convicción de que las Facultades de Ciencias de la Educación son un caldo de cultivo especialmente favorable para los parásitos y analfabetos que hacen la vida imposible a José. Probablemente en ninguna otra Facultad la ignorancia sea tan llevadera como en esa. Por eso no encaja allí José, que dice que está a gusto en Cambridge.

El caso Penalva no es un caso aislado. Hay muchos otros que callan, que sucumben, que se dan por vencidos. Y no es un caso particular, sino un paradigma y un oráculo que nos habla de por qué la educación española está como está. Desde aquí quisiera trasmitirle a José mis mejores deseos e invitar a los lectores que lo consideren conveniente a poner, como signo de adhesión a la causa de Penalva, un enlace al libro en sus blogs. Ánimo.

El caso Penalva en la web:

HazteOír

La resolución del Rector José Antonio Corbacho Gómez contra José Penalva

El Burdel del Delirio

La Gaceta

El Confidencial

Un fragmento del libro

El propósito de la educación. Purpos/ed [Es]

El grupo Purpos/eds] plantea la cuestión acerca del propósito de la educación y nos invita a reflexionar sobre la misma con el objeto de iniciar un debate. Hasta el momento he leído respuestas como las que siguen:

Como mujer, madre y maestra, para mí, el propósito de la buena educación sería enseñar el arte de vivir siendo uno mismo, una misma, en cualquier circunstancia, lugar, tiempo o dimensión. […] también es encontrar y regalar las herramientas que posibiliten que las personas podamos romper las cadenas que están provocando que nuestra sociedad esté cada vez más enferma (http://navegarsinnaufragar.blogspot.com/)
[que los alumnos] aprendan a ser personas críticas, libres, independientes, capaces de definir sus sueños. (http://victorcuevas.es/educadores21/)
El propósito de la Educación es construir un buen futuro para tu hija y para tu hijo, sin mirar el color de su piel, su pasaporte, su sexo o su religión (http://deestranjis.blogspot.com/2011/04/cual-es-el-proposito-de-la-educacion.html)
El propósito de la escuela es aprender a vivir (tweet)
No empezar de cero. No estar solo. Saber ponernos en la piel del de enfrente. Poder vivir en sociedad. (http://blog.catedratelefonica.deusto.es/el-proposito-de-la-educacion/)
Creo, con todos mis respetos a sus autores, que estas reflexiones no son más que una declaración de buenas intenciones, pero que carecen de contenido, por lo que difícilmente pueden ser discutidas. Si nos ceñimos a la pregunta, tenemos que concluir que no hay respuesta porque la educación no tiene ‘propósito’ alguno. Un ‘propósito’ es una intención de hacer o conseguir algo e implica necesariamente la deliberación consciente y planificada. La educación entonces no tiene propósitos, como no los tiene una silla. Propósitos tienen los individuos y, en un sentido derivado, los grupos de individuos. La educación es un medio que sirve a los propósitos de diferentes individuos o grupos. Por eso sí tendría sentido preguntarse por el propósito de cuantos pretenden reformar la educación.
Ortega sostenía, con razón, que el ser humano es el único ser que consiste en no ser, sino en hacerse. Sabemos (en plural, como hace Punset) que el cerebro es un órgano plástico y que nuestra dotación genética es insuficiente para generar en nosotros conductas que nos permitan sobrevivir. El aprendizaje, en consecuencia, no es un factor accidental en nuestras vidas, sino esencial. No hay ser humano sin aprendizaje. Sin embargo también los animales, o al menos los animales más complejos, necesitan aprender. Pero, siguiendo a Ortega, la indeterminación que exige a los animales aprender ciertas cosas, es menor que la indeterminación humana. Un perro tendrá que aprender a evitar ciertos alimentos o a abrir puertas con la pata; un gatito tendrá que aprender a evitar a las niñas con trenzas y a hurgar en la basura, pero ni el gato ni el perro tendrán que aprender a ser gatos o perros. El ser humano, sin embargo, tiene que aprender a ser humano. Esta diferencia la expresamos diciendo que el ser humano no sólo necesita aprender, sino que necesita educarse o, lo que es lo mismo, formarse. El problema, ahora inevitable, es en qué consiste o en qué debería consistir el ser humano. Y la respuesta, insatisfactoria siempre, es que no lo sé.
Es esta una cuestión peliaguda, pues la pedagogía, que es el nombre que recibe la reflexión (que no ciencia) sobre la educación, entronca aquí con la antropología y con la filosofía y adquiere, además, un carácter normativo. Aunque no sepamos lo que es o deba ser un ser humano, la cuestión es que hay que vivir y que para ello asumimos un proyecto vital que implica de un modo u otro una respuesta a esa pregunta, que puede, o no, ser consciente. El proyecto vital que asumimos no es, por cierto, cualquier proyecto vital. Por decirlo de forma breve: a un ateniense del siglo V a. de C. no se le ocurriría asumir el proyecto vital de una Drag Queen del s. XXI. Esto significa que la propia educación es en gran parte, si no totalmente, la expresión de una voluntad ajena. El propósito de la educación, entonces, es el propósito de los educadores. Y este ya es un terreno en el que el conflicto es tan inevitable como deseable. El intento de eliminar totalmente el conflicto entre los educadores puede ser calificado sin temor a errar como la quintaesencia del totalitarismo. Así pues, en la educación chocarán necesariamente las voluntades de diferentes educadores con diferentes propósitos. En las sociedades cuyo nivel de complejidad ha exigido la aparición de un Estado, éste se convierte en uno de los agentes educadores con propósitos propios, que puede entrar en conflicto con otros agentes educadores, como las familias, las empresas, partidos políticos (que no hemos de identificar con el Estado), confesiones religiosas, o el propio educando. Cada uno tratará de modificar o reformar la educación para que ésta sirva a sus propios propósitos y muchos de ellos tratarán de hacer trampas convenciendo a los demás de que sus propósitos son en realidad los propósitos de la educación. Las democracias liberales occidentales, si quieren seguir siéndolo, deben poner los medios para evitar que ningún agente educador, incluido el mismo Estado, monopolice la educación, y desde la filosofía debemos denunciar, como pura mitología, cualquiera de esos intentos de atribuir a la educación propósito alguno haciendo visible el conflicto entre los agentes educadores.
La democracia sólo sobrevivirá mientras exista ese conflicto; la guerra, como dijo Heráclito, es el padre de todas las cosas.
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