La vida humana según Schopenhauer.


Es verdaderamente increíble cuán insignificante y fútil parece, vista desde fuera, la vida de la mayor parte de los hombres, y cuán melancólica e irreflexiva es sentida interiormente. Es una aspiración vaga, tormentos sordos, una marcha vacilante y soñolienta a través de las cuatro edades de la vida, hasta llegar a la muerte, todo acompañado de pensamientos vulgares. Son semejantes los hombres a relojes a los que se da cuerda y que andan sin saber por qué; cada vez que un hombre es concebido y viene al mundo, el reloj de la vida humana tiene cuerda de nuevo para repetir frase a frase y medida a medida con imperceptibles variaciones la sonata, tocada ya innumerables veces.

Cada individuo, cada figura humana, con su existencia no es más que un breve ensueño de la eterna voluntad de vivir, del genio inmortal de la Naturaleza. Es un bosquejo más, fugitivo, que traza, jugando, la voluntad, sobre su lienzo infinito (el espacio y el tiempo), y que no deja durar más que un instante imperceptible, borrándolo enseguida para dibujar nuevas imágenes. Con todo, éste es el aspecto grave de la vida, cada uno de esos bosquejos fugitivos, cada uno de esos vulgares croquis debe pagarle a la voluntad de vivir, en la plenitud de su violencia, con mil profundos dolores, y al cabo en el amargo precio de una muerte, largo tiempo temida y que infaliblemente llega. Esto es lo que hace que la vista de un cadáver nos ponga repentinamente serios.
La vida de cada individuo, considerada en su conjunto y en su generalidad, sin fijarse más que en los rasgos principales, es siempre una tragedia; pero examinada en sus pormenores se convierte en comedia, pues el sesgo y tormentos de cada día, las molestias incesantes del momento, los deseos y los temores de la semana, las contrariedades de cada hora, enviadas por la suerte, ocupada de continuo en hostigarnos, son verdaderas escenas de comedia. Pero los deseos siempre defraudados, los esfuerzos que fracasan siempre, las esperanzas que la suerte pisotea implacablemente, los errores fatales de toda la vida, con el dolor, que va creciendo, y con la muerte por desenlace, forman en verdad una tragedia. De esta manera, como si a la desolación de nuestra existencia hubiera querido añadir la suerte el escarnio, nuestra vida encierra todos los dolores de la tragedia, sin que conservemos, al menos, la dignidad de personajes trágicos. Por el contrario, somos forzosamente, en los pormenores de la vida, vulgares caracteres cómicos.

Arthur Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación, vol. II, libro IV, 58

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